Cuento de cómo me hice dogmático

por Gerardo Laveaga


No podía tratarse de una malhadada coincidencia. Tampoco de homicidio culposo, como adujo su abogado defensor en su primer encuentro conmigo. Mis quince años de fiscal me habían dotado de un olfato privilegiado. Un mes después de que Normanda, su vieja tía, le había nombrado heredero universal, Noé Godínez acudió al pueblo donde vivía la anciana, la acechó, esperó a que saliera de su casa e intentara cruzar la calle, la centró con su jeep y arremetió contra ella.

–¿No le parece absurdo?– preguntó el fiscal general.

–Lo aparentemente absurdo suele enmascarar premeditación, alevosía y ventaja con la que se cometen ciertos homicidios– respondí.

Mi jefe sugirió, entonces, que se hiciera la imputación por feminicidio. Me recordó que teníamos que reportar cifras mínimas de este delito, pues tal fue la promesa del gobernador en campaña para congraciarse con algunas organizaciones de la sociedad civil. Me negué categóricamente. Si nos íbamos por feminicidio, se caería el asunto. Era claro que el sujeto había intentado entrar en posesión de la herencia lo más pronto posible. Su móvil no había sido la calidad de mujer de doña Normanda. Iba por la herencia. Nada más.

Cuando, días más tarde, me enteré de que la dichosa herencia se reducía a un cofrecillo con aretes de carrizo, tres collares de conchas marinas y lentejuelas, así como un ajuar modestísimo, no cambié de opinión. Tampoco cuando supe que Doña Normanda, a sus casi noventa años, ya no estaba en sus cabales. El homicida lo ignoraba y condujo hasta el pueblo para liquidar a su parienta. Imaginó, seguramente, que la herencia sería más cuantiosa. La temblorina que desplegó durante su declaración inicial, su juramento de que sólo había ido a visitar a la mujer para llevarle algún dinero, como lo hacía cada año, podían confundir a un fiscal menos avezado. No a mí.

Lo que decididamente me sorprendió fue que la Fundación Maravilla anunciara que iba a patrocinar la defensa del criminal. Quien la llevaría iba a ser Don Oto Servín. Ni más ni menos. Al viejo litigante le encantaban los reflectores y no perdía oportunidad de aparecer en periódicos y redes sociales, autoproclamándose “el mejor dogmático penal de América Latina”.

La defensa que, años atrás, había hecho de un parricida seguía, siendo comentada entre magistrados y fiscales del circuito. Era un clásico. Cuando el fiscal pidió 40 años para su cliente, Don Oto convenció al juez de que éste no tenía la culpa: era un neurótico del que su padre había abusado de niño. Esto lo sabía la cocinera, quien dejó un cuchillo recién afilado sobre la mesa del comedor. Era ella quien debía ir a prisión.

Con lo que Don Oto no contaba fue con que la Fundación Maravilla iba a pedirle que también defendiera a la cocinera. Dado que ésta era una indígena oaxaqueña que apenas sabía escribir, Don Oto adujo, entonces, que el auténtico responsable de aquel crimen no era ella sino el dueño de la tlapalería: no solo había vendido el arma a la cocinera sin cerciorarse del uso que se le iba a dar, sino que había dejado el cuchillo muy filoso tras pasarlo por el esmeril. La opinión pública exigía un responsable. La presión sobre la fiscalía y el juez fueron enormes. Se condenó al dueño de la tlapalería por homicidio doloso y, aunque la pena fue la más baja –8 años–, todo mundo quedó satisfecho. Salvo el condenado, por supuesto.

Don Oto había estudiado en Alemania y, más de una vez, había corregido la plana a juristas como Jakobs, Roxin y otras lumbreras. Su libro El alma de la empresa era texto obligatorio en algunas facultades de Derecho. En él afirmaba que una persona moral no sólo podía ser acusada y procesada por cometer un delito sino que este delito podía tener un carácter culposo o doloso, según la conducta de la compañía en cuestión.

Orientándose por los principios infalibles de su libro y, a través del Compliance, Don Oto logró que decenas de empresarios que habían malversado fondos no pisaran la prisión. Recuerdo la expresión eufórica de uno de ellos al salir del juicio: “¿Ya lo ven? No fui yo: fue la empresa”. Esto, naturalmente, suscitaba todo género de controversias en el mundo académico. El litigante se limitaba a calificar de Schwindler a cualquiera que lo tildara de leguleyo o que pusiera en tela de juicio sus argumentos.

