Una historia menor

por Daniel Frini

Ella soñó con él todos los días de su vida, desde una noche de invierno, cuando tenía once años, en la que el viento silbaba con aullidos de frío, y la botella con agua caliente apenas entibiaba el catre de la pobre pieza descascarada.

Él soñó con ella, recién cumplidos sus doce, a partir de la misma noche; que para él era de verano y luna tenue en una playa Mexicana, donde sus padres lo habían arrastrado, huyendo del terror de los años de plomo.

A ella, en sueños, se le erizaba la piel con las caricias tenues con que él solía amarla; y aprendió a dormir abrazada a su almohada, aún sin saber cómo nombrarlo.

Él llegó a odiar las horas de vigilia, desesperando por encontrarse con esa mujer cuya sonrisa le recordaba los abrazos de su madre, las tardes de barrilete con su abuelo, una vieja canción de cuna; de esas que uno recuerda tan bien, aun cuando no acierta con la melodía.

Ella fue buena estudiante y el gobierno de su provincia la becó para estudiar una carrera en la capital. Eligió medicina.

Él, de vuelta en el país, siguió los designios de padre y abuelo, y estudió abogacía.

Crecían soñándose. Llegaron a vivir a unas diez cuadras el uno del otro.

Ella lo buscó, de manera inconsciente, en cada compañero y en cada desconocido, en cada calle, en cada plaza, en cada aula, en cada bar.

Él estuvo, siempre, convencido de que ella era real; y no la buscó, sabiendo que en cualquier esquina se la llevaría por delante. Imaginó una y otra vez qué le diría: «Hola. ¿Estoy soñando otra vez?»; pero sabía que no se animaría a decir nada y quizá amagase un beso, tímido, en la mejilla.

Ella se preguntó, todas las noches «¿Él me soñará a mí?».

Él se preguntó, en todos sus sueños, «¿Ella me soñará a mí?».

Una tarde de domingo, en invierno, se cruzaron en una calle de San Telmo, cerca de la plaza Dorrego. Ella estaba mirando la vidriera de un anticuario. Él estaba mandando un mensaje con su teléfono. No se vieron. Nunca más estuvieron tan cerca.

Él tuvo dos parejas que no funcionaron. Ambas mujeres se parecían mucho a ella; pero no eran ella. No tuvo hijos.

Ella vivió sola el resto de sus días. Algunas veces tuvo sexo ocasional con hombres que se asemejaban al de sus sueños, pero a la mañana siguiente ya eran recuerdos, mientras que el soñado era real todas las noches y todos los días.

Él se mudó a una ciudad del interior, siguiendo algún dato que creyó que ella le decía.

Ella siguió ejerciendo en el Gran Buenos Aires; porque entendió que él vivía allí. Dejó pasar oportunidades por miedo a perderlo.

Pasaron los años y siguieron haciéndose compañía por las noches. Envejecieron juntos.

El murió bien entrado en sus ochentas, en su cama de un geriátrico. La última enfermera que lo vio con vida no entendió sus palabras: «Ah, no sos vos.» dijo él, cuando la vio, y giró su cara hacia la ventana cerrada, llorando. Esa misma noche, ella lo soñó muriendo de viejo, abandonado. Fue la última vez. Dejó de verlo y se sintió muy sola. Lo sobrevivió apenas un mes.


Daniel Frini (Argentina, 1963) es Ingeniero de profesión, escritor y artista visual. Ha publicado en varias revistas virtuales y en papel, en blogs y en antologías de varios países. Publicó varios libros, siendo el último “La vida sexual de las arañas pollito” (2019). Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio Internacional de Monólogo Teatral Hiperbreve ‘Garzón Céspedes’ (2009); Premio ‘La Oveja Negra’ (2009), Premio  ‘El Dinosaurio’ (2010), , Premio I Certamen Internacional de Relato Corto Nouvelle  (2017), el Místico Literario del Festival Algeciras Fantastika 2017 y el 1er Premio del III Concurso de Microrrelato Ilustrado Universidad de Jaén (2019).

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