Poesía mexicana actual: Andrea Broca

I

Había hormigas en tu cuerpo,
observé el camino tembloroso
por el que se dirigía una de ellas.
No entendía por qué corrían por todo tu cuerpo
si aún estabas vivo. Con delicadeza las aparté
de tu rostro y piernas y una vez en mis manos
las maté con tanta ira.
Las maté en un instante y yo estaba muriendo igual que ellas.

II

A veces creo que la muerte se enamoró
de las mañanas de mi madre y las noches de mi padre,
por eso despierto tan temprano y duermo con sigilo.
La ausencia de sus rostros me ha abrazado durante
las caminatas del pasillo a la cocina, de restar tazas de café para el desayuno
y constatar que ahora hay menos luces encendidas.
La muerte me ha dejado claro que no era a mí a quien buscaba
desde entonces me dedico a cancelar toda clase de manía que desató en mí
ya no siento a la muerte escurriéndose en mi habitación
y no identifico la humedad de su presencia
quizá es que ahora me toca una larga vida.

III

A veces te sueño hundido en el agua
y yo meto mis brazos para sacar tu cuerpo
y extenderlo en la cama
lo conservo por unos días para ver si te recupero
pero la muerte ha hecho en ti un excelente trabajo:
se ha llevado tu calor y la melodía de tu vida…
Es entonces que veo cómo tus ojos han volado,
tus manos ya no pesan y el pulso de tu cuerpo
se convierte en ceniza.
Luego viene la nada a despertarme
sin agua, sin calor, sin tu melodía.


Andrea Broca. Actriz y productora originaria de Coatzacoalcos, Veracruz. Estudió la licenciatura en actuación en la Universidad de Londres. Ha trabajado en proyectos cinematográficos y teatrales enfocados principalmente en la transformación social. Entre ellos destaca su participación en la película “De las muertas” y la producción de la obra de teatro “El juego de la Gorgona” dirigida por Mar López. También ha publicado poesía en Cardenal Revista Literaria , Revista Kametsa y Buenos Aires Poetry.

Reseña del libro «En el principio, la fábula», de Felipe Rivera Burgos

Más allá de la fábula

Felipe Rivera Burgos
En el principio, la fábula
Editorial Efímera, Honduras

El pasado mes de julio el escritor hondureño Felipe Rivera Burgos (Tela, Atlántida, 1968) presentó en el VI Festival Internacional de Los Confines su tercera obra, En el principio, la fábula, que ve la luz de la mano de la editorial Efímera, con prólogo de Carlos Ordóñez e ilustraciones de Itzul Galeano. Antes de este libro, el narrador, poeta y editor contaba con otras dos publicaciones en su haber: la colección de cuentos Para callar a los perros (2004) y el poemario Ese verde esplendor (2006).

Ya en el título el lector se encuentra con un adelanto de lo que le espera en el interior: cuarenta y cinco microcuentos presentados como fábulas. Es indiscutible que Felipe Rivera Burgos ha leído de forma precisa a aquellos clásicos que lo precedieron en el género, desde Esopo hasta La Fontaine, sin olvidar la herencia centroamericana de Monterroso. Además, los protagonistas de sus ficciones toman forma animal para iluminar el espíritu crítico del lector ante actitudes reprobables de los humanos, como la prepotencia, la ignorancia o la artificiosidad. Pero, si el autor se quedase en eso, en un emular con tino y cierta gracia lo que otros elevaron a la categoría de obra maestra, si se quedase en el mero servirse de un esqueleto formal y mover los engranajes de un género dado, el libro no tendría más interés, sería una concatenación de ficciones cortadas por un mismo patrón.

Nada de esto sucede en En el principio, la fábula, porque Felipe Rivera Burgos va más allá de la fábula. Nos habla de ratones, zorros y urracas, sí, pero para subvertir el tópico, la idea preconcebida, porque no menosprecia la inteligencia de su lector: sus palabras saben callar, sus puntos finales son una invitación a recoger el guante, a aceptar el desafío de la reflexión que no muere cuando el texto termina. La moraleja existe, por supuesto, pero, cuando creemos que hemos llegado a ella, el narrador, gracias a una hábil vuelta de tuerca ―en ocasiones, un giro surrealista―, se aleja de la moralina, del consejo superficial y edificante, regatea y nos roba el balón, si se me permite la metáfora futbolística.

A pesar de la brevedad de las historias, el libro despliega un variado abanico de temas ―siempre desde un posicionamiento crítico que no dogmático― que parten de lo sencillo para afluir en lo existencial. Es contra la ortodoxia, el convencionalismo gris y la corrección que estas fábulas apuntan y disparan. En «El Mono que perdió el interés por todo» se plantea la cuestión del artista cortejado por el poder político (encarnado, no es baladí, por el Buitre). En «La congregación de los mayores» la redención espiritual del Gallo pasa por el final de sus escarceos extramatrimoniales, con el resultado de una vida yerma y malgastada. «Por qué el Topo no aprendía a leer» nos habla del escritor que se zambulle en los tesoros deslumbrantes de la palabra para huir de la mediocridad cotidiana, de esa realidad defectuosa, falaz, con la que comercian los burócratas, los poderosos o los fanáticos.

En estas fábulas hay humor, una risa abierta que acaba en mueca sarcástica. Hay combate e inconformismo. Hay riquísimas reflexiones sobre la función del arte y la fuerza del lenguaje, a menudo a través de la paradoja y de la ironía, esos espejos deformantes. Hay hermosos destellos de poesía («una partícula radioactiva parecida a una luciérnaga»). Pero también hay desolación y fatalidad, desamparo y decepción, nostalgia de un pasado donde lo espontáneo y lo natural no se habían aún contaminado, como en esos versos suyos que dicen: «De aquellos días sólo queda el rumor / de las cosas arrastradas por el tiempo».

Felipe Rivera Burgos es un narrador libre, brillante y hondo, que en este volumen, En el principio, la fábula, nos brinda unas historias valiosas y poliédricas, fértiles en interpretaciones. No se las pierdan.