Cuando, finalmente, solicitó cita conmigo, supuse que elegiría un tema áspero para demostrarme con quién iba a vérmelas. No fue así. Entró a mi cubículo con un puro apagado entre sus dedos. De cuando en cuando, aliñaba sus bigotes de morsa o se enderezaba la corbata de pajarita. En los términos más comedidos, y sin que yo pidiera explicación alguna, me aclaró que su nombre se escribía con una sola t pues, aunque era de origen germánico, él había querido españolizarlo. Para ello, explicó, apenas concluyó sus estudios en Bonn, Berlín y Munich, inició un proceso de rectificación de su acta de nacimiento. “He querido adaptar los conocimientos de Alemania a la vida de mi país y no hacer una Grobe Kopie”. Con impecable cortesía, me rogó que, cuando me dirigiera a él, lo hiciera como Herr doktor.

Hechas estas precisiones y aclarado que Godínez sería procesado en libertad, pues en la imputación se había señalado, por lo pronto, homicidio culposo y una fianza garantizaba que no fuera a evadir a la justicia, Don Oto fue al grano: A quien había que acusar era a la Secretaría de Educación Pública dado que, en el momento del atropellamiento, doña Normanda cruzaba una calle donde estaba un letrero en el que podía leerse “Prohibido el paso”. Como ella no sabía leer, se lanzó sin precaución alguna del otro lado. Eso la condujo a la muerte.

–¿Y a quién corresponde enseñar a leer a los mexicanos si no es a la autoridad?

Con voz engolada, recitó un párrafo del artículo 3° de la Constitución y, antes de que yo pudiera explicarle por qué eso no procedía, me comunicó que ya había demandado a la Secretaría ante un juzgado federal. Habría que esperar la respuesta. Ésta llegó más rápido de lo esperado. La Unidad de Asuntos Jurídicos de la SEP respondió con un documento de 800 fojas, cosido a mano, explicando el concepto de acceso a la justicia y añadiendo un anexo sobre los límites de los derechos humanos. El juez aceptó los argumentos de la autoridad.

Son unos Heuchlers –bufó Don Oto–, pero no me daré por vencido: tras estudiar con más detenimiento el caso, he llegado a la conclusión de que quienes deben ser castigadas son la autoridad estatal y municipal por no pavimentar los caminos. Si hubiera estado debidamente pavimentados, el coche habría podido frenar y se habría salvado una vida.

Ocurrió algo similar: el presidente municipal presentó los planos de pavimentación urbana, a los que se había comprometido el gobernador y éste no perdió la oportunidad de lucirse. Hizo una pomposa declaración sobre las obras públicas que había realizado su gobierno y el juez desestimó el alegato.

Don Oto se lanzó entonces contra la fábrica del jeep que manejaba Godínez el día de la tragedia: si el automóvil hubiera tenido un sistema de frenos más eficaz, pontificó, habría podido detenerse en cuanto la anciana se arrojó a su paso. Los abogados de la fábrica de jeeps hicieron llegar al juez los diseños de sus unidades, detallando perno por perno y pivote por pivote, por lo que el juez, confundido, tampoco respaldó esta nueva teoría.

En su declaración inicial, el imputado había declarado que un par de abejas habían entrado al automóvil y que, cuando él trató de evitarlas, fue que dio el volantazo que costó la vida de su tía. Su declaración cobró relevancia cuando un testigo afirmó haber visto al homicida tratando de evitar algo con las manos. El problema es que en aquel pueblo no se veían abejas desde hacía años. Don Oto decidió, entonces, que las abejas debían haber estado ya en el automóvil. Para su buena suerte, tuvo noticias de que en el parque que estaba frente a la casa de Noé Godínez se acababan de retirar dos panales de abejas.

–Se lo dije– me avisó con una mueca de satisfacción: –las abejas venían en el automóvil.

–¿Querrá usted responsabilizar a las abejas Herr Doktor?

Mi comentario no le causó gracia.

