Sobre el amor marica

por Francisco Martínez Cruz


para Sara, José y Juan Carlos

Hemos llegado a la tierra del amor ya muy mayores. Al menos para una gran parte de mi generación —y ni se diga para quienes nacieron antes que yo y antes que ellos—, saberse atraído por el mismo sexo significó abrir una puerta de terror en lugar de sentir la emoción más bella de la tierna infancia o de la acalorada adolescencia. Mientras unos daban sus primeros besos y el descubrimiento de la travesura traía consigo el orgullo paterno disfrazado de regaño, muchos otros debimos sepultar nuestra líbido y disfrazarla de falsos enamoramientos con tal de evitar el regaño, el rechazo y, sobre todo, la humillación.

Por eso muchos decimos que nos robaron la infancia o nuestra adolescencia. No pretendo cargar en contra de la sociedad, cuyas costumbres y estereotipos se han criticado hasta el cansancio, aunque en los hechos parece que ha sido insuficiente. Quisiera más bien partir de lo significativo que es ese evento primero, el del beso público, para después reflexionar acerca de lo que aquí llamo el amor marica.

I

Hasta hace algún tiempo, en mis soledades me reprochaba la tardanza con la que me había aceptado como gay y había asumido la tarea cotidiana de salir del clóset —porque, habrá que enterar a quien no lo sepa, que esto no es un proceso de un solo acto—. Y desde entonces no he dejado de encontrar a quienes desafortunadamente me han superado en la demora. ¿Imaginan siquiera que a mis treinta y tantos le haya enseñado a un joven mayor que yo, lo bonito que es ir tomado de la mano por la calle, a plena luz del sol? Pues todo esto parece inimaginable para un heterosexual que aprendió a tomar de la mano a la niña que le gustaba en el colegio. Esa primera vez no es irrelevante. Así como andar en bicicleta derriba el miedo y pone en marcha el perfeccionamiento de la técnica con la práctica constante, así también sucede para quien se atreve a tomar de la mano a quien le gusta.

Por eso, para una pareja heterosexual de treintañeros resultará tan común un acto de extremada simpleza. Pero para una pareja homosexual de la misma edad se vuelve un acto de difícil ejecución cuando se trata de la primera vez en público; para conseguirlo, tenemos que derribar barreras tanto propias como ajenas. No es tan simple. Si la imaginación y sus ficciones no pasan desapercibidas y a veces hasta nos dan pánico soñar, menos aún resulta indiferente la vivencia real que nos compromete en público.

Quien me lea tal vez recuerde que, en 2019, “La Revolución” de Fabián Cháirez, una simple, aunque simbólica pintura, donde un varón en cueros aparece montando un caballo en sexual pose, tan solo por tener aires de Emiliano Zapata, incomodó tanto que algunos pidieron que ardiera el lienzo, así como el atrevimiento de insinuar que el caudillo del sur hubiese sido presa del amor marica —o, si se quiere, tan solo del placer—. E. M. Forster, para evitar la condena pública y quizás hasta la cárcel, se resistió a publicar mientras vivió su “Maurice”, la increíble historia con final feliz de dos homosexuales. Si la fantasía puede ser tan transgresora, el acto real en carne propia puede ser aún más que, con toda razón, nos sabe incluso revolucionario. A muchos nos cuesta varios años poder juntar el valor necesario para hacerlo, aún y cuando seamos sabedores de que nada hay de malo en ello y de que hay un ejército de amistades dispuestas a protegernos.

II

Ojalá que todo se tratara tan solo de atrevernos a dar un beso en público y que de todo lo demás se encargaran los románticos empedernidos, quienes en poemas y canciones nos han querido explicar lo que sucede cuando las miradas se juntan y las manos se toman, o el significado del silencio cuando dos corazones palpitan, pecho a pecho. Pero esto no es así. Dejando a un lado la importantísima enseñanza feminista de que eso del amor romántico es más venenoso que la cicuta, la cosa es que el primer beso es el principio de un largo camino en el que vamos dando palos de ciegos. Porque esto del amor marica, como todo amor, no consiste tan solo en dar besos en público, sino en aprender a construir una relación con alguien más, lo cual no puede dejarse al libre curso de las cosas.

Hasta ahora no sé qué tanta incidencia tenga nuestra inexperiencia en el amor en la dificultad de construir relaciones amorosas duraderas. Supongo que irá en partes iguales con los estereotipos de género, de relaciones, personas y cuerpos que inconscientemente aprendemos, abandonamos, modificamos y reproducimos. Es un cóctel muy apetecible si la manera disponible para relacionarnos se mira a través de las aplicaciones de citas que nos ofrecen catálogos interesantísimos y filtros de todo tipo con tal de reducir nuestro abanico de opciones a las que más cumplan con nuestros estándares, incluso si al final no hay más que un match y un hola.

No parece que estos síntomas sean propios de la vida virtual, aunque la pandemia nos haya metido más en ella y quizás sea más común de lo que parece, independientemente de si somos homosexuales o no. Hace algunas semanas, en algún lugar leí la experiencia de quien manifestaba cierta desolación al darse cuenta de que había caído en una especie de espiral. Iba a un antro pretendiendo buscar el amor, y encontraba a alguien que cumplía con sus estándares pero que, al haberlo conseguido, después de darse el gusto, iba en busca de alguien mejor. Y así, sucesivamente. En conseguir y desechar parece que se le iba la vida, una vida clásica de consumo.

