Dos cuentos

por Eduardo Cerdán

El lavadero

¿Cómo no me voy a acordar? Vivía con mi niño por el cerro, en la casa que nos dejaron mis papás. Solos, sí. Acuérdese: el Camilo se largó poquito antes de que Ricky cumpliera el mes. ¡Hijo de su…! Mire, ese día amanecieron tres ratas ahogadas en el tanque del patio, junto al lavadero. Iba yo a lavarle su ropa al Ricky, pero cuando vi las ratas flotando me metí rápido a la casa. Pues me asusté, oiga, ¿qué quería que hiciera? Lo que se me ocurrió fue llamarle a mi hermano para que fuera a mi casa a sacarlas. Ni me contestó, de seguro andaba echándose sus alipuses. No quise sacarlas yo: si algo me da miedo en esta vida son las ratas. ¿Y qué si estaban muertas? ¡Ni aunque estén muertas me les acerco! Lo que hice fue entrar a la casa, como ya le dije. Al Ricky lo había dejado dormido en un sillón de la sala, bien tapado y con almohadas alrededor para que no se fuera a caer. Dos meses el monigote, imagínese. Me senté a ver la tele en lo que despertaba. Nada más me tocó ver como un minuto de mi novela y que se van a comerciales… Entonces me puse a pensar: “¿cómo habrán llegado ahí las ratas?”. Eso no es normal. Uno diría: “bueno, puede que se haya ido una taruga al tanque”. Eso se lo acepto. Pero ¿tres ratas? Está raro, ¿no? Sigo sin explicármelo. Unos me han dicho que a lo mejor el maldoso me las aventó para distraerme; otros, que un gato las fue a tirar ahí. Sólo Dios sabe. Volvió a empezar mi programa y ya estaba yo bien divertida cuando oí que algo se cayó arriba. ¡Santo madrazo! Y luego unos pasos, como cuando una arrastra las chanclas. Sentí harto miedo. Qué le digo, comadre, si hasta las rodillas me temblaron… Subí las escaleras en friega porque pensé que alguien se había metido a robar, pero no vi a nadie. No hubo rincón que no revisara yo. Digo, tampoco es que fuera tan grande la casa, ¿verdad? Pero el caso es que no había ni un alma. Pensé que nomás me figuré los ruidos, y que me bajo y… Ay, no. ¡El Ricky ya no estaba! ¡Por ningún lado, le digo! Nomás quedaban las almohadas en el sillón. Ora sí me puse a gritar como loca: “¡Ricky, Ricky!”. Nada. Subí las escaleras y… Ándele, ¿cómo se iba él a subir, verdad? Pero no sabía qué hacer y sólo eso se me ocurrió. No, claro que no encontré nada. Bajé otra vez las escaleras y entonces alcancé a oír que alguien lloraba en el patio. Fui rápido y vi que abajito del lavadero, ¡ahí, en el suelo!, estaba el Ricky, todavía arropado con su cobija y colorado de tanto llorar. Estaba reasustado el pobre y traía por todos lados tierra del monte y hojas secas, de esas que alfombran el cerro. Ah, y ¿sabe qué más, comadre? No me crea mucho, pero hasta me pareció ver que en su cobija traía unos pelos igualitos a los de las ahogadas. A mí se me hace que el maldoso me regresó a mi niño gracias a la medalla que le puse en el cuello. Si no, yo creo que se lo habría llevado para siempre. ¡Cabresto chaneque! ¡Nos ha pegado un susto…! Lo bueno es que el Ricky ni se acuerda de que lo vio.


La noche del duende

Cuando vislumbra el bulto enano que yace entre él y su esposa dormida, Manuel, recién despertado por una pesadilla y con la mente aún nublada por el alcohol, se acuerda de la vez en que el duende que lo acechaba de niño se metió entre sus sábanas y lo llevó a perderse en el Macuiltépetl, y recuerda el terror por el tacto de la manita fría que lo apremiaba a salir a mitad de la noche rumbo al cerro, y revive la angustia que sentía deambulando entre las tinieblas martirizadas por el chipichipi y las ganas de orinar que tuvo al resbalarse a ciegas en el lodo y también la impaciencia que lo hizo llorar mientras, sentado sobre un tronco húmedo, esperaba el amanecer; sin levantarse de la cama matrimonial, Manuel carga con violencia el fardo chaparro y lo lanza al suelo, lo que produce un ruido sordo que de inmediato despierta a la esposa, quien al ver la escena grita horrorizada: ¡¿Qué le hiciste al bebé?!


Eduardo Cerdán (Xalapa, 1995), narrador, editor y docente en la UNAM, es autor del libro Pasos en la casa vacía (Unidad de Ediciones de Xalapa, 2019), del que provienen los cuentos publicados aquí. Ha colaborado en los suplementos de los periódicos El Universal, La Jornada y El Nacional, y en revistas como Letras Libres, Revista de la Universidad de México, Literal: Latin American Voices, Crítica y La Palabra y el Hombre. Textos suyos aparecen en antologías de cuentistas mexicanos y latinoamericanos publicadas por la Universidad Veracruzana, la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, Ediciones Cal y Arena y Nitro/Press, así como en colecciones de ensayos académicos sobre cultura hispánica publicadas por Sussex Press. Parte de su trabajo académico y literario se ha traducido al inglés y al francés.

Es licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde ha impartido clases. Fue editor de narrativa de la revista Cuadrivio, está a cargo del Taller de Creación Narrativa de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y es jefe de redacción de la revista Punto de partida de la Dirección de Literatura y Fomento a la Lectura de la UNAM. Ha publicado varios artículos, capítulos de libro y reseñas sobre narradoras de los siglos XX y XXI, y seleccionado y prologado muestras de literatura mexicana contemporánea.

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