Nota de Prensa: Carlos Contreras Chipana presenta «Una carta sin Paul McCartney y otros relatos»

Bajo el sello de Caja Negra, el periodista ingresa al campo de la narrativa. “Estos relatos son un homenaje a la tradición literaria”, comenta en la contraportada del libro la poeta Carmen Ollé.

El periodista Carlos Contreras Chipana, tratando de no perder el equilibrio, ha pegado un arriesgado salto hacia las veredas literarias. Acaba de publicar «Una carta sin Paul McCartney y otros relatos» (editorial Caja Negra), su ópera prima con la que ingresa al campo de la narrativa.

En los diez cuentos, que componen esta publicación, los personajes no defraudan a su destino y se sumergen en la tentación de ser, imposiblemente, humanos. El autor confiesa que con el libro pretende retratar las vivencias de una generación a través de múltiples voces que presentan sus desamores, traiciones y soledades.

“Desde Una carta sin Paul McCartney, pasando por Matalayunza, hasta La tumba sin dueño, Carlos Contreras nos ofrece diversos mundos posibles. Al sumergirnos en ellos, surge la inminente pregunta: cuál de estos cuentos que destacan en este libro es el más próximo a lo real. ¿Acaso el primero, sobre un amor de ocasión, que se desvanece como recuerdo juvenil? ¿Tal vez la resolución de una muerte, en el segundo, que pesa sobre la conciencia de los invitados a una celebración andina? O para mayor sorpresa, ¿el desdoblamiento de un personaje que lleva flores a la tumba de un difunto desconocido? Estos relatos son un homenaje a la tradición literaria: un cuento de amor rockero con dicción adolescente y citadina; seguido de la narración costumbrista que reconstruye el habla dialectal del campo, para culminar con un texto de efecto Rulfo. Todos escritos con mano diestra y gran habilidad expresiva”, ha escrito en la contraportada la poeta Carmen Ollé.

El libro ya se puede adquirir en la página web de Caja Negra y en diversas librerías de Lima, como el Virrey de Miraflores, Book Vivant, Escena Libre y Communitas.

Sobre el autor

Carlos Contreras Chipana (Lima, 1988). Estudió Periodismo en la Universidad Jaime Bausate y Meza. En sus más de 10 años como reportero ha trabajado en radio, TV y prensa. Actualmente, escribe crónicas y reportajes en el diario La República. También ha sido becario de la Red de Periodistas Latinoamericanos Cosecha Roja y es colaborador de la revista Anfibia. Ocupó el primer lugar en el Primer Concurso Nacional de Periodismo sobre Políticas Sociales (CIES-2015). Sus cuentos han sido publicados en antologías literarias. Es coautor de La banda sonora de tu vida (Autómata, 2019) y de Generación B, jóvenes del Bicentenario (Artífice, 2021).

Carlos Contreras, autor de Una carta sin Paul McCartney y otros relatos

Nota de Prensa: «Circe ascendente», reciente novela de W.A Flores:

Sinopsis:

CIRCE ASCENDENTE es la historia de un fugitivo que cometió un crimen por amor al arte, pues pretendía proteger a la víctima a quien, en muchas formas, envidiaba.

El lector debe, primero, ensamblar el caso, y luego acompañar al fugitivo por los recovecos de sus argumentos que él supone, lo justificaron para cometer el crimen. Esto implica un riesgo pues se puede caer en las artimañas del personaje y aceptar sus explicaciones, puede que le guste ser parte del delirio y, entonces, quedaría atrapado pues son muchos los laberintos absurdos que, con su supuesta simplicidad, van atando una historia delirante que no se abandonar.

¿Es una fantasía, un thriller psicológico o ciencia ficción?

¡Bienvenido a este viaje sin fin!

Adelante, ocupe su asiento. El tren pronto partirá.

Disponible en:

Mercado Libre Argentina:

https://zetacenturiaeditores.mercadoshops.com.ar/MLA-1123623409-libro-circe-ascendente-de-wa-flores-zce-_JM

Web de editoriales de Juarez:

https://www.editorialesdejuarez.com/zeta-centuria-editores-narrativa/libro-circe-ascendente-de-wa-flores?fbclid=IwAR0p0zb7sGtRw3JY1OLv5kqoiiqqKynkpwsvW8Nb2RFPNqaAcczNqpk9tac

Precio: $1.200,00

CITA:

“Para entonces mi respiración era agitada y el pulso golpeaba mis sienes. Sentí el sudor en mi frente. Mi conflicto interior era mental, pero se había extendido a mi metabolismo. No podía explicar cómo, pero supe que mi salud estaba en peligro. Mi cerebro, exhausto en la búsqueda de un asidero con la realidad, enviaba señales pidiendo que se abriera una válvula de escape que liberara las energías infinitas que emanaban a raudales al fisionarse los núcleos de los átomos mismos. No lograba emitir una respuesta o una reacción racional, pero algo tenía que hacer o sucumbiría con torpeza ante la divinidad.

Me arrodillé y me puse a llorar.”

SOBRE EL AUTOR:

William Antonio Flores García, nacido el 5 de mayo de 1961 en San José, Costa Rica. Escritor y diseñador gráfico, estudio Artes Plásticas y Filología. Ha cultivado la narrativa fantástica en sus diversos subgéneros. Fue premio Joven Creación de su país Ha publicado: “Dinosaurios en la noche” y “Miss Barbi y otros desfaces” (cuento fantástico), “La saga de los bribris: Los umbrales eternos”, (novela de fantasía épica) y “Ajeno a la Tierra” (cuentos de ciencia ficción). Dirige los grupos Taller Experimental de Narrativa Fantástica y Escribamos tu historia.

Autor: W. A Flores

Presentación virtual de la novela Circe ascendente:

https://www.facebook.com/zetacenturiaeditores/videos/1812260665777454

Nota de Prensa: Vuelo Nocturno: Los cuentos de Pilar Dughi

Post en el Facebook de Tadeo Palacios:(https://www.facebook.com/tadepv/videos/622836355636762)

En 2021, a través de Proyecto Machete, dicté tres talleres dedicados a la cuentística peruana que aborda el tópico de la violencia política durante el Conflicto Armado Interno. Esta vez, a lo largo de cuatro sesiones, nos centraremos en el legado y obra de Pilar Dughi, y propondremos algunas claves de lectura que nos permitirán hacer frente a la pregunta de por qué su producción narrativa sería urgente en estos tiempos de incertidumbre.

Informes y formulario de inscripción:

https://forms.gle/UAXLnXLSMSVhP9y76

***

I.INTRODUCCIÓN

La obra cuentística de Pilar Dughi (Lima, 1956-2006) —escritora, psiquiatra, gestora de salud mental comunitaria y promotora de los derechos de los niños y las mujeres— ha cosechado con el tiempo, y desde la aparición de su primer volumen de relatos, un legítimo reconocimiento a una vocación narrativa audaz.

Sin recurrir al patetismo o a la condescendencia, y dueña de una pericia clínica, Dughi supo auscultar las costuras de un país que sufría los estragos de la guerra interna que lo asolaba y que estaba plagado de males que aún hoy se hallan lejos de cesar. Dughi integró varias líneas temáticas en un intento de aprehender, comprender y representar fenómenos como la violencia comunitaria e intrafamiliar, la crudeza del machismo, la creciente desigualdad social, la descomposición de los lazos que nos unen a los otros y los porvenires truncos en los que el desencanto y la soledad suelen trazar un retrato del espíritu de su época.

El objetivo de este taller consiste en acercarnos a la producción cuentística más relevante de Pilar desde la lectura crítica y el diálogo, a fin de comprender sus estrategias narrativas y reflexionar en torno a la multiplicidad de temas abordados por la autora.

II. SESIONES

Sesión 01: Pilar Dughi y la Generación de los 80: entre la violencia, el desencanto y la construcción de la escritura/escritora

Sesión 02: Narrativas de la historia, lo fantástico y lo psicológico

Sesión 03: Literatura, género e identidad como eje articulador

Sesión 04: Violencias ineludibles: Género y Conflicto Armado Interno

III. INFORMACIÓN

Precio: 100 soles.

Sesiones: 04 sesiones. Del 05.03.22 al 26.03.22.

Horario: Los días Sábados de 16:00 a 19:00 horas.

Duración: 03 horas

Incluye lecturas y acceso a las sesiones grabadas de las clases.

Informes: tadeo.palacios@pucp.edu.pe

Dirigido por Tadeo Palacios Valverde:

Escritor, abogado por la Universidad Nacional de Piura y candidato a Magister en el posgrado de Literatura Hispanoamericana de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Se ha desempeñado como asistente de docencia del curso Técnicas de escritura de novelas en la Maestría de Escritura Creativa (MEC) del mismo claustro.

Ha sido becario del programa de pasantías literarias Arequipa Imaginada del Ministerio de Cultura del Perú y de la fundación alemana Hanns Seidel. Su cuento “El legado” fue uno de los ganadores del Concurso Nacional Nuestros Relatos, organizado en 2020 por la Presidencia del Consejo de Ministros y el Proyecto Especial Bicentenario de la Independencia del Perú.

Ha publicado el conjunto de cuentos sobre la memoria, la ausencia y la violencia política Mañana nunca llega (Editorial Pesopluma, 2021) y diversos ensayos sobre la violencia política en revistas como Red Literaria peruana y Espinela, del posgrado de Literatura PUCP. Sus áreas de interés académico son la narrativa de la violencia política, la memoria y los afectos en la narrativa latinoamericana, los estudios de género y la cultura pop japonesa contemporánea.

Puedes generar el pago del taller vía YAPE o por depósito/transferencia a la siguiente cuenta BCP. Luego, no olvides adjuntar la captura del comprobante de pago y comunicarte con el tallerista. También si cuentas con PayPal puedes pagar el monto de 26 dólares por concepto de inscripción vía el siguiente enlace:

http://paypal.me/tadeopalacios

Crónica: Los cines han vuelto, por “El Dragon Chang”

Por: Alex J. Chang

Hace poco tuve la oportunidad de ir —junto a mi familia— al cine después de dos años, debido a la crisis sanitaria del coronavirus, a ver la película peruana Un Mundo para Julius. Fuimos al Cinestar de Metro UNI. Digo fuimos porque toda la familia disfruto del film, en el cual se cumplieron los protocolos de bioseguridad: el uso de mascarillas, la distancia social en las butacas; además en la entrada nos echan alcohol en las manos y nos miden la temperatura.

Fue un Miércoles 17 de Noviembre, del año 2021; eran las 6:30 de la noche. Ya habíamos comprado las entradas para la función de las 7:30 de la noche. En esa hora se proyectaba la película Un Mundo para Julius. Entonces, para “matar el tiempo”, nos fuimos a cenar un rico pollo a la brasa, una gaseosa Inka Kola de litro y medio, unas salchipapas y un cuarto de pollo broaster. Nos chupamos los dedos con la delicia de cena que nos “empujamos”. Eso no es todo. Guardamos los huesitos y sobras en una bolsita para las mascotas de casa. Al terminar de cenar, mi reloj marca 10 minutos para iniciar la función de cine.

—Ya falta poco —dije a mis padres y a mi hermano menor—. Son las 7:25, según mi reloj.

Los autos transitaban apurados; cláxones estruendosos, tan ensordecedores que golpeaban a mis oídos. Mi hermano menor reía a carcajadas, expresando su felicidad de volver al cine; la familia salía a pasear después de mucho tiempo. Se respiraba un aire fresco que relajaba nuestros sentidos; la noche empieza a oscurecerse; el alumbrado público iluminaba la ciudad de un anaranjado tenue.

