Dos poemas traducidos al español de Moly Siddiqua

                                                                                                                                                                    Poemas recopilados del libro Buno Andhar
Tú eres Menta

¿Qué dices susurrando? De pie en fila, de una manera extraña 
La cabeza se balancea de aquí para allá
Haciendo que las hojas se caigan 

Tu llamada encantadora 
Los pájaros emigran en multitud creando su propio hogar  como si fuera una  tranquila morada .

Tus amigos son diferentes en color y en origen, pero hacen amistad contigo y se ríen dulcemente 
Tú te quedas a su lado siendo una sombra infinita.

El camino en tu bosque sacia la sed de un viajero, los pájaros emigrantes se alejan y vuelven a sus cabañas otra vez.

Brote de menta, ¿qué dices susurrando? 
¿Entiendes a los invitados? ¿Cantas la canción de esperanza? ¿Cantas cuando lo necesita?

Menta, ¿por qué eres tan bueno? 
Que con libertad, bajo tu sombra, cuidas a cientos de ellos y limpias tus lágrimas en silencio. Adiós
Mujer torturada
******************************
**********
Eres torturada
A veces por tus propios padres,
A veces por tu esposo y su familia.
A veces en lugares comunes. 
En campo abierto, 
en espacios cerrados, 
en la oficina, en el patio.
A veces en tus propios círculos de confianza.

Eres torturada por tus habilidades,
Eres torturada por tu belleza,
Eres torturada por las inseguridades de los demás.
Estás torturada por la represión de por vida.

Tuviste que compartir tu cama, 
tu casa con otra mujer.
Alguna otra mujer tenía más derechos que tú
en tu propia casa.
Te echaron de tu casa
por tu codicioso marido.
También fuiste víctima en tu trabajo.
Te rapó la cabeza sin motivo alguno. 

Un hombre bárbaro te arrojó ácido a la cara.
Viviendo con la vulgaridad del hombre, 
te hizo sentir tan impotente.
Siglos de sociedad de corazón hueco, 
te pidió que te quedaras callada. 
Que terriblemente insegura eres
en tu propia casa.
Tus suegros están encantados, aún después de que te quemara. 

Te enfrentas a obstáculos en todo, escuchas a los detractores poniéndote límites.
¡Creces con inseguridad desde que naciste! 
¿Es pecado nacer siendo niña?
¿O es solo nuestra inferioridad e incompetencia?

¿Cuándo seremos humanos primero?
¿Cuándo amaremos con respeto?
¿Cuándo aprenderemos a caminar hombro a hombro?
¿Cuándo podremos refugiarnos en la fé de los demás?
¿Cuándo volveremos a sonreír?
                                                                                                                                                                                    (Traductora al español Lipy Peris)

Boris Rozas: selección de poemas 2013 – 2021

por Boris Rozas


WISLAWA EN PARIS

A la cola de un buffet de asado
converso con Wislawa.
Mi esposa nos acecha 
sin atreverse aún
a llamar a la puerta. 
Conoce los salones de los poetas,
llenos de niños
que juegan con hojas en blanco
como pequeños jilgueros,
entre las balas
que aúllan
al rozar la carne. 

SARA

A los que patinaban cerca de Essex House no les importaba Stevie Nicks 
con sus cuentos de hadas de finales inciertos, 
ellos no tocaban a escondidas la guitarra por las noches, no manejaban
pequeños barcos a la deriva como el mío.
Su noche de los estorninos blancos no terminó con el sabor a cenizas
en la boca,
los gusanos de seda en las ruinas del estómago.
Como reza nuestra canción, dijiste que me darías luz
pero nunca me hablaste del fuego,
supongo que esa parte tuve que aprenderla por el camino, como otros tantos,
en la oscura senda de los tiovivos vacíos, 
en la fría noche de los cuervos negros.
Tendrá que ser más adelante, junto a los viejos recreativos
de los sótanos del muelle, 
cuando tus vestigios de nieve blanca
se reencuentren con las notas de mi cuerpo
para tocar juntos los acordes de Sara
y embestirnos como bestias 
que somos
al final de casi todos los espejos.

EL CISNE

Retorciéndose en la hierba 
se me aparece el cisne de Bukowski,
recién muerto aún en la estación 
buena.
Está junto a la fuente de Bethesda
esperando a ser fotografiado
por los turistas.

AUTOROCK

I

Recuerdo tus manos como gacelas retorcidas ante la plenitud
de mi selva de instintos,
el fruto empalagoso del desmembramiento
de este salvaje tronco
hecho de abismos y crines de alazán,
recuerdo las pisadas fuertes como guirnaldas de cuero lacio, 
venidas a cuento entre retamas
puestas a dedo entre el vaivén de la noche
y las llamas. Recuerdo tu piel
vacía ya de impresiones.
Recuerdo las viejas fotografías en un blanco y negro arañado
por la aguja cruel del tiempo,
recuerdo tus manos con anillos engarzados
abrazando todos los besos,
la suave danza de la lluvia que ensayábamos por las tardes
envueltos en las mantas del amor sin techo
ajenos al rumor de las olas
de los vuelos nómadas sin escala. 
Recuerdo los árboles 
que me cobijaban mientras te veía partir 
sin saber si volverías a mi nido de paja,
recuerdo mañanas derramadas en tu ausencia
extrayendo el mineral para mis tumbas de papel.

II

Recuerdo las dulces palmeras alumbradas por el sol
vistiéndote de mediodía,
mechones como galgos aguerridos
cayendo por mi almohada
mientras la acera de la vida
se torna juventud en vena.
Recuerdo el lema de tu pecho encendido como las olas
en este mar de confesiones,
justo cuando regresa la resaca a lo largo 
de la fría cresta de las noches,

recuerdo tu corazón áspero como el llanto de una sala de espera
cayendo al suelo deshecho en pedazos,
túnel de viento para cuerpos enfermos 
marea diurna de creencias ocultas.
Recuerdo tus manos como gacelas abrazando la placenta 
de este bendito poema
nacido entre mares,
convertido en pasto para elefantes
que rememoran montañas sin nieve.
Recuerdo las líneas de tus cartas de amor perfectamente habitadas
por mínimos placeres a campo abierto,
piedras en el camino de este rebaño 
que recorre ya ciudades vacías,
recuerdo el disfraz de borracho para las noches sin luna
la daga que parte los sueños
entre andenes invisibles
como invisible es el alma que inocente me deshace.

III

Recuerdo la mar dormida ante tus ojos hechos 
de balaustradas
que sucumbieron en viejas iglesias,
el retablo de nuestro amor escondido entre lechos de hospitales
que ya ni existen. Añoro la lluvia golpeando con fuerza
mi camisa de seda de los domingos en misa,
tu pelo enredado entre los bordes
de la madera concéntrica
que no entiende de lamentos, sólo de tiempo. 
Añoro tu sonrisa dibujada en la arena blanca 
quemada por el sol,
cauterizada mi llaga entre volantes
-no espero ya otra cosa que ir dejando mis migas
en tu huella, amor-
Y recuerdo estrellas enanas percibidas entre tulipanes
de lirio en punta, adonde van esas tardes
no llegan ya los dardos precoces de la espera,
efímera quietud que se enroca entre primaveras
buscando por donde asirse ahora que me consumo.


Recuerdo el mal entrando a luchar con mis sentidos
en batalla desigual y precipitada,
el aliento frío de la boca que ya no puede besar como besaba
entre esperanzas como puñales,
aprendo a conjugar el miedo 
como quién poda un arbusto con cuidado 
y rezo en verde
por la sagrada virtud de la rama que se tornó vieja.


Hombre de crecimiento lento 
fui circunvalando por tu orilla
hasta sentirme como hogar sin trepadoras ni flores,
segundo plato de variadas y tenues primeras impresiones 
paisaje urbano
de fotografía amortizada en blanco y negro,
canto furtivo 
de aquellas madrugadas silenciosas.

TAMLA

Mi viejo tocadiscos de la Tamla, atado al principio de la invisibilidad muda, que recién ahora muerde el polvo en el trastero de una vida
con banda sonora, ha dejado atrás su solsticio de cuatro paredes
y no ha vuelto a dejarse escuchar. 
Siento que he muerto todavía pocas veces.
No se enciende lo suficiente mi espejo ante el sentimiento desbordado
del adolescente, que recién ahora mastica el amor en la parte trasera 
de un coche prestado, Mary Wells al volante del cielo que oscurece
para no volver jamás, Atisbo de inocencia perdida 
en el fondo del gin-tonic de no siento lo mismo por ti, 
agitado por el cheque sin fondo de los años 
que has pasado sin dejar de enamorarte, con resultado en puntos 
cardinales de sutura y el grito del amor que no ha vuelto
a dejarse escuchar. Siento que creas
que eres tan valiente como para poder morir sólo una vez.
Tarde de apuntes en una biblioteca vacía, donde sólo se estudia
el jolgorio de una calle embrutecida por el sol, que recién 
ahora mastica el sabor de la primavera, Mary Wells al volante
del cielo que se abre a mi paso como todos los años. Siento 
que creas que eres tan valiente.
Mi viejo tocadiscos de la Tamla ha dejado atrás 
su solsticio de cuatro paredes
y no ha vuelto a dejarse escuchar. Mi nueva silla Malkolm 
de altura e inclinación regulables
me devuelve a mi banda sonora de cobarde
que todavía ha muerto pocas veces. 

radio tristeza

Dicen que escucha por las noches el blues frío
de la Radio Tristeza, 
mientras sacude las viejas gárgolas
del Top of the Rock. Más otoño
que se le viene encima.
El corazón
salió hace tiempo
de reconocimiento, en limo en blanco
marfil,
dejando para siempre el alma 
por el viejo Nueva York.
“Was my idea”, 
me suele decir siempre. Más otoño
que se le viene encima.

calle ocho

Me había comprometido a llevarte una tarde de domingo
a la ribera de la calle ocho,
a ver a los viejos
que juegan al dominó, a las parejas 
que se reencuentran
en los arrabales del Bryan Park.
Nos vamos 
a Café Versalles, tenemos una cita
con 
el silencio.

