El tiempo no cura
En mis costillas hay un catálogo de rencores
y bultos.
El tiempo no cura
solo amontona memorias sobre otras,
entonces, el presente pesa más que el pasado
para que así ya pueda decir:
«Lo he superado todo».
Olvidé que debajo de mi cama hay algo que me toca los tobillos,
que, cada que apoyo la planta completa de mi pie,
late.
El siguiente paso es más una promesa que un hecho,
a veces un intento fallido
cuando regreso los pies a la cama
y me enrosco
como una oruga
que no quiere abandonar la hoja en la que ha crecido
para encontrar una rama y transmutar.
Cuánto miedo hay también en el rencor,
como una serpentina que se dispara
cuando la abres frente a tu cara.
La conciencia es más evidente que la sorpresa,
como descubrir que debajo de la cama no hay monstruos,
sino el miedo de apoyar la planta completa del pie
y condenarse a sí misma a dar un paso.
Para controlar la glicina
Para controlar la glicina es necesario una maceta
no tan profunda
ni tan pequeña
su vida no debe ser limitada,
pero sí contenida.
La glicina es atrapada en esta maceta
que le impide tocar el suelo,
porque, si esto pasa,
sus raíces se esparcen como tentáculos
por debajo de los suelos
y las maderas,
para luego infiltrarse
como una espía de la naturaleza
en los espacios inhabitables
en los huecos de los muros dobles,
a veces imagino que estos muros
tienen un fantasma que no pueden quitarse de encima,
un parásito en la espalda que no los toca,
pero los observa día y noche.
La glicina sería una novedad para estos muros dobles.
Tal vez un escape.
Soy una niña que corre
Corro hacia arriba,
el cielo está muy cerca,
mi cabeza está por chocar contra él.
Ruedo hacia abajo:
mi cabeza está por aplastar el suelo.
Vuelo sobre mi espalda.
Soy una niña que corre
en una tarde naranja.
Mis dedos cimbran mis brazos
al tocar una piel áspera
como el pasto que araña mi espalda.
Soy una niña que corre
en una tarde naranja,
bajo el sol seco que arde en mis pulmones.
Mi nariz está llena de tierra.
Soy una niña que corre hacia arriba
y mi cuerpo de roca cae.
Ruedo hacia abajo
―ya no soy una niña,
voy hacia abajo―;
mis codos tiemblan y se hunden en mi estómago:
Me impacté contra una piedra
―una que no soy yo―.
Miro el cielo.
Dejé una ventana abierta
y comencé a asfixiarme.
Me levanté de la cama con frío,
recogí mis esquinas rotas y mis calcetines.
La mañana olía a mundo, el aire era seco
como mis lágrimas guardadas:
anoche desaparecía otra vez
y nadie me buscó.
Me tacharon los ojos,
mi boca al suelo: las baldosas ahí latían.
Mis manos dormidas, mi pecho perdido;
mi cama un cuenco
donde ahora cabe mi cuerpo marchito.

Alejandra Canela H., 1994, Tonalá. Egresada de Letras Hispánicas. Actualmente es editora en la Editorial Universidad de Guadalajara, directora de Áspera Casa Editora, hacedora de libros artesanales y docente de español como segunda lengua. Ha publicado poemas en diversas revistas independientes y sitios web, como Página Salmón, Revista Estrépito, Awita de Chale, Revista Monolito, Himen, A Priori Libertas, entre otras. Su primer poemario, Para deshabitar una casa, fue lanzado en 2023 por Áspera Casa Editora. Algunos de sus poemas aparecen en las antologías Novísimas Vol. II (Los libros del perro, 2021), Escrituras diarias (Editorial IVEC, 2022), Ciudad Poema: la ciudad en voz de poetas jaliscienses del siglo XXI (2023), Poetas mexicanos (2023) y, recientemente, Novísimas. República de poetas (Los libros del perro, 2024). Fue poeta participante en el Encuentro de escritoras mexicanas (FENALEM) edición 2022 y en el IX Encuentro de poetas Francisco González León edición 2023.