Ingresamos, 2 minutos antes de la función, a la Sala 2. En aquella sala se proyectaría la adaptación cinematográfica sobre la novela más conocida de Alfredo Bryce. Después de ingresar, nos sentamos, tomamos la gaseosa, la canchita, las papas y los jugos (escondidos habilidosamente en nuestras bolsas; nadie nos descubrió). Nos “comimos” alrededor de 20 minutos de videos de publicidad.

Todos en la Sala 2 estábamos expectantes.

***

A los pocos minutos, nos matábamos de risa. Eso para empezar. Mientras trascurría la película, la humedad de nuestros ojos —sobre todo los de mi madre— se escurrían en nuestras mejillas. Nos sentimos impactados con un drama tan cercano a nuestra realidad, tan cercano a nuestra experiencia y tan cercano a nuestra sensibilidad.

“Que hijo de puta… Huevón de mierda”, dicho por un grupo de jóvenes de aproximadamente 20 años. Sí, al finalizar la película quedabas enfadado/melancólico al ver tanta inmundicia, tanta porquería, tanta… No sigo porque tal vez…

En fin, Julius de 11 años nos dibuja el contexto social latinoamericano en el cual impera la discriminación y la carencia de valores, de humanidad. Esto no ha cambiado a pesar de que la película se desarrolla en los años 50.

“Esta película sólo puede ser entendido por un público sensible y culto; lamentablemente los jóvenes de hoy no están preparados para esta obra cinematográfica.”, enfatizó mi padre con suma resignación.

Fin

Película Un Mundo para Julius de Rossana Díaz Costa.

*P. D: Esta crónica empezó como un borrador en el mes de noviembre, año 2021. Para ser concluido, después de varias correcciones, y publicarse en diversos medios.

Crónica: De Sombreros y de Charros, en las tierras de Piura, por Fernando March

Por: Fernando March (Perú)

Aquí, en las soleadas tierras del norte del Perú, el verano es intenso, ardiente y sofocante. La tradición piurana, de antaño, obligaba el uso de sombrero, dada la fuerza y la agresión del sol. Piura es una tierra de arenales inmensos, algarrobos ásperos, una melancolía y una desolación de muerte, además de una chicha blanca que es más alcohol artesanal y acritud, que dulzura.

Para las gentes del centro y sur de la costa, así como de la sierra y la selva, Piura es sólo sinónimo de playas. Y, sí que las tiene, a porfía: costas bañadas por espumosas olas; mares de topacio; horizontes hermosos, a la caída de la tarde. Sin embargo, Piura, no es sólo eso. Una tierra milenaria condenada a la sed. Una vegetación que sobrevive por obra de un milagro de la naturaleza. Y, con todo, el omnipresente sol, el rubio sol, inclemente y desaforado. Perfecto astro tutelar que motiva las pasiones más violentas y las indiferencias, más insufribles, en el alma de su gente.

«El charro» posando con su sombrero piurano y acompañado de un caballo.

Me acuerdo aquella mañana que llegamos a Piura, por el mes de noviembre, del año 1975. Fue Talara, nuestro primer destino. Mi madre, Johan y yo, habíamos aterrizado en un vuelo de Aero Perú, procedente del Cuzco. Abandonábamos, así, un capítulo inolvidable de nuestras vidas. Alejándonos de las montañas tutelares, de los ríos torrentosos, de los nevados imponentes, de la feracidad y frondosidad de la sierra, para integrarnos a una tierra, donde, según mi madre—exponente de sinceridad total—: “daba mucha lástima morirse”. Con mis padres y mi hermano (aún, de meses de nacido) pasamos un año inhóspito y difícil, antes de estar completamente aclimatados (mejor digo: casi completamente) porque, en realidad, en Piura, uno jamás se aclimata del todo. Siempre tenemos una palabra de rencor, en contra del calor, tan infernal. 

Pese a vivir al lado del mar, junto al inmenso Océano Pacífico, Talara, era dueña de un sol arrogante y bronceador, hasta más no poder. El uso del sombrero era un recurso indispensable, una necesidad inevitable que, lastimosamente, ya no era una regla a seguir. En la novela La casa verde (1966) de Mario Vargas Llosa, el personaje de Anselmo, y todos los habitantes de la Gallinacera y la Mangachería, solían usar sombrero. El mangache era el habitante de la zona norte de la ciudad de Piura. Lugar muy mentado como “Barrio de Guapos” o individuos que se trompeaban, por casi nada, y de la manera más salvaje y ruin, hasta la muerte. Esto lo aprendí en los años en que asistía al colegio parroquial, del Barrio Particular. Mis compañeros de clases—sobre todo los más beligerantes—solían repetir las trágicas historias que habían aprendido de sus padres, sobre la gente brava de Piura, y como esta era tenida por una ciudad forajida, que jamás tuvo ni un instante de paz, mientras existió rivalidad, a muerte, entre los “gallinaceros” del sur y los “mangaches” del norte.

Fernando March, autor de la presente crónica, posando con un sombrero piurano.

El asunto es que, muchos de ellos, portaban soberbios sombreros de jipi japa. Los Hacendados, de igual modo, sostenían la tradición de llevar ancho sombrero de Catacaos, al estilo de Froilán Alama (1). Integrantes de la familia Seminario, Cuglievan o los Hilbck eran representantes de la más rancia tradición que se apegaba, aún, al uso cotidiano del sombrero de paja. Para mí, que venía de una tierra donde sólo veía usar chullos y monteritas, de Tinta, el sombrero de jipi japa, era una agradable tentación, era un sueño apetecido, en una tierra donde, el calor, era un Rey absoluto, desquiciado y perturbador. Sin embargo, para esa época, el uso del sombrero, en las ciudades, ya había caído en un olvido, inmerecido. Sólo la gente del campo lo usaba, para sus faenas diarias.

Cuando llegamos a tener televisión, el único canal que existía en Talara, por esos años era el Canal 2, de Piura, filial del Canal 4, de Lima. En esos mismos días recuerdo a un personaje entrañable, que, era el único, que solía mostrar su enorme y ondulado sombrero, grácil y elegante: “El Charro” Humberto Requena Oliva.

Aquel, era todo un señor alcalde, de Catacaos y que, por el gobierno de Francisco Morales Bermúdez, era el Rey de la Teletón: “La navidad del niño cataquense”. Una vez, cada año, jodía todo un día de programación regional del Canal 2; pero, a decir verdad, no ha habido, ni habrá jamás un alcalde, en Catacaos, como él.

Todos aquellos que llegaron, después, fueron simples advenedizos que asumieron el cargo, sólo para forrarse en dinero ajeno, sin preocuparse por su pueblo.

El Charro Requena tenía un restaurante, “a la entradita de Catacaos”. Mi padre, como Ingeniero, en Jefe, del Servicio de Agua Potable y Alcantarillado de Talara (por el Ministerio de Vivienda) solía conocer a muchos personajes importantes de la región. El Charro Requena, era uno de ellos. Era su amigo personal.

Sombrero de jipi japa.

Su prestancia, su carisma y su elegancia hicieron, de él, un personaje legendario.

Un fin de semana, el Charro Requena, invitó, a mi padre, a degustar deliciosos potajes de la culinaria piurana, en su famoso restaurante. Salimos de Talara, al amanecer, para hacer el tramo agotador de Talara-Sullana- Piura-Catacaos. Cinco horas de viaje ininterrumpido, dado que mi padre era cuidadoso de la velocidad, al volante, y, mi madre, jamás desperdiciaba la oportunidad de recorrer, por casi media hora, el centro de cada ciudad, a la que llegábamos.

Cuando ingresamos a Catacaos, al medio día, el mismo Charro Requena, en persona, salió a recibirnos, ¡y los potajes, dignos de Rey, que nos ofreció! (bueno, a mi padre). Allí, aprendí a comer el exquisito seco de chavelo, el cabrito con tamales y menestra, el cebiche de Ojo de uva y, por, sobre todo, una bebida de agradable sabor y muy refrescante, que se quedó, en mi paladar, para siempre: el afamado clarito. Este, es un sobrenadante dulce de la chicha. Un trago delicioso que ameniza con cualquier plato. En “El Charro” se degustaba con piuranidad pura. Y el amable anfitrión, portando alegre, aquel sombrero entrañable, que hacía juego con sus enormes bigotes de tártaro y su fragante guayabera blanca.

Era maravilloso ver a un señor, tan ameno y sencillo. Sin duda, él, era lo mejor que podía ofrecernos aquella tierra de Piura: tan árida, como dura. Desde ese momento, tuve predilección por el uso del sombrero cataquense. Claramente, don Humberto Requena Oliva, llevaba consigo una tradición, antaño extendida, en todo el norte del Perú. Y que hoy, es sólo un recuerdo. Como es un recuerdo, que, una vez, existió un hermoso y acogedor restaurante, de deliciosa comida piurana, que estaba “a la entradita de Catacaos”. Y que, en ella, el Charro Requena—en persona— agitaba su sombrero, te daba la bienvenida y te atendía. Como es un recuerdo, que, un domingo, al año, en el único canal que había en Piura, el Charro se robaba todo un santo día, tarde y noche, con su “Navidad para el niño cataquense”. Y que jodía el fin de semana, impidiendo ver programas de variedades o películas de romanos, de vaqueros o de guerra, contra japoneses, sólo con el único propósito de ver dibujada una sonrisa en la cara de un niño, de su pueblo, con un juguete en las manos. Como es un recuerdo, que fue el único alcalde de Catacaos que hizo algo por sus paisanos. Y trató de hacer más, desde un Congreso de pelagatos, que no daba para mucho.

«El Charro»

Desde entonces, uso sombrero. En señal de respeto a la memoria de personaje tan carismático, y todo un caballero de Piura, pero, además (y por hacer honor a la verdad, que siempre acompaña a mi madre) porque el calor de Piura jode y enferma, y necesito, con urgencia, un tapasol que proteja y refresque mi cara.

Ciudad Coloma.

Enero 2022

(1) Bandolero piurano. Inmortalizado por Carlos Espinoza León en una novela homónima.

Froilan Alama, novela de Carlos Espinoza.

La literatura estridente en «Los bajos mundos» de Francois Villanueva Paravicino, por Julio Buitrón

Por: Julio Buitrón (Premio Caretas de las Mil Palabras)

Si tuviera que definir la literatura de Francois Villanueva, diría que es una literatura estridente. Estridentes son sus personajes, sus historias, sus escenarios, hay una ambientación que hace sentir a la selva de trasfondo, el río Apurímac, el Vraem y los Bajos Mundos. Ya en su primer libro de cuentos encontramos estas circunstancias y personajes que se tornan violentos, alegres y trágicos, como si la escritura a nuestro autor lo divirtiera y lo angustiara, de ahí una violencia moderna (con espíritu de cómic o anime en pasajes que hacen recordar a las películas de Tarantino: la minimalista, prolongada, ambiciosa, pelea a vida o muerte de Rhino contra sus asesinos) en medio del día a día en las zonas recónditas y urbanas de Ayacucho y por ratos Lima, pues esta novela se expande del Vraem al Perú (centro-sur) como si de otro Tahuantinsuyo se tratara, una cotidianidad que no solo es estridente, pues parece mágica, un escenario en que sobreviven los mitos urbanos y los de antes del arribo de los españoles, por ello, en esta novela los capítulos son más bien estampas.