EL APARENTE SIGILO DE LOS TRONCOS

La primera vez que salté por una escalera de incendios
lo hice para no quemarme con la fotografía de tu piel:
John Coltrane me persigue por los bajos de esta mañana espesa
como quién inventa un reclamo para los males domésticos,
no me quieras convertir tan pronto en bandera que izar a los cuatro vientos,
no anda sobrado de talento el que esperando persigue
insulsas canciones de cosmético.
En Japón existe un lenguaje de amor entre mujeres
donde una rama desnuda 
viene a significar que nunca seré nada tuyo. 


Dormía entre las macetas mi recuerdo, aprovechando los meses de verano
para imaginar nuevas rutas de escape de tu cuerpo,
fue como en “The Boy Cried Asesinato”
pero sin más testigos que la noche y el antro que nos hace esquina.
La primera vez que salté por una escalera de incendios
fue como una cruel inocentada de Romeos,
hasta que llegamos a Washington Square en primavera
y se terminaron los parterres del amor. 


Una señal de obras atiza la espuma de mis ojos
al colapsarse con el firme, van los dedos presos de pánico 
a cogerse de la hierba para acordarse de que es jueves
y aún no es tarde para regresarte. 
Imagino como quién imagina los grandes dirigibles enviarse gritando hacia tu ventana, 


los puentes que hemos construido estos años
lo son por el tiempo que nos han visto deambular entre la nada,
como en un olvido de fuego que nos resta del nudo de sed atirantada
para sujetar por el extremo gris 
lo que siempre permanece en el olvido.


Tú y yo somos la noche que sostiene estos dos ojos ciegos
tras el aparente sigilo de los troncos. 

Boris Rozas, vallisoletano de Buenos Aires (29-01-1972), poeta de amplia trayectoria con ya 15 poemarios a sus espaldas, entre ellos los multipremiados Ragtime (2012), Invertebrados (2014), Las mujeres que paseaban perros imaginarios (2017) o Annie Hall ya no vive aquí (2018). Ha recibido numerosos galardones por su obra entre los que destacan el León Felipe, Pilar Fernández Labrador, Francisco de Aldana, Hernán Esquío, Gonzalo Rojas Pizarro, Premio Nacional Coronio, Manuel Garrido Chamorro, Álvaro de Tarfe, Justas Poéticas de Laguna de Duero, Justas Poéticas de Dueñas, María Eloísa García Lorca, Villa de Ermua, Peñaranda de Bracamonte, Premio Umbral, Premio La palabra de mi voz, North Texas Book Festival, dos veces finalista del Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma, Premio Sarmiento, etc. Ha participado en numerosas obras colectivas y antologías, además de colaborar en multitud de publicaciones de primer nivel. En 2018 compuso el Soneto para el Sermón de las Siete Palabras de la Semana Santa vallisoletana, siendo el primer autor hispanoamericano distinguido con tal honor. Desde 2014 es Ahijado literario de la Casa-Museo de José Zorrilla. Fotografía: Maica Rivera.

Nota de Prensa: “El hábito de la subversión” Volumen I. (Lima, Setiembre 2021)

Resumen

  • El hábito de la subversión. Manual para la acción. Volumen I, libro de Max De La Rosa, es la primera entrega de un ensayo que busca empoderar al lector con respecto a su cualidad de ciudadano y llama la atención a este sobre su rol preponderante para mantener el orden democrático y republicano que tanto ha costado instaurar tras el vencimiento de órdenes monárquicos y tiránicos. Asimismo, el texto explora en la filosofía política las causas que motivan a quienes buscan subvertir el poder constituido y reflexiona sobre los peligros de los totalitarismos tanto del progresismo como del conservadurismo.
Título: El hábito de la subversión. Manual para la acción. Volumen I
Autor: Max De La Rosa
Precio: S/. 40
117 páginas /14,8 x 21 cm /Tapa rústica con solapas
Fecha de publicación: Setiembre de 2021
Ficha Técnica del libro
  • El enfoque del texto parte de los Derechos Humanos, del rechazo al terrorismo, del uso de los grandes medios de comunicación como herramientas para mantener un pensamiento hegemónico en el peruano promedio quien suele informarse-educarse mediante estos canales de radio, televisión o periódicos instalando la opinión de los editores que obedecen a las/los oligarquías/plutócratas de turno, sobre una ciudadanía usualmente distraída, aletargada, teledirigida cuasi-autómata.
  • Comentario de César Urviola

Al recibir el mensaje de mi amigo Max De La Rosa para escribir unas palabras respecto a su libro: El hábito de la subversión, mi sorpresa fue mayúscula al no compartir muchas posiciones políticas semejantes, salvo una: el utilizar la crítica como elemento principal de nuestros argumentos. Precisamente haciendo honor a ese principio crítico que nos une, debo dar algunas impresiones sobre este libro:

1.         Es de resaltar la valentía del autor por escribir este ensayo en un ambiente intelectual que parece, cada vez más, acercarse a la unidireccionalidad. Plantear por lo menos la discusión sobre el viejo concepto de la Subversión es arriesgado, más aún bajo la sombra de un pasado que en nuestro país ha estado marcado por el terrorismo. La confusión entre terrorismo y subversión tiene una delgada línea, justificada muchas veces por los grupos que pretenden el poder por la toma violenta e impuesta de una cúpula y no por la construcción y ejercicio del poder. Este libro nos ayuda con pequeños argumentos a desentrañar el concepto de la subversión y cómo en gran medida es la base de esta sociedad fruto de las revoluciones burguesas de los siglos XVIII. Este libro también nos lleva por conceptos filosóficos que van desde Rousseau a Platón, de Aristóteles a Freud, de Hobbes a Žižek, y valga la crítica aquí, muy poco o casi nada de Marx. Quizá mi buen amigo Max lo esté guardando para el segundo volumen que espero leer lo más pronto posible.

2.         El que yo no comparta muchas de las posiciones de Max De La Rosa, no ha sido impedimento para que él se arriesgue a invitarme a escribir unas líneas sobre su libro. Y el que yo aceptara escribir estas líneas demuestra también, que, si queremos o pretendemos entendernos como país, como sector social, como ciudadanía o como clase, es fundamental el debate y enfrentamiento de ideas. Si queremos entender el fenómeno terrorista vivido en el Perú en los años ochenta y el concepto de subversión es necesario discutirlo desde todas las visiones y posiciones políticas. 

3.         Comparto con Max la idea que es transversal a todo el libro: La desigualdad y la injusticia son las causas de la subversión. No creo que con esto se diga una verdad que antes no haya sido planteada a lo largo de la historia y particularmente en el Perú. Nuestra más cercana y violenta experiencia subversiva como república han sido los años ochenta y noventa, pero venimos de experiencias subversivas aún más antiguas como la gran tempestad encabezada por José Gabriel Condorcanqui, que intento subvertir el orden de cosas establecidas desde la corona española. Y si retrocedemos aún más (al contrario de lo que plantean algunos que edulcoran el Tahuantinsuyo) encontraremos actos subversivos y rebeldes en Chancas, Huancas y Cañaris. La desigualdad y la injusticia son el motor, los resortes que impulsan la violencia contra el orden de cosas establecidas. Y si planteamos que la sociedad es desigual e injusta per se, entonces ya tenemos los ingredientes ideológicos que le faltaban al coctel perfecto para dar inicio a la subversión.   

4.         Considero que el debate aún está abierto y este libro refleja el gran interés que existe por debatir y replantearnos lo que normalmente se asume. Los términos: subversión, terrorismo, democracia, libertad, no pueden seguir tomándose a la ligera, ni repetirse de paporreta por periodistas leyendo un teleprónter. Es necesario que se vuelvan a plantear los viejos, pero aún vigentes debates modernos (por más que Max crea en el fin de los metarrelatos). Considero que son necesarios más libros como el que presenta Max, son precisamente estos libros los que contribuyen al pensamiento crítico desde la intelectualidad, desde la cultura. Debo remarcar, en aras de profundizar lo antes mencionado, que el fenómeno terrorista no solo se vence con las armas, si esto fuera así ya se hubiera acabado en 1992. El terrorismo como arma política debe ser derrotado también en el campo de las ideas, en el cual es aún más difícil vencer. El estado peruano jamás derrotó al terrorismo, todos sabemos que aun anda por allí usando saco y corbata o esperando agazapado el momento de aparecer. La subversión y el terrorismo tienen un hilo muy delgado que los divide y las justificaciones para uno y otro dependerán de la ideología con la que se les analice. La subversión es casi consustancial a la sociedad humana, como dice el título del libro es casi un hábito. Pero los actos terroristas son también recurrentes en la historia humana (pero no por ello justificables). Las violaciones de mujeres dentro de las iglesias y su posterior quema durante la rebelión, sublevación de Tupac Amaru II podemos catalogarla como actos terroristas. Recuerdo ahora un documental sobre la CNT y la FAI en España en el cual aparecía un pequeño extracto de un video con Juan García Oliver, reconocido anarquista quien decía: “Lo que no tengo vergüenza en decir, lo que tengo orgullo en confesar, los reyes de la pistola obrera de Barcelona… hicimos una selección: los mejores terroristas de la clase trabajadora, los que mejor podían devolver golpe por golpe…”. Vemos una alabanza de los actos terroristas en plena Guerra civil española. O lo que en Francia revolucionaria se conoció como La Terreur, el terrorismo de estado y la imposición violenta de la justicia ciudadana deliberada. Por ello el debate es imprescindible para identificar hasta qué punto las ideas políticas y los afanes de justicia e igualdad se transforman y degeneran.       

