Poesía chilena actual: Moira Meléndez Castro

Silvestre, espíritu

Cuando era niña
la irascibilidad trazaba
cada uno
de mis pasos
Vaivén de fuego
en mi sangre mamífera
salvaje, libre
Las huellas marcadas
en el hogar, mientras
lo invisible
se tornaba visible
huellas celosas de la
volatilidad
de mi espíritu

Cuando
la temporalidad
y la adultez
desearon irrumpir en mí
Mordí sus pieles
con aquellos incisivos
tan propios
de la niñez
marcas violáceas,
tiñendo aquellos animales
heridos
dolor lacerante
estampado en sus miradas

Miradas
que sentenciaron
civilizarme,
convirtiéndome en una joven
silenciosa
inmersa en un estanque
monótono y grisáceo
Pero mis pulmones
Implacables
como siempre
me ayudaron a sobrevivir

Nadando en el océano
de mi propio silencio
encuentro a Silvestre,
mi espíritu
en diversas formas
onírico
cotidiano
fantástico
y puedo ser esa niña
de nuevo
la mujer que huye
entre escritos
para proteger
su fuerza indomesticable.



El cuerpo saqueado

A través de las miradas
colonizadoras
de hombrecitos que juegan
a ser hombres
soy
idealizada
y
nombrada «una gran musa»

La caída del título
es parte de un microsegundo
Bestial
Vertiginoso

Ahora soy nombrada «una gran puta»
porque mi expresión
de seriedad
les ofendió y destruyó
sus ansias de conquista territorial
sus risitas
su imaginación
y sus instintos

Los instintos dirigen
la mano y el ojo
para saquear mi cuerpo,
durante días queda vacío, estropeado
desdibujado

Pero ellos no saben
no entienden que
soy una artista
que reconstruye su cuerpo
escribiendo
existiendo.

Quien escribe

Quien escribe,
se transforma
Quien escribe usurpa historias
Quien escribe habita
entre obsesivos puntos
y comas
Quien escribe
respira tanto la belleza
como el terror



Quien escribe
se encuentra
en estado de subordinación,
bajo los sentidos
y la estética

Y ahora digo que
escribir,
es autoexcavación
entre venas,
entre nervios;
océanos
hay un aguajero negro, sin fin
sólo hay más y más

Moira Meléndez Castro. Estudiante de Pedagogía en Francés y español como lengua extranjera, UMCE, Chile. Autora del artículo: Littérature française: Antonin Artaud et le corps souffrance, Revue REF, deuxième édition 2020 y de los poemas Ansiedad, Nostalgia y La mano, Revista Phantasma, edición 2021. 

Poesía española actual: Irene Otero Calvo

Libre

Pronuncia, ¿no?
Tienes que aprender a entonar.
Aquí, haz una pausa.
¡Lo pide el cuerpo!
Pero suelta, mujer.
Déjalo ir.
¿Y la tensión?
No la veo.
Aprieta.
Tírate al suelo y grita.
Estas tablas
merecen que les reces.
Estate a la altura.
Ahora sube.
¡A tu izquierda!
Respira, por favor.
Da paréntesis.
Y, ante todo,
que ya es hora,
sé libre…
¿Tú te llamas artista?
Qué decepción, joder.




Soñar

¿Quién ha de leerme?
Pasarán años deshilachados
y este cuaderno envejecerá,
amarilleará,
oloroso,
pudriendo palabras
que una vez parecieron
importantes.
Llegarán las bacterias
a comérselas,
sílaba a sílaba.
Morirán al morir este papel.
y, en la espera del final,
ojalá
unos ojos
se reconozcan
en los poemas tristes
que construí
un día cualquiera.
Esas pupilas, esas,
son las que llenan mi necesidad
de objetivo.

¿Serán las mías?
¿Está mi verso condenado
a mi propia valoración?
¿Fallecerán pues mis pensamientos
sin más escuchante
que la misma cabeza
que los fue dando a luz?
Me leeré yo y nadie más.
En el fondo, lo sé.
Y lloraré en mi vejez
amargamente
al compás de la nostalgia
de una ilusión.
Será entonces
cuando caiga en la cuenta
de que no sirvió
el embarazo lírico
más que para inflar
ese ego vestido de gala
y hambriento de opciones.
Elegiré pensar
que fue bonita
la esperanza,
que la ínfima posibilidad
de contar algo
inflamó mis perspectivas
con explosivos colores de magia
y que, al fin y al cabo,
mereció la pena
soñar
aunque ese fuera un sueño
de aborto.



Aplausos

Hemos superado
una noche sin aplausos,
este escenario vacío
de grandes logros.
Los focos apuntan mal,
los tropiezos son protagonistas
y el público no disfruta.
Pero su crítica,
su abucheo lunar
ya es pasado.
Sobrevivida, la velada crece,
nos abraza y,
tímida,
recompone nuestro perfil
recortado de constelación.





Nació en Madrid, España, en 1991. Desde siempre los garabatos de la palabra escrita le han escondido secretos. Y ella no ha buscado más que desentrañarlos durante años.
Quedó finalista en el VII premio literario El Pequeño Consumidor Energía y Clima por “El verde confidente”. Ganó el Primer Premio de la Universidad Privada
Cardenal Cisneros con “Lo fácil de la Negación”. En el año 2017 estrenó en el teatro Nuria Espert su obra teatral “Lo que no quiero”. En 2020 la editorial Libros Indie publica “Secuencias”, su primera novela.
Actualmente funcionaria de carrera en el Cuerpo de Maestros de la Comunidad de Madrid, está a la espera de la publicación de su segunda novela “Una huida”, ilustrada también por ella. Irene sigue escribiendo cada día.

ODA A LA GRATITUD POR EL AMOR Y LA VIDA: 55 ASOMBROS DE SOL, DE LAUREANO ALBÁN

Por Marta Rojas Porras

El libro 55 asombros de sol, de Laureano Albán, es publicado por Casa de Poesía en convenio con la Editorial de la Universidad de Costa Rica, debido a que fue el poeta costarricense a quien se le dedicó la edición n°18 del Festival Internacional de Poesía Costa Rica.

Laureano Albán es autor de numerosos libros, con una carrera poética nacional e internacional destacada y premiado tanto dentro como fuera del país. Muchos de sus libros se han hecho acreedores en Europa, América y Costa Rica de los más importantes galardones internacionales: El Adonáis, en España; el Premio de Cultura Hispana, Madrid; el Premio Hispanoamericano de Literatura Juan Ramón Jiménez, Huelva; el Premio Anual de Columbia University Transnation Center, Nueva York; el Premio Internacional de Poesía Religiosa, Burgos; el Premio Único de la VII Bienal de Poesía Walt Whitman; el Premio Mundial de Poesía Mística Fernando Rielo, Madrid; el Premio Nacional de Literatura Aquileo Echeverría en Poesía, Costa Rica, y el Premio Nacional de Cultura Magón. Su poesía, además, se ha traducida al francés, inglés, hebreo, italiano y alemán.