Capítulos que se subdividen y conforman esta serie de historias que, por momentos, también se pueden leer como independientes, a riesgo de perderse de alguna intriga de Los Dragones y otros retratos-historias que a la par se van desarrollando, en especial, una que nítidamente se destaca y perfila ya casi al final, cerrando con broche de oro esta comedia humana cuyo reparto se compone de actores a los que, al igual que Dostoievski y C. E. Zavaleta, caracteriza una hipersensibilidad a flor de piel (asesinos, prostitutas, curas enloquecidos, narcotraficantes, senderistas, tribus selváticas, adolescentes camino a la adultez, pobladores comunes), que es la historia de un escritor, su vocación y su locura: la cima de esta novela en la que la disección de una enfermedad mental no es nada complaciente, sino que nos golpea por aterradora, oscura, terrorífica; de esta manera, este libro dialoga con diversas vertientes de la tradición de la narrativa peruana, bebe de referentes muy diversos para convertirse en una literatura urbana, regional, de aventuras, metaliteraria, detectivesca, narcoterrorista, de la violencia.

De todas estas fuentes bebe Francois Villanueva para trasladarnos a un mundo con personajes vivos. Con gran dominio del diálogo, retrata una coloquialidad que convierte a esta novela en coral, porque en ella los sucesivos personajes se dan la posta de la narración y así nos vamos enterando de sus peripecias y desdichas, estos diálogos son tan reales, verosímiles (en su dramatización) y encantadores como los que encontramos en Vargas Llosa, quien en sus inicios quiso ser dramaturgo.

De esta suerte, Francois Villanueva continúa con su tema: retratar a un Vraem que parece irreal, pero que existe porque está en los mapas, al contrario de la fórmula de Melville, un pueblo que cabe perfectamente en la tradición forjada por Rumi, Comala, Macondo, Santa María, Villaviciosa, o también el pesadillesco Chimbote de Arguedas en los Zorros. Esta obra que en muchos momentos se entrevera, debido al estilo estridente, también es una novela de iniciación en la que se advierte al principio una historia que avanza a trompicones para luego ganar en soltura; es decir, la estridencia la ha naturalizado el lector a partir, entre otras cosas, de una prosa más fluida, armoniosa[1]. Siendo, de igual modo, una novela de iniciación en la que este desfile de destinos sin rumbo, nihilismo alegre, vital, jocoso, pantagruélico (Bryce o Gregorio Martínez), de una juventud a la deriva, se emparenta –¿un diálogo involuntario como decía Borges que ocurría cuando la genialidad crea a sus precursores?– a la aleatoriedad de los capítulos de Al final de la calle o las primeras novelas de Jaime Bayly (No se lo digas a nadie, Fue ayer y no me acuerdo).

La tradición nos empuja (Hegel) de estos jóvenes limeños desencantados y aburridos de inicios de los noventa a los jóvenes de este siglo de internet y pobreza, y entre todas estas historias satelitales se consolida la amistad de una pandilla de adolescentes que se vuelven hombres. Los únicos ausentes en esta novela son los millonarios. Ese rincón privilegiado es el único inaccesible, pero la presencia de un poder opresivo está ahí, algo que se refleja en el prostibar El Refugio, uno de los burdeles de los Bajos Mundos. Otro moridero (Salón de belleza). Un mundo de rocola con música chicha, cumbia y boleros, donde precisamente se ha ido a refugiar Celia Camelia, la protagonista de la otra historia principal, la de un (des)amor rocambolesco y funesto que tuviera ella con Fidel Larco Astete, esta especie de vaquero que va en rescate de su amada, la que se ha convertido en prostituta, madre soltera. Suena a chiste y es trágico al mismo tiempo. De este punto pasamos a una exposición que alcanza niveles regionales que, en cuanto a técnica, hace recordar al fragmentarismo de Ciro Alegría[2], una estética que luego Vargas Llosa (una desmesura abarrocada de la que vuelve con La tía Julia y que luego afianzará en los ochenta para rematar con ese invaluable testamento total que es El pez en el agua) revolverá como un cuadro de Pollock.

Si tomamos en cuenta, por último, otra particularidad que hace de Los bajos mundos (Editorial Apogeo, 2021) un muestreo de la amplia gama que ofrece la contemporánea tradición peruana[3], Francois Villanueva elige a Los Dragones como sus antihéroes (posteriormente esta candidez se pierde en la criminalidad del mundo adulto), pandilla de muchachos que podemos rastrear en Congrains, Reynoso, Vargas Llosa, Gutiérrez y los nada criminales, pero muy alegres sanisidrinos de Bryce Echenique, o los arguedianos de Los ríos profundos[4]. Pues si Vargas Llosa lamentó que cuando él empezó en el oficio se consideró un huérfano por no tener a nadie a quien tomar como padre-referente de la novela peruana, salvo Ciro Alegría, ahora no podemos decir lo mismo de nuestros titanes novelescos que para el Perú vendrían a ser lo mismo que fueron Stendhal, Balzac, Flaubert, Zola (Proust es Dios) para los franceses. Como se ve, para enriquecer a nuestra tradición se necesita de algo más que talento.

Los bajos mundos, primera novela de Francois Villanueva, joven a todas cuentas, nutre y pertenece a la tradición narrativa peruana.


[1] François me confiesa que la novela la empezó en la secundaria.

[2] El recurso de un pueblo de telón de fondo está presente tanto en Los perros hambrientos como en los escenarios selváticos de La serpiente de oro, una novela de la que el ciego Borges se sabía de memoria el primer capítulo.

[3] La transformación de la provincia y la vida de sus pobladores por la irrupción de la modernidad es otro tema caro a Los Bajos Mundos y a nuestra tradición.

[4] La narrativa peruana tiene a la juventud como su protagonista favorito, y podemos mencionar así tanto a La casa de cartón, como a Ribeyro y Rivera Martínez.

Novela: Los bajos mundos (Editorial Apogeo, 2020).
Francois Villanueva, autor de la novela Los bajos mundos

Sonata de Rakhmaninov

por Sherzod Artikov
traducido al inglés por Nigora Mukhammad
traducido al español por Dimarys Águila


Nilufar estaba encantado. Finalmente, sentada frente al piano pudo tocar la sonata de su compositor favorito sin partitura y sin equivocarse en ningún lado. Esta situación fue una noticia muy emocionante para ella. Porque no había podido hacerlo durante semanas, y no importaba cuánto lo intentara, sus esfuerzos fueron en vano. Al final, su incansable y duro trabajo valió la pena.

Ahora puede interpretar fácilmente la famosa sonata «re-menor» de Rakhmaninov en un programa de primer concierto largamente esperado sin una partitura. Según esta sonata, ya no necesita una partitura. Pensando en esto, estaba extremadamente feliz y emocionada. A veces iba a su piano rojo, a veces miraba la foto de compositores colgada en las paredes de la habitación y caminaba de un lado a otro. Incluso quería bailar de puntillas como una bailarina. Pero se avergonzó y cambió de opinión. Si sus gemelos hubieran estado allí, sin duda los habría abrazado, besado sus caras y compartido su alegría con ellos. Desafortunadamente, están en un internado de fútbol. Llegan el fin de semana. Lo lamentó. Quería compartir su alegría con alguien mientras preparaba la cena. No pudo contenerlo. Probablemente por eso miraba a menudo el teléfono negro en el estante del pasillo. Después de un rato, llegó al teléfono. Lo cogió y marcó los números requeridos. Luego se restableció la conexión y se escuchó una voz familiar en el receptor.

–Estoy en una reunión.

–¿Vienes a casa temprano hoy? –Ella dijo, encantada, sin importarle que su esposo esté en la reunión.

–¿Qué pasa? –Preguntó sorprendido su marido.

–Todo está bien –continuó ella, tratando de calmarlo al amanecer. –Si vienes, te lo diré. Ocurrió un evento maravilloso–.

–Está bien, me iré–.

La voz de su marido dejó de sonar. Supuso que la conexión se había perdido. Aunque estaba un poco molesta por esa situación y volvió a colgar el teléfono por la frustración, recordó su éxito nuevamente y estaba de buen humor. Sonrió con satisfacción mientras se miraba en el espejo colgante en el pasillo.

Nada ni nadie podría lastimarla en este momento. Porque había logrado un gran éxito por sí misma. Hasta ese día, solo podía interpretar la sonata de Beethoven dedicada a Eliza, los valses de Brahms y dos o tres de los pequeños nocturnos de Chopin sin partitura. Pero eran composiciones musicales breves que cualquier pianista aficionado podía interpretar. No requirieron entrenamiento o talento extra. La sonata de Rakhmaninov, por otro lado, era más larga y compleja en estructura, y si se descuidaba la atención a estos dos elementos, confundiría a la intérprete y la obligaría a cometer un error. Incluso cuando se realiza con una partitura.

–¿Qué pasa? –dijo su marido.

Había cumplido su promesa y regresó temprano del trabajo. Nilufar lo vio y aplaudió con alegría. Se imaginó que el día del concierto vendría de la misma manera –bellamente vestida y con un ramo de flores en las manos. Y estaba encantada de pensar que este sueño pronto se haría realidad. Con esos pensamientos, tomó gentilmente la mano de su esposo y caminó hacia la habitación donde estaba el piano. Entró en la habitación y acercó la silla marrón al piano. Ella le pidió a su esposo que se sentara en ella. Su marido, que no entendía nada, se sentó impotente en la silla. Se detuvo frente al piano.

–Tocaré la sonata “re-menor” de Rakhmaninov sin partitura –dijo, sentada en una silla. –¡Escucha cuidadosamente!

 Apuntó con el dedo índice a su marido como una niña, con las mejillas enrojecidas por la emoción. Luego se puso el dedo delante de la nariz y en tono de broma le dijo: «tss» a su marido. Luego empezó a tocar la sonata sin partitura. El misterio de la música, que durante siglos ha sacudido el corazón del ser humano, la consoló y la hizo feliz, encarnó su amor puro y su odio doloroso, se extendió silenciosamente por toda la habitación con la ayuda del piano. Esta vez, la melodía encarnaba los recuerdos del pasado en el corazón humano. La sonata siempre le recordó su infancia. Cuando era estudiante en el conservatorio, cuando estaba incluida en su programa personal en varios concursos, cuándo y dónde actuaba, recordaba su infancia. Fue lo mismo hace un rato y ayer. Es lo mismo ahora. Movería sus dedos largos y delgados sobre las teclas blancas y negras y las tocaría en plano. Y los dulces recuerdos de una infancia lejana, feliz y despreocupada vinieron a la mente uno tras otro. Envolviendo un pañuelo blanco alrededor de la frente de su madre y horneando pan caliente en el horno, su corazón se hundió por un momento como preludio de los recuerdos. Cuando era niña, su madre siempre horneaba pan en el horno los domingos. Llevaba una canasta que era más grande que ella y no podía moverse cerca de ella. Después de tostar e hinchar los panes, su madre los cortaba y los arrojaba a la canasta. Y los esparcía para que el pan se enfriara más rápido. Mientras tanto, se pondría los conmovedores empapados en leche del enano en el bolsillo de su chaqueta, tanto cálida como secretamente. Después de eso, asfixiaba a los conmovedores en el agua del arroyo que fluía por las calles y disfrutaba comiendo las tortas apoyadas en el albaricoquero. Cuando la sonata llegó a la mitad, el recuerdo de su infancia cobró vida aún más vívidamente. He aquí, ella está tocando el cable podrido en la calle y devolviendo los números. Es pequeña, como una ardilla. Su pelo es rubio. Incluso entonces, todos la llamaron «rubia». Ella estaba contando números sin parar, y sus compañeros se escondían en diferentes lugares en este momento. Después de un tiempo, los estaba buscando por todas partes. «Berkinmachoq»1, suspiró, sus manos, que se movían constantemente sobre las teclas, de repente se debilitaron.