Tal vez sea cierto que este estado de cosas tiene una raíz más profunda en el sistema económico capitalista en el cual vivimos, y que mientras éste sobreviva, tendremos que enfrentarnos a los modos de vida que produce y reproduce y que nos dejan en desazón como a ese joven del antro. Pero si acaso cabe albergar una esperanza de remar contra ese destino, quizás sea necesario ser conscientes y admitir que nuestra revolución como homosexuales no puede quedarse con salir del clóset y dar un beso en público, aún y cuando sepamos lo traumático que puede ser y ha sido.

III

El amor marica tiene que ser un acto subversivo que nos lleve a tener consciencia de nuestra condición e identidad colectiva. Tenemos que saber que no somos una novedad para el mundo y que desde épocas inmemoriales se ha exaltado el amor entre personas del mismo sexo. Plutarco nos ha dejado una bella estampa del Batallón Sagrado de Tebas, conformado por parejas de homosexuales y que fue prácticamente invencible hasta que lo derrotaron los macedonios al mando de Alejandro Magno, célebre marica. Cátulo, el pícaro poeta romano de principios de nuestra era, dejó finas expresiones de las prácticas sexuales entre varones en su poema XVI del que no digo más para que la curiosidad lleve a buscarlo a quien me lea. Y siglos posteriores, ya en pleno cristianismo, tenemos noticia de la institucionalización de uniones románticas entre personas del mismo sexo, según nos lo ha contado John Boswell.

A los ejemplos positivos debemos agregar las dificultades en las que nos hemos encontrado; las lesbianas o las personas trans no han corrido mejor suerte, por nombrar algunas letras de nuestro colectivo. Son numerosas las historias de persecuciones, discriminaciones y crímenes de odio que forman parte de las razones fundamentales por las que nos cuesta tanto dar un beso en público. Hasta hace pocos años era impensable que en México nos pudiéramos casar o incluso adoptar a niñas o niños si es que se nos ocurría formar una familia. Y a pesar de que Simone de Beauvoir ya desde mediados del siglo pasado explicó por qué no hay una esencia de “ser mujer”, hoy en día hay varias y varios necios que siguen discutiendo si las mujeres trans son mujeres y no más bien “hombres que se visten de mujeres”, según recientemente lo han expresado cínicamente políticos de derecha.

¿Estamos mejor que antes? Con todo, a lo mejor podríamos decir que sí, pero esta respuesta es relativa. Al menos en nuestro país, oficialmente, quedaron muy atrás las ordenanzas de Nezahualcóyotl, que sancionaban con la pena de muerte a los texcocanos sométicos: al activo lo ataban a un palo y lo cubrían de ceniza hasta que se sofocara; y al pasivo le sacaban las entrañas por el ano. Sin embargo, hasta 2020, de acuerdo con un reporte de ILGA World, en al menos seis países (Brunei, Irán, Mauritania, doce estados del norte de Nigeria, Arabia Saudita y Yemen) los actos sexuales consensuados entre personas del mismo sexo están legalmente penados con la muerte. En cinco más (Afganistán, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Pakistán y Somalia), esa pena es una posibilidad porque no se tiene certeza de leyes que así lo prescriban, pero la práctica indica que, según la Sharia, la muerte es un castigo posible y apropiado para quienes nos recreamos sexualmente con nuestros semejantes. En 2015, por ejemplo, un tribunal afgano condenó a dos hombres y a un muchacho de diecisiete años a ser ejecutados por aplastamiento mediante el derribo de una pared; el muro mató a dos hombres e hirió al adolescente, a quien le permitieron vivir[1].

Así, pues, quizás en estas penas haya menos saña que la ordenada por el rey poeta texcocano, pero, sin lugar a duda, ésta no se ha eliminado de los crímenes de odio en todo el orbe. Habría que recordar que hace poco más de un año, en Yucatán, un joven homosexual de veintitrés años, José Eduardo Ravelo, fue golpeado, torturado y violado por unos policías. Por esas fechas, pero al noreste de España, supimos que un grupo de personas asesinó a Samuel Luiz, de veinticuatro años, propinándole una golpiza mientras le gritaban “maricón de mierda”. En 2020, también se supo que Naomi Nicole, una mujer trans, fue asesinada por dos militares en la Colonia Guerrero de esta Ciudad de México, después de que le solicitaran un servicio sexual. Y en enero de este año, trascendió la noticia de una pareja de lesbianas, Tania y Nohemí, cuyos cuerpos aparecieron desmembrados y tirados en una carretera de Ciudad Juárez, Chihuahua, entidad caracterizada por su elevada tasa de feminicidios. Las autoridades estatales descartaron que este último caso se hubiera tratado de lesbofobia, y al respecto no me queda más que decir, como bien dice mi amiga Sara, que, si algo va mal, siempre va peor para la mujer —y aún peor, agregaría, si es lesbiana—.