–No a las abejas, pero sí a las autoridades que no retiraron los panales a tiempo. Era su obligación. Fue su negligencia la que costó la vida de esta anciana.

Y así fue como la emprendió contra las autoridades agropecuarias. Ante la imposibilidad de probar la existencia de los bichos en el momento del homicidio, su causa comenzó a hacer agua. La fortuna volvió a sonreírle cuando se enteró de que, aquél nefasto día, antes de salir de casa, su cliente había solicitado a su mujer que le preparara un sándwich de cajeta para ir comiéndoselo en el camino. Seguramente, mientras la mujer lo hacía, las abejas se las habían arreglado para meterse en la bolsa y, cuando llegó al camino con los baches, salieron y le atacaron.

–¿Va a emprenderla contra la mujer de su cliente?– quise saber.

–No– respondió él confiado–: ese día se estaba hospedando con ellos una prima que había ido de Torreón y, según las declaraciones que he recabado, ella se ofreció a preparar el desayuno esa mañana. Sabiendo que había un panal en el jardín, dejó abierta la ventana: es la prima la que provocó la tragedia.

Tantas fueron las acrobacias que desplegó Don Oto, que los plazos se extendieron. Los juicios paralelos se extrapolaron y, finalmente, el fiscal general me obligó a acusar por feminicidio. Como lo preví, el caso se perdió por falta de elementos. Fui amonestado por el gobernador en persona y varias organizaciones de la sociedad civil publicaron mi fotografía en los periódicos locales. Me tacharon de ser enemigo del género femenino.

Con el triunfo en la mano, Don Oto corrió a atender un asunto que exigía su presencia en Surinam: se trataba de un asesino serial. El joven, en cuestión, estudiaba botánica en las mañanas y se ganaba la vida como mesero, por las noches. Había envenenado a una docena de comensales con hongos venenosos. Don Oto iba a probar que, como estudiante de botánica, su cliente conocía el poder mortal de aquellos pilze pero, como mesero, no tenía obligación alguna de saberlo. “Si se hiciera la imputación al estudiante de biología, sería un homicidio doloso que merecería un castigo severo”, declaró ante los medios. “Pero la imputación se le está haciendo a un mesero que no tenía por qué saber lo que servía”.

La semana pasada recibí el nuevo libro de Don Oto. Me lo dedicó como si hubiéramos sido amigos de toda la vida. Se llama La ofendícula. Es un tratado de mil páginas que sostiene que, si un sujeto intenta entrar a robar a mi casa, escala la barda, resbala, cae y se rompe un hueso, soy yo quien debe pagar los daños ocasionados al bandido. Confieso que fue este libro lo que me decidió a explorar nuevos caminos. Tras quince años como fiscal, decidí rehacer mi vida y dedicarme a la dogmática penal. Si no ha acabado de convencerme del todo, al menos me permitirá una vida más holgada.


Gerardo Laveaga. Nació en la Ciudad de México el 5 de febrero de 1963. Periodista y narrador. Curso la carrera de Abogado en la Escuela Libre de Derecho, es maestro en Derecho por la UIA y tiene estudios de posgrado en la Universidad de Londres. Actualmente imparte las cátedras de Teoría del Estado y Derecho penal en el ITAM. Ha ocupado cargos como la Dirección General de Comunicación Social de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y la del Instituto Nacional de Ciencias Penales. Ha colaborado en los periódicos El Financiero, Novedades y Reforma, así como en la revista Siempre!. Entre otras distinciones, ha recibido el Premio Nacional de la Juventud en 1985, el Premio a la Excelencia Maestro Jesús Reyes Heroles 1995 y el Premio Nacional de Periodismo José Pagés Llergo 2006. Fue distinguido con la Orden Nacional del Mérito, otorgada por el gobierno de Francia en 2012. Fuente: Enciclopedia de la Literatura en México. Fotografía: PatricioAlonso; tomada de Wikipedia.

Engendro

por Delsa López Lorenzo

Se entristece cuando su hijo sale volando a gran velocidad. Sabe que no lo volverá a ver. El infeliz quiere tomar distancia del poblado y de sus habitantes. Se arrepiente una vez más de haber accedido al experimento que ha devenido en fatalidad para todos. Ni la necesidad que tenía justifica que haya aceptado ese dinero para involucrarme en semejante cosa, se dice, mientras camina sin rumbo tratando de serenarse. 