Los días de verano no venían de la calle, ignorando las cerezas que su padre le colgaba de las orejas y agitando su cabello, que su madre trenzaba como ramitas de sauce. Ella era mucho más juguetona. Si nieva en invierno, sería un día festivo para ella. Ella haría un Papá Noel con los niños en medio de la calle o jugaría bolas de nieve con diversión sin fin. Hasta la noche, conduciría el trineo que su padre había traído.

Poco después, fue a la olla de un tío, que estaba vendiendo nisholda2 al comienzo de la calle. Cuando era niña, durante los meses de Ramadán, ese tío siempre llenaba su taza con nisholda. Cuando llegó a casa, estaba lamiendo la parte superior de la nisholda con el dedo. Tendría una muñeca sucia en brazos y zapatos con agua en los pies. «Hubiera sido tan dulce el nisholda», dijo casualmente. Luego recordó los días en que iba a todas las casas con los niños en las calles las tardes del mes sagrado y cantaba la canción del Ramadán.

Hemos venido a tu casa diciendo Ramadán,

Que Dios te dé un hijo en tu cuna…

Cantaban esa canción. Aquí, recordó. La canción fue larga. Desafortunadamente, solo recuerda el comienzo. Así es como empezaría. Lo dirían junto con los niños. Niños y niñas cantaron canciones de Ramadán al unísono, extendiendo un largo mantel en sus manos. En la puerta de cada casa… Gritando… Los vecinos a veces daban dinero, a veces dulces, frutas y pronto el mantel se llenaba con lo que habían dado. Luego, sentados en una piedra al comienzo de la calle, los niños distribuían uniformemente los artículos reunidos en ella. A menudo le daban galletas con trocitos de chocolate y manzana. Los niños se llevaron las monedas.

Las lágrimas brotaron de sus ojos mientras terminaba la sonata. Se dio cuenta de que era una niña abandonada y que extrañaba mucho a sus padres muertos. No ha pasado mucho tiempo desde que sus padres murieron. De hecho, lo que le enseñó a memorizar la sonata no fue su habilidad, sino la nostalgia de su infancia. Eso pensaba ella. Últimamente había estado interpretando mucho esta sonata y con pasión porque extrañaba la extrañaba. Esta fue también la razón por la que decidió dar un concierto como artista autónoma. Probablemente, Sergei Rakhmaninov también extrañó su infancia en los Estados Unidos durante sus años de exilio. Por eso la ha interpretado muchas veces en giras por ciudades americanas y ha recibido aplausos. Merecía reconocimiento. Miró a su esposo interrogante después de tocar la pieza. Había una pregunta en sus ojos. La pregunta no era «¿Lo hice? ¿Actué bien?»; la pregunta era, «¿También te acuerdas de tu infancia?”. También quería contarle sobre su primer concierto la semana entrante en la Casa de la Cultura de la ciudad. Su marido la ignoraba. No había interés en que la sonata le avivara sus recuerdos, o su cabeza estaba ocupada con pensamientos ansiosos.

–Toco la sonata sin una partitura –dijo con la cara abierta porque su esposo no hablaba. –Quería decirte eso. También quería decirte que la semana que viene será mi primer concierto en la Casa de la Cultura–.

Al escuchar sus palabras, su esposo se puso de pie como un hombre desesperado. Se acercó a ella, rascándose la frente y aflojándose la corbata.

–Odio ese hábito –dijo, presionando las teclas del piano una o dos veces como para divertirse. –Siempre me molestas por cosas triviales. Aquí está hoy. Debido a este trabajo, no podré asistir a la presentación de nuestro nuevo producto esta noche. ¡Me estoy perdiendo un evento así, desafortunadamente! –

Nilufar suspiró y se mordió los labios con fuerza. Ella susurró como «Ojalá estuvieran sangrando», no quería soltar los labios entre los dientes. Luego se rio con sarcasmo en su cabeza y cerró el piano con indiferencia. Le temblaron las manos y los labios inyectados en sangre. Su esposo negó con la cabeza cuando vio que ella estaba en silencio y caminó hacia la puerta.

–Por cierto, –dijo y salió por la puerta. –Tengo que irme por la mañana. Habrá una boda en la casa de nuestro gerente general. Así que plancha mi traje gris. Ha estado en el estante durante mucho tiempo sin haber sido usado. Puede estar arrugado. –

Involuntariamente, Nilufar miró a su marido con tristeza. No había rastro de la alegría que llenaba su corazón. No quería levantarse, no podía moverse en absoluto, como si tuviera una piedra atada a las piernas.

–Lo plancharé antes que termines de comer –dijo con la voz quebrada.

Así que cerró los oídos con fuerza. Con eso, trató de no escuchar los sonidos que zumbaban en sus oídos. Pero fue inútil. Las voces felices, impecables y despreocupadas de ella y los niños, que habían permanecido bajo su oído como un niño, no se fueron.

Hemos venido a tu casa diciendo Ramadán,

Que Dios te dé un hijo en tu cuna…


  1. Berkinmachoq. Es un juego que los niños esconden y un niño tiene que buscarlos.
  2. Nisholda. Es un dulce que se elabora en el mes de Ramadán.

Sherzod Artikov nació en 1985 años en la ciudad de Marghilan de Uzbekistán. Se graduó de Instituto Politécnico de Ferghana en 2005 año. Sus obras se publican con mayor frecuencia en prensas interiores republicanas. Principalmente escribe cuentos y ensayos. Su primer libro «The Autumn’s symphony ”se publicó en el año 2020. Es uno de los ganadores del concurso literario nacional «Mi región de la perla» en la dirección de la prosa. Fue publicado en Rusia y Ucrania. revistas de la red como “Camerton”, “Topos”, “Autograph”. Además, sus relatos fueron publicados en las revistas literarias y sitios web de Kazahstán, EE. UU., Serbia, Montenegro, Turquía, Bangladesh, Pakistán, Egipto, Eslovenia, Alemania, Grecia, China, Perú, Arabia Saudita, México, Argentina, España, Italia, Bolivia, Costa Rica, Rumania, India, Polonia, Guatemala, Israel, Bélgica Indonesia, Irak, Jordania, Siria, Líbano, Albania, Colombia y Nicaragua.

Nota de Prensa: Mañana nunca llega, de Tadeo Palacios

Post: Pesopluma: una editorial de ideas
Editorial peruana Pesopluma

Primer libro del narrador piurano Tadeo Palacios, y quinto título de la colección Iceberg, reúne 12 relatos y 1 nouvelle polifónica sobre 14N, a la par que retoma la literatura como herramienta de denuncia social.

Ficha Técnica de Libro
Título: Mañana nunca llega
Autor: Tadeo Palacios
Precio: S/ 39.00
Serie: Iceberg / Cuento
226 páginas | 11 cm x 18 cm | Tapa rústica con solapas
ISBN: 978-612-4416-28-6
Fecha de publicación: noviembre de 2021  

Nacido en Piura en 1994, el narrador Tadeo Palacios Valverde debuta a sus 26 años en el escenario literario local con Mañana nunca llega, un volumen que reúne doce cuentos inspirados en la realidad nacional y una nouvelle polifónica sobre el estallido social del 14N, a un año de su acaecimiento.

Heredero de grandes narradores con conciencia social como Pilar Dughi y Miguel Gutiérrez, y también de la oralidad lírica del mejor Reynoso de Los inocentes, Palacios sorprende por su potencia narrativa, la versatilidad de su pluma y una profunda agudeza para aprovechar literariamente los grandes desencuentros que palpitan en ese territorio real e imaginado llamado Perú. A veces desde el humor ácido ribeyriano, otras indagando descarnadamente en sucesos terribles, e incluso cuando bordea el registro del terror fantástico, Palacios logra un retrato del país imperfecto, un tanto ridículo, pero sobre todo trágico, que nos cobija; esa tierra que se constituye como una sumatoria de violencias, fantasmas sociales, traumas colectivos y postergaciones. Y es, justamente, esa postergación eterna y violenta la que motiva el título de este libro: aquella promesa de un «mañana mejor» anhelado por quien sufre, usufructuado por los políticos en campaña y promocionado por la prensa mediante reportajes mediocres y simulacros marqueteros, sin que jamás se materialice. Esa secreta esperanza que el lector también abriga, pero que en Perú se trastoca en potencial decepción, palpita fuertemente en estos relatos, a la par que cuestiona el statu quo nacional, en pleno Bicentenario.

Tadeo Palacios se muestra, pues, en esta, su ópera prima —y el quinto título de la colección Iceberg—, como un narrador valiente y dispuesto a poner el dedo en la herida para dejar que «salte la pus», como decía Gonzáles Prada; un artista de la palabra que no teme develar lo que normalmente se calla y esconde, ni tampoco discutir la narrativa falaz del éxito peruano y el progreso aparente. Voces como la de él, que se levantan y exponen la aspereza de la realidad sin relegar a la belleza a un segundo plano, que denuncian sin caer en lo panfletario, son probablemente las que necesitamos hoy en día —cuando el imperio de las fake news y los likes y el imperativo de la felicidad descartable nos distraen— para detenernos un momento a pensar y reconocernos como individuos, como nación, mientras evaluamos el rumbo de nuestras vidas, la posibilidad o imposibilidad de nuestros sueños, y la patente desigualdad de nuestras sociedades.

Tadeo Palacios

Tadeo Palacios (Piura, 1994) es abogado por la Universidad Nacional de Piura y actualmente cursa la Maestría de Literatura Hispanoamericana de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). En 2017 fue becario del programa Arequipa Imaginada del Ministerio de Cultura. En 2020, una versión previa de su relato «El legado» fue ganadora del Concurso Nacional Nuestros Relatos, organizado por la Presidencia del Consejo Ministros (PCM) y el Proyecto Especial Bicentenario de la Independencia del Perú. Sus intereses orbitan la narrativa de la violencia política latinoamericana, el social thriller estadounidense y la cultura pop japonesa. Actualmente, conduce el podcast Proyecto Machete y escribe en www.tadeopalacios.pe

 Instagram: @sonambulario

Twitter: @SonambuloRojo

Lima, noviembre de 2021 // SE AGRADECE LA DIFUSIÓN

Blurbs

Sin concesiones, con prosa ágil, vigorosa y registros que subvierten con talento las convenciones, los cuentos de Tadeo Palacios Valverde nos hunden en la vorágine de las pasiones humanas que los tiempos de crisis sanitaria y política han acrecentado. Se trata de la radiografía lúcida de una sociedad frente a cuya descomposición resisten con terquedad quienes aún creen que otro mundo es posible.

Christiane Félip Vidal

A pesar de su juventud, Tadeo Palacios tiene una prosa tan lograda que podría leerse cantando. Vive en ella algo de la oralidad de Oswaldo Reynoso —en Los inocentes— y de la música del hablar de Piura. Pero esta elegancia sutil no es señal de calma: el lenguaje, como un viento que se manifiesta suave solo al principio, va construyendo historias donde el dolor y la ira emergen brutales, con la sensorialidad a flor de piel.