IV

Llegados a este momento, quizás haya quien empiece a incomodarse con tanta mala noticia. ¿Cómo pasamos de un beso a tanta ignominia? El amor marica, como todo amor, no es siempre cómodo. Por más normales que pretendamos llevar los homosexuales nuestra vida amorosa, siento decirlo, nunca lo conseguiremos. Un beso en público, salir del clóset, claro que es importante. Pero tenemos una identidad colectiva de la que tenemos que estar conscientes y con la que tendríamos que estar comprometidos, porque el espacio público y el derecho a existir como somos, aún no lo hemos ganado del todo, ni en nuestro país y tampoco en el mundo entero.

Nuestra dignidad no se ha construido en solitario. Besémonos en público, a la luz del día y entendamos que cada paso que damos como homosexuales no habría sido posible sin los millones de personas que han peleado y sufrido para tener una vida mejor. Desde Stonewall donde las personas trans estuvieron en primera línea y hasta las manifestaciones recientes de quienes han evidenciado el detrimento de la atención sanitaria a quienes tienen VIH, toda nuestra existencia como colectivo se ha debido al trabajo diario en las calles, en los congresos y en los tribunales. Entendido esto, reflexionemos sobre las luchas que hoy nos toca librar con nosotros mismos, las formas como nos relacionamos con quienes pretendemos amar, y la comunidad que deseamos dejar a quienes nos sucedan. En esto quizás consista el amor, nuestro amor marica: en una potencia tal que transforma no sólo al individuo, sino a su misma comunidad, tanto presente como futura.


[1] Véase el reporte State-Sponsored Homophobia 2020: Global Legislation Overview Update (Ginebra: ILGA, Diciembre 2020), disponible en: https://ilga.org/downloads/ILGA_World_State_Sponsored_Homophobia_report_global_legislation_overview_update_December_2020.pdf


Francisco Martínez Cruz es licenciado en Derecho por la UNAM y MA en Filosofía Política por la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona, España.

Muestra poética de Diego Quintero Martins

Salet

Nadie quiere verse desnudo sin furia sin calcio, sentir lo perdido por el tiempo —envejecer y decirse su padre. Regreso al útero donde la música es sad y los colores púrpura y las razones de los colores una reacción hormonal. Regreso al útero donde reside lo explicativo y contemplo el resto de mis dientes.

Baby we rolling

Sonámbulos en un motel a la ribera
donde teorizo con el fémur
si soy quien digo ser, tal vez un chico rudo
junto a otro menos rudo.
Un motel a la ribera donde es fácil
cuestionar mi nombre a gritos, el eco
que rasga cuando un hombre entra
dónde ningún hombre entró,
la lengua como una arteria
entre la pelvis y el latido.
Sonámbulos pero no iguales,
nunca iguales, ahí la gracia
de la piel sudorosa: brilla
como lo nuevo, un diamante
en la carne. La mañana siguiente
diremos haberlo perdido.

I

Nací al límite de la soviet donde los árboles, recuerdo, las hojas, recuerdo, se abrazaban a la tibieza de julio como las manos pequeñas y grises del recién nacido. Lo demás se diluyó en la nebulosa de los primeros días tal cual la juventud paterna se diluye en lo cirílico. Taskent se olvida y avanza y se adhiere a la gangrena del tiempo, repta, sí, con el cuerpo acercándose a la descomposición necesaria, inevitable. Mi enfisema es signo de varios trabajos de call center y los kilómetros equidistan los años, un bólido es para soñarse ¿o no? Un bólido me lleva a una isla microscópica del atlántico. Mis abuelos viven en Mindelo con algo de sosiego a pesar de pertenecer a un pueblo vibrante y pienso en la morabeza y pienso en la morna y los barcos son temporales.


Diego Quintero Martins (Taskent, Uzbekistan, 1990) es autor de los poemarios Estación Baudelaire (Ediciones Espiral, 2015) y Taskent soledad ultra (Ediciones Espiral, 2017/Ediciones liliputienses, 2019).

Poesía mexicana actual: Mercedes Soto

Tacto
El nocturno corre
como la sangre por mis venas,
se extiende para cubrir
las memorias grises que cargaban
las extremidades de mi cuerpo.
Ya no puedo ser la misma,
porque ahora
       mi carne,
se pudre con el tacto.



La bestia…
marcó mi vida de un zarpazo,
sin llegar tan profundo sangré una vida,
me vendé los ojos
para andar con la cicatriz
que la marea cubre
       seguí
como si el viento no afectara el barco,
como si poseidón fuera piadoso,
como si Ítaca fuera el fin.
Hoy
   la veo sangrando,
y lloro por ella,
            porque entiendo el dolor
de vivir sin motivos suficientes.



Te arrancaron de los huesos de tus padres

Te cortaron de las venas de tus hermanos,
Secaron la vida que germinaba dentro de ti
Y te volviste un árbol
donde tu madre se hincaba a orar por tu regreso,
en tu vida o una tu muerte…
Seguimos implorándole por ti,
             Todavía sigues arrancada
Pero te plantamos en la cumbre de nuestro corazón
Porque sin importar el tiempo,
En ruido o en silencio
El grito de todos ruge
Para matar la bestia de tu ausencia.



