A.E. Quintero

Por aquel entonces
el cuerpo se adultaba a cien voltios
por persona, por mirada,
por sí solo;
otras veces
fui adulto antes que mi cuerpo lo fuera.
Fui adulto antes
que otros adultos, diría Lorca, me llevaran al río
a ver correr el agua desde adentro.

Pero en realidad
nunca he disfrutado de mi cuerpo,
nunca lo he dejado ser,
nunca
dejé que mi cuerpo fuera libre de mí
y de los grilletes con los que me ato a las paredes
cada noche
esperando el cambio,
las cadenas a las que me obligo
para que la transformación me encuentre solo
y sin lastimar a nadie, ni lastimarme. Porque
la excitación siempre me lastima.

Ahora la luz ya no logra atravesar
las oscuras cortinas.
Y mi cuerpo, acostumbrado a mí
y mis trescientos sesenta y cinco miedos,
ya no pide oscuridades en llamas
que nunca tuvo.

Porque así es esto de caer,
de tropezar, de no saber vivir,
así es esto de aprender solo, uno solo,
todas las cosas de la vida
para mantenerse a salvo:

un cuerpo
al que nunca se le permitió
salir del cuerpo,
y ser de otros.

***
 
Si yo tuviera una hija
le enseñaría todos los colores –y sus estereotipos–:

le diría lo alto y perseguido que es el color negro,
lo inteligente y destacado
que es el color amarillo,
y lo frágil del rosa, lo temeroso
que esconde en sus rodillas
ese color.

Le diría que el azul
no es el mejor color para un niño:
es un color que duele siempre,
del que pueden burlarse los pájaros
y las cigarras.
Le diría que el azul
es el color que hace que un niño se quede solo,
   en una tarde sin sueños.

Y que un niño puede ser verde como un árbol
o rojo como una ciruela. O rosa,
ese color enamorado
de otro niño.
 
***        
 
Amanecí contento, pero no es mi culpa.
Aún así,
habría que brindarles una explicación
a los poemas de este día
y ofrecerles una disculpa.

Hoy no habrán caras largas ni ojos fijos.
Hoy no tendrán una palabra triste ni una palabra de consuelo.
Saldremos a ver cómo le ha ido al mundo
en estos días, cómo le fue en su trabajo,
en sus exámenes para pasar de curso, al primer mundo.

Estoy seguro que nos dará la gran noticia.
Tal vez salvaron un bosque.
Tal vez alguien encontró la pelota que otro alguien
había perdido.
Tal vez a las personas de la tercera edad
las ascendieron a la cuarta, y les dieron más años de sol
o de frío, según se vea, un buen seguro médico.
Quizá la Estatua de la Libertad tuvo algún hijo
y lo reconoció el padre,
y lo registraron con algún buen nombre,
y para celebrarlo invitaron a todos y a todas y les dieron los papeles
de residencia.
O Tal vez todo siga igual, pero amanecí contento
y no es mi culpa.
Creo que amar a alguien
es un sueño muy reparador, para todo el mundo.
 
*** 

Yo no sé cómo se olvida.
Nunca he sido bueno en eso de quitar nombres de mi pecho. 
Nunca he sido buen abandonador.
 
No sé cómo se olvida. 
Es como si hubiera que meter
la mano hacia aguas muy profundas de la garganta y el corazón 
e ir sacando tiempos, fechas, lugares,
ir sacando
gente que ha naufragado en nuestro pecho
Y no sé. 
Yo amo de veras. Con esa humildad de llamar
de usted 
a la piedra por ser vieja, al pájaro 
por saber volar, 
y al árbol, de usted, por ser árbol y ser tremendo:
bello 
como el niño que soy cuando veo un árbol 
y lo trepo con los ojos.
 
No sé cómo se olvida, 
 
porque guardar personas, objetos y lugares
definitivamente es lo mío. 
 
*** 

No sé cómo salir de ti,
de la interminable oración oscura que eres,
de la noche que eres para el cuerpo,
de las ganas y el atragantamiento de llorar
que eres.
No sé cómo salir.
Hasta caminar el mundo
me encierra.
hasta tomar un café o sentarme
me encierra,
me atrapa contigo en esa jaula para animales solos y maltratados.
 
Porque estoy separado de mi cuerpo
desde aquel día.
Porque estoy solo de semanas rodeándome,
de futuro enorme,
de presente y cosas mudas.
 
Y no sé salir de ti. Y no sé querer olvidarte.
No sé convencer a mis manos
de tu partida, del pequeño abandono en el que mis días
van descubriendo nuevos recuerdos,
nuevas trampas para descubrirme pensándote.
 
De la noche a la mañana
cambió tu manera de mirarme.
De la noche a la mañana
este sol nuestro
se quedó niño solo en mis manos solas.
 
El riesgo de amar
es perderse por mucho tiempo.
Quedarse sin nuestra forma de ser preferida.
Sin lo mejorado que somos.
 
El riesgo de amar
siempre le traerá al alma años de mala suerte:
un cuerpo sin alma
caminando entre un tumulto de parejas de la mano.
 
El riesgo
es quedarse atorado,
porque del amor
uno nunca regresa a tiempo ni regresa limpio.
 

Porque a veces el corazón se siente como ir montado de un caballo (Poesía reunida 1996-2019), editada por “Editorial De Otro Tipo”.

.

A. E. Quintero. Poeta mexicano, estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la FFyL de la UNAM. Cursó la Maestría en Teoría Literaria en la UAM-I. Estudió el Doctorado en Teoría de la Lite­ratura en la Universidad Autónoma Metropolitana. Colaborador de Casa del Tiempo, El Cocodrilo Poeta, Excélsior, La Jornada, Periódico de Poesía, Plural, y Revista Universidad de México. Premio Nacional de Poesía Enriqueta Ochoa 1996. Fue finalista del Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe en 2007 y del Premio Internacional de Poesía Jaime Gil de Biedma en 2010. Obtuvo el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2011 por Cuenta regresiva.  

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