Juan Manuel Robles

«La tarde ya lo inundaba todo con su sangre», escribe Tadeo. La tarde y su promesa agridulce, materna y paterna. Espera, abandono, amor, resistencia, malentendido, pisoteo, lucha. La tarde es ambigua y urgente. La tarde arremete, no es retráctil. Como estos cuentos. Sus colores: rojo fuego; su paisaje: el desierto, el mar y la ciudad; un sabor: tamarindo; y estos lenguajes: la ternura y la cólera. Cada tarde llega a su mañana, Tadeo, pero el mañana nunca llega.

Katya Adaui

La irrupción de Tadeo Palacios en el circuito literario con estos poderosos relatos confirma lo que intuíamos los que nos acercamos a sus primeros esbozos: no solo es el vuelo y la innegable calidad de su prosa, estamos ante un escritor impetuoso, vital, arriesgado que vive la literatura y defiende a muerte esta extraña forma de vida.

Diego Trelles Paz

Ante todo, Mañana nunca llega es un libro que no teme. No teme construir desde los insumos locales: de la Piura bullente, de su habla, mar, desierto, sueños y miedos; su burocracia y estructuras verticales, que son las del país. No teme tampoco explorar zonas grises y los saldos de la violencia del conflicto armado interno, ni teme devolverle a la ficción la posibilidad de inquirir en lo inmediato —hoy dominio de la crónica—, como la memoria del 14N. Mañana nunca llega, primera entrega de Tadeo Palacios, responde a la urgencia de contar historias a partir de la recuperación de la memoria; construye desde un lenguaje que captura la densidad de la experiencia vivida. A partir de modelos mayores como Pilar Dughi y Miguel Gutiérrez, en los que el individuo es hechura de sus vínculos, Palacios recuerda el pacto histórico de la narrativa peruana con su dimensión política, colectiva y humana.

Miluska Benavides

El país en la arena

por Karsten Ricklefs
traducción al español por Iliana Marx


No hacía mucho que llegaron a ese país. Venían de muy lejos, de un país remoto. Les dijeron que era verano en este país.  A ellos les parecía extraño el verano en ese país, tan distinto del verano en su propio país.

Tuvieron que caminar bastante para llegar al lago, pero mucho menos de lo necesario para llegar a ese país. El camino fue arduo: pedregoso y polvoriento.  Olía a pasto seco y a podredumbre. Podían olerlo, pero no podían verlo.

Sólo se oía el azote, el golpeteo de la piel desgastada de sus chancletas contra las plantas de sus pies, que parecía tapar todos los demás sonidos. El mayor de los dos niños miraba de vez en cuando los pies cubiertos de polvo fino de su hermano menor, atento a que pudiera seguir su ritmo. Sentían las piedras debajo de sus suelas y, a veces, podía verse un leve y sobresaltado grito de dolor en sus rostros, cuando la piedra era demasiado grande, dura o puntiaguda. Evitaban el pasto alto que bordeaba el camino. Les parecía que había demasiadas cosas ocultas allí.

Cuando sus miradas se encontraban, se sonreían mutuamente, como si quisieran ocultar  algo detrás de sus sonrisas. El golpeteo enmudeció, y el más pequeño de los dos niños se detuvo. La cadena que llevaba al cuello temblaba ligeramente. Con cuidado, dejó que se deslizara entre sus dedos. Se la habían dado sus abuelos la noche de su despedida. Ellos tenían demasiada edad para caminar tanto. Su abuelo se la había colocado alrededor del cuello y, después, le había besado, se había inclinado para besarle en la frente, con esa mirada aguada en sus ojos; sintió la larga y áspera barba del abuelo contra su piel.

No vio a su abuela. Tan solo oyó sus leves sollozos detrás de la puerta cerrada. Su padre dijo que su corazón estaba enfermo. Que ella no vendría a verlos, porque si no, enfermaría aún más.

El mayor de los dos niños alzó el brazo y señaló en una dirección. Con la otra mano, acomodó su gorra con visera. Llevaba el emblema de un equipo de fútbol de ese país. Se la habían dado en el refugio el día en que llegaron. Estaba encima del todo en la caja de la cual se podía elegir ropa. Al principio, no se animó a cogerla y esperó pacientemente a que le dieran permiso para hacerlo. Entonces, vino ese hombre gordo que trabajaba allí. Vio sus miradas vacilantes, se rio, cogió la gorra, acarició levemente sus cabellos, y se la puso. A la mañana siguiente, la gorra había dejado esa marca en su frente, y su madre le pasó dulcemente las manos por encima. Ella le acariciaba la frente más que antes, con sus manos suaves y blandas, siempre con la misma mirada vacía. La mirada de su madre le era ajena, y él no sabía si ella le veía. Solo percibía sus manos sobre su piel. Su padre dijo que los ojos de su madre habían visto demasiado durante el viaje. Que estaban cansados y tenían que descansar. Que eso llevaría un tiempo. Después, volvería a reír.

El lago estaba a sus pies, brillante, envuelto por el azul del cielo. Unos niños jugaban a la pelota en el agua; un gran perro peludo arrastraba jadeando a una niña con alas de salvavidas rojo por el agua fría. Ellos oyeron la risa, las risas de los niños, el chapoteo de sus cuerpos en el agua, el grito asustado y alegre de la niña cuando el perro se soltó, y vieron a los adultos, con sus cuerpos pálidos de color lechoso, perezosos, tendidos inmóviles como cocodrilos satisfechos al sol.

Pasearon sus miradas por los lugares ocupados en la arena, hasta descubrir esa pequeña mancha blanca, que todavía parecía estar intacta. Lentamente, volvieron a ponerse en marcha, y el golpeteo sonaba más leve, y la distancia entre los golpes parecía mayor.

Alguien montó una parrilla, y una niña pequeña trataba de abrir un paquete con globos, hasta que su hermano mayor se acercó y le ayudó pacientemente. Olía a madera quemada y a carne sangrienta. Se oía música. Sonaba extraña. No entendían lo que decía la voz que cantaba. Un niño pequeño y pelirrojo movía sus caderas al ritmo de la música. Una mujer se acercó, le tomó de las manos y empezaron a bailar juntos. Un chorro de agua salió disparado desde unas aperturas color amarillo limón y dio contra los cuerpos recalentados de las niñas, que chillaban de alegría, corrían a la orilla, metían sus pies en el agua y los levantaban como palas, para salpicar a los varones con sus pistolas de agua, quienes dejaron sus armas para saltar de cabeza al mar con gritos de alboroto.

El golpeteo había enmudecido. Ellos estaban de pie, inmóviles en la arena blanca y aún intacta.

—¿Crees que haya minas aquí? — preguntó el niño pequeño, dirigiendo la mirada a sus pies.

—No, aquí solo hay globos —respondió su hermano mayor, mientras señalaba los globos coloridos que ascendían al cielo azul; luego se alejó sin decir más nada, tomó la manta de su país, la extendió y se sentó. En la manta se veía un paisaje montañoso bordado. Algunos hilos se habían desprendido de su tejido. Pronto ya no existiría más, la manta con el paisaje montañoso. Muchas veces habían estado sentados en esa manta, de picnic en el pequeño parque de su país. El parque ya no existía. Los árboles habían caído, enterrados por los escombros de las casas. Una vez, durante un picnic, el abuelo había dejado caer sobre la manta algunas cenizas de su cigarrillo. Todavía estaba la mancha del quemado. Habían llevado la mancha consigo, a ese país. El olor a su país de la manta se había evaporado. No podían llevarlo consigo, el olor. En ese momento, la manta olía diferente, olía al nuevo país, y ya no al tabaco frío de su abuelo.

—¿Sabes dónde se encuentra nuestro país? — preguntó a su hermano mayor.

Este guardó silencio y señaló los globos en el cielo azul. Solo podían reconocerse sus entornos, sus colores habían empalidecido. Las miradas de su hermano menor parecían volar y perderse con ellos.

—¿Crees que logren llegar a nuestro país?— le preguntó a su hermano mayor.

—¡Sí, claro, lo lograrán!

—¿Y volarán por encima de la casa de ellos?

—Ellos no los verán, será de noche en el cielo de nuestro país, y cuando se haga de día, ya la habrán sobrevolado—.

El cielo azul estaba vacío. Él miró al cielo azul vacío y no se percató de que su hermano mayor había desaparecido en el lago.

El agua del lago se desprendía de su piel y dejaba pequeños charcos sobre la manta.

Estaba tendido boca abajo, sus dedos mojados jugaban con una brizna de hierba seca quebrada, hasta que, de pronto, se incorporó y dijo:

—Seré ingeniero, construiré puentes encima de ríos, mares y fronteras. ¿Y tú? ¿Qué quieres ser de grande?

Su hermano menor no respondió, se puso de pie, cogió un palo pequeño, se arrodilló y recorrió la arena con él, como si quisiera dibujar algo, hasta que se detuvo, se incorporó y, con el palo en la mano, señaló el entorno dibujado de su superficie y, susurró:

—¡Nuestro país!

Su hermano mayor alzó la vista brevemente, se apartó, volvió a tenderse boca abajo, y hundió la cabeza entre sus brazos. Sus pies jugaban en la arena blanca y caliente. Unos copos mojados, que por su color se asemejaban a trozos de lava gris fría, se habían formado en los arcos blandos de las plantas de sus pies.

Su hermano menor permaneció allí durante mucho tiempo, delante de su país, con el palo en la mano, mudo, sin moverse. Con cuidado, hundió el dedo en su país, no profundamente, sino que con la profundidad necesaria para tocar la superficie de los granos finos de arena blanca. Sus labios pronunciaban nombres en silencio, mientras conducía su dedo suavemente por la arena de su país, hasta detenerse. Sonrió al cielo azul en su país, cogió su cadena y dejó que se deslizara lentamente entre sus dedos cubiertos de arena. Al mismo tiempo, murmuraba en voz baja palabras, como si cantara, como si cantara la canción de cuna, la canción de cuna de su abuela en su país.

El cielo parecía querer atraer el mar brillante a su cueva negra. Los pies del niño mayor se frotaban entre sí, los copos mojados se desprendían de sus bóvedas blandas, y sus manos tanteaban hacia adelante buscando, en vano, la última arena caliente. Su hermano menor dio un paso hacia adelante, dudó y, luego, temblando, puso un pie dentro de su país dibujado. Solo su dedo pequeño sobresalía un poco por encima de la frontera de su país.

El niño mayor se incorporó, reflexionó un instante, y luego se dirigió lentamente hacia donde estaba su hermano menor, colocó la manta alrededor de su cuerpo tembloroso, miró hacia abajo, y puso su pie junto al de su hermano menor. Al hacerlo, ambos dedos gordos del pie se tocaron, en su país, que lentamente comenzaba a desaparecer bajo la lluvia, y abrazó a su hermano pequeño, le sostuvo en este país, y sus ojos se convirtieron en mares, en mares en este país, cuyas aguas se desbordaron, y le susurró al oído:

—Ven, vamos a casa—. Le tomó de la mano y su hermano menor dirigió por última vez la mirada a su país, para luego apartarse y dejar que su cadena se deslizara entre sus dedos cubiertos de arena.


LAND IM SAND

Sie waren noch nicht lange in diesem Land. Sie kamen von weit her, aus einem fernen Land. Sie sagten, es sei Sommer in diesem Land. Er erschien ihnen fremd, der Sommer, in diesem Land, so ganz anders, als der Sommer in ihrem Land.

Viele Schritte mussten sie gehen, um an den See zu gelangen, aber viel weniger als die, die sie zurücklegten, um in dieses Land zu gelangen. Der Weg war staubig und steinig. Es roch nach trockenem Gras und Fäulnis. Sie konnten ihn riechen, aber nicht sehen.