5.         El tema racial es también crucial en este Perú que aún no logra salir de su anacronismo. Si bien es cierto podemos encontrar mayor movilidad social que en el virreinato o al inicio de la república, podemos decir que la verdadera movilidad social en el Perú se origina recién en los años ochenta. Que un ciudadano tenga actualmente mayores oportunidades por el apellido o por su color de piel, es otro ingrediente más a ese coctel de desigualdades e injusticias, y quizá este sea un ingrediente mayor, porque involucra el origen, antepasados, familia, etc. Muchas veces se ha dicho que el Perú es una bomba de tiempo, una olla a presión, quizá Velasco Alvarado liberó un poco de presión a esa fuerza que ya aumentaba de manera imparable.

6.         Finalmente, solo puedo agregar que este libro contribuye al debate político nacional en momentos tan complicados en los que parece que pedir un concepto lógico, un argumento bien elaborado, una idea política con base teórica es imposible. Este libro demuestra que el debate aún está abierto y que todavía parte de la intelectualidad quiere cumplir su función social: La crítica como propuesta.                 


Titulado en Derecho y Filosofía. Magister en Gestión Pública.  Como escritor ha publicado cuentos y poemas en antologías y revistas en Perú, México, Chile y España.

  • Comentario de Stella Russell

Desde las primeras páginas se percibe una exquisita y refrescante fragancia a divergencia.

Un libro que todo peruano debería leer, por su denso contenido y bien elaborada argumentación, cita las frases célebres precisas que tornan aún más interesante y entretenida la lectura. Una pizca de poesía y mucha dura realidad.

No es solo un escrito informativo, es una obra pedagógica, llena de elementos aleccionadores y detallismo en la explicación. Asombra, enseña y te sumerge en la reflexión de una realidad completamente distinta a la que vemos en los medios tradicionales.

No recomendar y aplaudir éstas páginas sería un crimen, ¡Que la pluma de Max De La Rosa ilumine los pensamientos apagados e incite a la transformación! ¡Buen provecho!

Activista medioambiental y en contra de la explotación animal. Setiembre 2021

Max De La Rosa nació en Lima. Historiador del Arte por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Cursa el pregrado de Derecho y Ciencias Políticas. Posee estudios en las áreas de Derechos Humanos y Legislación del Arte y la Cultura. Es autor de la novela lírica Los últimos días del plástico. La necesidad inmarcesible del silencio ataráxico. Actualmente se desempeña como asesor legal y se encuentra desarrollando El hábito de la subversión. El viendo soplaba, afuera, anunciando tempestad. Volumen II.

Lima, Setiembre de 2021// SE AGRADECE LA DIFUSIÓN

Enlace de libre descarga:

https://drive.google.com/file/d/1qiOPgRFRpPs7CF2TPT07lFQCy2_RbsYX/view?usp=sharing

Puedes adquirir su novela lírica Los últimos días del plástico. La necesidad inmarcesible del silencio ataráxico en el siguiente enlace:

Max de la Rosa

Halley

por Alex Reyes


A Jean, uno de esos cometas que solo se ven una vez en la vida.

“Un cometa, por ejemplo, es la semilla de un mundo.” David Hume.


[Si bien es cierto que nada es un hecho, se sabe que cada setenta y cinco años, aproximadamente, este cuerpo grande y brillante, orbita alrededor del sol. Próximo perihelio: 28 de julio de 2061. ¿Viviremos para verlo? ¿Cuántos estaremos juntos?]


Amar es recordar lo que un día fue. 

La última vez que vi a Manuel estuve lejos de pensar que pasaría tanto sin volver a verlo. Le dije sí, nos volveremos a ver, no importa si pasan días o semanas, si a la tierra le crecen árboles o el invierno lo hela todo. Le dije sí, nos volveremos a ver. La cuestión era ser feliz en la tremebunda ausencia, en la soledad que se izaba como un grotesco cuervo una vez que llegaba a casa. Me acuerdo de que experimenté un naufragio arrebatado cuando lo vi alejarse en la distancia, como una ínfima estrella fugaz que robaba miradas. Allí iba él, dentro de un coche verde que empequeñecía gradualmente hasta tomar la forma de un guisante, un guisante que rodaba tardo por las calles empinadas y que pronto se perdería, como un punto colorido, entre la gama de vehículos que haría fila detrás de él. 

Esa tarde el sol descendía lento detrás de los cerros, apenas opacado por los espaciosos nubarrones que configuraban el cielo. “Las nubes nunca son de ese color si las ves desde arriba”, dijo alguna vez, luego de explicarme a través de dibujos el origen de sus tonalidades plateadas y la formación de los rayos. Me habría gustado detenerme, como era costumbre, en la dimensión de los detalles. Trazo tras trazo, dibujo tras dibujo, resultaba sino imposible, al menos sí difícil imaginar que aquello llegaría a su final. 

Lo que sucedió a continuación resultó escabroso a todos ojos, pero todo pasó así y no de otra manera. No hay otra forma de contar las historias, aunque nos empeñemos en deformar la realidad.

 En una de nuestras despedidas, poco antes de que yo subiera al ómnibus, convine en atajarlo. 

—Mira que aún te quiero —le dije—. Ya sabes por qué…

—No —dijo él, con una sonrisa que comenzaba a dibujarse—, no sé. A ver, comenta. 

—Porque todas las mañanas, cuando me levanto, aún pienso en ti. 

Pronto él sonreirá, ensimismado en lo último que acaba de escuchar. Tomará su mochila y guardará un libro, el primero que le di. Entonces, él dirá: “lo ves, esta es mi forma de quererte”. Hablará solo, aún con esa sonrisa irrevocable en su rostro, su cabello se agitará constantemente mientras haga pie a la sala de espera. Pero ya no habrá nada que esperar. Dejaré el equipaje en las manos de un hombre y recibiré un boleto. Él me dirá: gracias, ¿tiene usted una moneda? Pero yo no tendré salvo los recuerdos en las manos, apretados como si se escondiese una paloma a la que no deseara liberar.

—Notifícame cuando llegues.

Escucharé su voz cadenciosa desaparecer en la distancia. Querré sostenerla, volverla tangible y esconderla en el pecho, atesorarla porque no sabré cuándo volveré a saber de él.

—Tú también.

Vendrán a rodar unas cuantas lágrimas, cristalinas rocas que atravesarán las pestañas y caerán al suelo. Entonces, el ruido será aún más estrepitoso que de costumbre. No sabré qué es lo que escucho y estaré lejos de reconocer su voz. Se habrá ido en cuestión de minutos, dejando apenas una estela de melancolía. ¿De esto va el amor?, me preguntaré, agachando la cabeza mientras subo al ómnibus. Cuando esté sentado, escucharé su voz golpearme la memoria. Cantaré en silencio, con los labios apenas entreabiertos “Sígueme queriendo un chingo, vamos bien. Nadie nos podrá hacer pedazos nuestro amor”. 

Sentiré un leve dolor en la pierna y abrazaré el olor a tierra mojada que ofrecen las noches nubladas, junto al breve, pero airado capricho de los vientos.

En el cielo, revestido de negro, articulaciones doradas quebrarán la bruma. Dormiré, tranquilo y cansado, a la espera de la alarma. Pronto, muy pronto, estaré a más de cuatrocientos kilómetros de distancia. Sentiré un breve, pero demoledor dolor de cabeza. Algo vibrará, un dolor incipiente. Algo que hará que todo cambie. Llegará, obstinado y violento; llegará, resuelto y airado. 

Subo las escaleras con un dolor ineludible. Hay algo que no está cuadrando. El cansancio viene acompañado de una punzada en el pecho. Está aquí, otra vez, está aquí y tardará en marcharse, me digo. Llego a la puerta e ingreso la llave, pero no puedo girarla. Tiemblo, hay alguien dentro de mí que me detiene. Un espasmo, luego otro y otro. El miedo de convertirme en una roca me acecha. Recuerdo los árboles y postes, el camino que hacía hasta hace unas horas, los coches y gente que fueron quedando atrás. Lo recuerdo a él, debe pensar que estoy bien, que he llegado a salvo a casa. ¿Cómo explicarle? Su bondad ha atravesado los límites de la comprensión humana. Sentirse insuficiente resulta poco. Y creeré, creeré que hay alguien allá afuera que lo merece a él más que yo, que una psique dañada como la mía no puede sostener este amor. Le pediré que se vaya, que se aleje mientras pueda. Anda, vete, antes de que te destruya, anda, vete, antes de que no te puedas salvar de mí. Me arrastro por el suelo, las rodillas raspadas, los codos grises, coloridos por el polvo, mi vista apenas se eleva y veo la bombilla titilar. En el fondo sabré que no he amado a nadie así. No podré contarle, aunque así lo desee, que la ansiedad me consume, que el perro negro está de regreso. Hago el esfuerzo por levantarme mientras me apoyo de un banco, luego abro la ventana. Afuera, el alba despierta y se desenrolla sobre los edificios. Un azulejo planea al frente y canta, canta a solas, a la espera de nadie. Y yo me pregunto ¿cómo se puede vivir en soledad? En el móvil se asoman sus mensajes. Un emoji de corazones al lado de su nombre. Aléjate, no me escribas, desaparece, pienso, y arrojo el dispositivo al suelo. Lo amo, lo amo en el fondo, lo amo como no puedo amar a nadie más, pero hay una sólida sombra apoyándose sobre mi espalda. 

Buscaré las píldoras y encontraré el frasco. 

Luego, 

simplemente dormiré.


[El primer avistamiento fue en el 239 a.C., se cree que dos apariciones suceden en una vida humana. Dato curioso: se halla en la Nube de Oort y es de los cometas más brillantes de periodo corto.]

¿Adónde has ido?

