La literatura estridente en «Los bajos mundos» de Francois Villanueva Paravicino, por Julio Buitrón

Por: Julio Buitrón (Premio Caretas de las Mil Palabras)

Si tuviera que definir la literatura de Francois Villanueva, diría que es una literatura estridente. Estridentes son sus personajes, sus historias, sus escenarios, hay una ambientación que hace sentir a la selva de trasfondo, el río Apurímac, el Vraem y los Bajos Mundos. Ya en su primer libro de cuentos encontramos estas circunstancias y personajes que se tornan violentos, alegres y trágicos, como si la escritura a nuestro autor lo divirtiera y lo angustiara, de ahí una violencia moderna (con espíritu de cómic o anime en pasajes que hacen recordar a las películas de Tarantino: la minimalista, prolongada, ambiciosa, pelea a vida o muerte de Rhino contra sus asesinos) en medio del día a día en las zonas recónditas y urbanas de Ayacucho y por ratos Lima, pues esta novela se expande del Vraem al Perú (centro-sur) como si de otro Tahuantinsuyo se tratara, una cotidianidad que no solo es estridente, pues parece mágica, un escenario en que sobreviven los mitos urbanos y los de antes del arribo de los españoles, por ello, en esta novela los capítulos son más bien estampas.

Capítulos que se subdividen y conforman esta serie de historias que, por momentos, también se pueden leer como independientes, a riesgo de perderse de alguna intriga de Los Dragones y otros retratos-historias que a la par se van desarrollando, en especial, una que nítidamente se destaca y perfila ya casi al final, cerrando con broche de oro esta comedia humana cuyo reparto se compone de actores a los que, al igual que Dostoievski y C. E. Zavaleta, caracteriza una hipersensibilidad a flor de piel (asesinos, prostitutas, curas enloquecidos, narcotraficantes, senderistas, tribus selváticas, adolescentes camino a la adultez, pobladores comunes), que es la historia de un escritor, su vocación y su locura: la cima de esta novela en la que la disección de una enfermedad mental no es nada complaciente, sino que nos golpea por aterradora, oscura, terrorífica; de esta manera, este libro dialoga con diversas vertientes de la tradición de la narrativa peruana, bebe de referentes muy diversos para convertirse en una literatura urbana, regional, de aventuras, metaliteraria, detectivesca, narcoterrorista, de la violencia.

De todas estas fuentes bebe Francois Villanueva para trasladarnos a un mundo con personajes vivos. Con gran dominio del diálogo, retrata una coloquialidad que convierte a esta novela en coral, porque en ella los sucesivos personajes se dan la posta de la narración y así nos vamos enterando de sus peripecias y desdichas, estos diálogos son tan reales, verosímiles (en su dramatización) y encantadores como los que encontramos en Vargas Llosa, quien en sus inicios quiso ser dramaturgo.

De esta suerte, Francois Villanueva continúa con su tema: retratar a un Vraem que parece irreal, pero que existe porque está en los mapas, al contrario de la fórmula de Melville, un pueblo que cabe perfectamente en la tradición forjada por Rumi, Comala, Macondo, Santa María, Villaviciosa, o también el pesadillesco Chimbote de Arguedas en los Zorros. Esta obra que en muchos momentos se entrevera, debido al estilo estridente, también es una novela de iniciación en la que se advierte al principio una historia que avanza a trompicones para luego ganar en soltura; es decir, la estridencia la ha naturalizado el lector a partir, entre otras cosas, de una prosa más fluida, armoniosa[1]. Siendo, de igual modo, una novela de iniciación en la que este desfile de destinos sin rumbo, nihilismo alegre, vital, jocoso, pantagruélico (Bryce o Gregorio Martínez), de una juventud a la deriva, se emparenta –¿un diálogo involuntario como decía Borges que ocurría cuando la genialidad crea a sus precursores?– a la aleatoriedad de los capítulos de Al final de la calle o las primeras novelas de Jaime Bayly (No se lo digas a nadie, Fue ayer y no me acuerdo).

La tradición nos empuja (Hegel) de estos jóvenes limeños desencantados y aburridos de inicios de los noventa a los jóvenes de este siglo de internet y pobreza, y entre todas estas historias satelitales se consolida la amistad de una pandilla de adolescentes que se vuelven hombres. Los únicos ausentes en esta novela son los millonarios. Ese rincón privilegiado es el único inaccesible, pero la presencia de un poder opresivo está ahí, algo que se refleja en el prostibar El Refugio, uno de los burdeles de los Bajos Mundos. Otro moridero (Salón de belleza). Un mundo de rocola con música chicha, cumbia y boleros, donde precisamente se ha ido a refugiar Celia Camelia, la protagonista de la otra historia principal, la de un (des)amor rocambolesco y funesto que tuviera ella con Fidel Larco Astete, esta especie de vaquero que va en rescate de su amada, la que se ha convertido en prostituta, madre soltera. Suena a chiste y es trágico al mismo tiempo. De este punto pasamos a una exposición que alcanza niveles regionales que, en cuanto a técnica, hace recordar al fragmentarismo de Ciro Alegría[2], una estética que luego Vargas Llosa (una desmesura abarrocada de la que vuelve con La tía Julia y que luego afianzará en los ochenta para rematar con ese invaluable testamento total que es El pez en el agua) revolverá como un cuadro de Pollock.

Si tomamos en cuenta, por último, otra particularidad que hace de Los bajos mundos (Editorial Apogeo, 2021) un muestreo de la amplia gama que ofrece la contemporánea tradición peruana[3], Francois Villanueva elige a Los Dragones como sus antihéroes (posteriormente esta candidez se pierde en la criminalidad del mundo adulto), pandilla de muchachos que podemos rastrear en Congrains, Reynoso, Vargas Llosa, Gutiérrez y los nada criminales, pero muy alegres sanisidrinos de Bryce Echenique, o los arguedianos de Los ríos profundos[4]. Pues si Vargas Llosa lamentó que cuando él empezó en el oficio se consideró un huérfano por no tener a nadie a quien tomar como padre-referente de la novela peruana, salvo Ciro Alegría, ahora no podemos decir lo mismo de nuestros titanes novelescos que para el Perú vendrían a ser lo mismo que fueron Stendhal, Balzac, Flaubert, Zola (Proust es Dios) para los franceses. Como se ve, para enriquecer a nuestra tradición se necesita de algo más que talento.

Los bajos mundos, primera novela de Francois Villanueva, joven a todas cuentas, nutre y pertenece a la tradición narrativa peruana.


[1] François me confiesa que la novela la empezó en la secundaria.

[2] El recurso de un pueblo de telón de fondo está presente tanto en Los perros hambrientos como en los escenarios selváticos de La serpiente de oro, una novela de la que el ciego Borges se sabía de memoria el primer capítulo.

[3] La transformación de la provincia y la vida de sus pobladores por la irrupción de la modernidad es otro tema caro a Los Bajos Mundos y a nuestra tradición.

[4] La narrativa peruana tiene a la juventud como su protagonista favorito, y podemos mencionar así tanto a La casa de cartón, como a Ribeyro y Rivera Martínez.

Novela: Los bajos mundos (Editorial Apogeo, 2020).
Francois Villanueva, autor de la novela Los bajos mundos

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