Nur das Klatschen war zu hören, das Schlagen der zerschlissenen Haut ihrer Flip- Flops gegen ihre Fußsohlen, das jegliches andere Geräusch zu verschlucken schien. Der größere der beiden Jungen blickte manchmal auf die von feinem Staub bedeckten Füße seines kleinen Bruders, darauf bedacht, dass sie mit seinen Schritt hielten. Sie spürten die Steine unter ihren Sohlen, und manchmal ließ sich ein leises erschrockenes Aufschreien des Schmerzes in ihren Gesichtern erkennen, wenn der Stein besonders groß oder hart oder spitz war. Sie mieden das üppige Gras, das den Weg umsäumte. Zu viel erschien ihnen darin verborgen.

Wenn sich ihre Blicke trafen, lächelten sie sich an, als wollten sie etwas unter ihrem Lächeln verbergen. Das Klatschen verstummte, und der kleinere der beiden Jungen blieb stehen. Die Kette, die er um den Hals trug, zitterte leicht. Behutsam ließ er sie durch seine Finger gleiten. Er hatte sie am Abend des Abschieds von den Großeltern bekommen. Sie waren zu alt, um diese vielen Schritte zu gehen. Sein Großvater hatte sie ihm um den Hals gelegt, und dann hatte er ihn geküsst, hatte sich zu ihm hinuntergebeugt, mit diesem wässrigen Blick in seinen Augen, und ihm auf die Stirn geküsst, und er hatte dabei seinen langen kratzigen Bart auf seiner Haut gespürt. Seine Großmutter hatte er nicht gesehen. Nur ihr leises Schluchzen hatte er hinter der geschlossenen Tür gehört. Sein Vater sagte, ihr Herz sei krank. Sie zeigte sich nicht, weil es dann noch kränker würde.

Der größere der beiden Jungen hob den Arm und deutete in eine Richtung. Mit der anderen Hand rückte er seine Schirmmütze zurecht. Sie zeigte das Emblem einer Fußballmannschaft aus diesem Land. An dem Tag, als sie in dieses Land kamen, hatte er sie in der Unterkunft bekommen. Sie lag ganz oben in der Kiste, aus der sie sich Kleidung aussuchen durften. Anfangs traute er sich nicht, sie sich zu nehmen und wartete geduldig auf Erlaubnis. Dann kam dieser dicke Mann, der dort arbeitete. Er sah seine zögernden Blicke, lachte, nahm die Mütze, strich ihm flüchtig  durchs Haar, und setzte sie ihm auf. Am nächsten Morgen hatte sie diesen Streifen auf seiner Stirn hinterlassen, und seine Mutter ließ ihre Hände zärtlich darüber fahren. Sie strich ihm jetzt öfter über die Stirn, mit ihren sanften weichen Händen, immer mit diesem gleichen leeren Blick. Er war ihm fremd, der Blick, seiner Mutter, und er wusste nicht, ob sie ihn sah. Nur ihre Hände auf seiner Haut konnte er spüren. Sein Vater sagte, ihre Augen hätten auf ihrer Reise zu viel gesehen. Sie seien müde und müssten sich ausruhen. Es würde etwas Zeit brauchen. Dann würden sie wieder lachen.

Der See lag vor ihnen, glitzernd, vom Blau des Himmels umhüllt. Da waren die Jungen, die Wasserball spielten, der große struppige Hund, der ein kleines Mädchen mit roten Schwimmflügeln hechelnd durch das kühle Nass zog. Sie hörten das Lachen, das Lachen der Jungen, das Aufklatschen ihrer Körper im Wasser, und das erschrocken freudige Aufschreien des Mädchens, als sich der Hund von ihr löste, und sie sahen die großen Menschen mit der milchigen Farbe auf ihren blassen Körpern, die wie satte Krokodile träge in der Sonne lagen und sich nicht regten.

Ihre Blicke schweiften über ihre Quartiere bis sie diesen kleinen weißen Fleck am Strand fanden, der noch unberührt zu sein schien. Langsam setzten sie sich wieder in Bewegung, und das Klatschen schien jetzt leiser, und der Abstand der  Schläge größer zu werden.

Ein Grill wurde aufgestellt, und ein kleines Mädchen nestelte an einer Verpackung von Luftballons bis ihr großer Bruder kam und ihr geduldig half. Es roch nach verbranntem Holz und nach blutigem Fleisch. Musik ertönte. Sie klang fremd. Sie verstanden sie nicht, die Stimme, die sang. Ein kleiner rothaariger Junge bewegte seine Hüften zu der Musik im Takt. Eine Frau kam, nahm seine Hände, und sie begannen miteinander zu tanzen. Wasser schoss im Strahl aus zitronengelben Mündungen und traf auf die erhitzten Körper der Mädchen, die vor Freude jauchzten, zum Ufer rannten, ihre Füße in das Wasser tauchten und sie wie Schaufeln anhoben, um die Jungen mit den Wasserpistolen zu bespritzen, die ihre Waffen niederlegten, um dann kopfüber mit ausgelassenem Geschrei in den See zu springen.

Das Klatschen der Schläge war verstummt. Regungslos standen sie in dem weißen noch unberührten Sand.

„Glaubst du, dass es hier Minen gibt“? fragte der kleine Junge, den Blick auf ihre Füße gerichtet.

„Nein, es gibt hier nur Luftballons“ erwiderte sein großer Bruder und zeigte dabei auf die bunten Ballons, die in den blauen Himmel stiegen, wendete sich langsam wortlos ab, nahm die Decke aus ihrem Land, breitete sie aus und setzte sich. Eine gestickte Berglandschaft war auf der Decke zu sehen. Einzelne feine Fäden hatten sich aus ihrem Gewebe gelöst. Es würde sie bald nicht mehr geben, die Decke, mit der Berglandschaft. Sie hatten oft auf dieser Decke gesessen und Picknick gemacht, in dem kleinen Park, in ihrem Land. Den Park gab es nicht mehr. Die Bäume waren gefallen, begraben von den Trümmern ihrer Häuser. Einmal während des Picknicks hatte ihr Großvater etwas Glut seiner Zigarette auf die Decke fallen lassen. Den Brandfleck gab es noch. Sie hatten ihn mitgenommen, den Fleck, in dieses Land. Der Geruch der Decke nach ihrem Land hatte sich gelöst. Sie konnten ihn nicht mitnehmen, den Geruch. Die Decke roch jetzt anders, sie roch jetzt nach diesem Land, und sie roch auch nicht mehr nach dem kalten Tabak ihres Großvaters.

„Weißt du, wo unser Land liegt“?  fragte er seinen großen Bruder.

Dieser schwieg und deutete auf die Ballons im blauen Himmel. Nur ihre Umrisse ließen sich noch erkennen, ihre Farben waren verblasst. Die Blicke seines kleinen Bruders schienen mit ihnen zu fliegen und sich in ihnen zu verlieren.

„Glaubst du, sie schaffen es in unser Land“?  fragte er seinen großen Bruder.

„Ja, sie werden es schaffen!“

„Und werden sie über ihr Haus fliegen?“

„Sie werden sie nicht sehen, es wird Nacht sein, in dem Himmel unseres Landes, und wenn der Tag naht, werden sie es bereits überflogen haben.“

Der blaue Himmel war leer. Er blickte in den leeren blauen Himmel und bemerkte nicht, wie sein großer Bruder im See verschwand.

Das Wasser des Sees pellte von seinem  Körper ab und hinterließ kleine Pfützen auf der Decke. Er lag auf dem Bauch, seine nassen Finger zupften an einem vertrockneten abgebrochenen Grashalm bis er sich plötzlich mit einem Ruck aufrichtete und sagte:

„Ich werde Ingenieur, werde Brücken bauen, über Flüsse, Meere und Grenzen. Und du? Was willst du werden?“

Sein kleiner Bruder antwortete nicht, erhob sich, griff nach einem kleinen Stock, kniete sich nieder und ließ ihn, als wollte er etwas zeichnen, durch den Sand fahren bis er innehielt, sich aufrichtete, mit dem Stock in der Hand auf den gemalten Umriss seiner Fläche zeigte und flüsterte:

 „Unser Land!“

Sein großer Bruder sah kurz auf, wendete sich ab, legte sich wieder auf den Bauch, und vergrub seinen Kopf in seine Arme. Seine Füße spielten im warmen weißen Sand. Nasse Flocken, die in der Farbe erkalteten grauen Lavabrocken glichen, hatten sich in den weichen Gewölben seiner Fußsohlen gebildet.

 Lange verharrte dort sein kleiner Bruder, vor seinem Land, mit dem Stock in der Hand, stumm, ohne sich zu rühren. Behutsam tauchte er seinen Finger in sein Land, nicht tief, nur so tief, dass er gerade die feinkörnige Oberfläche des weißen Sandes berührte. Seine Lippen formten lautlos Namen, während er seinen Finger sanft durch den Sand seines Landes führte, bis er hielt. Er lächelte in den blauen Himmel, in ihr Land, nahm seine Kette und ließ sie langsam durch seine sandigen Finger gleiten. Dabei murmelte er leise Worte, so, als würde er singen, als würde er das Wiegenlied, sein Wiegenlied seiner Großmutter in ihr Land singen.

Der Himmel schien den glitzernden See in seine schwarze Höhle ziehen zu wollen. Die Füße des großen Jungen rieben sich aneinander, die nassen Flocken lösten sich aus ihren weichen Gewölben, und seine Hände tasteten sich vor und suchten vergeblich nach letzten warmen Sand. Sein kleiner Bruder trat einen Schritt vor, zögerte und setzte dann zitternd seinen Fuß in sein gemaltes Land. Nur sein kleiner Zeh ragte ein wenig über die Grenze seines Landes hinaus.

Der große Junge erhob sich, hielt inne, ging langsam auf seinen kleinen Bruder zu, legte ihm die Decke um seinen bebenden Körper, blickte zu Boden, und setzte seinen Fuß zu dem seines kleinen Bruders. Ganz leicht berührten sich ihre beiden großen Zehen dabei, in ihrem Land, das sich langsam im Regen aufzulösen begann, und er schloss seinen kleinen Bruder in seine Arme, hielt ihn in diesem Land, und ihre Augen wurden zu Seen, zu Seen in diesem Land, deren Wasser über die Ufer trat, und flüsterte ihm in sein Ohr:

„Komm, wir gehen nach Hause“,  nahm ihn bei der Hand und sein kleiner Bruder blickte noch ein letztes Mal auf ihr Land, in ihr Land, wendete sich dann ab, und ließ seine Kette durch seine sandigen Finger gleiten.


Karsten Ricklefs, nació en Oldenburg, Alemania, y vive en Hamburgo. Escribe relatos cortos y una novela que todavía no ha terminado. Trabajó como voluntario en Mexico en un albergue para personas migrantes sin documentos y viajó por Centroamerica hasta Colombia hasta que regresó a su país, donde hoy trabaja como enfermero. Este relato trata de migracion en Alemania, no de migracion en Mexico como en el relato que publicó en Cardenal el año pasado, por el que ganó un premio literario. Contacto: karstenricklefs@web.de

La sinfonía del otoño

por Sherzod Artikov
traducido del inglés al español por Daniela Sánchez


Llegué muy tarde al restaurante “Le Procope”, Maftuna ya había llegado y me estaba esperando, sentado sólo en la mes, hojeando una revista de solapas rojas. Me había parecido muy raro que su esposo no estuviera con ella.

–Llegas muy tarde– me dijo ella mientras se levantaba de su silla, sonreía. Me senté, pesadamente, en la silla que estaba frente a ella.