Sigo aquí.

¿Aquí dónde?

Dentro de ti. 

La primera semana transcurrió lenta, casi interminable. Mañana tras mañana veía sus mensajes iluminar la pantalla del móvil. “Buenos días, solecito”. ¿Cómo podría explicarle lo que sucedía? No había dejado de amarlo, no había dejado de extrañarlo. En el fondo, como un fuego fatuo, ese amor seguía vivo, solo que ahora aparecía soterrado por el peso de las cosas, hundido en el abismo de mis mundos fantásticos. Un día dormiré y olvidaré que puedo despertar, me dije, y avancé a la cocina. La estufa se mostraba límpida y abandonada, hacía días en que no la tocaba. Me apuré a buscar las pastillas antes de que el cuerpo se endureciera más, antes de que no pudiera regresar a la cama. La gente me escribía, demandaban atención, explicaban su día a día, algo necesitaban, seguro querían algo, pero yo no podía ofrecer nada. 

El ánimo apenas me alcanzó para abrir la puerta de la estufa. Las manos artríticas no podían encender nada. Un ligero gas se escapaba, su aliento metálico se fundía en mis fosas nasales. Recordé, vagamente, la vida de Sylvia Plath, el cruel abandono, la renuncia ineludible del presente. Vino a mi memoria “Lady Lazarus”. Morir/ es un arte /como cualquier otra cosa. / Yo lo hago excepcionalmente bien. /Lo hago para sentirme hasta las heces. / Lo ejecuto para sentirlo real/. Podemos decir que poseo el don.

Los primeros mareos comenzaron en breve. No se trataba de tener la convicción de hacerlo, había algo más, algo de por medio: la dificultad de echar a andar un cuerpo sólido, tan endurecido como las rocas que se resisten bajo el mar. Desde las cenizas me levanto / con mi cabello rojo / y devoro hombres como el aire. De a poco cerré la puerta y una serie de tosidos devino en breve frente a la ventana. 


La vecina, despavorida, vendrá en breve a preguntar qué es lo que sucede. ¿Qué le ha pasado? ¿Quiere un vaso de agua? Ella me verá, cansada, quizá podrá sentirse humillada ante mi aplastante silencio. Formularé mis palabras, una tras otra tras otra vez, pero ninguna saldrá. Aterrada por las condiciones en que me verá, convendrá en decir que me llevará al médico. Tengo depresión, alcanzo a decirle, y esto no es solo estar triste. Querré decirle que todos los años pasa, que constantemente he intentado quitarme la vida, que no hay luz artificial ni natural que ilumine esta alma ennegrecida. Haré el esfuerzo por confesarle que siempre tengo miedo a estar solo, que me veo y me desfiguro, que paso los días escribiendo un diario para salvarme, que frente a mis puertas hay una nota, un contrato de no suicidio que firmé con mi terapeuta. 

    —Yo lo entiendo. También lo vivo. 

 Siento la aproximación de las arcadas. ¿Podrá entenderlo? Imposible. Esa manía que tiene la gente por compadecer al otro me resulta repugnante. 

    —Quiero estar solo. 

    —No puede estar así. 

    —Hay algo que me salva. 

 Ella se quedará en silencio largo rato, moverá las manos como preguntándose qué es aquello que me mantendrá a raya. 

    —El amor, solo el amor puede salvarme ahora. 


En algún momento supe que no podría seguir así. La luz entraba diáfana y obcecada por la ventana y el pálido polvo levitaba calmo sobre un rayo dorado. 

Esto me está superando, le confesé a Manuel, y no sé cómo manejarlo. No puedo ni podré y no sé si estaré mañana. Claro que podrás, dijo él, no puedes dejarme aquí. No estoy preparado. Mientras compraba un boleto del ómnibus, pensé en la carga que a veces conlleva tener que lidiar con alguien así. El amor todo lo salva, escuché decir, y quizá era aquello lo que me mantenía de pie, trémulo y a veces sísmico, de pie porque mis raíces abrazaban el suelo. No sé si me pondré bien, no tengo la certeza, le dije. Y quizá era el momento de aceptar que uno podía también no ser lo mejor para el otro. Lo estarás porque siempre has podido, recordé su voz y ese ligero aire de confianza. Así como eres, eres el hombre al que amo. Puedes encontrar algo mejor, dije. Yo no necesito algo diferente, yo no quiero algo diferente, respondió al poco rato.

 El camión llegó antes de que despuntase el alba. El frío recorría, como era costumbre, las calles principales de la ciudad y la luna aún podía verse con claridad, un círculo blanco luminiscente en un cielo desnudo. ¡Cuánta soledad! No estaba seguro de hacia dónde pensaba encaminar los motivos que me habían llevado a ejecutar el viaje. 

A Manuel lo vi cerca del mediodía. Había avisado que abandonaría su jornada laboral antes de lo esperado. Instalado en el cuarto piso de un edificio, vi su coche llegar bajo una luz intensa. Aquel guisante brillaba intransigente mientras hallaba algún lugar para estacionarse. ¿Cómo podía explicarle que me había convertido en una roca inamovible? Apenas me vio nos fundimos en un abrazo. 

    —No quiero vivir así —le dije. 

    —Es solo un mal momento.

Ese mal momento, como él lo llamaba, se había repetido implacablemente durante siete años. Sabía, en el fondo, que aquello que yo buscaba, más allá de alejarlo de mí, era saberlo cerca, sentirme seguro y tranquilo. Es probable que nunca hubiese necesitado de alguien como lo hacía ahora con él. 

    —Te ves muy guapo —dijo.

    —No tienes que mentirme para hacerme sentir bien. 

 El día transcurrió lento y, sin tantos preludios, hicimos camino al consultorio de mi psiquiatra. Fármacos, más fármacos, porque no había otra cosa que pudiera salvarme. Litio, seroquel, lexotán… Me negaba a pasar otra temporada en el hospital. Reventé una vez más, por la noche, en una terrible crisis. La penumbra reinaba implacablemente en mi recámara, extendía sus brazos robustos por las paredes y el suelo, luego descendía, tranquila y sigilosa, debajo de la cama. La incapacidad para mantener la calma me superaba. Vi la noche por la ventana, la luna ahora brillaba como una luciérnaga sumida en la bruma. Al poco tiempo, convine en escribirle. Te dedico esta luna, le dije, haciéndole una foto al cielo. Él me correspondió de la misma manera. La pantalla volvió a iluminarse. Se trataba de una imagen, estaba él, recostado en la cama, con los ojos cerrados, abrazando a un oso de peluche blanco. No pude sino pensar en la fragilidad de las cosas, en las cosas convertidas en cristales, en el amor no como un regalo sino como una decisión, un compromiso. 

Probablemente nunca encontraría a otra persona que me amara tanto como él.


[A través de naves especiales, fue el primer cometa observado a detalle. No tardaron en estudiar la estructura de su núcleo cometario, como tampoco lo hicieron con el mecanismo del coma y la cola.]

Llegado el día de volver, nos vimos una vez más. Una oleada de recuerdos me atravesó la mente. Estaba seguro, sé que lo estaba, estaba seguro de que era él y nadie más a quien quería en mi vida, instalado como un roble, pero con la libertad y osadía de las aves. El cuerpo se volvió más ligero y la vida pesaba menos. Y en la distancia podía verlo acercarse, una vez más, sonriendo como siempre lo hacía. 

 —Te dije que podrías —dijo él.

Yo no pude sino abrazarlo.

Caminamos en línea recta sin saber adónde íbamos. El camino estaba bordeado de setos y abedules, los gorriones cantaban sobre los ramajes, que no eran sino extensiones del alma de los árboles, los perros cruzaban las calles buscando la sombra, mientras que nosotros, perdidos en la avalancha de vida, hacíamos pie a lo desconocido, hasta que, al cabo de un rato, decidimos volver al coche. El gélido viento nos golpeaba la piel, sobre nosotros una parvada de palomas blancas cruzaba hacia el Norte. A esas alturas de la vida, el corazón galopaba ya a velocidades inverosímiles. Me habría gustado decirle algo más, pero no pude sino reventar en un llanto más bien lamentable, llorar porque la vida, la vida renuente me demostraba que después de tantos años era cierto: algo bueno tenía que llegar. 

A través del retrovisor vi a una mariposa volar brevemente detrás de nosotros. Pensé en la fragilidad de ellas, en la vida más bien efímera a la que debían enfrentarse y, sin embargo, ella estaba ahí, sin miedo al cambio. Entonces pensé que todos, bien o mal, experimentábamos una metamorfosis interna. Me siento vulnerable, dijo, y solo me puedo mostrar así contigo. Yo apreté los labios. No puedo hacerlo con alguien más. Me importas y te quiero, y valoro que estés aquí. Le dije que lo sabía y que debía tener la certeza de que estaría ahí, incluso cuando la vida pareciera sucumbir.

 El amor todo lo puede, pensé, incluso levantar un cuerpo rígido y frío. Recordé las noches en el hospital, la vida destrozada y carcomida por el dolor y la desesperanza. Pensé en todas las personas que habían llegado y hoy no estaban, en el abandono como un arma cruel. Pero esa era, al fin y al cabo, la naturaleza de la vida. Y pensé que la vida también podía ser eso: un constante acompañamiento de sombras y luces. Yo sabía que después de esas palabras la inevitable despedida se acercaría en la distancia. ¿Lo volvería a ver? ¿Cuándo y en qué condiciones? Pensé, mientras reparaba en lo que estaba por venir, en la distancia que separaba un cometa de la vida humana. En especial aquel, esa bola luminosa que aparecía cada tantos años y que la gente se empecinaba en estudiar. Con suerte, la veríamos por primera vez en cuarenta años. ¡Toda una vida!, pensé. 

    —Debo irme —convine en decir.