Por parte de la crítica nacional e internacional, sus obras han sido abarcadas por grandes estudiosos como Edmon Cros, Luis Rosales, Florencio Martínez, Leonardo Semkman, Pieragnolo, Isaac Felipe Azofeifa, Carlos Duverrán, Carlos Francisco Monge, Amparo Amarós, Ronald Campos, Peggi von Mayer y más. En algunos círculos, la simple mención de su nombre es motivo de polémica. Ronald Campos, a partir de sus rigurosas revisiones y estudios sobre la crítica con respecto a la producción poética de Albán, señala :

           Existen artículos y notas periodísticas sobre la producción poética albaniana; no obstante,       una cantidad considerable corresponde a juicios impresionistas o a invectivas, cuyos         comentarios se fundamentan en aspectos de la figura personal del poeta, antes que en            criterios meramente literarios y críticos de los textos poéticos en sí.

A continuación planteo una acercamiento a la obra de Albán, no desde una visión como especialista de la literatura  ̶ que no soy ̶ , sino desde una perspectiva de lectora-poeta.

La admiración es esa capacidad para apreciar las cosas, las acciones, los detalles y asombrarse ante su existir. Para ejercerla, no es suficiente con «mirar», sino que hay que «saber mirar». Según Jeannet Ugalde Quintana (2017) esta acción consiste en adoptar la actitud de quien abre los ojos por primera vez y se admira ante lo que ve. A esto agrego yo:  También lo que no vemos nos puede asombrar.

La admiración, como postura contemplativa, implica el reconocimiento del misterio y de la grandeza del ser humano y de toda realidad. El sujeto sale de sí mismo y se deja cautivar por el cielo y las estrellas, la belleza de una mirada, la complejidad del cerebro humano, la bondad de un gesto, la maldad, la fealdad, el amor, el ser amado…

El poeta Albán nos presenta un poemario con el nombre 55 asombros de sol, cuyo título propone mostrarnos “cosas” que lo maravillan, en un mundo de luz (sol). 

Yo fui testigo de cómo de 50 asombros -50 poemas- se pasó a 55, y como no creo en casualidades, y como me gusta el juego de números y palabras, intrigada por la búsqueda de sentido, le solicité a mi amigo y maestro, el Dr. Conrado Umaña, que me descifrara el significado cabalístico del número 55 y, para mi asombro, el 55 debía pasar por el 50, o sea, para explicar el 55 había que decodificar también el 50.

Esta fue la respuesta del Dr. Umaña: “Cábala es el pensamiento esotérico del judaísmo. En ella se usa mucho la guematria, método que utilicé para este análisis”. El número 50 corresponde a la letra נ (Nun), que significa “vida, salud, continuidad”; el número 5 corresponde a la letra ה (Hei), cuyo significado es “aliento, intervención de Dios, gratitud”, por tanto, el significado de 55 es “Gracias a Dios por Su intervención a favor de mi salud y del aliento de vida en mi ser”.

Ante esto, quienes conocemos del quebranto de salud del poeta Albán y de su renacer, podríamos sorprendernos por ese significado; pero, volviendo al título, queda claro, a mi opinión, que la adición de 5 asombros no fue casualidad, pues en esa suma es donde se concentra, oculto, el sema más englobante de este poemario, cuyo centro yace en la idea de gratitud, la gratitud por cada asombro de luz.

A su vez, en la página de la dedicatoria, se esbozan cinco hilos temáticos: amor, testimonio, perpetuidad, asombro y protección que brindan la poesía y la amada. Todo ello englobado por la gratitud planteada, de manera latente, en el título.

La mención, en esta dedicatoria, de una de las siete maravillas del mundo (Taj Mahal, resultado de una trágica historia de amor interrumpida por la muerte), instala en el género amoroso y declara la búsqueda de la perpetuidad (indeleble) en una estructura compacta de mármol (poesía), cuyo motor es el asombro por la irrupción de la mano solidaria de la amada, que es, a su vez, la mano de Dios.

En lo que sigue, cuando hago alusión al poeta, me refiero al yo lírico, inscrito en el poemario como “yo poeta”.

El acto escritural en cuanto proceso, atrapa el tiempo, la eternidad:

          Aquí estoy/ esperando una palabra, /yo que he sido /todas las palabras de amor…// Yo que           amé / todas las palabras. /Yo que he perdido /todas las palabras. /Y todo por vestirlas /con            una nueva desnudez… //Estoy aquí /buscando las palabras/ que necesitan otro corazón. / (…)            Aquí estoy esperando/ la primera palabra /de un poema que sueño /en cada poema nuevo: /             Algo así como / balbucear… con amor / la huidiza eternidad… (Asombro de volver)

El poema eterniza el amor:

           Cómo voy a esconder/ al mundo tu milagro, /si en cada poema pongo/este poema que eres           /al amarme… (…) // Te esconderé en mis /poemas: en su/ insondable    asombro…/ En esta caja          fuerte/ del tamaño de todo, /donde todo es asombro /para la eternidad... (Asombro de tu            ser)

Esta acción de eternizar no tiene escape

           No te pido perdón/ por inventarte en mí… /por inventarme en ti… / ¡y   en ambos la poesía           (Asombro del perdón)

Hay, en este poemario, una concepción de Dios como presencia cotidiana y, por lo tanto, realmente cercana. Este Dios inunda plenamente la vida del ser poeta y resulta en una suerte de comparación poeta-Dios, en tanto creadores (de la vida, del amor, de los poemas): Dios está tanto en el acto inventivo, como en el acto de soñar y en el acto de hacer el amor.

Este creador de poemas inventa con Dios:

…celajes/ que para ti inventamos/ Dios y yo           (Asombro de tu ausencia)

            Quiero hacerte poemas/ en que aparezcas/ tal como Dios te soñó/ cuando te envió a         salvarme (Asombro de la manzana)

El yo lírico, hacedor de mundos poéticos, quiere que la amada crea en él como se cree en Dios:

           Yo te quiero mentir…/ con la verdad entera de mi vida/ para que creas en mí/ como se cree            en Dios, / arduamente invisible… (Asombro de lo invisible)

Sus caricias son caricias de un Dios que es cómplice personal:

            Y un abrazo sea Dios/ casi abrazándote

            Dios sea mi cómplice/ cuando te estoy amando (Asombro de la culpa)

El poeta es dios con minúscula, pero en una relación tan cercana al Dios mayúsculo que a veces este se le impone:

           Te he amado tanto /que grabé en las estrellas /tu nombre de campana iluminada/ para que             Dios tuviera/ que mirarte en cada amanecer… (El asombro de)

Ese dios minúsculo se reconoce como tal, falso y débil, pero rearmado por el amor:

           Yo solo soy un dios/ que ha borrado la vida, /un dios de contrabando /en todos los espejos. //             (…) Pero llega tu amor /y me tira a la cama, /para armarme de nuevo / solamente con besos…