Por Margarita Leoz


MARGARITA LEOZ (Pamplona, España, 1980)

Licenciada en Filología Francesa por la Universidad de Salamanca y en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Barcelona. Autora del libro de poesía El telar de Penélope (Calambur, 2008), de los libros de relatos Segunda residencia (Tropo Editores, 2011) y Flores fuera de estación (Seix Barral, 2019) y de la novela Punta Albatros (Seix Barral, 2022). Sus artículos y sus críticas literarias han aparecido en revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Revista 5W, Litoral. En 2021 fue seleccionada para el proyecto «10 de 30» de la AECID (Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo), que elige a los diez mejores escritores españoles menores de cuarenta años para promover su obra en el extranjero.

Muestra poética de Dennis Ávila

Gestión por María Macaya

MECÁNICA DEL TIEMPO

El tiempo cae de pie. Su consigna
es un aplauso, una burbuja que estalla.

Persiste en su hallazgo;
río de arena por donde atraviesa el mundo.

Sus agujas son brazos cruzados,
un vértice entre lo insatisfecho
y el segundo dictado por la resignación.

Los primeros relojeros se quebraron frente al jet lag;
nuestros ancestros inventaron el hipo
lejos del sol
y su mirada pálida al otro lado de la nieve.


Al igual que el mar, vigila su partitura. Es el tiempo y cae de pie como la lluvia.

LOS BUSCADORES


Dejamos la ciudad, sus leyes y semáforos;
unimos nuestro espíritu a la columna vertebral.


Sentir es un pacto ligado a la respiración. 
Sentir es llenar de pájaros el cuerpo.


Dejamos a un lado números y agendas.
Palpamos un río.


Es el poder de la montaña.
Vivir otras vidas, perder los pasos.
Solo hay un sendero: el fondo de uno mismo.


Buscar es un oficio milenario.


Buscar el fuego, el aire, el agua.
Un propósito de tierra en el camino que abre el sol.


 
Buscar como quien sana,
y el fuego dirá las palabras hacia dentro.


Ver es la respuesta,
el origen de la música,
la piel de un grillo,
el viento en cada hoja,
las manos, la sed, el agua, el árbol;
la sonrisa de un buscador 
cuando ha encontrado su visión. 

La paz es la primera piedra,
la primera habitante del planeta.


Ayunamos y entregamos la palabra.
En esta paz la búsqueda despierta.

PRIMERA NOCHE


Hay una certeza: son las cinco de la tarde
y voy a ser un árbol.


Estoy sembrado en el terreno baldío
que se entregó a mi espíritu.


Lo cruzo de lado a lado,
sin más preámbulo que mi perplejidad.


Es tiempo de dormir para los animales del día.
Se estiran los animales nocturnos.


Desvelo luminoso,
no distingo entre la sed o el insomnio.


La noche es una ballena que descansa.
Las estrellas, su escolta.


El aire custodia la luna, hermosa,
al otro lado de este musgo cósmico.


Sobrevivo a mi cansancio.


La montaña toma sorbos de tiempo.
Abro los ojos y esta es la oscuridad.


La red de lo que veo
vuelve vacía en cada intento.

PUERTA DEL ESTE


Aparece la esquina donde nace el tiempo.
Es la Puerta del Este.
Mis ojos conectan con el Astro Mayor.


Vuelvo a la meditación.
Habla el hambre.
Los pensamientos del hambre.
Agito la voracidad para borrarla.


Cambio su voltaje.
Se desvanece. Gana la sed.


Los sueños entran por el sueño
y mueren en la realidad.
Los veo pasar como ventanas de tren.


Subo al viento y evade su peso.


Es un mareo:
se alteran los colores que respiro.


Los sueños se empapan
y vuelven con los labios resecos.


Ahora entiendo a nuestros ancestros:
nada es más humano que invocar la lluvia.

ESCUELA


Abuelo es el árbol al que me sembraron
para encontrarme en la montaña.


El primer día no supe hablar con él;
la noche fue larga como un cincel
que no estaba en mis manos.


El segundo día dormí al pie de su respiración
y la noche se acostó a mi lado.


Al tercer día siguió el martilleo de la sed.
Me levanté y abracé su corteza.
Con la mirada le pedí que lloviera.


El bosque nuboso habló al cuarto día:
“La noche es de los grillos y la mañana es de los pájaros”.


Volví un año después.
Reconocí en sus raíces el golpe de un relámpago.
La otra mitad, al caer, atravesó mi montaña.


Dennis Ávila (Honduras, 1981). Una selección de sus primeros libros de poesía se reúne en la antología Geometría elemental (2014). En el año 2016, Ediciones Perro Azul (Costa Rica) publicó La infancia es una película de culto, reeditado en El Salvador, Puerto Rico y España. En el año 2017, Amargord Ediciones publicó Ropa Americana, reeditado en México y Jordania. En el año 2019, publicó Historia de la sed (Amargord Ediciones). Su libro, Los excesos milenarios, obtuvo el Premio Internacional de Poesía «Pilar Fernández Labrador» (España, 2020). La Colección Primavera Poética publicó su antología Escuela de pájaros (Perú, 2020).

Reseña: El lenguaje de las burbujas, de Iveth Vega

Iveth Vega
El lenguaje de las burbujas
Editorial Efímera, Honduras
105 páginas

Por Margarita Leoz

Con El lenguaje de las burbujas, su tercer libro de poesía, Iveth Vega (Santa Bárbara, Honduras, 1991) ganó el Premio de Poesía «Los Confines» en su edición de 2021, el mayor galardón poético en Honduras, y situó a su autora en primera línea de la literatura centroamericana actual.

La poesía de Iveth no se somete al capricho de las musas ni a la veleidad de las modas. No escribe en el momento ni para el momento, tampoco muere en él. En sus poemas se manifiesta el oficio y la paciencia de una pluma que anheló escribir durante mucho tiempo antes de osar hacerlo. Estas cualidades la distinguen, la tornan brillante, flotante, ingrávida, igual que sus burbujas, libre y liberada de los excesos del yo y de la bruma de lo instantáneo. «Los siglos me han sellado los labios, pero aún así / puede guiarte mi voz en el lenguaje de las burbujas».