    —¿Me bajo para abrir la cajuela?

Había dejado mi abrigo dentro. Un perro ladraba en la distancia con la fuerza del infierno, al cabo de un rato, cansado de mover el hocico, dio un salto para detenerse, mientras un gato oscuro brincaba sobre los setos. El perro volvió al ruedo, pero ahora aullaba, aullaba con la fuerza y la ira de quien sabe que le han robado algo. Yo le dije que sí, pero no para eso. El gato se detuvo en el centro del jardín, lamió y relamió su piel, luego maulló como si se lamentara. Como se nos había hecho costumbre, la manera de despedirnos siempre había sido efímera, reducida apenas a un mimo, un beso, un abrazo. Cansado de aullar, el perro comenzó a dar vueltas siguiendo su propia cola. Podo después, se acostó sobre el suelo y dejó caer la cabeza tras un breve y agónico aullido. Aquella vez, en cambio, la despedida fue más larga que de costumbre. Un abrazo eterno y cálido, como solo lo puede ser el de un amor real e inmarcesible. Era verdad, si había algo que podía salvarme, era eso: el amor. Pero no cualquiera, había algo en el suyo que nunca encontraría en alguien más. Algo que, quizá, me costaría toda una vida descubrir. Y es posible que el amar al otro radicara en saberse comprendido, el saber que hay alguien que, aunque camine con la existencia rota, avanza porque sabe que no hay manera alguna, que no sea esa, de enfrentarse a la vida.  El amor es, al fin y al cabo, una entrega total que no espera algo a cambio. Amar es darle el poder al otro de verte vulnerable y saber que, aunque tenga todo para destruirte, no lo haga.

Me despedí y besé su frente. 

Él sonrió. Su coche avanzó, hasta perderse en medio de la nada. Vino a mi mente la periodicidad con la que se veía a ese cometa, ahora recordaba el nombre, era el Cometa Halley, que cada setenta y cinco años podría vérsele desde la Tierra. 

Pensé que el tiempo que me separaría de él, aunque metafórico, poseía las mismas dimensiones de la próxima vez que nos volveríamos a ver. La espera siempre es larga cuando se sabe que a quien se ama yace lejos, bajo un mismo cielo, perdido en las inconmensurables extensiones y dimensiones de la abrumadora Tierra.

 Pero él podría no ser solo un cometa, sino un universo entero.


Y, sin embargo, los días sin él pasan y pasan, y vuelven a pasar, y aún hoy tengo la convicción, como la última vez, de querer esperar y decirle que no, que no solo es un cometa, sino que podría ser, también, un universo entero.

El mío. 


Alex Reyes (San Luis Potosí, 1997) es un escritor y periodista mexicano. Estudia la licenciatura en Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana. Sus cuentos y artículos de crítica literaria se han publicado en diversos medios digitales e impresos. Publica semanalmente en su columna, “La rabia y el orgullo” a través del diario El Universal, donde además comparte entrevistas de enfoque cultural. Actualmente trabaja una novela de corte distópico y un libro de cuentos. Las temáticas de sus cuentos están orientadas a desentrañar la naturaleza de la violencia humana, sus inseguridades, los deseos y motivos que empujan al hombre a volcar su vida.

Alelí Prada: Premio Lisímaco Chavarría 2021

Alelí Prada, poeta y cantautora costarricense, es la actual ganadora del Premio de
Poesía Lisímaco Chavarría con el poemario titulado La gruta de sus pasos. Dicho premio
se encuentra organizado por el Centro Cultural e Histórico José María Ferrer de Costa Rica,
en el cual esta autora obtuvo el primer lugar en la categoría de “Autores publicados”.

“Para mí representa una sorpresa, no solo en el sentido común de la palabra, sino por lo significativo que es para mí un premio de este tipo, tomando en consideración el panorama actual de pandemia donde cualquier cosa que nos logre sacar de la faz de lo cotidiano se vuelve algo maravilloso” menciona la autora.

El libro premiado se encuentra constituido a partir del dilema de la memoria, tal como lo plantea Prada:

“El texto plantea un escenario húmedo y oscuro desde el cual el yo se ve obligado salir. Esta idea encierra un planteamiento específico: que hay memorias que son una gruta. La gruta de sus pasos se basa en esa búsqueda, en la pregunta de ¿qué tan escondida y húmeda es la memoria de alguien, o algo, que pasó por nosotras o nosotros?”

Estructuralmente, el texto se encuentra dividido en tres secciones:

“La primera parte se llama Lesiones. Desde ahí comienza, no desde la forma lineal de la memoria, sino desde el golpe, desde la herida. La segunda sección se llama Reminiscencias de la noche, que es el comenzar a recordar, porque después del dolor, después de la herida, queda esa reminiscencia, ese algo que quedó palpitando: el inicio verdadero. La última parte se titula Pena de muerte, pues considero que después de cada golpe y herida, y su consciencia, hay un retorno a esa crucifixión de la que hablo en los poemas; un saber que hay que morir y resucitar, para volver y volver (…) De esta forma, uno de los primeros poemas de esta última sección se titula “Viacrucis”, el cual plantea la idea de morir como un acto político, y el morir como una puerta para nacer diferente”

Su ópera prima literaria, Cuando llueve sobre el hormiguero, fue publicada por la editorial Nueva York Poetry Press en Estados Unidos a mediados del anterior mes de julio (Disponible en Amazon). Como parte de la presentación de este, Alelí participó en el Festival poético “Lectura del fin del mundo”, celebrado recientemente en Ciudad de México, junto con otra serie de poetas de Costa Rica, Colombia y México, organizado por Revista Literaria Cardenal. Además, como cantautora, Prada lanzó su sencillo “Animal” durante el mes de febrero, anticipando su primer EP, Mutamorfosis, que continuará presentando a lo largo del presente año.

La ceremonia de premiación del Certamen Lisímaco Chavarría se efectuará el sábado 28 de agosto en las inmediaciones del centro cultural organizador, en la ciudad de San José, Costa Rica.


Fotografía: Alejandro Cabezas
Entrevista: Alberto Agüero






Alelí Prada es una cantautora, poeta y compositora costarricense. Estudiosa, creadora y entusiasta de las historias, las ideas y los sonidos. Ha participado en diversos escenarios artísticos, desde teatro, música coral, música original, interpretación de canciones, oratorias, recitales de poesía, entre otros. Hoy desarrolla su proyecto como solista con música original y producción literaria. Recientemente, sacó su primer sencillo “Animal” junto a la cantautora colombiana Laura Román en plataformas digitales; anticipando un EP del presente año. Asimismo ,además de su primer poemario “Cuando llueve sobre el hormiguero” con la editorial New York Poetry Press, algunos de sus textos se pueden encontrar en la antología “Y2K” de la Editorial Estudiantil de la UCR, en “Desacuerdos” del proyecto Escritoras Aflorantes, “Antología de poesía joven costarricense” por parte de Ministerio de Cultura y Juventud de Costa Rica, la revista Liberoamérica, Oxímoron, Atunis, entre otras.

Poesía colombiana actual: Lucía Estrada

De Maiastra (2004)

LII

Separo por un momento el agua del pozo: no quiero más su reflejo, su caravana espectral,
siempre yo, o la hija del primer hombre.
Al fondo, una legión de aves desconocidas inicia el canto de las formas que no se repiten, y
quieren enseñármelo, liberarme de mí en la espiral que conduce al propio abandono. A lado y lado están los seres unidos en sabias jerarquías. Van quedándose con mi cuerpo: primero un pie, después los brazos, la cabeza y el cuello en la vasija de los más jóvenes, y el lugar del corazón, el centro, bajo la corona del águila. Al buitre reservan mi vientre. Hay en esa labor de condena una música que debo conocer.
Seré pájaro como ellos, mitad vacío, mitad intemperie, mas, en mí, también serán los otros.
Pregunto el nombre de esta unión, de la gran sinfonía que comienza y vuelve a comenzar, y
como respuesta, el agua se arquea sobre el pozo, clara, brillante, más allá de mi deseo, y me permite, nos permite cruzar.

LIII

Soy llevada a un lugar secreto. La niebla me cubre para no delatar el paisaje. Quieren prolongarlo, quieren ver mi asombro frente al límite de la oruga, que la tejedora de pájaros me
haga parte de su red, y entonces sí, desafiarme, pedirme que construya un imperio mayor. Me
quieren muda. Saben que todo está, que sólo debo plantar mi cabeza entre el follaje, aprender el orden natural de las superficies y desatarlas, dejándolas huir hacia el fondo como mágicos caballos. Me quieren sin error en su batalla contra nadie, me quieren su quietud.
Han puesto mi escritura bajo el agua, ríen de su fragilidad y trazan nuevos signos, invisibles
palabras sin tiempo. Me quieren otro lenguaje, un oficio anterior a mi nombre.
Cruzo, pues, el último espejo y entrego mis manos a lo imposible.