A lo largo del poemario se establece, claramente, el destino y propósito del acto escritural: proclamar la inmortalidad del amor y, por lo tanto, de la poesía y ese canto a la amada. El yo lírico se declara inmortal, rejuvenecido por el amor salvador, escribiendo desde ese mismo amor, su esperanza, para su amor. De este modo, explicita su decisión de entrega, de la poesía a su amada, como testimonio de su capacidad de amar:

            Me declaro inmortal / porque te amo, /insaciable de todo para ti, /el muchacho      invasivo/           que a los setenta y siete/ descubrió que existías/ y ha nacido contigo…// El   púber que te             escribe/ estos poemas confesos, /irresponsablemente azules/ para ti     (El asombro de tu             asombro)

            Esta es mi herencia:/ Todos los poemas-relámpagos/ que me traspasaron…//
            Esta es mi ofrenda:/ Todo iluminado para ti
(El asombro de mí)

         Aquí está el mar, amor, (…) // Te lo entrego esta tarde /de lluvia inmerecida,/ junto al perfil             transparente /del volcán en fuga/ en que nací…// Yo te lo entrego todo / porque el poeta es el            dueño/ de todo y nada, siempre…// La  palabra en el poema/ es la cadena azul/ que lo ata a          este mundo, /casi como el amor… //Y la luna invasiva/ no podría faltar/ en esta enardecida       ofrenda/ de cosas que no tengo, /pero que en la palabra /son mías por un instante…//       Quisiera homenajearte/ con todo lo que quepa /en la copa de un beso. //Porque soy el            fugaz /propietario del canto…/Y no hay nada / que se le niegue al canto…// … (El asombro de             la ofrenda)

Además de ofrendarle la poesía a la amada como testimonio íntimo, pretende acercarla a una concepción del Dios cotidiano, presente en todo su quehacer:

           Yo te voy a enseñar cosas prohibidas…/ Como que Dios está en tu cama siempre/ aun cuando            yespero un descuido/ de tus ojos de almendra pensativa/ para hacerte el amor (Asombro de            la  sorpresa)

La amada, en tanto presencia milagrosa y restauradora de vida, deviene, en este poemario, en una suerte de extensión de Dios:

       ¿Para qué estás aquí? // Para que algo de Dios/ duerma en mi cama (El asombro de tu            ausencia)

        Y apareciste tú/ con los dados/ abiertos en tus manos/ donde jugaba Dios (El asombro de             volver)

           Estoy tratando/ de existir de nuevo…/Un poco tú, un poco Dios…/ Y trocito a trocito/ la                        esperanza de ser (El asombro de existir)

           Yo soy un acertijo de tu amor. / Un juguete de Dios/ para que jugaras/ a ser Él… (El asombro            de viajar)

           Y trato de encontrar una fisura/ para huir de tu amor/ pero de nuevo/ un empujón de Dios/             me detiene en tus brazos… (El asombro del omniamor)

           El amor es posible/ solo mientras veamos/ el rostro de Dios/ en el rostro amado (El asombro            del amor)

           No sé si te inventé/ no sé si me inventaste// O ambos somos/ una invencible/ travesura de             Dios. (El asombro de buscarte)

El amor, la amada-Dios y la poesía son, en este poemario, la fuente de la vida, del renacimiento, del rescate de la muerte, la revitalidad. Este amor rescata de la muerte, negocia la vida:

           Y yo caí tres veces /cumplidas a la muerte/donde todos los ríos/callaban en mi frente// Y             apareciste tú… (El asombro de la muerte)

           Yo creí que eras/ el ángel del destino/ negociando más sueños/ con mi muerte... (El asombro             de la aproximación)

       Yo sé que tú venías/ porque el mundo se iba… (…) /Yo sé que tu venías/ golondrina de          ausencias/ a vencerme despacio/ con besos, este antiguo dolor. // Yo sé que tu venías/ porque     el mundo se iba/ desliendo lentamente/para inventarlo nuevo/inmensamente tú… (El            asombro de pasar)

           Tus besos se impusieron/ a la muerte, con un / «no pasarás»… que todavía/ retumba en los            pasillos del hospital… // Y cambiaste/ la eternidad por/ nuestra eternidad… (El asombrode             nacer)

En Albán, el amor es motor, eternidad, fuente de vida:

           Por eso tú llegaste/ al hospital en cada/ madrugada, para darle a mi sueño los plazos/ del            amor… // Estoy tratando/ de existir de nuevo…/ Un poco tú, un poco Dios…/ Y trocito a trocito            /la esperanza de ser… // Sí, casi un espejismo/ especializado en besarte/ a ti y a los poemas…//        Un ajedrez de olvidos:/ jaque mate de sueños./ Y todo porque tú/ decidiste reparar/ este          juguete / para la eternidad…// (…) /¡Ya casi existo! // Ya, mi amor, / sigue intentándolo… (El             asombro de existir)

          Y llegaste tú, sol, / con una sonrisa que no entiendo/ y conjuraste el mar en mis milagros, / y         sostuviste el mundo en una mano/ y el amor en la otra /que es la única forma/ de vencer            todavía… (El asombro de los milagros)

           Tú me viste cayendo/ al recoger asombros, /y me clavaste alas/ en el precario sitio/ donde             estaban mis llagas. (El asombro de renacer)

El renacimiento de la mano de la amada convierte al renacido, al que ama, en un mejor ser humano:

           Soy una herida de la luz/ en medio de la niebla, / (…) Pero tu amor / me vuelve más humano           /quizá que mis olvidos. // Porque mi disfraz de hombre/ suele rasgarse un poco/ cada día, y            solo tú sabes / remendarlo con luz…  (El asombro de tu secreto)

El poemario abunda en luz. Se juega con el campo semántico del nombre del tú lírico Sol y se configura, desde el título, una propuesta de asombros luminosos. De nuevo, ese sol deviene en figura divina, una metáfora del cielo, cercano en su asombro

           Es que a veces/ no creo que tú existas, /que tu nombre: Sol Salas, /es una metáfora/ del cielo, /            que yo solo recojo palabras / para imitar tu asombro. (El asombro de tu existir)

      Yo quería mil soles, /pero me dieron uno… // Además de una estrella/ que inventara            destinos… // Yo quería mil soles /pero me dieron todos /en tu nombre. Y el mío/ se encendió             con el tuyo… (El asombro de la pregunta)

La presencia de la amada, metáfora de Dios, fuente de luz, ilumina, incendia y llena de color el mundo del poeta:

         ¡Que no quede una sombra /donde no haya un asombro! // Que quien pase se entere/ que        aquí estuvo Sol/ iluminándome… // Su luz no es de este mundo: /Lo he comprobado /         amándola en el mundo… // (…) Sabe que del futuro/ el presente es la chispa / totalmente            incendiaria. // (…) Estos poemas son / las esquirlas que vuelan /de cuando ella me incendia         // Yo soy la tea y ella la llama, / porque la llama arde /cuando la tea existe… (Asombro del            alma)    


Podemos decir que la amada-luz alumbra, tanto el espacio exterior, como el interior del poeta:

       ¡Que se abran todas / las puertas en punto /de la vida! // Que el sol entre /a la sala         enamorado, /y se siente a reír /entre nosotros… // Que el mediodía / sostenga las redes /            agoreras de la lluvia… // Que la fosforescencia / de la niebla descienda, /iluminando todos los           caminos…// Y que las flores muestren / los colores invisibles / que siempre guardan/ tan solo            para Dios… // (…) Porque te acercas ya/ incendiando mi vida /con esa luz que cruza/ desde tu            alma a mi cuerpo / y de mi cuerpo a tu alma... (El asombro de tu llegada)

           [Eres]la muchacha inexplicable /que supo marcar /la dirección de luz, / que faltaba a mi             vida (El asombro de nacer)

           Cuando me abrazas/ quedo nimbado/ de estrellas totalmente… / (…) //Y entran por mi boca,            mis ojos, /mis poros extasiados /espantando las oscuridades /que le quedan a mi alma, /las      maldiciones ajenas /que aún se aferran a mi alma /hasta convertirlas /en un cielo            estrellado, / en una transparente / avenida de luz (El asombro de la estrella)


        Eres el sol de frente /que me guía impasible /más allá de mí mismo / hacia la eternidad…            (Asombro de los cuerpos)

En este ambiente físico y psicológico, todo es radiante. Las sombras son apenas enunciadas en cuanto alusiones al pasado o a penumbras desalojadas por la luz que vence.

           Todas las luces /caen sobre mí /cuando me miras. // (…) Eres una invasión/ de plenitudes…/            Una sombra al revés, /un diluvio de estrellas/ sin olvido… // (…) Todas las estrellas /son más        que estrellas /cuando me abrazas. // (…) Eres la parte   /luminosa de este mundo. (El            asombro del destino)

      Yo sabía, entre las sombras / zaheridas del hospital, /yo sabía que venías /venciendo            madrugadas, / porque se anunciaba /el temblor de tu luz /en las sombras que huían…

El poder incandescente de esta luz es expuesto claramente en estos últimos fragmentos del poema “El asombro de la culpa”, donde se sitúa a la amada, de nuevo, como la figura Sol en fuerza y brillo:

           (…) Tú tienes la culpa/ de que todas las flores /de mi invierno sean soles… // Tú tienes la culpa /            de que cada mañana / todo quiera encenderse para mí. // Tú tienes la culpa / de que la misma          estrella / que fue sombra, ahora brille /más allá de las sombras. // (…) Tú tienes la culpa /de          que cada noche /la noche no me visite más, /porque a fuerza de ser tú misma / la iluminaste            toda… // Y tú, Sol, tienes la culpa /de que el final de este poema /sea el principio de un mundo.

De este modo, queda en evidencia que 55 asombros de sol es una obra donde impera el amor como fuerza que da cohesión al universo poético. El yo lírico se sorprende por la irrupción de lo imprevisible, se asombra ante el detalle, las acciones, las preguntas, cada mirada o presencia de la amada en su dimensión humana y divina. Ese asombro o admiración lo lleva del estado pasivo, casi de muerte o resignación, a un estado activo del amor esperanza. Es un tránsito donde cada asombro se sucede por otro asombro y otro más.

En estos asombros, la figura de Dios se concibe en alusión a la complicidad, y su presencia se hace evidente en la amada, Sol, mensajera y nacida de la luz para el amor. La gratitud subyace, oculta, en todo el poema, pero se desprende como olor grato en cada rayo de este sol.

Contrario a lo que sucede en otros textos con el tema del amor, incluso del mismo Albán, el poemario ha excluido la angustia por la temporalidad de la vida y del amor. Aunque aparece el tema de la muerte, este se instala en un clima de paz y esperanza donde la luz terrenal deviene en esa luz divina que llena todo vacío y alumbra toda posible penumbra.

La poesía mística amorosa de 55 asombros de sol, de Laureano Abán (2019), es, por tanto, un sitio de luz plena; en él, el agradecimiento por la resurrección amorosa solapa cualquier conflicto e instala una armonía total a partir de esta luz.

Marta Eugenia Rojas Porras (1950). Filóloga. Catedrática pensionada de la Universidad de Costa Rica. Poemarios publicados: (1993, 1998). La sonrisa de Penélope y su costumbra del adiós. Editorial de la Universidad de Costa Rica. (1996, 2005). Aposentos del deseo. Editorial de la Universidad de Costa Rica. (2005). Habitar la casa del tesoro. Ediciones Perro Azul. (2019). Destejiendo la intemperie. Ediciones Perro Azul. (2019). Zárate desencadenada. Texto lírico dramático. Ediciones Perro Azul. Publicaciones en revistas (1998). “Oda a la muerte de mi madre”. Káñina. Revista de Artes y Letras, 22(3). (2003). “Entre duelos y amaneceres”. Revista Nacional de Cultura, 46, (2003). “Estela de fragancias y luces”. Revista Educación, 27(2). (2003), “Como volver a casa”. Káñina. Revista de Artes y Letras, 27(2).  (2004). Entre recital y charla: El acto creador y unos apuntes sobre Penélope. Educación, 28(2). (2020). Atunis Galaxi Poetry. Antologías en las que publican su poesía (1994). Indómitas voces. Las poetas de Costa Rica. Antología. Selección, prólogo y notas de Sonia Marta Mora y Flora Ovares. Editorial Mujeres. (2006). Lunada poética. Poesía costarricense actual. Ediciones Andrómeda.(2020). La palabra provocada. Antología poética costarricense. Instituto Cultural Iberoamericano. (2020). Vivencias en tiempo de pandemia. Enlaza2. (2020) El valor de la palabra. Antología poética. Ediciones Santoamor. (2020), Los gritos de Medea: Violenci de género en la poesía feminista costarricense. Antologadores: Luis Gustavo Lobo y Yordan Arroyo. Editorial Arboleda. (2020). Antología en tiempos de COVID 2020. Antologadora Marlen Ramírez.

Poesía peruana actual: Andrea Cabel

                                                         Gestión por María Macaya 


Todos los textos forman parte de Las falsas actitudes de agua (2007, Segunda Edición)



[enero]

                                                     “Todo es color de aurora...”
                                                      Paul Eluard.


con un caparazón dulce y de tinieblas, tan lento y descarnado, eres la excusa de los fríos que se
 hunden temprano cerca de la huerta. eres solo y lleno de sol, todo el vacío leve de los besos y el
 llanto.




[currahee]

éramos una guerra de espejos,
doce millas de ancho por doce de largo.
la simetría de dos muertos encendidos de golpe
prendiendo las luces en el abandono de la noche,
buscando los pozos de los abuelos,
la muñeca que era la hija.
los ojos que siguen mirando desde la cama,
las grietas de todas las paredes.
el paraíso,
una isla de tierra roja abierta en dos que mira al agua salada.
un conjunto de esqueletos frente al paisaje de la plaza,
un centro duro de luz
de animales verdes y amarillos empozando las medias lunas,
la navegación de los peces,
el soplo de las arañas junto a la flor que mira al techo.
nadie extraña el mediodía, la altura de los rostros.
no hay distancia desde los huesos,
nadie suspende la caída
y el mundo es esta tarde que combate,
que solo mide desde este corazón,
el cansancio que trae la sed,
la implosión de las cucharas que lo ven todo desde aquí arriba.



s


hacemos un intercambio de nueces / tú las claras, / yo sin cáscaras. / las
llaves se aíslan, / las jaurías nos acosan y pateamos las puertas / nuestra
ínsula fuga salvador, / estamos solos, sin tierra ni madre/
ni ventana —dijo.
y me guías, / atosigada de carencia / impoluta en agonía, / con tu
corazón de luna llena. / repleta de luces escuálidas, y rieles cortos como los días /
como las pasajeras nieves, y las frentes de luz.




