Nota de prensa: Taller de redacción de crónicas con Alex J. Chang

¿Quieres ser cronista? ¡AHORA ES EL MOMENTO!

Disfruta de este taller y viaja de la mano del periodista cultural y profesor Alex J. Chang Aprenderás conceptos básicos, estructura y elaboración de crónicas.

Metodología:
Clase magistral participativa online en donde se incluirán videos y lecturas breves y amenas. 
Plataforma: Google Meet

*Duración: Taller de cuatro semanas.
*Inicio de clases: Sábado 16 de abril de 2022, a las 17:00 PM (Perú).
*Tiempo: 2horas por semana (Sábados de 5:00 pm a 7:00 pm).

Certificado:
Al finalizar el taller.

Que se busca lograr:
*Que el participante disfrute de aprender y desarrollar una crónica dando valor a cada avance
*Que el participante descubra de forma amena este género hibrido –periodismo y literatura-.
*Que el participante analice la importancia de conocer este espacio como una alternativa laboral.

Inversión:
30 DÓLARES AMERICANOS (incluye material)😉
¡¡¡NUESTROS CURSOS SON SUBVENSIONADOS COSTO FINAL 30 DOLARES AMERICANOS!!!

Inscripción:
Reserva tu cupo.
*Inscripción Ordinaria: Hasta el 12 de abril de 2022
*Inscripción Extraordinaria: Hasta el 16 de abril de 2022, una hora antes del taller.
*Informes: https://forms.gle/96Ri3NvpUURSWEEW8

Forma de pago:
Información por interno.
Se considerará inscrito una vez que envíe una captura del depósito por correo: literatura.wabisabi@gmail.com – ASUNTO/ CRONISTA

Contactos:
Ecuador: +593 991261319
Perú: +51982500535 

Fan Page de Facebook de Comunidad Wabi Sabi: https://www.facebook.com/cultura.wabisabi

Facebook de Alex J. Chang:  https://www.facebook.com/alexjunior.changllerena

Biografía de Alex J. Chang:

(Lima, 1996) es poeta, escritor y periodista cultural peruano. Ha publicado su primer poemario Entropía (Golem editores, 2019), que fue presentado en la FIL Lima 2019, Culturaymi Lima 2019, etcétera. Este libro fue reconocido en la Casa de la Literatura Peruana (Lima, 2019) y fue llevado a España en manos del reconocido escritor peruano Mario Vargas Llosa. Trabajó en Trilce Radio (España), en un programa radial llamado Cruzada Cultural; así mismo, dirige un programa virtual multiplaforma con el mismo nombre. También colaboró con algunos artículos para la Revista Trilce (España), para la Revista Gato Negro (Perú) y para la Revista Cocktail (Perú).

En la actualidad es columnista de la Revista Kametsa (Perú), de la Revista Cardenal (México) y columnista de la asociación peruana ¡Soy Autista y Qué! y colaborador del Portal Web literario Lee Por Gusto(Perú). Además, es periodista cultural de la Comunidad internacional Wabi Sabi (Ecuador).

Docente: Alex J. Chang

Flyer que circula en las redes sociales de Comunidad Wabi Sabi

Crónica: Los cines han vuelto, por “El Dragon Chang”

Por: Alex J. Chang

Hace poco tuve la oportunidad de ir —junto a mi familia— al cine después de dos años, debido a la crisis sanitaria del coronavirus, a ver la película peruana Un Mundo para Julius. Fuimos al Cinestar de Metro UNI. Digo fuimos porque toda la familia disfruto del film, en el cual se cumplieron los protocolos de bioseguridad: el uso de mascarillas, la distancia social en las butacas; además en la entrada nos echan alcohol en las manos y nos miden la temperatura.

Fue un Miércoles 17 de Noviembre, del año 2021; eran las 6:30 de la noche. Ya habíamos comprado las entradas para la función de las 7:30 de la noche. En esa hora se proyectaba la película Un Mundo para Julius. Entonces, para “matar el tiempo”, nos fuimos a cenar un rico pollo a la brasa, una gaseosa Inka Kola de litro y medio, unas salchipapas y un cuarto de pollo broaster. Nos chupamos los dedos con la delicia de cena que nos “empujamos”. Eso no es todo. Guardamos los huesitos y sobras en una bolsita para las mascotas de casa. Al terminar de cenar, mi reloj marca 10 minutos para iniciar la función de cine.

—Ya falta poco —dije a mis padres y a mi hermano menor—. Son las 7:25, según mi reloj.

Los autos transitaban apurados; cláxones estruendosos, tan ensordecedores que golpeaban a mis oídos. Mi hermano menor reía a carcajadas, expresando su felicidad de volver al cine; la familia salía a pasear después de mucho tiempo. Se respiraba un aire fresco que relajaba nuestros sentidos; la noche empieza a oscurecerse; el alumbrado público iluminaba la ciudad de un anaranjado tenue.