El joven planea buscando un lugar donde posarse para reflexionar sobre su situación y encontrar una manera de subsistir en medio de un lugar tan inhóspito como la jungla. No quiere regresar jamás al lugar que tantos sinsabores le brindó. 

Recuerda el día en que le comenzaron a salir las alas. También los sucesos acaecidos que le precedieron. Su mujer cocinaba la pechuga de una enorme ave que había aparecido en el traspatio de la casa. Cuando él llegó una parte del extraño pajarraco, como decía su mujer, ya estaba en la olla.

Desde que aspiró el olor del asado, comenzó a sentirse mal, escalofríos, nauseas, y dolor en el pecho lo habían obligado a ir a la cama. Más tarde la temperatura subió por encima de los 40 grados y un extraño escozor comenzó en la espalda. El escozor no tardó en convertirse en dos muñones con plumas. Terrible, exclama recordando los acontecimientos. También recuerda que en un exceso de ira se abalanzó sobre su mujer  con deseos de estrangularla.

Cuando llegó su padre avisado por la esposa, ya él estaba más calmado, lejos de su casa y de los restos del ave que tanto lo habían trastornado.

Recuerda el abrazo del viejo y sus lágrimas cuando le pidió le contara sobre el ave aparecida.

–Llegó herida, le había comentado.

–¿Herida?

–Sí, no sé por qué ni cómo. Mi esposa la remató a palos y después le cortó el pescuezo para desangrarla y aprovechar la carne, pero ¿por qué me lo preguntas?

–Porque ella vino a pedirte ayuda, dijo el anciano llorando desconsoladamente.

–¿Ayuda?

Si,  esa enorme ave, no era un ave cualquiera, ella te estuvo empollando durante un largo tiempo, hasta que lograste salir de cascarón.


Delsa López Lorenzo (Yaguajay, Sancti Spíritus, Cuba 1954). Narradora y poetisa. Antologías de Cuba, Europa, Latinoamérica y Estados Unidos incluyen obras suyas. Entre los premios que ha alcanzado se encuentran: El cuenta gotas (España 2011), Ada Elba Pérez (Cuba, Jarahueca, Primer premio 2012, 2015 y 2016 y 2018), Modesto San Gil, (Cuba, Chambas, Segundo premio 2013), Luis Compte Cruz (Cuba, Mayajigua, 1er premio soneto, 2do premio décima, premio de la UNEAC, soneto, los tres en el 2014, segundo premio 2015, primer premio 2018), Raúl Ferrer (Cuba, Yaguajay, primer premio en poesía y cuento y segundo premio en décima, los tres e el  2015). Premio Concurso “Me olvidé decir”, España 2014. Primer premio del Concurso Inquietum Cor, Poesía mística (2016), convocado por la biblioteca diocesana del obispado de Santa Clara, Cuba. Obtuvo mención en el Concurso Internacional Cartas de amor, (Sancti Spíritus 2015). Obras suyas aparecen en el libro Memorias de Yaguajay de Mariano Isla  publicado en Méjico. Publicaciones en la Revista digital Korad (2013) Revista Amanecer, impresa, y periódico Escambray. Publicación en Méjico libro Requiem para un amor. Publicación libro de cuentos infantojuveniles Paraíso de mascotas  por la editorial cubana Luminaria (2018).y publicación en editorial Primigenios de los Estados Unidos de dos libros infantiles, Juan Pirindingo y otros cuentos (mayo 2020) y Saltarina y el maja rastrero (poesía Junio 2020).

Una historia menor

por Daniel Frini

Ella soñó con él todos los días de su vida, desde una noche de invierno, cuando tenía once años, en la que el viento silbaba con aullidos de frío, y la botella con agua caliente apenas entibiaba el catre de la pobre pieza descascarada.

Él soñó con ella, recién cumplidos sus doce, a partir de la misma noche; que para él era de verano y luna tenue en una playa Mexicana, donde sus padres lo habían arrastrado, huyendo del terror de los años de plomo.

A ella, en sueños, se le erizaba la piel con las caricias tenues con que él solía amarla; y aprendió a dormir abrazada a su almohada, aún sin saber cómo nombrarlo.