La primera parte del poemario, titulada «Caer», nos habla de la caída universal de la condición humana («Yo estoy cayendo en los abismos de mis propias manos. / En mis propios sacrificios y carencias») y del anhelo por recuperar la perfección de la que un día formamos parte («Quiero volver a ser noble»). Esta restauración solo será posible si el ser humano se despoja de los lastres que amarran sus pies a lo terreno (las percepciones sensoriales que por su parcialidad emborronan la conciencia, el yugo del tiempo, la noción de la propia finitud) y emprende, a continuación, un viaje ―uno de regreso, en sentido ascendente― hacia el universo celeste del que partió, del que es originario.  

«Los brazos quieren volar, nunca nadar. Volar, para eso nacieron». De este modo, en «Flotar», la segunda parte del volumen, la voz poética ―múltiple, variada, poliédrica― emprende este ascenso, se eleva. Con el fin de alcanzar su meta, el reino del sueño se reivindica como vía de manumisión de la psique: «Solo en los sueños exclamamos sin culpa las palabras que nos definen y los deseos que nos pueblan. / Solo en los sueños la muerte y el tiempo pierden su imperio». La obra de Iveth Vega ―en este punto queda patente― bebe de André Breton, de las fuentes del surrealismo; el sueño surge como paraíso donde la lógica se estanca y la percepción se distorsiona y, en consecuencia, nos acerca a la auténtica verdad. No obstante, a diferencia de los poetas surrealistas, el cauce de Iveth no desborda en el torrente de la escritura automática, sino que reposa antes de entregarse a los versos.

«Vivirás largos y luminosos años, pero no te bastará». La humanidad es limitada, es ruidosa, es contradictoria; está marcada por la insatisfacción, sobrecargada por la apreciación sensible, traicionada por el cuerpo («el cuerpo solo es un envase desechable»), ese recipiente sojuzgado a la podredumbre de su caducidad y al despotismo del olvido («la muerte vendrá a lavar nuestros rostros también»). Y, no obstante, en su paradoja, el género humano aspira a la sabiduría, a la pureza, a lo infinito, a lo eterno.

«Intento descifrar los mensajes de los astros». Al final de El lenguaje de las burbujas, la reconciliación se intuye posible, aunque la belleza y el conocimiento y la plenitud pasen por el silencio y por la aniquilación de la temporalidad. Para aprehender lo profundo es preciso no mirar, no hablar, adoptar otro lenguaje, porque el lenguaje humano se muestra incapaz («La voz quiere nombrar, quiere crear, quiere invocar, pero las burbujas ahogan los intentos»). En este libro, como en toda la literatura de calidad que se precie, la escritura es también una búsqueda de la propia escritura, un afán por rebasar los límites de la imposibilidad de nombrar.

A pesar de su juventud, la poesía de Iveth no es titubeante, visceral o irreflexiva. Todo lo contrario: se desvela filosófica y cosmológica, matemática en tanto que pugna por comprender las propiedades de lo abstracto. En sus páginas hay telescopios, estrellas, capas terrestres y celestes, planetas, seres mitológicos y ruinas antiguas, aves acuáticas, proporciones áureas y relojes, preguntas sin respuesta. Su voz busca la exquisitez, la iridiscencia, aspira a la armonía, a la música de las esferas. Y, sin embargo, no deja de mirar con compasión nuestros afanes humanos, los nuestros, los de esas hormigas que somos y que, dicen sus versos, «llevamos sobre nuestras cabezas las semillas de la civilización, por un camino que no se acaba nunca».

Que el camino de la escritura de Iveth Vega sea largo. Luminoso ya lo es.

Disipación

El día en que murió, buscamos el recuerdo de su rostro y no lo encontramos. Recurrimos a las fotografías y a las especulaciones.
¿Sus ojos eran marrones? 
Sus hijos lo buscaron en los diplomas y en los videos de cumpleaños, 
pero ninguno lo reconoció. 
Ningún rostro era su rostro. La muerte había hecho su trabajo. 
Desde entonces tememos, porque la muerte vendrá a lavar nuestros rostros también.



Sueño que soy una hormiga roja

Los fenómenos nos tocan los pies, con relojes, con espejos, con mordiscos. 
Caemos bruscamente en el Cañón de Bryce para iniciar la procesión de las hormigas. 
Vamos enceguecidas por tanta luz, llevamos sobre nuestras cabezas las semillas de la civilización, por un camino que no acaba nunca. 
El humo y el cielo; el pasado y el presente se confunden en el sopor del cénit. 

Nos quedan doce segundos antes de que alguien nos despierte con la vulgaridad de una botella destapada con violencia.



Baia 

Pasa tu mano por la sedosidad de las olas, pero no reposes en la superficie. 
Examíname con tu ojo de cíclope y lánzate a las profundidades submarinas. 
Los siglos me han sellado los labios, pero aun así puede guiarte mi voz en el lenguaje de las burbujas. 

Todas las cosas cambian. Antes aquí todo era bermejo, como la sangre, como la carne, como el vino. Hay que entender cómo estas cosas se relacionan. 
Ahora todo es azul verdoso, infinitamente bello, infinitamente mudo. 

Cierra tus ojos y déjate llevar por la espuma. 
Los tentáculos no le bastan el pulpo al acariciar los mosaicos, tus diez tentáculos tampoco bastarán. 

Déjate seducir por la suavidad de mis ondas, que el tiempo no se detiene, pero aquí tiene prohibido correr. 

Enrédate en mis algas y olvida el mundo de las superficies donde todo es violencia y presunción.



A

Aquí todo es frustración y su resonancia. 
El océano oscuro y tempestuoso llena de algas y arena mi garganta. 

La voz quiere nombrar, quiere crear, quiere invocar, pero las burbujas ahogan los intentos. 

Los brazos quieren volar, nunca nadar. Volar, para eso nacieron. 
Los brazos quieren salvar a este cuerpo que está abandonado junto a las naves. 

El tiempo transcurre con su marcha orquestal, con sus giros de muerte.



Silencio

En aquellos años pensabas que para conocer la profundidad era necesario bajar los ojos. 

Ahora comprenderás que la profundidad se alcanza al guardar silencio. 
Llegas tarde a tu cita. 
Buscas atar los hilos de la red, pero te vas quedando sin manos. 
No quieres aceptar la inmovilidad, la no pertenencia, la sabiduría silenciosa. 
Calma, el cuerpo solo es un envase desechable.