Mercedes Janeth Soto Sánchez (7 de enero de1994). Oriunda de Los Reyes de Salgado, Michoacán, México. Coordinadora de Cardenal Revista Literaria en GDL, 2022. Presentó su obra literaria en el XIII Festival Cultural de Atenas, Grecia, 2021. Ha publicado en diversas revistas literarias tales como: Nueva York Poetry, Buenos Aires Poetry, Por Escrito, Monolito, Sindh Courier, Cardenal, entre otras. Licenciada en Derecho por la universidad Jesuita de Guadalajara, ITESO, 2018. Becaria en Festival Cultural Interfaz del ISSSTE, Guanajuato, 2018. Coautora del libro Igualdad de género, editado por el Centro de estudios de Derecho Contemporáneo y de Consultoría Integral, (CDC), 2017.  Tercer lugar a nivel estatal en el concurso de oratoria de Toastmasters International en CDMX, 2014.  Primer lugar en el concurso de poesía en lengua inglesa por la Universidad de las Américas de la Ciudad de México, 2013.

Poesía mexicana actual: Natalia Gómez

EN CASI TODAS LAS PELÍCULAS DE ACCIÓN
hay edificios que se destruyen
también autos
esas calles
a las que les explota el pavimento
con aceras llenas de árboles
personas
flores
¿Qué verdad se oculta en todo ello?
¿Cuánta violencia debe ser necesaria para un gran final?
Las familias
la reconstrucción
los heridos de gravedad
los ilesos trastornados
toda esa serie y brutal caos
que dejan a la ciudad endeudada
y sin trabajo
ni inmuebles
¿Quién se responsabiliza?
¿Dónde quedan los protagonistas para hacerle frente?
¿Dónde los senadores y toda aquella gente que debe resguardar la metrópoli?
La realidad también es una película de acción
con personas que lo pierden todo
países con intereses
abren fuego
preparan guerras
a veces con armas
otras con ideas
nos convierten en héroes y villanos
En los créditos no hay finales justos
tampoco en la vida diaria
y nos miramos los unos a los otros
desde nuestro propio cine en casa.


ESCUCHO A MIS PADRES HABLAR CON SUS PROPIAS LENGUAS

mirarse y admirar su propio dialecto
analizar y aprender la lengua del otro
Alguien menciona una frase
y hay un silencio
mientras se toman de las manos
ambos entienden esa cuarta lengua
que no es la nativa
ni aquella que usan en la ciudad
Es la lengua con que dieron descendencia
las que extendieron fuera de sus raíces
la lengua con la que ahora entiendo
que un idioma no sólo nace del corazón de un pueblo



A LAS DOS DE LA MAÑANA
un hombre espera
que cambie el semáforo para cruzar

Al extremo
una mujer se sostiene
reclinada en alguna pared de la avenida

El semáforo está en rojo

Un coche se acerca
tres sujetos bajan armados
bruscos la levantan
y avientan al auto.

El semáforo está en rojo

El hombre que espera
no sabe que ella desconoce
que su cuerpo será arrojado
en una bolsa negra
rumbo a otra ciudad

La luz ya es verde


Natalia Gómez (Campeche, 1991)
Comunicóloga y profesora. Ha sido beneficiaria del programa PECDA 2020 en Campeche y del Festival Interfaz ISSSTE Yucatán en 2017. Egresada del II Diplomado Virtual de Creación Literaria del INBAL. Ha participado en algunas antologías como Fractal, Anuario bilingüe de Poesía de San Diego y Novísimas, reunión de poetas mexicanas Vol. II
Algunos de sus textos se encuentran en revistas electrónicas como Letralia, Círculo de Poesía, Carátula, Con la A, Ablucionistas, Santa Rabia Magazine,The Ofim Press Magazine y Beltway Poetry. Actualmente es miembro del Proyecto de Escuela de Escritores Campechanos (ESCESCAM) y del consejo editorial de Cracken Fanzine.

Poesía mexicana actual: Francisco Trejo

Vivo en la ciudad que fue líquido en su génesis: espejo con monstruos
hipnotizados ―como los enfermos de ojos amarillos que acostumbran dormir con
las cortinas abiertas, por si acaso sueñan con los astros y, al despertar de súbito,
presencian su esquirloso escape de huesos y de luces―. Soy el que escribe la
vida y sus ruidos a bordo de un camión que cruza la urbe, de norte a sur en su
desierto. Otear es mi forma de reconvenirme, mientras las cosas del mundo
transcurren por una ventanilla. Busco otros motivos y sirenas, otros lagos para
soltar los peces de mi voz, como cardumen de sangre, desde los órganos heridos.


Aquella vez, después de darme un beso, mi madre me dejó un surco en el rostro.
Luego la ingresaron al hospital en una camilla. Vi su cuerpo a lo lejos, pálido de
voz, y parecía una escultura en porcelana a punto de quebrarse. Su enfermedad
pintó de ocre mi mejilla, como el sol pinta las nubes del ocaso. He tratado de
arrancar su beso de mi carne, pero no hay filo en la zarpa del poema.