Él llegó a odiar las horas de vigilia, desesperando por encontrarse con esa mujer cuya sonrisa le recordaba los abrazos de su madre, las tardes de barrilete con su abuelo, una vieja canción de cuna; de esas que uno recuerda tan bien, aun cuando no acierta con la melodía.

Ella fue buena estudiante y el gobierno de su provincia la becó para estudiar una carrera en la capital. Eligió medicina.

Él, de vuelta en el país, siguió los designios de padre y abuelo, y estudió abogacía.

Crecían soñándose. Llegaron a vivir a unas diez cuadras el uno del otro.

Ella lo buscó, de manera inconsciente, en cada compañero y en cada desconocido, en cada calle, en cada plaza, en cada aula, en cada bar.

Él estuvo, siempre, convencido de que ella era real; y no la buscó, sabiendo que en cualquier esquina se la llevaría por delante. Imaginó una y otra vez qué le diría: «Hola. ¿Estoy soñando otra vez?»; pero sabía que no se animaría a decir nada y quizá amagase un beso, tímido, en la mejilla.

Ella se preguntó, todas las noches «¿Él me soñará a mí?».

Él se preguntó, en todos sus sueños, «¿Ella me soñará a mí?».

Una tarde de domingo, en invierno, se cruzaron en una calle de San Telmo, cerca de la plaza Dorrego. Ella estaba mirando la vidriera de un anticuario. Él estaba mandando un mensaje con su teléfono. No se vieron. Nunca más estuvieron tan cerca.

Él tuvo dos parejas que no funcionaron. Ambas mujeres se parecían mucho a ella; pero no eran ella. No tuvo hijos.

Ella vivió sola el resto de sus días. Algunas veces tuvo sexo ocasional con hombres que se asemejaban al de sus sueños, pero a la mañana siguiente ya eran recuerdos, mientras que el soñado era real todas las noches y todos los días.

Él se mudó a una ciudad del interior, siguiendo algún dato que creyó que ella le decía.

Ella siguió ejerciendo en el Gran Buenos Aires; porque entendió que él vivía allí. Dejó pasar oportunidades por miedo a perderlo.

Pasaron los años y siguieron haciéndose compañía por las noches. Envejecieron juntos.

El murió bien entrado en sus ochentas, en su cama de un geriátrico. La última enfermera que lo vio con vida no entendió sus palabras: «Ah, no sos vos.» dijo él, cuando la vio, y giró su cara hacia la ventana cerrada, llorando. Esa misma noche, ella lo soñó muriendo de viejo, abandonado. Fue la última vez. Dejó de verlo y se sintió muy sola. Lo sobrevivió apenas un mes.


Daniel Frini (Argentina, 1963) es Ingeniero de profesión, escritor y artista visual. Ha publicado en varias revistas virtuales y en papel, en blogs y en antologías de varios países. Publicó varios libros, siendo el último “La vida sexual de las arañas pollito” (2019). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio  ‘El Dinosaurio’ (2010), , Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle  (2017), el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017 y el 1er Premio del III Concurso de Microrrelato Ilustrado Universidad de Jaén (2019).

La niña de la ventana

por Asmara Gay

Las ramas de los árboles cubrían las ventanas de aquella casa, lo que daba la sensación de que estuviera deshabitada. En el patio, se acumulaban las hojas secas, descarapeladas y movidas por el viento.

A veces, me asomaba hacia aquella construcción de color gris y creía divisar una sombra tras los cristales, las ramas y el polvo, pero en cuanto notaba mi presencia, esa sombra se ocultaba en las cortinas y entonces me daba cuenta de que seguía mis movimientos desde allí.

Un día que mi madre me había mandado a la tienda, se me ocurrió cruzar la acera y mirar más de cerca aquella casa para ver si la sombra que en ocasiones me figuraba ver, existía o no.

Estuve parada frente a la reja mirando los azulejos amarillos y pálidos del patio y a una lagartija que se desecaba al sol y que era comida por las hormigas, cuando la vi. Estaba escondida tras de uno de los árboles.

—¿Qué haces? —le pregunté.

Era una niña de unos tres o cuatro años, que llevaba un vestido a cuadros y el pelo agarrado en una media cola.