De Katábasis (2018)

Peldaño V

“La locura tomó forma de flor decorativa…”
P.A.E.Z

Artaud en casa del lobo

Antes y ahora, el grito… Antes, cuando la vida entraba en tu cerebro ramificándose, haciéndose más densa, oscura, casi un torrente aceitoso de imágenes -piedras, cuchillos ardientes, todo al filo y en un instante consumado. Ahora, cuando intentas descifrar esto que ha caído de pronto sobre tu cabeza, formas, destrozos, lenguajes ininteligibles, el aullido de quienes no toleran el miedo y se arrojan a la boca del lobo antes que mirarlo de frente. Ahora, cuando tu pensamiento te “abandona en todos los peldaños”. Nadie estuvo tan próximo de sí mismo como ese animal sediento que te aguardaba en cada vuelta de hoja, en cada palabra incendio, brasa en mitad del paladar y de los dientes, insoportable, fiel… “jirones que he podido recuperar de la nada completa…” Silencio de sustancias que brillan y salpican junto a tu sangre. Lo que otros dejaron de lado, lo que otros no llamaron por su nombre; lo que escondieron junto a la máquina de coser, y el paraguas y la mesa de disección. “La muerte sólo es completa para quien se entrega a ella”, para quien la construye de pequeñas infamias, de mentiras convenientes dichas al oído, de mezquindades, de falsos dioses de oro y barro. No hay nada qué argumentar, ni antes ni ahora, cuando los ojos mismos eran la sal que arde, la astilla y el ojo ajeno, cuando otros se reían frente al ecce homo, y esa mueca salvaje, aséptica y blanca era defendida entre alcoholes y recetas infernales, cuando ni la doble estrella ni el rayo pudieron cerrar el grito que eras todo. Entonces se trata de ti y de mí, de tu pensamiento bajando a tropezones por los peldaños que son el mundo, de tus palabras, boca de lobo, tragándose a sí mismas, regurgitándose, haciéndose improbables, inaceptables, sucias…

El pequeño poeta celeste que no eres, el que pende de un hilo, el que se desploma. La noche se ha llevado los desperdicios del día. La noche todo calma, grito silencioso y suave, la noche y tus ángeles que suben de la tierra…

“La vida es arderse con las preguntas” —dices— y una corriente oscura recorre el nervio, el
hueso, la médula. Corta. Disecciona. Exhibe para nadie. Esto es tal vez una perfecta lección de anatomía “bajo esta costra de hueso y piel que es mi cabeza…”.

Te decantas, escuchas del árbol su estremecimiento. Antes y ahora, el grito. El pequeño poeta en casa del lobo. Comerá quizás “el corazón oscuro de la noche”, y caerá tres veces, ecce homo, peldaño a peldaño, antes y ahora, ahora y después “haciendo el mismo ruido, el mismo ruido, el mismo ruido que la noche y el árbol al centro del viento…”

Peldaño VI

Memoria de Arshile Gorky

Y de nuevo el sol haciendo evidente la herida, la ausencia en medio de un blanco luminoso que
abruma los ojos. Huérfano tantas veces como tantas otras hiciste pie, atravesando la tormenta como un pájaro ansioso, como la mano de un dios, como el silencio en que todo cabe.

Hambrientos lobos acechan tras los rasgos más apacibles. Allí donde el amor levantó un templo, ellos afilan sus colmillos, y hasta el color más próximo muerde la mano que lo alimenta.

Estás de pie, inmóvil frente a la ventana, consciente de que todo tiene un límite. Una línea negra, el trazo enérgico de la muerte en pleno mediodía. ¿Es necesario repetir las mismas preguntas hasta que una hoja caiga de un árbol o el viento confirme su deserción?

Ya son algo importante las cenizas indiferentes y hostiles bajo tus pies, la memoria de un cuerpo consumido por el dolor y la inanición, toda fe triturada mucho antes de que pudieras creer en cualquier cosa.

Pero es de nuevo el sol. Manchas negras, penitentes. Trazos que te murmuran algo al oído, una oración tal vez, un cortejo de voces que se alejan llevándote…

Peldaño VII

Era necesario estar aquí: una ventana abierta y más allá el sol, su ojo dorado derramándose en la tarde. El tiempo nos vuelve la espalda. Escucha correr el agua en la habitación vecina… Pienso en las palabras que alguien soñó perdiéndose para siempre. Era necesario estar aquí. Las cuerdas del amor anudadas a una rama invisible, el silencio reconstruyéndose para hacer más profundo el eco de la casa, los pasos que se alejan, el miedo, la respiración de lo que nos abandona y nos niega una vez más.

Me precipito en la luz de todo cuanto va erguido, insistiendo en un horizonte que termina bajo mis pies. Cada minuto me acerca su verdad. Cada minuto es piedra en la nada de un espejo sin fondo. Era necesario, ahora que la ambición va perdiendo altura, ahora cuando nadie apuesta nada por un gesto, y la vida se repliega en los rincones como un insecto que huye. Sí, era necesario, pero no lo suficiente.

Pájaros prescindibles, niebla olvidada por la tormenta.


Lucía Estrada (Medellín – Colombia, 1980)

Ha publicado varios libros de poesía, entre ellos Maiastra, Las Hijas del Espino, El Ojo de Circe (Antología), La Noche en el Espejo, Cuaderno del Ángel, Continuidad del jardín (Selección personal) y Katábasis. Con su libro Las Hijas del Espino obtuvo el Premio de Poesía Ciudad de Medellín (2005), y la Beca de Creación en Poesía, otorgada por el Municipio de Medellín en 2008 con Cuaderno del ángel. En 2009 y 2017 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá con sus libros La noche en el espejo (2010) y Katábasis (2018) respectivamente. Ha sido traducida al inglés, francés, alemán, portugués, sueco e italiano. En 2020 la editorial Eulalia Books de Estados Unidos, publicó una edición bilingüe de Katábasis en traducción de Olivia Lott (Finalista del PEN American Literary Awards, 2021).

Tres poemas de Diego Lino

selección realizada por Emilio Martin Paz Panana


Un cuerpo tiembla bajo las hojas

Como una manada de caballos luminosos brotando del pecho
entrando y saliendo de las paredes
como el peso de una ola liberándote del cuerpo
como alas de mariposa que se hacen polvo entre los dedos
arrebatos del cielo transitan la tierra
hacen del viento nocturno un río de vidrio
flotan los cuerpos cercenados en charcos de luz:
no hay una imagen más fiel del amor
no ha sido vista música tan clara manando de labios
nunca carne viva te has parecido tanto a una rosa
saliva cabello recuerdos
todo lo hemos entregado al fuego
carbón azul de nuestros huesos
las hojas que contenían el mar en imágenes
la bóveda de un tibio seno
donde encogerse hasta que broten órganos nuevos
manos nuevas llenas de venas o raíces
brazos que alberguen aves extrañas
pájaros mudos
de esos que cantan con los ojos

La cortina de Yama

“Cuando el Ser ha sido percibido por el verbo
la realidad se revela a sí misma”
-Katha Upanishad

Una pantalla de palabras no sirve para contener la voz del agua,
río que se extiende en mil ramas de fuego bajo los párpados.
Un signo dibujado con arena en el aire
no hace temblar la piedra hasta volverla carne,
ni hace flotar la carne sobre estambres que fluorescen al tacto,
ni colma de polen luminoso el cráneo de una bestia
hasta cegarla por completo y volverla humana.
Una palabra palidece ante la savia que trepa los tallos de la noche,
ante el rayo que se anilla para dejar la médula del sueño intacta.
Nada pueden las palabras contra el tornasolado aleteo de una libélula;
porque todo ha sido escrito en las ondas que nacen cuando cae una gota
en la música que estalla en brillantes esquirlas de sentido,
en esa imagen espantosa que unos ojos proyectan en la niebla
y que para nosotros es el mundo.
Ciego mío, mira a través de esta cortina:
sé testigo de la humillación de las palabras.

Testamento

A Sinuhé Lino.

Es domingo. Cruzo el mercado con mi hijo en busca de algo para el desayuno,
hay una paloma africana aplastada al borde de la pista,
sus plumas aún se agitan con el viento: así es la Voluntad.
Los borrachos que han sobrevivido a la noche se arrastran por el barrio,
doblados por el peso de sus medallas transparentes;
los obreros desfilan por la sombra y entran a los restaurantes,
un loco fuma en la esquina y mira pasar los autos como una estatua sin ojos;
sin embargo, el sol brilla en el cielo abrasándolo todo con indiferencia,
y millones de estrellas como él se encienden y se apagan en la sangre de mi hijo,
que juega con una bolsa atrapada en un remolino.
Dentro de unos años se detendrá como yo ante estas imágenes
y quedará cegado para siempre. Ya no podrá ver como hace ahora
las mil joyas que hay detrás de este telón miserable.
Hijo mío, vas a hacerte viejo y ciego como tu padre, como mi padre;
te cuido por ahora aunque no soy más que humo brotando de un espejo,
humo de carne y hueso que se ha detenido a verte jugar.

Diego Lino (Lima, 1985). Desde el año 1998 se dedica a desarrollar una obra que plantea la inclusión del rap como una especie poética. Ha publicado los discos: Vómitos platónicos (2001), Juguetes (2005), El libro de cemento (2020) y el poemario titulado Música para tarántulas (Editorial Celacanto, 2016). Actualmente se encuentra complementando su educación básica en la Escuela de Filosofía de San Marcos y preparando sus próximas entregas: El último discurso de Chárvaka y Más allá de la naturaleza

Poesía peruana actual: Walter Velásquez

La chica de naranja

Chapo una botella de whisky. Mi mirada se fija en una dama de cabello naranja.
Me acerco a su sitio y nuestras miradas danza. No hay palabras. La invito a un
trago. Me rechaza. Le propongo un baile corporal y se acerca lentamente. Me

susurra “escapemos de aquí, por favor”.