Iveth Vega (Santa Bárbara, Honduras, 1991)

Poeta y editora. Licenciada en Letras con orientación en Literatura (U.N.A.H). Ha publicado los libros: Elementos sucesivos (2021), Amatista (2021) y El lenguaje de las burbujas (2022). Ha sido galardonada en seis certámenes nacionales. Ha sido publicada en más de una docena de antologías y revistas literarias nacionales e internacionales. Ganadora del V Premio Nacional de Poesía “Los Confines” (2021).

Fotografía: Kevin García

Margarita Leoz (Pamplona, España, 1980)

Licenciada en Filología Francesa por la Universidad de Salamanca y en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Barcelona. Autora del libro de poesía El telar de Penélope (Calambur, 2008), de los libros de relatos Segunda residencia (Tropo Editores, 2011) y Flores fuera de estación (SeixBarral, 2019) y de la novela Punta Albatros (Seix Barral, 2022). Sus artículos y sus críticas literarias han aparecido en revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Revista 5W y Litoral. En 2021 fue seleccionada para el proyecto «10 de 30» de la AECID (Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo), que elige a los diez mejores escritores españoles menores de cuarenta años para promover su obra en el extranjero.

Reseña literaria: «Cuando muere la niebla» de Nilton Maa, por Julio Durán

Por: Julio Durán

Las vivencias de un grupo de jóvenes de Collique, víctimas y victimarios de la violencia urbana, se condensan y transforman en Cuando muere la niebla, la más reciente nouvelle de Nilton Maa. La periferia limeña, sus carencias, sus relaciones sociales y su geografía e infraestructura marginales son el marco en que se desarrolla una historia heredera del realismo urbano que busca retratar el crecimiento de la capital, las penurias y destinos de sus habitantes.

Aunque el centro de la narración es el enfrentamiento de dos pandillas de adolescentes, el relato inicia con un juego de niños que involucra sí una aproximación violenta a la sexualidad, un señalamiento que marca el destino de Chino, primera voz narradora del relato.

Asistimos, primero, a la voz del joven que narra en primera persona su melancolía, sensación que cubre todo lo que observa en el barrio (y que, de alguna manera, permea los demás testimonios). Esa mirada lo distancia, pero no lo hace ajeno a la realidad, sino que lo lleva a reflexionar sobre ciertos elementos de la vida cotidiana: la comida de la semana, la que se reparte en comedores o la que se obtiene con los esfuerzos de una abuela que sobrevive con un solo salario, las agresiones del barrio para someterlo a una categoría; llega incluso a observar y cuestionar el sentido de la esperanza misma.

Desde ese lugar melancólico, el ensimismado protagonista se siente ajeno a un mundo que, debido a su origen, solo le devuelve su propia fragilidad, su sentido de no pertenencia. Pero es con la adolescencia que se manifiestan la violencia ritual de las pandillas, las demostraciones de fuerza, burla y hostilidad que sufre el protagonista, manifestaciones cuyo objetivo es la subordinación de su identidad. De ellas, el protagonista se refugia en la imaginación.

La narración de la bronca decisiva, hecho que define la existencia de los personajes, resulta vívida e impactante. Pero la narración de Chino sobre el hecho se centra en algo más vital e íntimo: el descubrimiento del propio deseo, refugio ante la muerte y la pérdida, y la culpa de ese mismo sentir.

Otro mérito de Cuando muere la niebla es su construcción polifónica. El punto de vista de cada miembro de la pandilla amplifica la realidad. El mismo evento y sus consecuencias son narrados por los agresores del protagonista, que a su vez son víctimas del círculo de violencia. Así, podemos conocer el orden de ideas en que se desarrolla su mundo, sus afectos, el temor de que la violencia llegue a sus seres cercanos, sus propias contenciones y limitaciones. Además, los saltos en el tiempo ayudan a dejar en claro que la historia de Cuando muere la niebla está viva en cualquier ciudadano de la ciudad de Lima, que sus hechos nos alcanzan e interpelan.

En Cuando muere la niebla, es el juego con la violencia —“adolescentes que buscan emociones más fuertes para hacerse los valientes, porque no se tolera la inocencia”— la que determina el destino y obliga a cada miembro de la pandilla a tomar una decisión.

La nouvelle de Naa está emparentada con relatos de contemporáneos como Enmanuel Grau y su libro de relatos Hijos de la guerra y J. J. Maldonado y su libro Los Buguis, que a su vez son herederos del realismo limeño de Congrains y Reynoso. Quizás el mayor mérito de Cuando muere la niebla sea la oralidad fiel de sus personajes, los monólogos interiores de los personajes en los que se percibe una comprensión propia del autor, un deseo de dar sentido al caos en que sus personajes crecen envueltos.

Biografía de Julio Durán:

Es un escritor peruano, autor de la novela «Incendiar la ciudad» (2002) y el libro de relatos «¿Y quién eres tú para juzgarme?» (2017). Su más reciente novela, «A un lugar que ya no existe», fue publicada por entregas en el diario Peru21. Ha formado parte de distintas antologías como «El Cuento Peruano 2001-2010» (Petroperu, 2010) y «Selección Peruana II» (Estruendomudo, 2007). Algunos relatos suyos y extractos de su novela han sido traducidos al inglés y publicados en A Public Space, Words Without Borders y The South Carolina Review.

Julio Durán, autor de la presente reseña literaria

Portada de «Cuando muere la niebla» de Nilton Maa

Muestra poética de Kari Obando

                                                                             Gestión por María Macaya

Coral mamífera 


Mi cuerpo es una cafetera 
que hierve en la madrugada
mi piel es de hule 
y todo sabe a sal
como mamífera me arrastro 
por la playa
lloro entre el coral muerto 
Floto en la laguna del caos.
Hay un precipicio en cada paso 
estoy hundida en ese charco
frente a casa. 
Y ninguna voz me hace
despertar de este sueño 
Crece dentro
a cada minuto que respiro
como animal nocturno me devora.
mi pálpito se duplica 
Estoy al borde
corro y grito 
en la habitación de mi vientre
Se desploma el pájaro 
desde el árbol gigante 
Me desangro en el centro de la selva
Huyo hacia el fin 