[habitación 309]

la lucha del pelo negro y el firmamento giratorio. / tan pequeño y desde lo alto —pienso, / juega al
 azar con pantalones entrecortados, / sandalias verdes y un paredón de venus llena de florestas y
luna. /
un rabioso bulto, lleno de manchas violetas, / espirales de manos desnudas, / fugitivos dibujos
desfilando por la esquina. / estrelladas lluvias y caminos, / universales ojos color té. / plaza de
niños pluma perpetuando un arma que dispara ruido. / los reflejos del techo que
suplican un abrazo. / y juntas las sombras, /

toda el agua del mundo.

luego, /tus ojos afelpados. / y dormida, / tus cincuenta y tres constelaciones. / despierta, / tu
boca, / todas las llamaradas de esperanza. / nocturna y terrenal. / polvo inextinguible, / soplo de
nieve, / hundida sinfonía de rosas y luz.


Andrea Cabel
Doctora y Máster en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Pittsburgh. Docente de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, de la UPC y de la Universidad de Lima. Ha publicado cinco poemarios: Las falsas actitudes del agua (1era ed. Lima: 2006; 2da Ed. 2007; Ed. Extranjera: México DF: 2014); Uno Rojo (Lima, 1era ed. 2011; 2 ed. 2012); Latitud de fuego (Lima, 2011); A dónde volver (México DF, 2016). Dicta talleres de poesía y dirige la página de literatura Textos laterales de Andrea Cabel.

Poesía mexicana actual: Margarito Cuellar

TIERRA NATAL (1)


El cajero automático sonríe
mientras arroja billetes de baja denominación.
¿Y el menú de este restaurante de paso como nosotros?
Los pasajeros alimentan a Gula y a Pereza
o bajan a estirar las piernas.
Una mujer se transparenta a bocanadas de humo
y envejece al instante. Toda la vida ha estado ahí.

El horizonte engulle al autobús.
Un aluvión borra casas   sombras   jardines de las grietas.
Los parques olvidan al héroe que los deja.

Nací acá, mas los lobos aúllan
como si nunca nos hubiéramos visto.


TIERRA NATAL (2)

Sacudan mi memoria: hallarán frutos secos
siluetas que tropiezan con fantasmas
y calles sin regreso.

No siento mío este remedo de árboles
ni la plancha de tierra que se abre si la pisas.
¿De quién este paisaje de víboras descalzas
mapas en blanco   región sin para cuándo?

Los héroes trovan hazañas

a una audiencia de jubilados en harapos
que cabecean al son de las palomas.

¿Quién reconoce como propio un círculo de auras?
Yo no. Y sólo voy de paso.



CUERVOS

Vuelan en círculos
y con graznidos sellan
su pacto con la noche.
Al descender comprueban
que la carroña sigue
en el baldío de la existencia.

Sus largas patas descienden
y libres ya de toda cautela
hacen de los despojos su pira funeraria.

El cuervo sanea el aire
y pasa de la escala más baja
a la cumbre de la belleza.

                              (De En el hotel de la vida todos somos extranjeros,
                                                Laberinto/ Conarte, México, 2021)




LUNA ABRIÉNDOSE CAMINO EN LA ZARZA DE NIEBLA

Se ascienda o se descienda
se vaya al sur o a otro planeta

los caminos conducen a la diosa.
Luna Abriéndose Paso en la Zarza de Niebla
Barco sin Capitán
Asteroides Bajo el Arco Perfecto de su Espalda.

Mas hay caminos a lo alto de una escalera
y la única señal que distingue
desde ese punto el náufrago
       un resplandor de estrella
       que flota con la idea
       de integrarse a la vida.

                                                             Noviembre 10 de 2014


ARMA BLANCA

A veces cuando el frío es muy intenso
y no hay calefacción que aliente
me acuerdo del cuchillo que dejaste
clavado en algún sitio
entre el olvido y la esperanza
de que un día volvieras a sanar las heridas.
O a enterrarlo más hondo. Da igual
el que un día te cantó
ha muerto varias veces de distintas maneras.

Así como la hoja me habla de ti   siempre
pero más animosa en los inviernos


antes que tú hubo balas
y autos que atropellaron mis heridas.

Ninguna de estas muertes importa
sólo el filero   tuyo como un pacto de acero
me recuerda:
      El amor no es en la vida cualquier cosa.

Y todavía hechas limón a las heridas
para que no se olvide nuestra prenda de amor
¡oh   asesina hermosa!

                                                                 Junio 22 de 2017
                                                                       (Inéditos)

Margarito Cuéllar. Poeta mexicano originario de San Luis Potosí, México. Radica en Monterrey, Nuevo León. Libros recientes: En el hotel de la vida todos somos extranjeros (Laberinto/Conarte, México, 2021); Heridas luminosas que se quiebran (Universidad Externado de Colombia, Bogotá, 2021); Nadie, salvo el mundo (Moguer, Huelva, España, 2020). Con el libro Teoría de la belleza (Instituto Sinaloense de Cultura, 2018) obtuvo el Premio Hispanoamericano de Poesía Festival de la Lira 2019 organizado por el Banco del Austro de Cuenca, Ecuador. Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez 2020 convocado por la Diputación de Huelva. Con Ensayo sobre la belleza y el desorden de las cosas obtuvo en 2021 el Premio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador (Salamanca, España). En diciembre del 2020 obtuvo el Premio Internacional de Poesía Golden Magnolia de Shanghái.

Poesía costarricense actual: Vilma Vargas Robles

       Cinco poemas de CUARTO CRECIENTE POESÍA REUNIDA (Guayaba Ediciones, 2019)



Las palabras

Las palabras no son de este mundo,
sino cuando caen a tierra
semejantes a frutos o demonios.
Vivir ha sido convocarlas.
Tengo una sola almohada,
un sólo respaldar,
pero cuido mi vaso,
mi risa;
en la espesura de las hierbas inclino mi cabeza.

Y también he llorado,
pequeña,
mal agarrada a la vida.

Mirad:
la belleza de un oficio me ha encorvado.




Maldición

El día, arco torpe, te ciñe.
Como una última paloma que se salva miras la soledad,
el surco de la luna donde ya no hay nadie.
Se aviva la cicatriz de los muros helados.
¿Dónde están las cosas que pugnaban por
formarse,
saltando ardientes?
Árbol segado es tu memoria.
Te has muerto varias veces:
si resucitas te volverás a morir.