Mi corazón se redujo al espinazo de un pez. Escucho sus ruidos y siento la
punción de sus astillas. Piensa que soy agua, pero soy casi costra en esta
soledad. Que aguarde, le digo, porque ha de llover mañana —cuando exista razón
para llevar una imagen diferente a la poesía—.


Hoy encendí, desde muy temprano, el cigarrillo oculto en el cajón de mis nervios.
No recuerdo haber soñado durante la noche. Después de la ducha, volví a estar
seco de la piel y del sonido. Ahora sigo, aridozo, la misma ruta de siempre. Me
sostengo de esta voz quebrada para no caer de rodillas ―por no decir «quedarme
sin cuerpo»― y limpio el cristal empañado para ver mejor las cosas. Si pudiera
soñar, seguro sería, otra vez, la escena donde me corto la mano con los vidrios de
un vaso, mientras intento borrar de su fondo la mancha de la muerte.


¿En dónde está, por qué calles pudo perderse el amor de mi criatura? No todos
los cuerpos que se ausentan están muertos. Hay corazones que laten y esperan la
luz entre el agua y los juncos, como el que espera un rostro conocido para
saberse de nuevo carne viva.

Fragmentos de Esdrújulo monstruo, animal de lágrima en sus ojos amarillos
(Editorial Praxis, 2022)


Francisco Trejo (Ciudad de México, 1987). Poeta, ensayista, investigador y editor. Entre otros reconocimientos, obtuvo el VIII Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano 2012, el XIII Premio Internacional Bonaventuriano de Poesía 2017, el VI Premio Internacional de Poesía Paralelo Cero 2019 y el XIV Premio de Poesía Editorial Praxis 2021. Algunos de sus libros publicados son: Penélope frente al reloj (2019/2021), De cómo las aves pronuncian su dalia frente al cardo (2018/2021), Canción de la tijera en el ovillo (2017/2020) y El tábano canta en los hoteles (2015).

Poesía y patrias: Carlos Calero

Sobre la cabeza de un perro

Tu memoria respira olores sagrados, grises, turbulentos; olores insatisfechos por el
derribo donde anidan palomas hojalateras, palomas vende ropa y helados. En los techos
viven reptiles sastres que visten corbatas y gabanes. Los insectos observan la infidelidad
de las amapolas. La casa de tu memoria amanece, no cambia de ropa, de penumbra ni
los sueños; no se peina con un espejo; no se lava el rostro ni usa collares de ballenas en
su cuello; no limpia telarañas ni exhala vapor de arroyos. La vida es atrapada por el
misterio, entre jardines y respaldos de las sillas, para que la casa espere a los viajeros,
cuando no ven más que un horizonte sobre la cabeza de un perro.

Ecología

No jugamos las cartas ni dados frente al manto de la muerte. Anunciamos el sepulcro.
¿Y la ardilla, el perezoso, las larvas, las crías de águilas vírgenes? En el bosque existen
tumbas culpables. El canto migra a los pájaros para que retornen. Nos bajan y quitan los
clavos. Trasladan muerte a las arboledas. Sabemos que ninguno pondrá sus talones en el
paraíso sin perder la honra ni la memoria sagrada de la selva.

¿Ahora qué falta?

No hablemos de ruinas. Echa bulbos el tiempo, acumula frío el recuerdo entre senderos
de piedras, árboles y sombras que reniegan del espejismo. No existe otro camino. La
infancia soy yo. Veo entrar a la muerte, con luciérnagas y aldeas de tierra. Un
camposanto en Masaya es el destino. Mi voz habla de tripulaciones que caen de los
ataúdes. Y entonces pregunto: ¿Ahora qué falta?

Victoria

No he descifrado la sandalia de tus sueños.
Decilo con el corazón sobre la tierra o la sangre de los santos mendigos.
Esta verdad, como una manta, cubre mis ojos.
Quiero escarbar las grietas que crujen.
Tus ojos solo ven ruinas de estatuas, no encuentran a los amantes.
Que no me nieguen tu sacrificio feroz por los muertos
ni la virtud esencial de los inocentes.
El silencio te hace fuerte.
Que se levante el amor con su canto y el océano.
Pretendo una canción de tribu y nieve en las montañas.
No sé si confiar en la soledad, las caravanas o éxodos, o los sepulcros
y conquistas de quien muere si ama.
Desconozco el instante de tu gloria.
Hubo un idioma, hubo profecía en el arbusto con llamas
y la hojarasca del risco sagrado.
Las palabras son mi destino.
Huye, muerte, lejos de nuestros hijos,
no intentes invadir sus sueños.


Nicaragua, 1953. Se naturaliza costarricense. Fue docente en secundaria y la universidad. Gestor cultural. Ha publicado en poesía: El humano oficio, La costumbre del reflejo, Paradojas de la mandíbula, Arquitecturas de la sospecha, Cornisas del asombro, Geometrías del cangrejo y otros poemas, Las cartas sobre la mesa. Antología Generación de los Ochenta. Poesía Nicaragüense. Ganó la convocatoria del Centro Nicaragüense de escritores con su libro El humano oficio. Mención de honor en el Concurso de Poesía Leonel Rugama. Una plaquete Muerden Estrellas. En el 2021 publica Hielo en el horizonte, con la Editorial El Ángel Editor. Ha sido publicado en revistas como Carátula, Altazor, Nueva York Poetry Review, Círculo de Poesía, El Hilo Azul, Andrómeda, Isla Negra y otras. Ha sido invitado a múltiples festivales de poesía en Centroamérica; Primavera Poética de Perú, Bogotá y Paralelo Cero, Ecuador.