Salimos con dirección al hotel. Entramos a la habitación. Saca un cuchillo.
“Aparta de mí este dolor”, me dice tensa y le digo que no, que ella saque mi
dolor del enamoramiento. Las lágrimas comienzan. Clavo mi corazón para que
yo sucumba ante la muerte, para que yo sucumba ante la muerte, o no, otra vez,

otra vez…

Tiempo

Abstinencia es algo que no soporto
Desearía ver nuevamente tu rostro
Para no seguir con este maltrato
Tus besos y abrazos es algo que extraño
Ver tu sonrisa fluir bajo tu naturaleza
De la persona que eres
No aguanto el tiempo
Ni el dolor
Retroceder es poco
Volver a vivirlo es más intenso
Pero sé que me quieres muerto

La astuta

Avaricia, malicia, soberbia, inteligencia; cuatro palabras clásicas que definían a
la chica astuta. Una joven con clase, pero también con mucha locura. Los
sábados eran sus fechas de aventuras interesantes para encontrar cosas
entretenidas. Al llegar a los bares, comenzaba a deslizar su belleza para obtener
todas las miradas de los idiotas. Mientras los idiotas derramaban baba, ella
seguía buscando a su elegido. Ignoraba a aquellos que se comportaban como

huevones, esos que insistían en seducirla y que terminaban siendo mandados al
carajo por ella. Finalmente encontró a su elegido. Un hombre de pocas palabras,
pero de gran carácter. Comenzaron a bailar sensualmente mientras sus miradas
se cruzaban, dando indicios de querer a ir a un hotel. Salieron del bar en
dirección al hospedaje para algo más. Llegaron al cuarto para realizar el acto
sexual de manera apasionada y excitante. Al terminar, la astuta le propuso una
cita para conocerse más, pero él le dijo que aquello había sido su cita. La astuta
se quedó en shock, ya que nunca un hombre en su vida le había negado una

salida.

Molesta, le tiró una bofetada y le pidió rabiosamente que se marchara de
la habitación. El elegido le dijo que a veces no siempre se ganan premios, sino
que también se pierden. La astuta se quedó en un silencio incómodo, donde
reflexionó lo mencionado por el elegido. Al abandonar el hotel, se prometió
alejarse de su mundo y comenzar a pensar mucho más en ella. Después de todo,
ya había ganado varias batallas y esta solo había sido su primera derrota.

Derrotada pero siempre orgullosa.


Walter Alexis Velásquez Mendoza 24 años. Estudiante de la carrera de Periodismo en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, donde curso el último año de la carrera. Vengo estando en la actividad literaria desde los veinte años, donde realice mi primera presentación poética en el Slam de Poesía Oral, del colectivo Reporteros Infiltra2. He participado en antologías nacionales como “El Dolor de la Tinta” (Editorial El Verso Azul). “El Mar No Cesa” (Editorial Ángeles del Papel), “Al Lado del Camino” (Ediciones Marginales) y entre otras. También mis escritos han sido publicados en revistas nacionales e internacionales. Anteriormente trabaje en la Federación de Periodistas del Perú, en el Diario La Verdad Municipal y la revista literaria Buensalvaje.

Dos poemas de Sherzod Artikov

1.
Me gusta el otoño
Me gusta su aspecto dorado
Me gusta el olor de las hojas
Las lluvias frías con sabor amargo
Y espesas nieblas con un triste suspiro.

Ahora es primavera afuera
Susurra como si bailara
Un viento suave sopla del sur
Los transeúntes pasan con una sonrisa en sus rostros
El árbol de los abricos está floreciendo locamente.

Me siento frente a la ventana así:
Desde la mañana hasta la tarde serenamente
Con tos en mi garganta
Con un dolor en mi estomago
Con una taza de café caliente
Y un libro de García Márquez en mis manos.

A veces miro con nostalgia
A la naturaleza, a las personas, a todos
Y murmurar «oh, ¿dónde estás mi otoño?»
Pero en lugar de responder
La alegre primavera otra vez
Hace un crujido allí.

2.
Yo vivo sin principio
Sin instrucciones de ningún tipo
Sin malditos ídolos

Sin autoridades como Dios.
Mi vida es tan simple:
Me levanto temprano en la mañana
Corro para bajar de peso
Empezando a boxear en el patio
Con una bolsa que cuelga incómodamente.

Luego me visto de mala gana antes del desayuno
Y en ella bebo té o café caliente
Disfrutando fugazmente cerrando los ojos.

Luego con un diplomático a la antigua
Me apresuro a un maldito trabajo
Eso me cansa
Envenena mi alma

Eso me convierte en una marioneta dolorosa.

También por la noche sin ningún cambio.

Haz como lo que hice por la mañana
Corre para bajar de peso
Empezando a boxear en el patio
Y no te olvides del té o el café.
Lo mismo…
Solo un cambio
Antes de ir a la cama
De mala gana me desvisto en lugar de vestirme.


Sherzod Artikov nació en 1985 años en la ciudad de Marghilan de Uzbekistán. Se graduó de
Instituto Politécnico de Ferghana en 2005 año. Sus obras se publican con mayor frecuencia en prensas interiores republicanas. Principalmente escribe cuentos y ensayos. Su primer libro «The Autumn’s symphony ”se publicó en el año 2020. Es uno de los ganadores del concurso literario nacional «Mi región de la perla» en la dirección de la prosa. Fue publicado en Rusia y Ucrania. revistas de la red como “Camerton”, “Topos”, “Autograph”. Además, sus relatos fueron publicados en las revistas literarias y sitios web de Kazahstán, EE. UU., Serbia, Montenegro, Turquía, Bangladesh, Pakistán, Egipto, Eslovenia, Alemania, Grecia, China, Perú, Arabia Saudita, México, Argentina, España, Italia, Bolivia, Costa Rica, Rumania, India, Polonia, Guatemala, Israel, Bélgica Indonesia, Irak, Jordania, Siria, Líbano, Albania, Colombia y Nicaragua.

Dos textos de Giovanna Enríquez

por Giovanna Enríquez


CASA

La casa es el lugar al borde de la piel
donde se rompen vajillas a destiempo
y se aprende a decir partes en lugar de v u l v a.

Cada mes, cuando al tiempo le da prisa,
una sólida serpiente de mar me escurre entre las piernas.
Toca, entonces, reposar bajo la lluvia de la mañana, 
para que el animal se cuele por la coladera.
Toca, pues, cerrar la cortina de la ducha
y apretar los dientes para detener el vuelo.
Desprender las alas bajo el agua hirviente
siempre lo creí necesario.

El tecnicismo, como le dicen, es endometriosis:
como si la técnica fuera arte y oficio,
a mí me suena a mala broma, 
a lenguaje enfermo, de hospital, de bisturí 
e histeroctomía; otro tecnicismo.

La casa es el lugar al borde de la escalera
donde espero sentada a que seque 
el agua trapeada a mediodía, 
porque no llegué al inodoro, 
y decidí
que el rellano era un buen lugar para cerrar las piernas
llevar las manos al vientre, 
apretar
esperar.

La casa es el lugar al borde de la tierra
donde se siembra en verano 
lo que no se logrará en invierno.

Los botones que no son flor se arropan,
las madres salen a buscar a sus hijas, 
los endometrios crecen desesperadamente,
las cactáceas se nombran igual en toda Latinoamérica,
la educación sexual se vuelve piedra de tropiezo,
las piedras siguen acurrucadas en los vientres ajenos,
los analgésicos se compran sin receta.

La casa es el lugar al borde de las vulvas
donde las partes del cuerpo son sólo mías,
donde cuerpos en partes se descomponen
en las carreteras, 
donde un cuerpo se abraza a otro cuerpo, 
en espera de que todas vuelvan,
donde todos los cuerpos mudan a cuerpas,
y cambian de estación cada tanto, 
cada siempre,
cada que es necesario nombrar una casa,
darle forma de labios, vello y clítoris,
de útero que se pronuncia: 
casa de plasma y plaquetas 
casa de lábaro matrio,
casa sin niños 
casa sin piernas cerradas.

Marzo, 2021
CDMX


SOBRE MOJADO

I

−Hoy es su día, maestros, una sonrisa, carajo…pues muchas felicidades, ahí agárrense una chela… que sin ustedes nomás no hay nada. Ahora sí que les debemos todo, maestros. ¡Salud!

El arquitecto llevó una lata de cerveza al aire.

¡Salud!, ¡Salud, inge!, ¡Arqui, salud!, ¡Salud, maestro!

Un pelotón de manos se embistió al centro de un círculo improvisado para chocar latas heladas de cerveza barata. En una radiograbadora chapoteada de pintura multicolor, sonaba un CD rotulado con plumón negro: “viva cristo rei” en letra temblorosa, al lado de una cruz demasiado larga. Pedro Infante cantando muy alto “En tu día” desde las bocinas desgastadas. Bocinas de batalla, como le decía Don Emiliano, ‘que se escuchen perro pa’ no dormirse’, decía. 

Celebremos, señores, con gusto. Sí está bien bueno ese queso, inge. Este día de placer tan dichoso. Páseme una tortilla, doña Mari. Que tu santo te encuentre gustoso. ¿Otro taquito de chicharrón, arqui? Y tranquilo tu fiel corazón. ¿De cuál le pongo, de la que pica o de la que no pica?

II

−Y le dije, te me vas calmando, Mari, a la próxima: si te digo huevos rancheros, son rancheros, no volteados, no fritos, no revueltos, rancheros. −Armando se llevó una mano a la frente, arrastrando en su palma un jirón de sudor que terminó sobre un ladrillo raspado. Entre él y Gabriel cargaban bloques de adobe, uno a uno, para armar una línea perfecta que rematara los arcos de la entrada principal. Armando tiraba el primer jalón y Gabriel le continuaba montando cada módulo, uno sobre otro, para darle sentido a una forma que ambos, sin decir nada, entendían perfectamente. ‘Pura pinche lógica…’, como decía Don Emiliano, ‘…es lo que tenemos los albañiles. Qué plano ni qué ocho cuartos’, remataba.

 −¿Y te los chingaste o qué? yo que tú no me los hubiera chingado, ¿qué no?

−¿Los qué?, Ah, ¿los huevos?, pues sí, ¿por qué no me los iba a comer? A ver, pásame el reventón, que se ve medio chueca esta madre.