Foco suspenso

Por primera vez un poco de calma.
No importa que esté aquí el insomnio
perseverando como un asunto de señoras
o como el sol que jamás se impacienta.
Oscuro es el ámbito del que creyó:
vuelve con sus seres crepitando.
Por primera vez un poco de calma.
Descubre esos rostros,
explora esos brazos,
círculo estrecho entre luna y tierra
que la mañana apaga.
Vuelve el insomnio:
voz que lee la noche



Me preguntas

Me preguntas cómo estoy
aún no he escrito el libro
tampoco ha crecido el árbol
no hay una noche ni día completos
más bien recorro
con una lagartija
a cierta hora las paredes
y llego a donde el mar dejó de ser una isla
hasta extender allí mi oscura inocencia.




Dolo

Debo encender la luz
y que inunde el verde rata.
Debo comer y no ser un garabato.
En mi bandeja, la maldad
deja caer su flor de plástico.
Debo quemar la flor,
comerme el incendio,
echarme a dormir aun sobre ceniza.

                                                         Selección: Byron Ramírez

Vilma Vargas Robles (Costa Rica, 1961) Realizó estudios de sociología, derecho, y literatura en la Universidad de Costa Rica. Ha publicado los libros: El fuego y la siesta (1983), Premio centroamericano Juan Ramón Molina del Ministerio de Cultura de Honduras; El ojo de la cerradura (1993), Editorial de la Universidad de Costa Rica con prólogo de Jorge Boccanera; Oro de la vida (1996) Editorial Macondo, prólogo de Isaac Felipe Azofeifa; El fuego y la siesta (2004) Editorial Costa Rica, prólogo de Yadira Calvo y José María Zonta. Quizá el mañana (2007) Editorial de la Universidad de Costa Rica. Letra espina (2016) Editorial Arboleda y Cuarto Creciente. Poesía reunida (2019) Guayaba Ediciones. Su obra ha sido publicada en las siguientes antologías: Voces indómitas o las poetas en Costa Rica, selección, prólogo y notas de Sonia Marta Mora 162 y Flora Ovares, Editorial Mujeres, Costa Rica, 1994. Sostener la palabra, Antología de poesía costarricense contemporánea, compilador Adriano Corrales Arias, Instituto Tecnológico de Costa Rica, Lunada poética, Poesía costarricense actual, compilador Armando Rodríguez Ballesteros, Ediciones Andrómeda, Costa Rica, 2006. Es cofundadora de Casa Poesía en el 202. Participó en el Primer Festival de Poesía en Granada, Nicaragua, 2005; en el Congreso de Escritores de Centroamérica de la Universidad Tecnológica de Panamá, 2005; y el VI Congreso de Escritores Latinoamericanos, organizado por el Instituto Tecnológico de Costa Rica, 2009. Ha sido invitada al Festival de Poesía de Sao Paulo, de la Secretaría de Cultura de Sao Paulo y de la UNESCO.

Poesía costarricense actual: Sean Salas

Gestión por María Macaya

(De Ciudad Gótica, 2022)

Georg Trakl en sueños

Cuando los murciélagos cantan el amanecer en Borneo
se barren las gradas de la iglesia
donde estuvo sentado el leproso
y la anciana se prepara para ir de puerta en puerta
ofreciendo manzanas rojas
a los tristes que ni siquiera sirven para vender el alma.

Primero despiertan los dedos,
luego los pies y muy despacio los labios,
la densa niebla motiva al poeta a usar el traje
guardado en un armario bajo tierra.

Esto es la gloria:
emborracharse hasta dormirse cantando
y despertar en una tumba ajena,
placeres carnales que arrancan el amor
como el bebé que no pidió vivir
arrancó con un mordisco el pezón a su madre.

Mueren rápido los días felices
de cocaína y naipes pornográficos,
el recuerdo se debilita
como el vaho en la ventana del sótano
donde el diablo se ocultó durante la quema de brujas.

Al cuerpo paralizado del poeta
se acerca de puntillas como una adúltera sigilosa
la sombra que regresa del viaje astral.

(De Alter Mundus, 2021)

La despedida

(Remedios Varo)

Apagaron el fuego que sentían
cuando sus sombras estaban a punto de besarse.

No sabrán si eran el uno para el otro.
Ambos tomaron su propio camino
en direcciones opuestas,
atajos a una soledad
que aún no debían conocer.

Ninguno de los dos quería despedirse,
ambos cedieron a pronunciar el adiós.
Solo un gato que miraba la escena
sabe quién se equivocó primero.

Leyendo a Lafcadio Hearn

De nuevo el mismo sueño:

asciendo la montaña de cráneos
que me pertenecieron en vidas pasadas
y justo cuando llego a la cima
despierto pateando
dentro del vientre materno.


Sean Salas (Heredia, Costa Rica, 1997). Autor de los libros Alter Mundus (El Ángel Editor; 2021) y Ciudad Gótica (Nueva York Poetry Press; 2022). Ganador del VIII Premio Internacional de Poesía Paralelo Cero. Su obra aparece en antologías nacionales e internacionales y ha sido publicado en revistas como La Raíz Invertida (Colombia), Nueva York Poetry Review (Estados Unidos), Círculo de Poesía (México) y Altazor (Chile).

Poesía costarricense actual: Diego Mora, selección poética de dos libros inéditos

Lamentos de Raven Darkhölme alias Mística a Eric Lehnserr alias Magneto

Olía a sal, a mar. Pero estaba lejos de él, y el frío del otoño dulce y cruel lo envolvía todo en tonalidades rojas. No solamente era un estupor general, era la certeza de un árbol vivo, un chico vivo, una tarde inesperadamente blanca, permeada de niebla; y esas mismas facciones cada vez que te miras al espejo. La estúpida mirada de siempre, la torpe sonrisa de un rostro no fotogénico, sin poder cambiar de piel, cargando con ella día a día, calle a calle, etcétera tras etcétera. Soy la niña que nunca fui, metamorfa de sentimientos; mientras el disco sigue girando, y los glóbulos blancos, y las células mutadas y tus estúpidos intentos de cubrir mi vergüenza con tu casco.


Reminiscencia de Peter Parker alias Spider Man antes de la extinción del homo sapiens

Saltando por inercia sobre los escombros de la ciudad de New York, Peter Parker, el de potentes telarañas se preguntó: ¿qué hice mal? ¿A qué villano no maté? ¿Por qué me excluyeron de la batalla cósmica? Debo conformarme con la III Guerra Mundial, donde ni siquiera estoy implicado. Puedo perfectamente arreglármelas solo, huir de las bombas y cataclismos. ¿Qué hago defendiendo a estos imbéciles? ¿Lo hago por Mary Jane? ¿Por heroísmo? Quizá es por adicción, soy adicto a la violencia, al rush del peligro.

No hay sentido arácnido que pueda contra esto. Saltar de edificio en edificio, la sensación de vértigo, la persecución de asesinos y mafiosos, el saber que el ayuntamiento de la ciudad cuenta con trabajadores dedicados a limpiar telarañas me provoca una extraña sensación de placer. Pero es como ir a una guerra que nunca acaba. Solamente vas acumulando amigos muertos.