Tenía muchísimo trabajo en la embajada.

Maftuna cerró la revista que tenía en la mano y me miró cómo si no creyera en mi excusa.

–Pedí el pato asado en salsa de tomate– me dijo mientras hojeaba el menú con interés.

Después, volteó hacia mí. – ¿Qué vas a ordenar tú?

–¿Me podría traer un omelette y la sopa de cebolla, por favor?– le pedí al mesero, sin haber visto siquiera el menú.

–¿Qué va a tomar?– me preguntó el mesero.

Jugo de naranja, por favor.- le contestó primero Maftuna.

–Yo quiero lo mismo– añadí.

Cuando el mesero se fue Maftuna estiró su cuello y miró a su alrededor, como si buscará algo. Se veía fresca, muy bien vestida, probablemente esto fuera un reflejo de su estado de ánimo. Su cabello oscuro le caía lacio sobre los hombros. Traía un vestido negro con una cadena dorada alrededor de su cuello, se veía muy guapa.

–Te ves muy mal– me dijo mirándome intensamente. –De todos modos, no te molesta que mi esposo no haya venido, ¿verdad?–

–Para nada, pero me sorprendió mucho. Pensé que estaría aquí, me invitaron los dos juntos.–

–Tuvo una emergencia de trabajo.–

No mucho tiempo después, el mesero regresó con nuestros platos. Me tomé  el  jugo  de naranja de un trago antes de comenzar a comer. Ella comenzó a comer el pato, cortándolo en pequeños pedazos. El restaurante estaba repleto, los comensales trataban de celebrar bajo el pretexto de una cena elegante, compartían sus preocupaciones diarias y las frustraciones que habían acumulado durante el día. Sonaba una melodía, creo que era Jazz, pero estaba tan desafinada que pareciera que uno estuviera en un mercado y no en un restaurante.

Probablemente, por esto desde que llegue un dolor de cabeza no me abandonaba.

–Me gusta mucho Paris–, me dijo Maftuna mientras comía. Hizo un pequeño círculo en el aire con su tenedor. –Especialmente, con este clima. Me gustaría poder quedarme más tiempo,  le dije a mi esposo, espero podamos alargar un poco más el tiempo de nuestra visa. ¿Tú qué crees? ¿Será posible?–

En lugar de contestarle, negué con la cabeza mientras tomaba una cucharada de mi sopa. El hecho de que Maftuna estuviera comiendo ávidamente influyó en mí, ya que comencé a comer con la misma rapidez, tratando de distraerme del dolor de cabeza. Aunque no era un experto en platillos, me pareció que la sopa sabía muy ácida y el omelette parecía sobre cocido.

–Si no te molesta, te quiero preguntar algo– me dijo Maftuna, yo seguía  pensando  y  juzgando la comida en mi mente. –Es una pregunta un poco tonta, pero desde el día que    nos conocimos en el Louvre quise preguntarte. No tienes que contestarme si no quieres.

–¿Qué quieres preguntarme?– le dije y paré de comer. Ella dudó unos segundos pero al final me dijo.

–He escuchado a muchos decir que París es la ciudad del amor– dijo alegremente. –¿Es eso cierto?–

–Es un rumor infundado que circula entre la gente– le dije, mi cuello se endureció y mi tartamudeo regresó.

–Las francesas son mujeres hermosas, ¿no?–

–En realidad, no les he prestado mucha atención.–

–Pero, no pareces una persona totalmente despreocupada, hasta donde yo sé.–

–No me parece que ésta sea una ciudad tan interesante. Mi trabajo está aquí y por eso estoy aquí. Muchas veces cuando la ciudad no me interesa, las personas dentro de ella tampoco.–

Sin explicación alguna comenzó a reírse.

–Ese es un buen hábito– me dijo todavía riéndose, y siguió comiendo aún más ávidamente. –Me encanta la carne de pato, y aquí la preparan riquísima. ¡Está excelente!–

Sus ojos brillaron por un momento, me veía mientras tomaba su jugo de naranja.

–Significa que no a todos les gusta Paris, aún siendo tan famosa.–

–¡Exactamente!–

–Creo que tu descubrimiento es muy bueno.–

–¿Estás redescubriendo la ciudad a tu manera?– le dije mientras me reía un poco.

–¿Por qué no?– me dijo Maftuna y su cara se iluminó un poco más. –La estoy redescubriendo y me encanta estar haciéndolo.–

Continuamos la conversación pero Maftuna actuaba muy raro, parecía mucho más curiosa que como normalmente era.

–Si no te gustaron estos platillos, tal vez deberías pedir otra cosa.– Me miraba sorprendida mientras yo arrimaba los platos enfrente de mí.

–No, de todos modos no tengo mucha hambre.–

–Lo entiendo.–

Se veía un poco nerviosa, se aclaró la garganta y tosió un par de veces. Maftuna dejó sus cubiertos sobre la mesa de un sólo movimiento.

–Este lugar inmediatamente me sobresaturó. No hay mucho aire aquí. ¿Quisieras dar una vuelta conmigo en el coche?– me susurró, acercando su cabeza hacía la mía.

Cuando escuché su propuesta fruncí el ceño, justo en ese momento recordé que no había escrito el guión para un evento que sería la próxima semana. Además de eso, quería recostarme, me moría de sueño y estaba exhausto. No me atreví a decirle que no a Maftuna, no quería ser descortés con ella.

–Ok…–

–Ya terminamos–, le dijo Maftuna al mesero y le pidió la cuenta. –Vamos,  tomemos un poco  de aire fresco. Ya me engenté.–

Salimos y nos encontramos con las personas que salían del restaurante, algunos parecían estar borrachos. Maftuna no perdió su semblante alegre cuando salimos, aunque sí se veía un poco menos contenta. Caminaba derecha sobre sus tacones.

–¿Te importa si manejamos alrededor del Arco del Triunfo?– me dijo mientras manejaba sobre la avenida. Como estaba enfrascado en mis pensamientos no pude contestarle a tiempo.

–¿Qué es tan interesante sobre el arco?– le dije después de unos minutos. Atardecía en París y el coche veía cada vez más lúgubre. Los dos suspiramos y bajamos cada uno nuestra ventana.

–Tal vez no sea interesante para ti porque has vivido aquí mucho tiempo, pero es muy interesante para los demás. Como yo, no sé cuando volveré a estar aquí.–

Cuando llegamos al arco, Maftuna paró el coche y salió. No había mucha gente frente al arco, y las pocas personas que había caminaban tomadas de la mano.

–Remark escribió sobre este arco–, me dijo Maftuna mientras nos acercábamos. Volteó a verme y me preguntó, –¿Lo sabías?–

Siguió caminando esperando mi respuesta. Tuve que acelerar mi paso para poder alcanzarla.

–Lo había leído antes–, le dije cuándo pude alcanzarla. –El libro trataba sobre un doctor judío  y su amante, si mal no recuerdo.–

Maftuna inclinó su cabeza para poder ver mejor el arco.

–¿Hay algo que no hayas leído?– me preguntó y me miró de arriba a abajo. –¿Hay algo que no sepas? Has leído a Balzac, a Victor Hugo, a Dickens, a Márquez. Y ahora también a Remark. Hablas francés e inglés fluidamente. Eres un buen traductor y además muy guapo.–

De repente se acercó mucho a mí. El aroma intoxicante del su perfume me invadió.  La distancia que había entre nosotros cada vez se reducía más, hasta que estuvimos tan cerca que podía escuchar su respiración. Su respiración era agitada y sus ojos estaban posados sobre los míos. Me besó apasionadamente, y yo me perdí en el beso, había sido totalmente inesperado.

Cuando volví a ser consciente de mí, me separé de ella, lo que hirió su orgullo.

–¡Cobarde!– me dijo riéndose con amargura.

No importó qué tanto intenté controlarme, estaba muy enojado con ella por lo que dijo.

–¿Sería entonces un hombre valiente si coqueteará con una mujer casada?– le dije elevando mi voz.

–Todos los hombres son iguales–, continúo diciéndome, caminando cada vez más lejos de mí.

De repente se quedó parada donde estaba.

–No sólo mi padre, que me dio a un hombre deshonesto cuando tenía dieciséis. Ni es persona, que no puede ni recordar cuando me traicionó, ni con quién, ni en dónde, pero que vive muy orgulloso de quién es.

Volteé a ver hacia el arco para no verla a ella y me quedé así unos minutos. Maftuna se reía, no se parecía nada a la mujer modesta que encontré hace cuatro días en el Louvre, ni la que llegó antier a la embajada para alargar su estadía, tomada del brazo de su esposo. De repente caminó hacía el coche. Aunque no quería, la seguí hasta el coche.

–Abre la puerta, Maftuna.– Le dije cuando llegué. Me ignoró y aceleró el coche. Enojado caminé hacia los taxis vacíos junto a la acera.

–Por favor, siga al Citroen rojo.– Le dije al conductor que estaba parado más cerca.

El conductor aceptó y la siguió a una velocidad moderada. Cuando intentó alcanzar a Maftuna, ella deliberadamente aceleró el coche, aún cuando ya iba rápido antes.

–¡Qué carajo! ¿Está atentando contra su vida?– me preguntó el conductor sorprendido. –¡¿Cómo es posible que pueda manejar tan rápido en la ciudad?!–

En la vuelta hacía el río Siena, un camión apareció como caído del cielo en el carril opuesto, Maftuna apenas pudo dar la vuelta a la izquierda. La maniobra hizo que su coche se quedará atorado en la acera. El coche al otro lado de la acera pitó y siguió su camino. Salí del taxi y  corrí hacía ella con el corazón desbocado. Maftuna estaba sentada, sin mover un sólo músculo, con la cabeza en el volante, sorprendentemente no tenía ninguna herida.

–¡Abre la puerta– le grité y golpee el cristal –¡Te digo que la abras!–

Ella abrió la puerta, la cargué y la saqué del coche. La dejé sobre una de las bancas junto al Siena.

–¡¿No te importa tu vida?!– le grité con todas mis fuerzas. Maftuna me miró ausente.

–No es de tu incumbencia si me importa o no.–

Ella estaba temblando en su asiento. Aparentemente, el accidente no la había lastimado pero  sí le había afectado psicológicamente, estaba completamente aterrorizada. Yo también estaba asustado y la adrenalina corría por mis venas. Sentía mi corazón palpitar con todas su fuerzas, mientras estaba parado frente a ella.

–Estoy cansada de todo.– Me dijo Maftuna, mirando el ir y venir del río.

Septiembre estaba a punto de terminar, la tarde estaba fría. Los últimos tres o cuatro días aquí en París habían sido algo fríos y algunos días, llovía un poco. Aún hoy el día estaba un poco frío, el cielo estaba nublado y la luna estaba escondida, un día típico, otoñal.

–No apagaste las luces de tu coche– le dije mientras me sentaba junto a ella. Maftuna miró el coche con disgusto.

–Un Citron rojo, demasiado rojo– dijo, repitiéndolo varias veces.

Seguía temblando, aunque ahora lo hacía por el frío. Me quité el saco y lo puse sobre sus hombros. Me agradeció con un susurro y no dijo nada más. Yo tampoco abrí la boca.

