El patio era envidiable, desde la imagen satelital, se observaba un rincón verde y frondoso. Una casa hecha Edén en medio del parche de oficinas y apartamentos, en el que se fue convirtiendo Montelimar. Árboles de naranja, limón dulce, manzana rosa, cas, guayaba criolla, guanábana, mango, manzana de agua, cacao, dos palmeras de papaya, una mata de plátano, dos de guineo y varias de bananos de diferentes especies. Un rincón con plantas medicinales y un pequeño huerto con hortalizas, tomates y chiles.
Y el interior de la casa estaba lleno de plantas de todos los tamaños y formas: suculentas, tabacones, orquídeas, begonias, monsteras, «cintas», helechos, anturios, alocasias, «loterías», potos, «cucarachas», «espadas de San Jorge», ficus y dracaenas. Usaba macetas sencillas y algunos colgantes de macramé.
No era una casa pequeña y del jardín frontal disfrutaban tanto Andrea como los colibríes, las mariposas y las abejas que llegaban atraídas por las pasifloras, lavandas, salvias, platanillas y el árbol de jícaro que estaba en el centro del jardín. Andrea colgaba guarias de sus ramas, convirtiéndolo en un espectáculo de bolas verdes y flores de colores.
Sin embargo su planta favorita era un «rabo de zorro» morado. No era la planta más exuberante pero a ella la inspiraba por su rebeldía e irregularidad. Andrea admiraba la forma en que la planta crecía y crecía sin pedir permiso, sin necesitar tutores. A sol y a sombra, el verde de sus hojas y el morado de sus pequeñas flores siempre brillaban. Ella la dejaba crecer sin control, además era el comedero preferido de los rabirufos, sus colibríes favoritos.
Entre febrero y mayo el jardín y el patio se convertían en una maternidad de tangaras, mieleros, mosqueritos y eufonias. Los rincones de los árboles y las macetas de los helechos e inciensos se llenaban de pequeños nidos. Andrea se entretenía observando a los pechoamarillo volando de aquí para allá con pedacitos de lo que fuera para construir sus nidos.
Su mundo eran las plantas, las aves e insectos. No tenía a nadie más. La casa era la herencia de su mamá y su papá quienes habían fallecido hacía 15 años, poco tiempo después de casarse con Joaquín. Ella era hija única al igual que su esposo. No tenían hijos. Aunque ella amaba a cada una de sus plantas como a hijas propias.
Una mañana de abril un ejército de chapulines apareció en su jardín, devoraron las rosas y los lirios. Ella se levantó con el alba a regar sus plantas y encontró el rosal repleto de esos pequeños pero furiosos soldados de uniforme naranja y negro. Alzó la mirada y se percató que también estaban en el camino de los lirios y quién sabe dónde más.
Cortó ramas y hojas de sus rosas y las puso en un pequeño encierro improvisado. Tuvo la paciencia de tomar a los insectos y ponerlos dentro de la jaula-hogar. Cada vez que podaba algún árbol o planta les tiraba los restos para alimentarlos. Se habían convertido en sus mascotas. Una mañana podó el árbol de naranja agria y como de costumbre fue a alimentar a sus bichillos pero para su sorpresa no había rastro de ellos por ninguna parte. Andrea se entristeció, volvió a sentirse profundamente desdichada, adolorida.
La noche anterior Joaquín había regresado tarde del trabajo, la encontró dormida y se enfureció. Andrea se había quedado dormida sobre la mesa del comedor con la cena servida. Él la tomó del cabello y golpeó su cara contra la mesa.
-Cuántas veces le he dicho, que mi esposa debe esperarme despierta y con la cena caliente- le gritó, histérico.
Andrea ya había aprendido a no discutir, a no llorar, no reclamar, soportar el dolor en silencio. Cualquier razonamiento sólo aumentaría la cantidad y la fuerza de los golpes. ¡Claro! deseaba gritarle, que ella lo esperó, que fue él quien se tardó más de lo acostumbrado, que no le avisó. ¡Que se fuera para la mierda! Pero en su lugar se acomodó rápidamente el cabello y la ropa, tomó la cena y la calentó en el microondas, mientras Joaquín se quitaba el saco y los zapatos.