Poesía colombiana actual: John Gómez

Para aprender a cazar moscas
es preciso querer cazar moscas,
dibujar el mapa en el aire,
la línea que conecta
el ojo con la mano,
           la mano con la mosca,
           la mosca con el ojo,
y viceversa.

Para aprender a cazar moscas
es preciso saber
que es imposible cazar moscas,
hendir el aire en un zarpazo silencioso,
dejarlas ir,
con la consciencia adquirida
(quizá por primera vez)
de su vuelo.



Un meteorito se dirige contra la tierra
pero seguramente nos pasará de largo

Sobrevivir un día más
para darte cuenta
de que el problema nunca fue el capitalismo
sino tu cuerpo debilitado
que no soporta más medicamentos
contra la fiebre.

Saber que pronto se poblará la tierra
de virus y bacterias milenarias,
y que la extinción total
no vendrá de la mano
de invasiones alienígenas
      en Estados Unidos,
ni una tercera guerra mundial
que nunca detonó.

El miedo está allí
pero nunca tuviste material
       de héroe apocalíptico,
a pesar que el ex esposo de tu tía
tenga un leve parecido a Jeff Goldblum,
o te sepas de memoria
todos los diálogos
de alguna película de Ridley Scott.

De repente, todo te toca,
y capaz que era mejor
haberse unido a la Fuerza Aérea,
recibir entrenamiento militar
o haber aprendido karate
en un domo venido a menos,
que quedarte en casa
viendo cine cada noche.

El fin del mundo no será televisado,
recuerdas, de repente,
sosteniendo las cobijas
para lidiar con los escalofríos
que recorren todo tu cuerpo,
mientas afuera
alguien transmite
un live del juicio final,
             y ese alguien
                no eres tú.



La balada del último hombre

El último en morir
por favor que apague la luz,
que salga de la ciudad gris,
que vaya a las montañas
y respire el aire frío de la niebla,
que se quede allí el día entero
contando pájaros,
sintiendo la lluvia caer,
que pruebe a contar también
cuántas casitas devora la hiedra
y le declame un par de poemas al eco,
que tararee una canción aprendida
en la niñez,
una copla o un refrán,
de esos que enseñan los abuelos, 
y le pida perdón a los bichos,
a nombre nuestro.
Y por favor que apague la luz,
que cierre la puerta con cuidado
de una vez y para siempre.

John Gómez (Bucaramanga, Colombia, 1988). Magíster en Filosofía y escritor. Director de la plataforma cultural Alter Vox Media, la Editorial Sátiro y la Librería Zarigüeya. Creador del «Certamen Nacional de Poesía Basura John Gómez». Perdedor en infinidad de concursos, premios y convocatorias literarias. Autor de XIII (2019), Baladas Baladíes (2020) Poemas para lidiar con uno mismo de madrugada (2021), Máscaras (2021) y Opus Diabolicum / El evangelio de las Brujas. Algunos de sus poemas han sido traducidos al francés, griego, inglés, italiano y rumano. Ha hecho parte de un montón de festivales y ferias del libro, detesta las mafias alrededor de las instituciones culturales y sueña con la llegada del fin del mundo. Le gustan los mapaches.

Poesía mexicana actual: América Femat Viveros

ESTACIONES

Negación el nombrar: Yo tuve un amado sextante.
Era mi pulmón izquierdo, mi brazo derecho,
mi viento de capa y telón; mi arteria anónima.
Fue el inamovible sombrero de mi mundo.
La vela ondeante, carne de estrella a destiempo y a mitad del viaje:
Sextante Marino, lágrimas de ámbar y número de oro.
En esta gravidez de alas y caracolas,
ni una sola de sus aves anida en mi ovario;
no hubo estación para el descanso.
no desovó la tortuga en esta playa, algo alteró el ciclo.
¿Y a mí?, a mí no me basta con una (sola–sola) estación.

CAS/ZA

Delira sobre la costa,
alas heridas;
se pierden entre la selva,
ave intrusa.
—Acechada luz en los ojos del felino—.

SALTO AL SUEÑO

I

El sonido comprende del silencio,
el lenguaje de las piedras que duermen.
El fondo sueña, mece su eco de anémona entraña,
teñido de su corona blanca

emula su sonido en la caracola.

Voz y augurio, hunde los signos de la costa

golpea honda, batiente; clarea el disco del horizonte.

Has de ser auspicio, pez de filamentos; presientes las señales de auxilio.
El mar te llama.

II

Pescador,
este océano de sal multiplicada me cubre.
Yo ante la ola baja de mis branquias
embestida de la máscara del pez o el ave.