–Mi padre quería que me casará a los dieciséis– dijo Maftuna, rompió el silencio pero seguía mirando el río. –No tomó en consideración mi juventud, ni siquiera prestó atención a mis lágrimas. Lo recuerdo mucho, apenas los había cumplido. Era tan bonita en esa época. Como todas las niñas, estaba obsesionada con mis fantasías, y un día todo eso acabó, me casé. Sabía que algún día tendría que casarme, pero nunca creí que ese momento llegará tan pronto. Me casé sin siquiera saber lo que era ser independiente. Cuando era niña, soñaba con un hombre como el Señor Darcy de ‘Orgullo y Prejuicio’. Deseaba que mi futuro esposo fuera tan noble, tan leal, tan valiente como él, pero ese sueño no se volvió realidad. Fue en ese momento en que me encontré con un hombre y me entristeció saber que era  muy diferente del hombre de mis sueños, no se parecía nada al Sr. Darcy. Aún así, no dije nada, ni me opuse a mi padre. También mi mamá aprobaba la unión, y que se realizará de esa manera. Así que me casé. Si te digo la verdad, nunca me gustó mi esposo. No sentía nada por él, aún hoy no siento nada por él. Estaba desilusionada, yo tampoco le gustaba a él, sabía que algún día me traicionaría. Pasaron los días, las semanas y los meses, ni siquiera me di cuenta cómo pasó el tiempo, me sentía como en otro planeta. Como resultado, mi   vida y mi motivación se redujo día con día. Viví así ocho años de mi vida, mis sueños se evaporaron en el aire, y ya no tenía ninguna intención de convertirme en abogada. Dejé de leer los libros de mi tarea y mi pasión por el lenguaje desapareció. Mi vida dejó de tener significado para mí. Al octavo año de mi matrimonio descubrí que estaba embarazada. Créeme, fue como si la vida hubiera regresado a mí. Estaba tan feliz, fue con si Dios me hubiera regresado la felicidad que había perdido cuando me casé. Mis sueños cambiaron, y quería ser madre. Este pensamiento me inundó de felicidad. Un día fui al hospital, y ahí vi a mi hijo en la pantalla del ultrasonido. El doctor vio la imagen y se río, parecía que el bebé se estaba bañando con sus manitas. Después de ese día comencé a hablarle al bebé que crecía en mi vientre. Le contaba historias y le compraba ropa para el día en que naciera. Toda mi motivación para vivir había regresado. Un día, al quinto mes de mi embarazo, regresó mi esposo, fue un viernes por la noche. Olía al perfume de una mujer y estaba borracho. Me insultó severamente como si algo le hubiera hecho. Me golpeó con los ojos muy abiertos y gritando como un animal salvaje. Sentí un intenso dolor a lo largo de mi cuerpo, algo se había roto dentro de mí y mi corazón parecía gritar con todas sus fuerzas. Perdí a mi bebé al día siguiente en el hospital.–

Maftuna rompió a llorar en ese momento. Sus hombros temblaban violentamente y un eco de profundo dolor resonó en su llanto.

–Pasé muchísimo tiempo en el hospital, mientras recuperaba la consciencia. Estaba devastada y profundamente deprimida. No quería ver a nadie, sólo quería  dormir.  Ni  siquiera quería ver a mis padres, me asqueaba la sola presencia de mis esposo. No podía ni siquiera imaginarme volver a vivir en la misma casa con quien ya no era feliz y a quien comenzaba a odiar. Pero regresé a él, mi padre me dejó con él asegurándome que tendría otro bebé algún día. ¿Qué chistoso, no? ¿Por qué es así la vida y las personas? No puedo encontrar respuestas a esto. El comportamiento de mi esposo es aún más ridículo. El hombre que golpeó a su esposa hasta que perdiera a su hijo la trajo a París para que se divirtiera un poco.–

Ahora me veía directamente, y yo luchaba para no voltearla a ver.

–El primer día que llegamos aquí, no deje el hotel, ni siquiera me asomé afuera. Ni siquiera me gustaba la ciudad, que es el sueño de millones de personas, la herida en mi corazón era demasiado profunda. Me sentaba sobre la cama y miraba la torre Eiffel todo el día. Mi esposo se iba todas las mañanas y regresaba todas las noches. Yo sólo miraba la ciudad a través de la ventana del cuarto. El cuarto día, finalmente, le pregunté a mi esposo por la casa-museo de Victor Hugo. Él accedió a llevarme, me dejó ahí sola y prometió regresar por mí después. Estaba sola frente a la casa del mi escritor favorito. Cuando pude entrar, parecía haber una reunión en la entrada. Era más una ceremonia de presentación que una reunión. No pasó mucho tiempo antes de que uno de los empleados del museo se acercará y verificará mi teoría. ¿Recuerdas ese día? Había una presentación sobre el trabajo y la escritura de Víctor Hugo, que tu tradujiste al uzbeco, le contabas a las personas sobre el escritor y su papel en la cosmovisión uzbeca. Me senté a una orilla y te miré, por un momento olvidé el dolor que atormentaba mi alma, sus heridas abiertas y escuché tu discurso, me sentí como si otra vez tuviera dieciséis. Después te conocí, me dijiste que trabajas en la embajada. Hablamos sobre Víctor Hugo y la literatura francesa. Yo había leído casi todas las obras de Víctor Hugo, y cuando escuchaste esto tu cara se iluminó. Él también era tu escritor favorito. Cuando regresé del museo me sentí mucho mejor. Como si una tormenta dentro de mi alma por una vez se hubiera detenido, por primera vez en mucho tiempo, y sentí la suave brisa de la tranquilidad. Mi humor mejoró, abrí  la ventana y miré alrededor. Me encontré con la idea de que la vida en realidad era hermosa, y no sólo se veía en blanco y negro. Lo más interesante fue que comí con apetito esa tardes y dormí tranquilamente toda la noche sin despertarme ansiosa.

–Me dijiste que todos los fines de semana vas al Louvre, y faltaban dos días más para que llegara. Perdí el tiempo hasta el domingo, y ese día me desperté temprano y fui al Louvre, quería encontrarte. En cuanto llegue, quede atónita, era un lugar enorme lleno de personas. Recuerdo que hablaste sobre la Mona Lisa. Pregunté dónde estaba y llegué hasta ella, ahí te vi. Me alegré cuando te encontré, me acerqué para llamar tu atención. Estabas parado, ocupado, escribías algo en tu cuaderno. Te miré un momento, en silencio, aunque te diste cuenta al instante y me sonreíste. Tuvimos una maravillosa conversación sobre la Mona Lisa y recorrimos juntos el museo.

–Cuando regresé al hotel, mi esposo estaba bebiendo champaña, y me dijo que sólo faltaban dos días hasta que nuestra visa expirará. Le rogué que la extendiéramos un poco más. Me miró sorprendido, pero logré convencerlo. De verdad quería quedarme un poco más en París. Ni siquiera sé porqué, sólo quería quedarme más tiempo, no quería irme a otro lado, ahí me  sentía como si mi corazón hubiera despertado.

–Dos días después mi esposo y yo visitamos la embajada. Te encontré una vez más, y tú nos ayudaste a extender nuestra visa. Mi esposo y yo te invitamos a cenar, estuve aún más feliz cuando aceptaste. Desperté esta mañana soñando con esta cena. Había pasado ya mucho tiempo desde la última vez que me había visto en un espejo, y me senté frente a él un momento. Me pondría el vestido que compré por si algún día tuviera algún evento. Esta vez   me costó trabajo encontrar qué ponerme, tampoco sabía que collar usar. Este collar había estado abandonado en una maleta por años. Conforme el tiempo pasó y la cita se acercaba,  no podía controlar mi emoción, o los nervios de llegar tarde. En la tarde, mi esposo salió como si tuviera trabajo. Me pidió que te pidiera que lo perdonaras. Así que vine sola en el coche que él rentó. Me sentí mucho más relajada en el restaurante, lo sé, porque tenía el privilegio de hablar con la persona con la que más quería hablar. Eso me distrajo un momento, y como resultado te pregunté puras tonterías durante la cena. Olvidé como controlarme y tú, obviamente, pensaste que era una cabeza- hueca. También yo me odié a mi misma. Ese sentimiento tomó el control de mi cuerpo e hizo que se me nublarán los ojos, y que el velo de  la vergüenza empañara mi cara. Por ello es que entré al coche para librarme de ese sentimiento que echaba mi alma a perder, pero fue entonces cuando me dolió más aún. Limpie mis ojos de la agonía y aceleré aún más. Llegué a la absurda conclusión de que este sentimiento, que empeoraba cada vez más, me abandonaría si muriera. El odio por uno mismo puede causar que una persona actué así, y eso fue lo que me ocurrió a mí hasta que me encontré con el camión. Estaba demasiado asustada cuando apareció el coche, no quería morir. No era ni lo suficientemente fuerte o débil para hacerlo.–

Maftuna se levanto y se acercó al río. Observó la oscuridad de la noche y escuchó el sonido del Siena por unos minutos. Después, regresó sin prisa, ya no lloraba más, se había calmado y se veía mejor.

– Cuando el otoño llega a nuestra vida, es difícil que la primavera regresé–, me dijo mientras miraba el río a la distancia, suspiró y comenzó a recitar un poema de memoria:

“Esperé por alguien, creía en algo,
Miré hacia el cielo como un álamo,
Ni siquiera puede caer como las hojas,
Como si aún te necesitará a ti.
La lengua rara vez tiembla como una hoja,
El otoño triunfante esparce otra vez su humo,
Yo pintaría el mundo con un hermoso color,
Lo siento, el otoño ha llegado antes, perdón….”

Después de recitar el poema, tomó mi saco, lo doblo con cuidado y lo puso junto a mí. La miré en silencio.

–Mañana me iré de París– me dijo mientras miraba a su alrededor y al instante se decepcionó cuando nuestros ojos se encontraron. –En realidad, como tú, no estoy interesada en absoluta en la ciudad. La razón por la que me quedé no tiene nada que ver con la belleza de la ciudad.–

Me levanté y dudé un momento si debía decirle algo. Francamente, no sabía si aclarar las  cosas con ella o si debía consolarla. Cuando me acerqué a ella, Maftuna se alejó de mí e hizo un gesto con las manos para alejarme. Me quedé donde estaba, nada sonó dentro de mí, nada que pudiera consolarla o tranquilizarla. Mis ojos estaban empañados y mi mente estaba repleta de pensamientos confusos como si una bruma hubiera caído sobre mí. Después de un rato ella comenzó a prepararse para irse, no me dijo adiós y caminó hasta su coche, con las luces todavía prendidas. Sin voltear, se levantó una vez más y caminó, dignamente hacia el coche.

–Citroen Rojos, demasiado rojo– me dijo mientras caminaba hacia el coche. –Un regalo de mi amable esposo…–


Sherzod Artikov nació en 1985 años en la ciudad de Marghilan de Uzbekistán. Se graduó de Instituto Politécnico de Ferghana en 2005 año. Sus obras se publican con mayor frecuencia en prensas interiores republicanas. Principalmente escribe cuentos y ensayos. Su primer libro “The Autumn’s symphony ”se publicó en el año 2020. Es uno de los ganadores del concurso literario nacional “Mi región de la perla” en la dirección de la prosa. Fue publicado en Rusia y Ucrania. revistas de la red como “Camerton”, “Topos”, “Autograph”. Además, sus relatos fueron publicados en las revistas literarias y sitios web de Kazahstán, EE. UU., Serbia, Montenegro, Turquía, Bangladesh, Pakistán, Egipto, Eslovenia, Alemania, Grecia, China, Perú, Arabia Saudita, México, Argentina, España, Italia, Bolivia, Costa Rica, Rumania, India, Polonia, Guatemala, Israel, Bélgica Indonesia, Irak, Jordania, Siria, Líbano, Albania, Colombia y Nicaragua.