Ingresamos, 2 minutos antes de la función, a la Sala 2. En aquella sala se proyectaría la adaptación cinematográfica sobre la novela más conocida de Alfredo Bryce. Después de ingresar, nos sentamos, tomamos la gaseosa, la canchita, las papas y los jugos (escondidos habilidosamente en nuestras bolsas; nadie nos descubrió). Nos “comimos” alrededor de 20 minutos de videos de publicidad.

Todos en la Sala 2 estábamos expectantes.

***

A los pocos minutos, nos matábamos de risa. Eso para empezar. Mientras trascurría la película, la humedad de nuestros ojos —sobre todo los de mi madre— se escurrían en nuestras mejillas. Nos sentimos impactados con un drama tan cercano a nuestra realidad, tan cercano a nuestra experiencia y tan cercano a nuestra sensibilidad.

“Que hijo de puta… Huevón de mierda”, dicho por un grupo de jóvenes de aproximadamente 20 años. Sí, al finalizar la película quedabas enfadado/melancólico al ver tanta inmundicia, tanta porquería, tanta… No sigo porque tal vez…

En fin, Julius de 11 años nos dibuja el contexto social latinoamericano en el cual impera la discriminación y la carencia de valores, de humanidad. Esto no ha cambiado a pesar de que la película se desarrolla en los años 50.

“Esta película sólo puede ser entendido por un público sensible y culto; lamentablemente los jóvenes de hoy no están preparados para esta obra cinematográfica.”, enfatizó mi padre con suma resignación.

Fin

Película Un Mundo para Julius de Rossana Díaz Costa.

*P. D: Esta crónica empezó como un borrador en el mes de noviembre, año 2021. Para ser concluido, después de varias correcciones, y publicarse en diversos medios.

Crónica: De Sombreros y de Charros, en las tierras de Piura, por Fernando March

Por: Fernando March (Perú)

Aquí, en las soleadas tierras del norte del Perú, el verano es intenso, ardiente y sofocante. La tradición piurana, de antaño, obligaba el uso de sombrero, dada la fuerza y la agresión del sol. Piura es una tierra de arenales inmensos, algarrobos ásperos, una melancolía y una desolación de muerte, además de una chicha blanca que es más alcohol artesanal y acritud, que dulzura.

Para las gentes del centro y sur de la costa, así como de la sierra y la selva, Piura es sólo sinónimo de playas. Y, sí que las tiene, a porfía: costas bañadas por espumosas olas; mares de topacio; horizontes hermosos, a la caída de la tarde. Sin embargo, Piura, no es sólo eso. Una tierra milenaria condenada a la sed. Una vegetación que sobrevive por obra de un milagro de la naturaleza. Y, con todo, el omnipresente sol, el rubio sol, inclemente y desaforado. Perfecto astro tutelar que motiva las pasiones más violentas y las indiferencias, más insufribles, en el alma de su gente.

«El charro» posando con su sombrero piurano y acompañado de un caballo.

Me acuerdo aquella mañana que llegamos a Piura, por el mes de noviembre, del año 1975. Fue Talara, nuestro primer destino. Mi madre, Johan y yo, habíamos aterrizado en un vuelo de Aero Perú, procedente del Cuzco. Abandonábamos, así, un capítulo inolvidable de nuestras vidas. Alejándonos de las montañas tutelares, de los ríos torrentosos, de los nevados imponentes, de la feracidad y frondosidad de la sierra, para integrarnos a una tierra, donde, según mi madre—exponente de sinceridad total—: “daba mucha lástima morirse”. Con mis padres y mi hermano (aún, de meses de nacido) pasamos un año inhóspito y difícil, antes de estar completamente aclimatados (mejor digo: casi completamente) porque, en realidad, en Piura, uno jamás se aclimata del todo. Siempre tenemos una palabra de rencor, en contra del calor, tan infernal. 

Pese a vivir al lado del mar, junto al inmenso Océano Pacífico, Talara, era dueña de un sol arrogante y bronceador, hasta más no poder. El uso del sombrero era un recurso indispensable, una necesidad inevitable que, lastimosamente, ya no era una regla a seguir. En la novela La casa verde (1966) de Mario Vargas Llosa, el personaje de Anselmo, y todos los habitantes de la Gallinacera y la Mangachería, solían usar sombrero. El mangache era el habitante de la zona norte de la ciudad de Piura. Lugar muy mentado como “Barrio de Guapos” o individuos que se trompeaban, por casi nada, y de la manera más salvaje y ruin, hasta la muerte. Esto lo aprendí en los años en que asistía al colegio parroquial, del Barrio Particular. Mis compañeros de clases—sobre todo los más beligerantes—solían repetir las trágicas historias que habían aprendido de sus padres, sobre la gente brava de Piura, y como esta era tenida por una ciudad forajida, que jamás tuvo ni un instante de paz, mientras existió rivalidad, a muerte, entre los “gallinaceros” del sur y los “mangaches” del norte.

Fernando March, autor de la presente crónica, posando con un sombrero piurano.