Me enciendo de asfixia —¡brindemos!— estoy de pie
ante el pez sacrificado y a punto de saltar
hacia un arpón celeste
ya preparado.

PRECIPITACIONES

I
Ninguna tormenta arrastró el secreto de mis aguas
ni la inmensidad trazada me hizo olvidar
la ruta de los naufragios.
Hallado el mapa —continente de emociones—
mi ola vencida murmuraba:

vertidas, todavía en mi cuerpo están:

las ruinas de esta sed.

¿Escuchas el brillo?
Mi onda moribunda, desmembrada a la deriva
murmuraba:
da vuelta al mar o devuelta al mar.

II

Te hiciste a la orfandad de la ceniza,
a la estrella que entre las manos de un cielo escurre.

Comprensible (hombre pequeño)
ataste ficciones a una mar traspasada y dócil.
Te hiciste rey sin corona. Nada pudiste hallar o conocer.
Sólo aullidos de tren enfilaron el futuro, a todo vapor.

Espiraciones: mareas de enjambres; espiral del ruido
Lo sé, divinizaste la traición;
me obligaste, Exilio, a un silencio de caracola.


América Femat Viveros. México, 1984. Poeta y editora mexicana. Fundadora del proyecto Cipselas editorial. Beneficiaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo, (PECDA, 2017). Finalista en “Jardín de Figuras Abiertas II” de Bitácora de Vuelo Ediciones. Obra suya ha sido leída dentro del marco, Día de las Escritoras, en la Biblioteca Nacional de México. Integrante de la Mesa Directiva de la Academia Nacional de Poesía de Hidalgo. Obra suya forma parte de diversos medios digitales e impresos. Autora de Inexorable (Ablucionistas), Muestra poética América Femat (Biblioteca virtual, Chile), Atisbo (Letras de barro), Irrupción (Cipselas), La estación del agua (Congreso del Estado de Hidalgo), Los designios del agua (Big Bang Ediciones).

Dos poemas de Juan Carlos Abreu y Abreu

por Juan Carlos Abreu y Abreu


agua de barandal

…qué gusto aquél, niña,
luego de la llovizna
recorrer la lengua por la herrería del balcón,
gesto inocente y ocioso.

…qué gusto aquél, niña,
no hacer caso, por no hacerlo,
sin remordimientos, ni pesares;
ese abandonarse al valemadres,
por la eterna vocación
de hacer de la orden
          lo contrario.

…qué gusto aquél, niña,
lamer los breves cuencos,
          las lagunas
          que guardaban
los sedimentos del septiembre
          que se nos iba
en grises llantos sin sentido;
el salitre y la polución,
mixtura de nuestro encierro:
          la melancolía
escrita con vaho en la ventana
y la espiral que asciende
          en fumarolas.

…qué gusto aquél, niña,
alejarse del trapaleo cotidiano,
de regaño y perorata;
          esconderse,
aparecer y desaparecer,
etéreo e inocente parvulito,
          tan desapercibido
como el segundear las manecillas,
la impertinencia del cucú,
el tiempo que es asfixia.

…qué gusto aquél, niña,
probar un sorbo de óxido,
           lluvia y lágrima,
el dejo sanguino que despierta
           el placer licántropo,
           hermosa mutación,
víctima del resplandor selene,
se hinchan las comisuras ahora fauces,
vislumbran los colmillos
que anuncian rabiosas tarascadas
           que desgarran
de la piel a la osamenta;
           furia,
           el ansia incontenible
de ver manar la sangre a borbotones
           bajo la impía garra,
           el zarpazo del instinto.

Absorto contemplaré
los insondables misterios de la luna,
el proyectil de plata que atravesó el telón,
           plumbago nocturno
salpicado por un fogonazo incandescente,
           orificio letal
por donde se desangró el día.

           Lontano lubetón,
           ahora voy,
           me pierdo
entre la espesura y el remanso,
devoro a bocanadas
tempestades de tu carne,
voraz desgarro y paladeo
el púrpura encendido, tus jadeos;
hinco los colmillos como las palabras,
se me trincan las mandíbulas;
sólo he cumplido los designios del destino;
he desollado el símbolo,
ése que encerraba
lo vedado para muchos,
          críptico,
el manto develado de la noche;
congregados los hijos de la viuda,
he conocido los arcanos,
por eso es que voy libre;
cada vez me aparto más de mí y de los míos,
           me aíslo, me castigo,
           me rasgo las vestiduras,
           me escondo,
agazapado en escondrijos;
           oteo,
           palpo el terreno;
           esta fiereza
           que me enerva tanto
           como causa mi pereza;
tras de mí tantos años
la luna dominando mis mareas,
los humores de las hembras
me hacen osco,
           gruño;
crepita la hojarasca,
se desmigaja la tenebra,
la niebla espesa y asfixiante
entre suspiros se quiebra,
aguacero y lodazales,
me hundo en lo más profundo de tu vientre:
           tus entrañas,
víctima de un designio selene.

…qué gusto aquél, niña,
ese grato soliloquio,
           eterno andar
           vagabundo y estepario.

la ceiba en llamas

...quisiera ser como los locos
                     que oyen voces,
para echarles la culpa de mis desatinos;
         pero mis vicios
están bajo el sombrero:
         el cielo y el infierno
son engendros de mi voluntad;
         ni siquiera el amor
tiene vela en este incendio:
         es el desencanto.