Como no respondió ni salió de su escondite, continué hablando.

—¿Qué haces allí? ¿Dónde está tu mamá?

 Esa pregunta pareció hacerla reaccionar.

—La estoy buscando.

En aquel entonces yo tenía seis años y al verla recordé a mi hermanita, que tendría más o menos su edad.

—¿Vives aquí? —volví a preguntarle.

—Sí, vivo con mi mamá, pero no la encuentro.

—A lo mejor está dentro de la casa —respondí.

—No, no’sta, ya la busqué allí.

—Pero aquí tampoco está —contesté— y no se ve. Mejor métete, allá la esperas.

—¿Y si no regresa? —me preguntó—. Anoche no volvió.

Me dio mucha pena aquella niña, tan sola y angustiada en aquella casa vacía.

—Le voy a decir —le comenté— a mi mamá que estás aquí solita, para que venga por ti y allá, en nuestra casa, ¿la ves?, es la de enfrente, allá la esperas.

—No, no, yo tengo que esperar a mi mamá aquí. Ella va a volver pronto, va a volver.

—Pero ¿y si no vuelve?

—Cuando mi mamá vuelva —respondió sin hacerme caso—, me va a dar un vaso de leche con galletas. Mi mamá es muy bonita —continuó— y cariñosa, por la noche me da un beso y me cuenta cuentos. Yo la quiero mucho.

Al fin, diciendo esto salió de su escondite y la pude ver bien. Su semblante era triste, su piel, pálida, como los tabiques de aquella casa, sus manos estaban arrugadas y sus ojos desiertos, como la casa.

—Mi mamá… —volvió a decir—. ¿Dónde está mi mamá? —y diciendo esto empezó a caminar por el patio en dirección a la casa, pero se fue desvaneciendo como si el viento hubiera atrapado su último recuerdo y se lo hubiera llevado con él.

Por las noches, seguí viendo aquella sombra viviente desde mi ventana, pero ya no fui a buscarla ni a tratar de ayudarle. Sabía que su madre no volvería y yo no podía hacer nada por ella.


MTRA. ASMARA GAY (Ciudad de México, 1975). Escritora, crítica literaria, traductora y docente. Estudia el Doctorado en Investigación Literaria Área Novela en el Centro de Cultura Casa Lamm. Es Maestra en Apreciación y creación literaria por el Centro de Cultura Casa Lamm y Licenciada en Ciencias de la comunicación por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Tiene publicado el libro de cuentos Elena se mira en el espejo (Destiempos, 2011) y un manual para escribir ensayos, El ensayo. Fundamentos y ejercicios (FUNDAp, 2018). Sus cuentos, poemas y ensayos forman parte de diversas antologías, entre las que se encuentran: Intenso Carmín 2. Líneas y versos (Taller de creación literaria, 2019), Un legado de amor para la nueva generación (SMGE, 2019), Resonancias (BUAP, 2018), Dispara usted o disparo yo (Brevilla, 2017), Sin cita previa (Fussion Editorial, 2017), Homenaje a García Ponce (IVEC/Conaculta, 2015), Adentro (VersoDestierro, 2012). Ha colaborado con varias publicaciones: Nocturnario, Variopinto, Lammadame, Texto crítico, Periódico de poesía, Blanco Móvil, Monolito, Acta poética, El Comité 1973. Fue coordinadora de cuento y ensayo en la revista Nocturnario y editora de la revista El Comité 1973. Le han otorgado algunos premios y reconocimientos literarios en México, España y Argentina. Prologó Las olas, de Virgina Woolf, El paraíso perdido, de John Milton, El fantasma de la ópera, de Gastón Leroux, El extranjero, de Albert Camus y Mark Twain: Obras maestras para Editores Mexicanos Unidos. Tradujo, para Mirlo, Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain, y algunos capítulos de El gato, de Natsume Soseki. Ha sido ponente en diversos congresos nacionales e internacionales y es miembro de la Asociación Mexicana de Estudios Clásicos, de la Asociación Mexicana de Retórica y es socio fundador de la Organización Iberoamericana de Retórica. En 2018, el Museo de la Palabra y la Fundación César Egido Serrano le dieron el nombramiento de Embajador del Idioma Español.