El regresó del cuarto y le dió un beso sobre la frente, aún caliente y enrojecida por el golpe. Andrea sirvió la comida, y se sentó frente a su esposo.
Durante la cena él le contó que en la empresa las cosas estaban cada vez mejor, que era muy probable que unos inversores extranjeros comprarán parte de la empresa. De esa manera él tendría más tiempo libre para “sus cosas” y para estar con ella. Andrea no pudo disimular que esa no era una buena noticia. Lo odiaba tanto. Lo miró y sonrió pero en sus ojos era evidente la tirria y el rencor.
-¿No te alegra?
-Claro mi amor ¡Qué buena noticia!
-Pues no parece ¡Y esta comida está horrible!- le gritó mientras apartaba el plato bruscamente.
Joaquín la tomó por el brazo, la levantó de su silla y la golpeó incontables veces. Mientras él la golpeaba y le gritaba, ella escapó en su imaginación al patio, recordó a los chapulines: violentos pero hermosos; violentos y fértiles; violentos pero con un propósito para ella y su jardín.
Por eso cuando aquella mañana ya no estaban, sintió un abandono terrible. Se limpió las lágrimas, entró al baño y se preparó para el día. Joaquín no soportaba verla en pijama o desarreglada, por eso ella se alistaba primero y para las siete de la mañana cuando él despertaba ella ya tenía el desayuno listo y estaba impecable. Impecable, esa era la palabra que él siempre usaba. Impecable, es decir que está libre de pecado ¡Pecado! ¿Cuál había sido el suyo? ¿Qué pena estaba pagando? Andrea le daba vuelta a estas ideas y se hallaba culpable, ella no era impecable. En su cabeza maquinaba día y noche cómo deshacerse de su esposo, deshacerse de ella misma, acabar con esa vida.
Joaquín era muy guapo, recién bañado con su ropa perfecta y su perfume caro, se veía realmente deseable. Así lo veía ella, naturalmente hermoso, fuerte y esbelto; naturalmente malo, monstruoso. Le recordaba a esa planta llamada “ojo de poeta”. Una vez sembró una en su jardín y acabó por invadirlo todo, los colibríes y las abejas ya no llegaban al jardín porque la enredadera había acaparado el espacio de las demás plantas. Le costó mucho deshacerse de ella. La cortaba, la arrancaba de raíz y a los días la encontraba floreciendo en otro rincón. Pero si pudo, logró vencerla.
Esa mañana, sin sus chapulines y ante la amenaza de tener a Joaquín más tiempo en casa, Andrea tomó la decisión de hacerse cargo como lo había hecho con el “ojo de poeta”. Puso fertilizante en el café de Joaquín. Y un poco de humus de lombriz en su gallo pinto. Joaquín no lo notó, así que a la mañana siguiente, repitió su receta pero añadió cáscaras de huevo trituradas a su batido de proteína. Así lo hizo durante todo un mes.
Empezó a notar ligeros cambios en Joaquín, el vello de sus piernas se empezó a engrosar formando diminutos rizomas, algo poco perceptible para un ojo inexperto. Había notado hiperlaxitud en sus brazos y piernas, comía menos y cada vez que podía salía a tomar el sol.
El negocio con los extranjeros salió muy bien, por lo que Joaquín solo iba unas pocas horas a la oficina. Andrea aprovechó que Joaquín estaba haciendo todas sus comidas en casa para prepararle sus bebidas con una mezcla de ajo, chile picante, cebolla y gavilana, ponía cada vez más fertilizante en su café, y le daba té de cáscara de plátano con aguadulce por la tarde. Joaquín no podía estar más feliz con los brownies y queques de chocolate que Andrea preparaba todo el tiempo, recetas que incluían como ingredientes principales humus de lombriz y compost.
Poco a poco la piel de Joaquín empezó a tomar un tono verde, Andrea se dio cuenta que sus recetas estaban haciendo efecto. Joaquín se volvió taciturno y pasaba la mayoría del tiempo en el jardín tomando el sol o bajo la lluvia. Ella lo convenció de no volver a la oficina.