Vida pasada               

                  
En mi continente de piel 
no hay ayeres  
solo una huella dactilar de la casa de tus manos.
Nuestro amor es una criatura no nacida
ahora el tacto huele a noche moribunda. 
Nuestro intento se perdió
en la frontera de ilusiones y miedos 
las caricias están envueltas 
entre las sábanas asustadas de soledad 
sólo moran las bucólicas telarañas.
Pido a los sueños que renazcan 
tus labios en mi pubis lunar 
que germinen
mis poros dilatados 
como frutos caribeños 
bajo los soles
de este amor necesario 
ungido con olores tropicales. 
Rezo a las hormigas 
que trascieguen 
dulce y jengibre
de mis pezones hasta tu boca
Haciendo una danza marina
en el no tiempo de una vida pasada
entre las olas de  tu pecho  y mi espalda.  
                                                                            
                                                         A Roberto y a nuestro amor necesarioÚtero del mundo


Vibra el corazón 
de la tierra 
hasta el pecho del jaguar 
el grito de las abuelas
desprenden el mal del ojo
Yemanja cuando
alguien renace a la orilla 
del mar 
muda de piel
es una sirena
entre llantos fúnebres
ensordece ballenas
porque ha perdido a su hijo.
Sus pezones son de sal 
su boca se desmorona
sobre los ojos de dios.
Abre su vuelo por las noches 
recorre las corrientes
del inconsciente 
Alcanza en sueños
el vuelo de la sombra 
la muerte es solo el portal
de sus entrañas
paren la luz en cuclillas 
frente al útero del mundo.  






De diásporas 


Estamos hechas de frutas tropicales
de clamores y plegarias nocturnas
de plantas que sanan las heridas
estamos hechas de intensas músicas
de raíces despertando en las caderas
de tambores
de conjuros marinos
de sabores y de espíritus
que se alimentan entre cocinas
y recorren las costas
pariendo pueblos hechos de resistencia.

                                                                       A mis afro hermanas 

Kari Obando (1994, Limón, Costa Rica)

Poeta antes que socióloga. Afroactivista, gestora socio cultural del Caribe costarricense.

Poesía de culto: Ana Antillón

Si me envuelve la niebla, yo me elevo

Si me envuelve la niebla, yo me elevo
en su alta soledad y su andar manso;
en su quietud me interno y no me muevo:
es que he encontrado mi alma y ya descanso.

Súbete entre la niebla que oscurece
y hiela las montañas y los cielos,
sube en mi alma que en niebla resplandece:
luciérnaga embriagada de los hielos.

Sube a mi cuerpo que descansa en mi alma,
a mi cuerpo que es tierra entre la niebla,
crece sobre él rompiendo su gris calma:
despertará en la hoguera la tiniebla.

Lentamente tú y yo nos dormiremos
en palpitar de niebla soñolienta.
Germinen dos semillas del invierno.

Estrechamente unidos estaremos
creciendo entre la niebla que nos tienta,
con el sopor extraño de un yo eterno.

Mi cuerpo niño de animal enfermo

Mi cuerpo niño de animal enfermo
se asoma, flor de muerte, hacia la tierra.
Las fauces sin canción lo atraen al sueño.
Cabezas erizadas por el yermo
se arrastran contra el pozo que las cierra,
la órbita vacía estirado el ceño;
mi cuerpo triste aún de carne nueva,
se retuerce y se espanta ante su nada.
Se arrastran los demás, muerte dormida.
Es tentáculo oscuro que lo lleva
y es una piedra enorme, muy helada,
que se encuentran, tardando mi caída.

Araña negra tejiendo

Araña negra tejiendo,
debajo el pozo de sombra,
hila, hila, sobre el árbol,
sobre la tierra y la roca.
Araña sucia mojada
babeando su tela fría;
un pájaro de las sombras
era la araña desnuda.
Escondía su cabeza
y nos enredaba el alma,
nos enseñaba las patas
y nos arañaba el alma.
Se retorcía entre las hojas
un reptil de lengua blanca;
era una araña grandota
que se deshilaba toda,
era un ovillo de vello
que se extendía por el ave.
El aceite de un relámpago
se regaba en los rincones,
sudaba la piedra blanca
al par que fruía la tela,
se devoraba la piedra
una boca desdentada.
El granito se derrite,
se lo carcome una tela
peluda y suave de patas,
de boca fría y desdentada.
El alma se había quedado
entre las garras de un cuerpo.

Desplegada en el aire

Desplegada en el aire,
colgando de un hilillo
que se alarga y se angosta
mientras escupo o chupo,
yo, araña en la tinieblas
con las patas redondas
de gastar las paredes,
con el vientre escaldado
de manejar insectos;
me subo hacia los techos
y me hieren huevillos,
me bajo a los rincones
y me penetro de agua;
vuelvo hacia el aire fresco
y me quedo colgando,
los ojos encogidos
de soledad y viento,
las patas destrozadas
de agitarlas con fuerza.
Rompiendo en la cabeza,
fluyendo en las entrañas,
la baba se me escapa,
me destroza los miembros.
Languidezco vacía
con la cáscara suave
arrugada y desnuda,
colgando aún del aire.

Oigo lento golpear en el compás

Oigo lento golpear en el compás
de los ruidos llegando del camino
dos pasos y dos pasos más.
Escucho la pesada letanía
que ya marca, tocando mi destino,
el cambio oscuro de la vida mía.
Cuento el compás con el que marcha en dos,
y no quiero pedirle al gris paseante
que aleje de mi fin los pasos tardos.

Pero no avanza y empieza en mis oídos
a devolver sus pies de caminante
dos pasos, dos, revueltos en sonidos.
Y terminan, golpeando con el viento,
como un eco tardado de fatiga,
y me quedo, deseando el paso lento
de aquella temerosa sombra amiga.

Con el ojo extraviado en la locura

Con el ojo extraviado en la locura
y la boca entreabierta por los dientes,
viene jadeando en mí un espectral mimo.
Saltó una vez, alud de la ancha altura,
derrumbando su forma en mis salientes.
Desde entonces fui en muerte alado arrimo.
Volotea noche y día sobre ensenadas,
por los bosques tupidos, por los hielos,
llevándome, a la rastra los cabellos.
Angustiada me esfuerzo, fatigadas
las sienes en espanto de los cielos,
descargada mi fuerza en sus destellos.
Desprovisto de gracia en la figura,
encogidos los hombros, va latiendo
apoyado en mi pecho su calcáneo.
Se enciende su humedad de bestia pura,
sorbiendo a soledad lo vivo ardiendo
de las fuerzas deshechas de mi cráneo.