−Pero estuvo chingón, ¿qué no?, digo, el inge siempre se rifa. El arqui es medio gandalla, y sólo nos trae barbacoa ese día, pero pues yo sí me la pasé rebién. Yo pensé, la neta, que íbamos a seguírnosla, y hasta le había avisado a Susana, le dije, mija, hoy no llego, te voy avisando desde ahorita, y hasta se sorprendió porque llegué temprano y dije, le dije, hoy te fue bien, eh, ¿qué no?.-

−Ey, sí. Allá en mi casa, llegué y todo como siempre. Pero igual hubiera estado bueno, ¿no?, un pulquito ahí de los que ofreció Don Emiliano, que en la casa de su compadre, dijo, ¿no?, sí dijo. Pero ya luego. Ahorita nomás échate la lechereada y ya estamos.

−Ya estás, te doy aventón, pero espérame.

−Te topo afuera.

Armando se sacudió las manos en los muslos, dejando en sus pantalones pátinas blandas de mezcla, sobando la mugre prendida a la tela. Se fregó de las manos a los codos con agua de un bote, antiguo contenedor de pintura, y de la misma agua hizo un buche que escupió sonoramente. De una mochila verde sacó una playera y un desodorante. Antes de ponérsela, en un gesto ensayado, roció del aroma a ‘vibra tropical’ su playera en cuello uve. De donde lo dejara Gabriel, se iría caminando hasta la panadería, compraría unas teleras, un medio de leche y agarraría camino a casa sin detenerse en la casa de su sobrino. Ya le habían dicho que era absurdo querer entrar a un negocio familiar que no tenía ni pies ni cabeza, “¿para qué entrarle a eso, si ni me va a dar todo el gane completo?” pensaba Armando cada que pasaba por la casa del escuincle de veinte años, dueño ya de una moto que se había comprado con esos “ahorritos del negocio familiar”.

III

−Me cae que ni manera hay de hacerla entrar en razón a tu hija, Pedro. Si se te va a ir, que se te vaya, pues. Si ya se agarró del chamaco ese, pues que se vaya. Después va a venir regresando a pedirte perdón por haberse ido. Así son, así es mi Carmela. Le dije, no te vayas a vivir a la casa de tu suegra, niña. ¿Y qué crees que hizo?, pues sí, pues no aguantó, y volvió por ahí de marzo a decirme, ay, papi, es que allá no me dejaban hacer nada y les tenía que hacer de comer.

 −¿Y la dejaste volver, güey? Es que ahí está, ahí está, por eso no quiero que se vaya, pero ella insiste que nomás en lo que se alivia y ya luego se regresa acá, pero yo ya le dije también que ese chamaco lo va a tener en nuestra casa, bueno, que después de que se alivie va a vivir con nosotros. Yo no sé qué mañas tenga su noviecito, güey, pero no me gusta para ella, ya te digo yo.

−Yo ya te dije. Órale, dale al repellado.

Al poco, el arquitecto llegó. Desde la puerta de entrada hasta el final de la barda inmediata, recorrió las paredes con las puntas de los dedos, como si en el acto pudiera reconocer un trabajo fino, como decía cada que entregaba las obras. Los días de inspección eran tres a la semana.  Se sabía que cuando el ‘arqui’ llegara, la botella de refresco de limón debía estar helada.

−Entregamos en cinco días. ¿Cómo vamos? Maestro, ¿vamos bien?

Don Emiliano se acomodó el casco.

−Vamos bien, arqui, ahí ya casi está.

−Yo esperaría que por ahí del viernes ya estemos levantando para entregar el sábado. Su pago sería el lunes que es quincena, nada más sí me esperan esos dos días, ¿no? Ya saben que no les fallo.

−Sí, mi arqui, no hay problema. ¿Un refresquito?

−Hoy nada más vengo de pasada. Les encargo, entonces, señores.

A la salida del arquitecto, Don Emiliano lanzó su silbido y la cuadrilla de hombres retomó afanosamente el mediodía. Con el sol metiéndose en sus cabezas, algunos arremetían, pala en mano, contra la pasta grisácea calculándole el agua al tanteo; otros cargaban estructuras de madera perfectamente ensambladas, andamios que estaban listos para mudar de lugar, una vez más. Al fondo, resguardada de la intemperie, bajo el ángulo de la escalera, la radiograbadora sonaba una voz masculina ahogada en el eco del espacio.

Al entrar la tarde, llovieron gotas absurdamente gordas. Se encharcó el cemento recién echado de la entrada, el piso de la terraza se ahogó desbordando las juntas de los azulejos, trozos del pasto artificial sobrepuesto flotaban sobre los centímetros del agua estancada del patio trasero. Don Emiliano había dicho claramente que era necesario adherirlo bien, nadie hizo caso. Un día más de abril, una lluvia más, un retraso más.

IV

−Yo ya le dije a Gabriel que si no acabamos para mañana, ni me eche a mí la culpa. Yo voy bien, pero pues nada ayuda. Ya vio usted, Don Emiliano, se atrasaron para traer la pintura, ¿así cómo? ni con la ayuda de Dios.

−Mira, Pedrito, aquí somos todos, y no hay manera de que no acabemos. Pues si ya casi estamos, ya nada más les toca a Armando y a ti levantar hoy. Nos vamos a ir en la camioneta para la siguiente obra, pero primero hay que dejar todo listo hoy, ya para nada más venir a limpiar temprano y entregarle en la mañana.

 −Pues me jalo, entonces−.

Pedro se puso el chaleco, el uniforme de coronel le decía Don Emiliano, y se encaminó hacia la esquina de la construcción, donde se amontonaban materiales, ropa sucia, bolsas con basura, botellas con pegamento, latas vacías de cerveza, cascos, una caja con cds de música, el cuaderno de cuentas, un garrafón de agua.

El rincón estaba más desacomodado que siempre. Pedro lanzó un silbido, se quitó la gorra, otro silbido, y la aventó al suelo al tiempo que soltaba un ‘me lleva la chingada’ para sí. Armando llegó a los pocos segundos, y no tardó en entender qué pasaba.

−Nos chingaron, carajo, mira, está todo hecho un desmadre. Le dije a Gabriel que cerrara bien ayer, se me hace que ni el candado puso.

En un gesto confundido, atropellado, Pedro comenzó a revisar torpemente todo cuanto tocaban sus manos toscas. Mientras más trataba de acomodar, más abultado parecía el montón de objetos que, más allá de estar listos para ser recogidos, parecían estar dispuestos para quedarse ahí el tiempo que fuera necesario. Una pila antropológica de cosas a punto de convertirse en una pila ceremonial.

−Huele medio de la chingada, ¿no? ¿Qué haces, güey? ¿Eh, Pedro? A ver, espérate, mejor no le muevas mucho. Háblale a Don Emiliano.

Pedro se levantó lentamente, sin hacer ruido, sin importarle la mirada juzgona de Armando, quien, parado al pie del cúmulo pestilente, miraba a su alrededor. Los demás compañeros le notaron el gesto y, uno a uno, se acercaron para preguntarle qué pasaba. Se reconocían familiares los murmullos entre los hombres congregados alrededor de la escena, como no queriendo estar, pero prestos para lo que ocurriera.

Don Emiliano llegó detrás de Pedro, quien le señaló debajo de un rimero de ropa arrugada.

−Ahí es donde le dije, pero no quiero levantarle, mejor le hablamos a alguien, ¿no?, porque se me hace que sí hay algo ahí.

−¿Qué le vamos a hablar a nadie ni qué nada? ¡Órale!, los demás regrésense a trabajar, chingao. ¡Órale, ya! A ver, Armando, ¿qué haces ahí parado tú también?, muévele ahí a ver qué hay. Se me hace que se nos metieron.

Armando se subió la camiseta a la nariz, apenas dejando ver los ojos; la mirada pasmada, tanteando la ropa. Siguió moviéndola, metiendo la mano debajo de las telas, hurgando insistentemente. Lo sintió, estaba frío; al hundir sus dedos, tocó la superficie hinchada. Se le ahuecó la garganta, siguió subiendo la mano, los dedos apenas tocando la piel, el corazón ciñéndosele en el pecho, hasta que sintió una oreja perforada en el lóbulo, un arete largo pendiendo de ella.   

V

Sábado con la mañana recién entrada. El arquitecto entró por la puerta principal, llevando las yemas de sus dedos al aplanado perfecto. Un balde de hielos, refrescos de limón y cervezas, al centro del patio principal.

−Yo creía que no acabábamos, maestro. Pero miren… qué bonito trabajo. ¿Ya está todo limpio, cierto?

−Sí, arqui, ya estamos. Nada más le entrego cuentas y ya queda.

−Muchas gracias, señores. Pues nos tomamos alguito y nos vemos el lunes, entonces. Salud, ¿no?, ¿o qué? ¿Todo bien? Los veo ojerosos.

−Sí, nada más tuvimos un inconveniente que nos retrasó, pero ya todo bien −respondió Pedro−. Nos llovió también ayer sobre mojado, como dice Don Emiliano. Sobre mojado.

Octubre, 2020
CDMX


Giovanna Enríquez es artista visual mexicana e historiadora de arte con práctica literaria y fotográfica. Su trabajo consta de texto, cuento y poesía, fotografía, audiovisual e imagen autoral y apropiada. Es egresada del Diplomado en Creación Literaria de la Escuela de escritores de la SOGEM, del Diplomado en Fotografía en la Academia de Artes Visuales con especialidad en Creación de fotografía y discurso, y de la licenciatura en Historia del arte en el Centro de Cultura Casa Lamm. Ha publicado cuentos, fotografías, poemas, audiovisuales, crónicas y notas de periodismo cultural en medios electrónicos e impresos. Ha participado en intercambios fotográficos y culturales con la School of Visual Arts de Nueva York y la Neue Schüle fur fotografie de Berlín. Administra la web http://www.giovannaen.com (en recuperación) en la cual publica proyectos de imagen y texto; la cuenta Vimeo: https://vimeo.com/giovannaenriquez y el Behance donde alberga su proyecto más reciente: http://www.behance.net/giovannaenriquez