El vello de las piernas de Joaquín empezó a crecer cada vez más y tomar un tono blanquecino. Su torso empezó a perder movilidad, y llegó un momento en el que ya no hablaba en absoluto. Entonces ella decidió probar qué pasaba si lo ponía en una maceta. Fue al vivero y eligió la más grande que encontró, una maceta profunda de un metro de alto y treinta centímetros de diámetro. Preparó una tierra aireada con buen compost, carbón y pequeños tronquitos. Puso a su esposo dentro de ella y echó más tierra encima. El no estaba molesto al contrario se sentía sereno y tranquilo, cubierto de tierra hasta la cintura.
Todas las mañanas Andrea regaba la maceta y ponía más fertilizante, hasta que poco a poco Joaquín fue perdiendo las facciones de su cara, se convirtió en un híbrido extraño y horrible, mitad hombre mitad planta.
Sus ojos, su frente, sus cachetes, se fueron llenando poco a poco de brotes de hojas. Su boca, los orificios de su nariz y orejas se sellaron con una corteza cafesusca y tiesa. Perdió todo su cabello y su cabeza empezó a tomar forma cilíndrica, de ella empezaron a salir ramas y más hojas. Sus brazos se adhirieron a su torso con una membrana de un tono verde claro que se fue haciendo cada vez más leñosa hasta convertirse en tronco.
Al cabo de un año, Andrea, haciéndose pasar por Joaquín, desde la distancia, se había hecho cargo de todo en la empresa, nadie sospechaba nada. Él se había convertido en un hermoso arbusto de ficus lyrata. Lo colocó en la entrada de la sala y sus hojas brillaban rebosantes de salud. Pero con el tiempo le incomodaba cada vez más mirarlo ahí parado y tieso. En un principio había decidido darle ese lugar para vigilar y controlar si algún factor revertía el proceso. Sin embargo, ahora estaba segura que Joaquín sería un arbusto para siempre. Lo trasplantó y lo sembró en un rincón del patio.
En plena temporada lluviosa, cuando sus raíces estaban firmes, el ficus seguía hermoso, fuerte y esbelto. En las pocas mañanas soleadas sus grandes hojas resplandecían vigorosas. Andrea lo ignoraba, trataba de no ir a esa esquina. Pero la idea de su crecimiento la enfermaba. Así que colgó una maceta con un «ojo de poeta», en una de sus ramas.
Con el aumento de la humedad y las lluvias la enredadera empezó a crecer y crecer. Entró por cada rincón del arbusto y lo cubrió por completo hasta casi asfixiarlo. Sus hojas cayeron por la falta de luz. Sus ramas poco a poco se pudrieron por exceso de humedad. Con el verano, el jardín nuevamente se transformó en una maternidad, pero el ficus se debilitó completamente. A finales de marzo, el arbusto murió en el rincón del patio. Andrea arrancó el «ojo de poeta», lo cortó en muchos pedazos y lo dejó secar al sol. A la mañana siguiente, el ejército de chapulines había regresado y devorado la enredadera y los restos de Joaquín.

Silvia Elena Guzmán Sierra (1991) es Máster en Derechos Humanos y Educación para la Paz. Es también parte de la Colectiva Jícaras.
Ha publicado artículos, poemas y cuentos en diferentes revistas y antologías nacionales y latinoamericanas, tales como Repertorio Americano, Íkaro, Revista Toxicxs, Revista Catarsis y Liberoamérica. Es autora del libro de poesía Juana (Editorial Eva 2020) y Enfermas de Juventud de narrativa corta ( Editorial Bosque 2021). Algunos de sus poemas han sido traducidos al francés y al portugues.
Ha participado en diferentes festivales poéticos nacionales y centroamericanos tales como la Fiesta Nacional de la poesía en 2017, Feria Internacional del Libro 2018 y 2019, Encuentro de la Espera Infinita 2020 y Festival Internacional de Poesía Costa Rica 2020, II Encuentro Centroamericano de Escritura de Mujeres Ojo de Cuervo: Deshilar las Costuras de la Nación.
Actualmente es asesora en género, diversidades y juventudes para agencias de Naciones Unidas en Costa Rica y el Programa Integral Transfronterizo (Argentina-Bolivia). También es investigadora en temas de género y derechos humanos, y coordinadora de la revista Repertorio Americano en el Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional.