Lame mi cuerpo líquida corriente

Lame mi cuerpo líquida corriente
erizada y sombría. Silenciosa
me he sumergido en la oquedad del agua
dejándome arrastrar dormidamente.
El fondo verde en la humedad reposa;
a través de las capas ardua fragua
levanta chispas negras: el oleaje
envuelve, abrasa los viajeros leves
que deslizan sus formas en mi hueco.
Oigo flotar en torno a mí el ramaje
de brasilla empapada, ardiendo breve.
La ceniza se cierne: aliento seco
que va enjutando el cuerpo remojado.
Por ampollas abiertas brotan soles:
chispecillas de luz en campos míos,
que ha sacado de carnes tibio arado.
A la rastra de negros girasoles
levanta el agua cascarones fríos.

Oscilaba eternidad al vaho compacto

Oscilaba eternidad al vaho compacto.
Vibración luminosa en aires huellas,
palpa la oscuridad por lo cercado.
Constante turbia; esconden, al frío tacto,
infiltración moliente las estrellas.
En gravedad redonda de embotado
cerco, lava al vacío corrosivos
lechos; el jadear efervescente
purula solidez llagante, vibra.
Fortaleciendo carne en los activos
fondos, soledad a la corriente,
roe entrañas y amarra con la fibra.
Revienta con las luces de los rastros,
desliza al espesor moviendo bocas.
La descarnante estanque, descompuesta,
midiendo la lamida hondura de astros,
escarpa adormecer; las ebrias rocas,
gravitan removiendo suave cresta.

Turbia en la marcha, el sueño la distancia

Turbia en la marcha, el sueño, la distancia
que balancea la sien entre dos aires;
turbia en la longitud del aire negro
que se vacía en el viento con estruendo.
La imagen agotada que se esfuerza
por estar quieta, viva y descubierta,
pierde la consistencia, al soplo vago
se arrastra a las esquinas y se pega.
La colección variada, sucia y vieja
de imágenes que aplastan las paredes,
mira la redondez de informes vueltas;
los ojos que se vidrian ven el polvo,
las hendiduras yertas que revuelan;
y sigue la hediondez de humores negros
que se vuelven con aire tibio, vómitos.
Urga descongestión el organismo
velado por la fibras que se cruzan
y enturbian la visión de los embriagues;
silba la escalofriante rueda inerte
que aplana por los aires ciegos ruidos.
Y queda mi soledad sin habla y sorda,
murmurando en la enfermedad de horas
que mudan mi destino lentamente.

Arriba, llega, alcanza en monotonía

Arriba, llega, alcanza en monotonía
de unido vuelo el gran enjambre ciego
de bisbisear de insectos motinados
que remueven el día.
Desde un zumbar las alas sin sosiego
por la ebriedad tocados,
van empujando espacio de amalgama
mole contra la falsa cavidad
del cielo que se hunde en caos; el destrozo
con el vigor inflama
al reventar por fuerza; gravedad
se rebasa en los pozos
que consumen de atmósfera aire seco;
bajo el ardor de emburujado bulto
tumultuan respirando larvas plenas,
se alargan por el hueco
vagando un crecimiento muy oculto
del tacto incorporarse a las condenas;
y fraguan sitios duros,
los que resistan del asiduo alcance;
secretando la forma de los sueros
integran alma a los compactos muros.
Internando el avance
un corroer profundo de agujeros.

Del libro Antro Fuego (1955)

Selección: Lovesun Cole

Ana Antillón (1934), poeta y narradora costarricense, autora de los libros: Antro Fuego (1955), Demonios en Caos (1972), Situaciones (2000) y Coruscar (2001). Cursó Antropología y Bibliotecología en la Universidad de Costa Rica. Laboró en la Biblioteca Nacional en la época en que esta era dirigida por el poeta Julián Marchena (1847-1985), y profundizó en el conocimiento de la poética contemporánea de Hispanoamérica. A mediados de la década de los cincuenta tiene relación con los poetas vanguardistas de Nicaragua, como Alfonso Cortés (1893-1969), Carlos Martínez Rivas (1924-1998), y particularmente con Pablo Antonio Cuadra (1912-2002), José Coronel Urtecho (1906-1994) y Ernesto Cardenal (1925-2020). De su obra poética, (nunca premiada), se conocen dos poemarios: Antro Fuego publicado con 21 años, con el que sacudió la sociedad moralista, aldeana y conservadora de la época, y Demonio en Caos; con 38; títulos que dividen la producción de su única y breve etapa poética. En 2001 recibió un homenaje del Ministerio de Cultura en el Día Nacional de la Poesía.

Muestra poética de Florencia del Campo

                                                                    Gestión por María Macaya


Puro egoísmo

Yo no hice ese pacto contigo.
No te dije que podías venir
y robarme el cuerpo y el tiempo, no.
Yo no hice ese pacto contigo.
Que podías venir a mi casa
poner muebles en mi habitación
llenar los rincones con babas
para aromar hasta mi piel, hasta
unas sábanas con seda blanca, no.
Yo no te dije que podías tomar
mis cosas, que podías anularme.
Que podías robarme la belleza
hacer de mí un estropajo sucio.
Que podías dejarme en jirones
transformarme en modos
de materia en fragmentos, en porciones
pequeñas para morirme de hambre
de ser la que era, no
yo no hice un pacto contigo.
Nunca dijimos que podías llorar
todo el rato y yo nunca, que podías
gobernar el imperio de mis tres
cosas, solo tres cosas tenía.
Arrebatarme las manos
robarme el silencio, no, yo no dije
que secuestraras mis pechos,
que acumularas mis síntomas que borraras
mi sexo etéreo.
Tú no me dijiste que ibas a implorar
blandura de algodón mientras apagas
carbones con la boca e intoxicarnos,
si es que dormimos, con el humo que dejas.
Yo no lo hice, no.
Ni siquiera hice un pacto conmigo.
Te traje al mundo sin consultarme.