Si como dicen se han destruido tres cuartas partes del universo, ¿qué nos garantiza que sobreviviremos? ¿Por qué no me picó una araña con rayos cósmicos? Pertenecería a los 4 Fantásticos. Tal vez si se lesiona Hawkeye pueda sustituirlo en los Vengadores. ¿Para qué me torturo con esas ideas? Nunca me llamarán. Soy un superhéroe de cuarta categoría. El mundo se viene abajo bomba tras bomba, ciudad tras ciudad y no me importa. Voy a quitarme este ridículo traje. Si es por adicción, que sea con una máscara menos.


Salmos de Lilandra

De haber podido omitir este día lo habría hecho. Así no hubiera llegado este sentimiento de autodestrucción, de holocausto. Llega la insinuación vislumbrada desde hace tantos años: al final, cuando todo iba a terminar tal como estaba planeado, algo lo sabotearía. Basta darse cuenta de que somos repelentes ante lo que añoramos. Basta verme con una herida profunda en mi metafórico dedo central de la mano izquierda. Sea lo que sea, está ejerciendo una fuerza incontrolable, una revancha final. No sé si sobreviviré a esto, pero tenía que adelantarlo: estaba mirando esas nubes y justo cuando pensé que ya nada me interesaba, las nubes desaparecieron y una estrella —una sola— comenzó a brillar para mí. Ahí estaba, solitaria en el firmamento, respondiendo todas mis dudas.

Puede que se despeje esta tristeza de tinta negra y vuelva a la ficción en cualquier instante. Por lo pronto no puedo acabarme, ni solucionarme. No puedo salir a la calle a pegar alaridos. No puedo llorar en mi cuarto. ¡Si tan solo saliera el sol! Pero será una larga noche, y mis amigos estarán muertos a esta hora. Eso es lo que ha terminado conmigo. ¡Parecen dos mil vidas! ¡Juraría que han pasado dos mil vidas si no tuviera las fechas y los números conmigo! Ha reabierto todas las heridas. ¡Ya había olvidado este dolor!  Es mejor cuando el dolor te supera, y tienes que irte de tu cuerpo; pero cuando lo manejas, es una lucha que te agota, te quita aliento. Este dolor se mantiene en la línea de lo tolerable, pudiendo acabarme se empecina con su sadismo y por eso hasta puedo describirlo.

Soy como un animal: aprendo a golpes. Estoy asustada. Me duele el dedo que sostiene mi cabeza. Este dedo que presiona mis lóbulos, que escarba en la raíz. Mejor vayan a criar cuervos. ¡Yo tengo tanto qué perder! ¡Son tantos signos de exclamación! Si fueran de otro tipo, si evocaran otras cosas, pero permanecen en la misma posición, como pedazos de marea en el cielo. Es esta especie de brillo inconmensurable, la risilla perversa, ese crujir de la madera vieja o del techo de zinc cuando sueñas con algodón. Es este pasillo inquieto y frío, sin final, un pasillo solo para mi sufrimiento. Solo yo paso por él una y otra vez, hasta que se vaya con la noche larga, como ahora, que solo puedo evocarlo, pero late, aquí a la par, como si fuera él quien está de este lado escribiendo.

¡Duelen tantas cosas insignificantes! Todo se irá al carajo, incluidos nosotros. Debo orinar vidrios. Debo sangrar a cuentagotas. Debo verme las heridas recién hechas. Pero la estrella vendrá por mí. Entonces verás el tiempo. Regresaré cubierta de tu sangre, empapada de venganza. Y no dejaré que se marche el recuerdo, para reabrir tus heridas.

Por eso me doblas el cuello con tanto odio, porque sabes que llegará mi tiempo, porque pretendes vengarte de lo que aún no ha sucedido, porque desde ahora sientes los chorros bajando por tu espalda, los desmembramientos, los crujidos.

Se te adormeció el brazo prematuramente. Es inevitable. No estés tan confiado. Siempre hay una salida de emergencia. Salirse del libreto es cuestión de despegarse del suelo un segundo. Cambias el giro de la historia y todo se vuelve magma de nuevo, y los cielos se entristecen por centurias, y luego los renacuajos, los pterodáctilos y los propulsores de plasma.

Otra vez tengo ganas de vomitar. Me duele tanto la espalda. ¡Parece increíble que apenas tenga dos millones de años! Me calculo doscientos billones, al menos. Falta tanto. Es sorprendente que en medio de las guerras cósmicas haya visto gente divirtiéndose en Tenochtitlan, con esperanza. No puedo añorarlos, son los que sufren al final. Los demás me verán en el espejo. A veces siento que estoy tocando las teclas del piano o de la computadora. Como si estuviera componiendo una sinfonía, un réquiem para ustedes. Y va tan triste la melodía, y es casi como si pudiera verlos leer y escuchar, temblorosos, sin imaginar la palabra que viene, presintiendo algunas cosas sin forma. Al renglón siguiente lo entenderé, pero pasan las hojas y no entiendes nada, no entiendes nada, te quedas ciego, de pie frente a mí, preguntas qué escribo, que si son secretos, y me cierras la puerta; te conozco, me cierras la puerta en la cara, pretendiendo ahuyentar los lobos, tranquilo, hoy no hay luna, solo nubes y arena en tus ojos.

Sigue el ritmo. Siente las pausas. Mírate tan inocente. Entonces llega el disparo, la penetración del metal, el calor de la sangre a borbotones. Caes inundado en un charco de signos interrogativos, y sabes que de ahí no te levantarás. No puedes mover ni un solo dedo. Pero te saco del agujero, yo, que te metí. Te doy un respiro, y vuelve esta desazón, el dolor de cabeza, la incomodidad de toda posición, la mirada perdida en el centro de una letra cualquiera.

Este es el silencio que temía: el final, la ausencia de palabras. De explicaciones. Volver a lidiar con el abandono fetal cuando parecías obra maestra. No me queda ni una letra más en el corazón. Me vacié. Arrójame antes que te contagie. No te dejes seducir por el blanco. Repite la estrofa hasta que la memorices. Llevarás contigo la profecía, el mundo a tus espaldas, pero nunca la buena nueva.


Diego Mora: Vásquez de Coronado, San José, Costa Rica; 1983. Ha publicado Tótem Suburbano (poesía): Ediciones Andrómeda; San José, Costa Rica, 2006. Estación Tropical (poesía): Editorial Catafixia; Ciudad de Guatemala, 2010. Historias de inodoro (microcuento): Milena Caserola; Buenos Aires, Argentina, 2010. Educación con medios (académico): Editorial Académica Española; Madrid, España, 2011. Facebookatura (novela gráfica): Ladrillo Negro, 2012. Las Meseras del Park Avenue Café (poesía): Editorial (H)onda Nómada; Ciudad de México, 2013. Peter Pan 220 (poesía): Editorial Jaguar; Quito, Ecuador, 2014. Monóxido de carbono (poesía): Hanan Harawi Editores; Lima, Perú, 2015. Niños no hagan esto en casa (poesía): Ediciones Litost; Santiago, Chile, 2019. Aparece en antologías tanto de poesía como de narrativa y en revistas literarias, académicas y digitales. Es Doctor en Estudios Culturales de la Universidad de Cincinnati, Máster en Literatura Latinoamericana de la Universidad Estatal de Nuevo México y Licenciado en Psicología de la Universidad de Costa Rica. Ha dirigido talleres literarios y proyectos cartoneros en diferentes tierras del continente americano. Actualmente es profesor e investigador de la Universidad de Costa Rica.