El asunto es que, muchos de ellos, portaban soberbios sombreros de jipi japa. Los Hacendados, de igual modo, sostenían la tradición de llevar ancho sombrero de Catacaos, al estilo de Froilán Alama (1). Integrantes de la familia Seminario, Cuglievan o los Hilbck eran representantes de la más rancia tradición que se apegaba, aún, al uso cotidiano del sombrero de paja. Para mí, que venía de una tierra donde sólo veía usar chullos y monteritas, de Tinta, el sombrero de jipi japa, era una agradable tentación, era un sueño apetecido, en una tierra donde, el calor, era un Rey absoluto, desquiciado y perturbador. Sin embargo, para esa época, el uso del sombrero, en las ciudades, ya había caído en un olvido, inmerecido. Sólo la gente del campo lo usaba, para sus faenas diarias.

Cuando llegamos a tener televisión, el único canal que existía en Talara, por esos años era el Canal 2, de Piura, filial del Canal 4, de Lima. En esos mismos días recuerdo a un personaje entrañable, que, era el único, que solía mostrar su enorme y ondulado sombrero, grácil y elegante: “El Charro” Humberto Requena Oliva.

Aquel, era todo un señor alcalde, de Catacaos y que, por el gobierno de Francisco Morales Bermúdez, era el Rey de la Teletón: “La navidad del niño cataquense”. Una vez, cada año, jodía todo un día de programación regional del Canal 2; pero, a decir verdad, no ha habido, ni habrá jamás un alcalde, en Catacaos, como él.

Todos aquellos que llegaron, después, fueron simples advenedizos que asumieron el cargo, sólo para forrarse en dinero ajeno, sin preocuparse por su pueblo.

El Charro Requena tenía un restaurante, “a la entradita de Catacaos”. Mi padre, como Ingeniero, en Jefe, del Servicio de Agua Potable y Alcantarillado de Talara (por el Ministerio de Vivienda) solía conocer a muchos personajes importantes de la región. El Charro Requena, era uno de ellos. Era su amigo personal.

Sombrero de jipi japa.

Su prestancia, su carisma y su elegancia hicieron, de él, un personaje legendario.

Un fin de semana, el Charro Requena, invitó, a mi padre, a degustar deliciosos potajes de la culinaria piurana, en su famoso restaurante. Salimos de Talara, al amanecer, para hacer el tramo agotador de Talara-Sullana- Piura-Catacaos. Cinco horas de viaje ininterrumpido, dado que mi padre era cuidadoso de la velocidad, al volante, y, mi madre, jamás desperdiciaba la oportunidad de recorrer, por casi media hora, el centro de cada ciudad, a la que llegábamos.

Cuando ingresamos a Catacaos, al medio día, el mismo Charro Requena, en persona, salió a recibirnos, ¡y los potajes, dignos de Rey, que nos ofreció! (bueno, a mi padre). Allí, aprendí a comer el exquisito seco de chavelo, el cabrito con tamales y menestra, el cebiche de Ojo de uva y, por, sobre todo, una bebida de agradable sabor y muy refrescante, que se quedó, en mi paladar, para siempre: el afamado clarito. Este, es un sobrenadante dulce de la chicha. Un trago delicioso que ameniza con cualquier plato. En “El Charro” se degustaba con piuranidad pura. Y el amable anfitrión, portando alegre, aquel sombrero entrañable, que hacía juego con sus enormes bigotes de tártaro y su fragante guayabera blanca.

Era maravilloso ver a un señor, tan ameno y sencillo. Sin duda, él, era lo mejor que podía ofrecernos aquella tierra de Piura: tan árida, como dura. Desde ese momento, tuve predilección por el uso del sombrero cataquense. Claramente, don Humberto Requena Oliva, llevaba consigo una tradición, antaño extendida, en todo el norte del Perú. Y que hoy, es sólo un recuerdo. Como es un recuerdo, que, una vez, existió un hermoso y acogedor restaurante, de deliciosa comida piurana, que estaba “a la entradita de Catacaos”. Y que, en ella, el Charro Requena—en persona— agitaba su sombrero, te daba la bienvenida y te atendía. Como es un recuerdo, que, un domingo, al año, en el único canal que había en Piura, el Charro se robaba todo un santo día, tarde y noche, con su “Navidad para el niño cataquense”. Y que jodía el fin de semana, impidiendo ver programas de variedades o películas de romanos, de vaqueros o de guerra, contra japoneses, sólo con el único propósito de ver dibujada una sonrisa en la cara de un niño, de su pueblo, con un juguete en las manos. Como es un recuerdo, que fue el único alcalde de Catacaos que hizo algo por sus paisanos. Y trató de hacer más, desde un Congreso de pelagatos, que no daba para mucho.

«El Charro»

Desde entonces, uso sombrero. En señal de respeto a la memoria de personaje tan carismático, y todo un caballero de Piura, pero, además (y por hacer honor a la verdad, que siempre acompaña a mi madre) porque el calor de Piura jode y enferma, y necesito, con urgencia, un tapasol que proteja y refresque mi cara.

Ciudad Coloma.

Enero 2022

(1) Bandolero piurano. Inmortalizado por Carlos Espinoza León en una novela homónima.

Froilan Alama, novela de Carlos Espinoza.