Arrancarse los pelos

¿De qué va esto?
Hablan de arroz, de biología.
Yo marqué cruces en los casilleros
a tiempo
hice caso a agujas con velocidad
de segundero.
¿Y ahora qué? ¿De qué va el cuerpo?
Yo barrí mis pelos del baño anoche
manipulé el cepillo desde un palo
y al darle vuelta para descargarlo
me sentí muerta, no vieja: muerta
la vida se mostraba enredada en
esas cerdas que barrieron.
Un campo de venas blanco, sistema
nervioso central
yo periférica.
¿Entonces cómo? ¿De qué va el resto?
Crucé el campo con los dedos, los moví
entre las cerdas
y por fin tiré, arranqué aquello, eso que
todos juntos y enredados, pálidos,
glóbulos blancos, parecían formar:
un sistema.
Yo tan anárquica sin método.
¿Luego qué? ¿De qué va el texto?
De pelos con canas que en el cepillo
de suelo conforman esta vida otra
diferente a la que se esperaba que
gestara.
Del sistema circulatorio entre las
cerdas.
¿Qué queda de mi cuerpo?
El arroz era blanco y se pasaba
a nadie le gusta que quede espeso.
Yo apagué el fuego a tiempo, cené el arroz
limpié con sumo esmero el baño.
Luego vino el retroceso:
perder instinto,
paciencia,
deseo,
el pelo.





Mis hijos ajenos


No vine a ser madre, vine
a tener mil hijos y ninguno es mío;
vine a la vendimia a recoger uvas,
trabajo temporario,
y a brindar con otra cepa
cuando haya una ocasión.
No vine a escuchar que soy egoísta
por no ser madre, ni a
que me lo digan mil veces,
por cada hijo que tuve;
vine a recoger el manto
que tapaba un género,
trabajo femenino,
para vestir a otra generación.
Tengo mil hijos y ninguno es mío.
Todos mis hijos ajenos
me recuerdan que vine a
ser madre,
trabajo de escritura,
y a tacharlo todo, renglón
a renglón.




H

Ahora la casa ha quedado en silencio
ahora
como esta h intercalada:
un silencio que no existe
sin el ruido anterior de lo que eres.
Ahora te tumbas
desentendida
y pienso que moriste
pero no entro a comprobarlo:
podrías despertarte con el ruido de la puerta.
Ahora
me da pánico
que ya no respires
pero más pánico que te despiertes.
Ahora que ya da igual el pasado
ahora
es el instante que contiene
la letra que no suena.
Una de cinco.
Las otras cuatro se las reservo al arrepentimiento.
Ahora la h mastica los oídos,
necesita el silencio; callada como muerta
para redimirme.
Solo en la h me perdono el presente.




                        *Los textos forman parte de Mis hijas ajenas (Editorial Sloper, 2020)

Florencia del Campo (Buenos Aires, 1982) vive en Madrid desde 2013. Es Editora por la Facultad de Filosofía y Letras (Universidad de Buenos Aires), donde también se formó en la carrera de Letras. Publicó las novelas La huésped (Base Editorial, 2016), Madre mía (Caballo de Troya, 2017) y La versión extranjera (Pretextos, 2019), que fue ganadora del L Premio Internacional de Novela Ciudad de Barbastro. En poesía publicó los libros Mis hijas ajenas, ganador del Premio La Bolsa de Pipas de Editorial Sloper, y Las casas se caen en verano (Graviola, 2022). Ha publicado, además, en antologías de cuentos y de poesía, y en medios digitales.

Poesía costarricense actual: Johanna Picado Vargas

Estos poemas son parte de su poemario ¨Las Cortezas
Cerebrales¨.

Maldad
Las bestias que llevo adentro ya se mezclaron conmigo: raíces de un árbol centenario,
gritos ahogados en mi casa de sustos, pasillos tenebrosos donde ni yo quiero caminar,
eso son −así son−. Las dejo quitarme gota a gota la sangre y estoy segura de que no
se cansarán hasta volverme un monstruo, quizá siempre lo he sido.

Síndrome de Ghosting
Todos de alguna forma tenemos el síndrome de Ghosting. Huimos, hacemos del papel
fantasmagórico algo tan común que se nos olvida que estamos vivos. Vos huiste de mí,
de repente: no existías, no escribías, no besabas, no respirabas. Cualquier excusa es
buena para borrarme como un garabato mal hecho del cual te sentís avergonzado.
Imagino tus psicofonías como trozos de vidrio que pasan entre la carne. Y por último, lo
único que queda es jugar con el teléfono mientras intentás hablarme desde la silla de al
lado.

Literatura de supermercado
El amor hay que traerlo como a una herida llena de sal o una roncha a punto de
estallar. Anda lleno de curvas porque las líneas rectas no las soporta por mucho
tiempo. Se ahoga fácilmente en la cúspide del pezón y cae en mi ombligo. Hay que
verlo como el primer orgasmo donde se siente un renacer de algo desconocido, luego,
ser adicto es la única salida. –Es ser esclavo más bien–. Colgarlo del llavero habitual
para tener la fe de hallarlo frente a la parada de taxis. Dibujarlo en una banca de su
color para reconocerlo antes y que nadie te lo robe. Al amor hay que soñarlo y meterlo
por todos lados, porque es mejor unírsele que dejarlo al factor sorpresa.

I
Usted y la neblina son
de esas cosas que emborrachan
y uno no hace por donde parar.
He pensado inyectarme su neblina
y pintarme de gris,
quizá comprar una libra de frío e inhalarlo todo.
Buscarme una noche congelada
en alguna montaña suya,
para que mis pies sean azules como el hielo,
caminando en césped muerto.
Como un limbo que me engaña
porque me hace creer que si me pierdo
usted y su agua fría
son mejores que el Sol.

II
Su neblina era perpetua.
Decidió dejar pasar la luz,
solo eso bastó para ahogarme
y matar a golpes el témpano,
hielo color sangre
que reavivó otra vez.
¿Puedo retirar mis pies azules?
Los quiero quitar del medio,
usted no se merece los copos aguja
que crecen en el zacate desangrado.
Me llevo cada letra muerta,
total lo estoy,
y sus venas azules
sirven para ahorcarse,
más efectivas que una hebra
de mi pelo.
Déjeme caminar
adentrarme en el volcán,
quemarme en su plástico,
tal vez así se me quiten sus espinas.
Sus espinas son perpetuas,
eso de la inmortalidad.
es asunto suyo.