Poesía costarricense actual: Steven B. G

                                                       Selección por María Macaya

HASTÍO

       Lento y cuidadosamente el alba nos recuerda que no existe muro que soporte el golpe de mareas de la muerte. La podredumbre se come a la sombra y a la luz. Es ahí que toda fruta termina entre las muelas de las hormigas y éstas entre las muelas del invierno. En cada cosa podrida está el eco de una ciudad yerma, de una avenida sola, del cénit que sucumbe y la carne que aprieta. Quedarían solo el amor y la esperanza, pero no son más que placebos de súcubos borrachos. La pulpa sensible del nanosegundo de Todo queda desnuda y en nuestros horizontes es visible una Ítaca indiferente, resignada.



A UN POLVO

Tú sobre la cúspide nevada,
yo bajo los puentes, 
tú en el túnel, 
derramándote, desbordándote
hasta volverte yo, hasta volverme tú.
Es absurdo preguntar ahora
de quién es esta pierna, 
de quién son estos ojos.




UN RESUMEN

Lluvia alguna vez
en un país de cardo y ceniza
mi amor
extenuado, sepultado bajo malangas,
no valió la pena.



NO CUENTES ESO

«Fueron grandes amigos» 
dijeron los historiadores 
en nuestras biografías 
y con solo eso
las canciones de Aznavour cantadas en mi oído;
las veces que cogimos 
en la cama, 
en la sala 
y el baño;
la oscuridad de un túnel sobre nuestras manos tocándose;
los cafés preparados en ambos crepúsculos,
mi escaso gusto por el fútbol y tus gritos por un gol,
mis labios besándote el glande,
y todo lo que fuimos 
no tuvo lugar 
en las cortas menciones 
que nos competen.


Steven B. G. (Costa Rica, 2000) es un escritor. Aparece en la antología digital Nueva Poesía Costarricense (2020). Ha sido publicado en varias revistas literarias internacionales como Hiedra y Kametsa, además ha sido traducido al italiano.

“Qué maneras de vivir tiene el olvido” breve muestra del poeta Ángel Díaz

De que habla “Qué maneras de vivir tiene el olvido”

La nostalgia siempre será el mejor lugar de la casa para encontrarnos, sin querer, con los fantasmas que sacamos en las bolsas de basura por la mañana. A veces nos hablan al oído mientras lavamos las tazas blancas de café con besos de quien no va a regresar o justo toman forma cuando lavábamos la ropa y pensamos cuando hacíamos juntos en el día a día hasta darnos cuenta de que ya no existe en nosotros el tan lastimado “para siempre”

La nostalgia es una habitación donde no hay una sola puerta donde a veces la encontramos a través de la soledad, esa intimidad que toca la fría ventana de la noche, pero ya no hay fuerzas para abrirla o cuando nos disponemos a limpiar los años cansados del rostro, encontrándonos convertidos en espejos, quizás buscando la reconciliación de todos los que fuimos, los que seremos. Será entonces desde las propias ruinas donde podremos construir de nuevo.

Y tal vez se trate de eso, cerrar la puerta con doble llave y no salir de la casa hasta encontrarnos, aunque esté envuelta en llamas templando a los espectros.


CON OCHENTA PESOS
puedo comprarme un café en Starbucks
o comerme unos tacos afuera de cualquier 
estación del metro —incluso hasta darme el lujo de dejar propina— 
Podría pagar una sola entrada al cine, pero en día de promoción
o dar limosna a todos los que alcancen aunque no alcance. 
Comprarme un paquete de galletas, un litro de helado y ver la película pirata de El diario de Bridget Jones
y así unirme a la desgracia amorosa 
de todas las mujeres. 
Puedo emborracharme
con ochenta pesos
comprando una botella de licor barato que represente esta jodida tristeza. 
También podría comprar
un paquete de cigarros sin filtro y fumarme todos mis recuerdos. 
O regalarle unas flores a mi ex e ir corriendo a buscarla
y decirle que me perdone,
que estoy arrepentido. 
y sentirme satisfecho. 
O podría bajarme del camión
y regresarle el monedero a la señora que estaba a mi lado. 





NO SÉ POR QUÉ LLORO EN EL SUPERMERCADO
cuando veo las aceitunas, 
parece ridículo llorar por un fruto tan negro de pecho, tan verde como el color de tus ojos avinagrados 
que se marcharon. 
Alguna vez escuché a un poeta decir
que uno puede llorar con cualquier palabra o con cualquier cosa si se le da la gana. 
Tal vez no se trata solo de llorar
sino de aceptar a esos días que no tenían que levantarse o intentar huir de esos aguaceros que caen 
en medio de estos pasillos o quizás, aprender a caminar descalzo 
como todos los viernes 
cuando íbamos al supermercado. 
Comprar tus días de verduras sin colores amarillos, llegar a casa y bebernos más allá del fondo 
de una copa de cristal, 
comer aceitunas lentamente,
de la misma manera
que caía nuestra ropa y el cansado trabajo de tu oficina, de la misma manera
que dejaba descansar las sombras 
de tu diario morir discreto 
antes de que te despertaras. 
No sé por qué insisto en comprar aceitunas si en este momento cualquier cosa 
que vea en el supermercado puede ser como activar una bomba de tiempo. 



 
SI MI PERRO NO FUERA UN PERRO seguramente sería un caballo de carreras,
lo sé
por su postura cada que tocan la puerta
pero por su carácter noble y mirada agachada se dejaría vencer en todas las carreras
para que los demás caballos ganen. 
También podría ser un gran cantante porque al ladrar tiene registro de barítono que hace contrapunto
cada que pongo un disco de Mahler. 
O sería un buen psicólogo
porque se queda escuchando muy atento cuando rompo y limpio el llanto
que cae al suelo
en mis noches con insomnio. 
Por las mañanas me despierta
para sacar a pasear mis desveladas tristezas siendo mi entrenador personal de cardio, mi cómplice en esta rutina inacabada. 
Si mi perro no fuera un perro
seguramente no patearía a nadie,
llegaría temprano a casa para compartir la mesa y antes de dormir escribiría un poema
que hable del porqué su humano
no es un perro como él.
 

Ángel Díaz. Poeta mexicano, estudiante de Lengua y Literaturas Hispánicas en la FFyL de la UNAM. Cursó la maestría en Educación en la UFLP. Actualmente es profesor a nivel preparatoria y licenciatura.