                      Es natural...

Poemas extraídos de Abreu y Abreu, Juan Carlos (2017). la neblina del ayer. México: Ediciones y Punto.


Juan Carlos Abreu y Abreu, es originario de Palizada, Campeche (1968). Abogado, con una sólida trayectoria como docente e investigador, ha publicado diversos textos académicos. Es autor de tres libros de poesía: Estrenar destierros (Tintanueva, 2005), letras vencidas, cartas marcadas (Versodestierro, 2007) y la neblina del ayer (Ediciones y Punto, 2014)

Poesía hondureña actual: Armando Maldonado

OFICIO IMPOSIBLE

Mi corazón es el nido que espera a los alcatraces que habitan en las ruinas luminosas de un mundo  que solo ha sido habitado por las fábulas. Amar es un oficio difícil, más cuando se ha nacido tarde  para cumplir la misión para la que has nacido. No hablaremos de los pliegos vacíos que han  depositado mis venas en el puerto en llamas de esta ciudad, que atardece esperando el galeón triste de la noche y sus tripulantes de espectros y fornicación.

Mi corazón, blando como una mano que se niega a matar, solo conoce las notas de la música que sirve para dormir la marea de los ahogados. Amar es un oficio relativamente fácil si has nacido con el pecho inflamado en la penosa asfixia del asma. Ahora todo es tranquilo en el barrio en el que nací.

Mi corazón es una roca que se desmorona en cada latido de la montaña. Amar es un oficio imposible bajo el sol de nuestros días.

BAILANDO SOBRE LA MUERTE

Y allí está, el fantasma de Mao Zedong bailando, vestido de arlequín mientras cambia la bombilla que alumbra la puerta de la casa donde nació. Una mujer vestida de rojo le entrega un libro, Mao Zedong no para su baile frenético. Un camino de piedras coloradas le llama, Mao Zedong baila, trina una flauta en llamas invitando a los vagabundos a lavar sus harapos en las aguas de su río. El fantasma de Mao Zedong es delgado y viste una chaqueta gris, después de eso no tiene datos relevantes más que un par de monedas con rostros de gente igual de muerta que él en sus bolsillos y campanas que anuncian la formación de tropas en todas las plazas del mundo libre. El fantasma de Mao Zedong baila y sus zapatillas blandas han tomado el fuego de un arcabuz ronco, tenor que desgarra silencios en su garganta. Se ha extraviado su boina gris, las bancas de la plaza no dan referencia. Y allí está, el fantasma de Mao Zedong, bailando sobre la muerte, solo bailando.

DAMICLES ERRANTE

El que ha dejado su casa para hacer suyo algún pastizal seco en otra parte ha creído en la profecía de las estufas apagadas. El que en su huida no ha dejado nada más que un cuadro de la Virgen colgado en pared y un par de calcetines en los tendederos que no llegaron a secarse antes del alba. El que contra todo pronóstico salió de su hogar como un ladrón, tomando niños y zapatos al azar. El que aun sabiendo que imaginando el olor de otros campos no encontrará el jardín para el descanso. Ese que huye de lo suyo y abandona los sueños forjados en el vientre de las pesadillas. Ese que cruza ciudades, desiertos y vías de trenes moribundos, ese que un día huyó de los rezos, huyó del pinar, huyó de la bala incandescente, del sortilegio enmarañado que tejían las bestias. Ese que no tiene más destino que lo incierto. Ese Damocles errante, triste, lloroso y despreciado, al que los temas virginales de las fronteras son una espada sobre su cabeza sostenida por el soplido imaginario y tardío de burócratas y tenderos de monedas.

DILUVIO

Un diluvio ha inundado las gargantas de mi gente. Es la hora en que las bestias de la seda engullen la época, el tiempo es un Chardonay más puro que el Jordán del año 30. Los moradores del pie de la montaña trajeron noticias del aguacero cuando todavía era un charco descalzo que saltaba ríos y comía los frutos de la rivera la mañana de los domingos. Nadie creía por aquellos días que la vorágine sería erguida como un mar de pie, inmóvil, donde los hombres tristes y mujeres huérfanas de caricias chocarían en sus ansias de pan y luz. Los moradores del pie de la montaña advirtieron estos días. Su profecía turbia inundó nuestras voces. Henos aquí,

ahogados.

Armando Maldonado

Nació en Tegucigalpa, Honduras en 1983. Es Poeta, editor y gestor cultural. Fue fundador del Grupo literario Máscara Suelta. Fue miembro del Colectivo de Poetas PaísPoesible y del Taller de Poesía Edilberto Cardona Bulnes. Director de Ediciones MALPASO. Ha dirigido y colaborado en la creación de espacios culturales y literarios por más de 15 años.

Ha publicado: Caligrafía de la sed en 2021, Ciudad que no canta en 2021, Misa de los suicidas en 2019, Coloquio de la tempestad en 2019, Un poema que hable del mar en 2016 y Así tu cuerpo en 2013.