Johanna Picado Vargas, Cartago, Costa Rica, 1989

Escritora costarricense, publicista, máster en Comunicación Corporativa y Marketing Digital. Participó en el taller de poesía Tráfico de Influencias en 2013 del Ministerio de Cultura de Costa Rica. En 2019 publicó su primer poemario ¨Las Cortezas Cerebrales¨ con la editorial independiente Ediciones Perro Azul, que fue presentado durante la Feria Internacional del Libro de Costa Rica ese mismo año. Su trabajo se ha incluido en diferentes publicaciones como ensayos y revistas. Actualmente estudia canto lírico y trabaja en comunicación digital en su país.

Poesía ecuatoriana actual: Cristina Pavón

Aniversario

7 de mayo de 1991,
brotó un nombre difuso a espaldas de Dios.
Ocho letras borrosas que no fueron acariciadas por banderas,
un sustantivo olvidado en la bruma,
parido en una maternidad a las 18:30:
Tauro con ascendente en Escorpio.
Cada letra, un cántaro partiéndose sobre luz y tierra.
El primer llanto del nombre escurrió un mar,
la sal pintó caminos azules
que arrastraron a veintinueve mujeres a morar mis ocho letras.
Una a una dibujaron la noche y el día de los años
hasta que el lienzo escupió las primeras conjugaciones violentas
y las cegó,
dejando desprotegida la Tierra.
Manos extrañas fundieron con monedas las lenguas de la infancia:
restos de pelo y sangre sobre los hombros,
afonías, arcadas de horror.
A lo lejos,
un Dios opaco despinta su espalda
mientras las mujeres que fui gimen cenizas.
En centro de la putrefacción, crece un árbol.

(Antología XIII Encuentro de Poesía en Paralelo Cero, El Ángel Editor, 2021)

Cinema

Hermano,
tú y yo invocamos a un dios que nos mira, aburrido,
desde un plano cenital,
reconociéndonos por las espirales de nuestros cráneos.

Hay cierta tenebrosidad en tus pupilas,
tiemblan y se retraen
cuando la luz entra por el ojo del cíclope
para atravesar el pecho
mostrando nuestros colores.

¿Cuántas historias encierra el ojo?, me preguntas
y te respondo: el cíclope deja ver el futuro y el pasado.
Me sonríes,
Somos dos niños cuyos pies flotan
sobre un abismo con cadáveres de canguil y chicles.

En nuestras mejillas se dibujan formas de caleidoscopio
pestañeamos,
dios se ha sentado a admirar al cíclope junto a nosotros.

Sobre las butacas,
hay pieles proyectadas en varios idiomas.

(Inédito, 2021)

El jardín del cíclope

Un regalo de la luz
es poder explorar
la pupila del amor
cuando madura y se ensancha
como un fruto redondo
que creemos perdurable.

(Inédito, 2022)

Nuestros desaparecidos

son espinas que atraviesan la memoria.
La memoria
es una bandera desgarrada
que ondea y salpica sangre en nuestras frentes.

Mi frente
y tu frente, tu frente radiosa*
son un puente tendido sobre
crujidos de auxilillo
lápidas
y huesos sin nombre.
A millares surgir, a millares surgir*.

Nuestros desaparecidos,
son patrimonio nacional
salvaguardado y conservado por la indiferencia.
Son los muros heridos de una patria hueca
como una “o” violenta
dibujada entre las sienes.

Nuestros desaparecidos
son la fecha y el sector de la ciudad
donde se desintegraron sus nombres
y apellidos.

Nuestros desaparecidos
son un cartel adherido
con lágrimas de un bosque invisible
que se seca y se seca
mientras los aguarda.

Nuestros desaparecidos,
no saben que están desaparecidos
hasta que reconocen el llanto
de ese amor,
que los busca
a oscuras.

Versos del Himno Nacional del Ecuador*

(Inédito, 2022)

Huérfana

A Georg Trakl

Padre,
la noche está herida, gime como un animal
y las huestes del tiempo huelen mi miedo.
en la superficie oscura los cántaros se parten
derramando la sangre de los pájaros.

En la aldea de la huérfana,
los niños se marchitan ante la voz de un dios sodomita.
la niña viento
busca dormir en los campos.

Oye cómo los ángeles lloran desplumando sus alas
en un sacrificio de amor.

Hay un lugar en tus ojos, padre,
donde las lámparas de aceite alumbran,
cubres con hojas de otoño mi desnudez
y el agua se tiñe de luna

La huérfana danza en los negros arbustos
que coronan tu frente.

Padre,
mi cuerpo rueda en el campo de rastrojos
mientras la lluvia negra comienza a caer.

Desde la tumba, padre,
la novia del viento nos cantará a los dos.

Padre,
detrás de mí,
los dementes muertos hieden.
Asaltaré el bosque
para buscar a la huérfana y a la hermana que perdiste.

Padre, lloverás siempre en mis ojos…

Llora la huérfana,
           la huérfana
                es mi espejo

Padre, arroja mi cuerpo a las parcas
Para que tejan la nueva humanidad con mi carne.

(90 Revoluciones, Mecánica Giratoria, 2015)

CRISTINA PAVÓN BURBANO (Quito, Ecuador – 1991) Es licenciada en Periodismo y maestrante de Gestión Cultural de la Universitat Oberta de Catalunya. Varios de sus poemas fueron publicados en las antologías: 90 Revoluciones (Ecuador, 2015), Tea Party 4 (Chile, 2015), Silvestres y Eléctricas (Chile, 2016), Humo sonámbulo (Ecuador, 2021), Décimo Tercer Encuentro de Poesía en Paralelo Cero (Ecuador, 2021). Sus textos también han sido publicados en revistas y blogs como: Eterna Cadencia, Círculo de Poesía, Escrituras Indie, Cráneo de Pangea, Santa Rabia Poetry entre otros. Participó como invitada en el V Festival de Poesía de Lima (Perú, 2014), el Festival Mayúscula (Ecuador, 2020) y el Décimo Tercer Encuentro Internacional de Poesía en Paralelo Cero (Ecuador, 2021).