Tres poemas de Héctor Rojo

Anfibio Odisea (Sueños en Bruto)
       III
 No me estorba el ruido, qué crees.  
 Hincado en donde estoy, donde se acendra
 preguntar los caminantes. Juego al   
 juego de decirme historias sin culminación.  
 Mujeres preferentemente desmadriadas. Niños  
 vueltos. Hombres iluminados contra los berreaderos.   
 El ruido hace su parte encima. Ahora   
 imaginemos increíbles pases, aunque del sol  
 va a despegar también y va a perder otras reliquias.   
  
 Nunca hilaremos como corresponde a nuestra envergadura.
 La cabeza nos cae en racimos y sin mirar senderos
 en donde pieles enfriaron nuestra primera afirmación.  
 Nuestra primera afirmación fue soy. Alcanzaremos
 cada segundo un nuevo plan? Atacarán los enemigos? Pero nos  
 mantendremos por cuestiones sin fin. Derrotaremos a la vida.   
 La haremos caer aunque roguemos su mesura. La cueva   
 donde nadie ha sido humano hasta hoy. Cosas tratarán de matarme.    
 No carecemos de ojos que los juzguen. Ni de manos que los separen.   
 En verdad, en verdad, se trata de una especie digna de durar lo que ha durado.  
 Oímos música mientras pasamos por aquí y decimos
 que el universo nos habla.
 Pero le hablamos a la primavera para que no se venga abajo.  
 A la estrella de arcángel para que no duerma jamás. Al latido y al aire  
 del latido que marca su período y lo macula. No mentiré que no  
 diviérteme la música. Qué crees! Pero escuchar más lejos
 en donde empezamos:  
 el ruido deja espacio a su hermano el silencio, y juegan.  
 
        IV
 Asesinamos al mundo superior.     
 Sin reconocimientos.   
 Lo mantuvimos en la mira por años. Y ahora se dice    
 que el amor tuvo otro origen, dentro del huevo de dios    
 2
 o dentro de la entraña del famoso mar.    
 Si una cosa nos distingue aparte del placer     
 por la sangre, es la manera de agravar las situaciones.
 Como ocurre en una vacación, por ejemplo, 
 que algo servía igual que masticar     
 o pulso. Y hoy le aplaudimos como a pájaros diciendo mártir,  
 ostra, tumba. Y ahora se dice     
 que el amor tuvo algo que ver en eso. Sin duda  
 se merece un aplauso el creador de la mentira.  
 En su primera matemática nos inversamos por completo,  
 igual que una manada de focas esparcidas en el frío.     
     
 Nos tocara observar la tierra ardiendo y fuésemos
 la envidia de nuestros antepasados. La muerte  
 es lo de menos.  
 Pero jamás nos reflejamos en esa agua, 
 porque ahí el corazón se hunde y puede ahogarse
 o regresar blanco e inservible. No es mentira.    
 En el complot contra este mundo, dejar un niño o 
 un color o un prisma de imaginación debimos.
 Por aquello del porvenir del hombre. Pero buscamos 
 gloria con crueldad y conseguimos madurez,  
 hermanos… Luzca una joya de carbón la sien del hijo.


        VII
 Había luz al principio? 
 O entraban los susurros sin ver nada. 
 Así como el sentido de mirar puestas magníficas 
 en los rincones  
 de la elemental caja. Pregunta algo feroz  
 de esas distancias: 
 Sobre el calor minúsculo, qué hay? 
 Sobre los átomos vibrando en ese sueño 
 auténtico. Qué hay? 
 Sonaba la caja como un tambor hueco o permanecía 
 dormida en son de no existir?
 Vaya Cristo a saber de tan remoto pasado. Él mismo,  
 se calcula, fue polvo de estrellas a mil, dos mil o dos 
 millones de km/s. Hijo de la explosión como la cruz  
 en donde muere. 
 Estamos justos? Estamos lejos de pertenecernos. Tú en vista 
 de informar, y yo en segundos antes de cada vindicación.  
 Aletargado encontrará al planeta. Tan solitario  
 y azul.  
 Fue tanto como dicen, hasta lo incomprensible? 
 Cuesta mirarnos y pensar fragmentos, si 
 tanta vida somos. Si tan hijos de la predilección. 
 Por qué inventar un corazón repleto y que vaga 
 nieve abajo junto a pingüinos humorísticos. 
 Por qué dejarnos ver la luz y no el calor 
 o la intención de adormecer el cráneo. 
 Hechos para cuidar nuestras sorpresas. 
 Viste sentido? Acabaremos con la lluvia cuando 
 empiece a congelarse el firmamento. El sol  
 va a girar más mientras se acerque.  
 Y aún jugaremos con la entrada de los coros
 de la naturaleza, aunque han de ir apagándose. 
 Tranquila, que un día 
 salvaremos al final de terminarse. 
  
 El humanismo que infligimos años puede acelerar 
 grandes medidas el planeta. De poco serviría tramar 
 ventajas o alientos al murciélago que nada el aire
 en nuestra dirección. Aceptaremos la piedad  
 del hombre estoico, que toma en dirección y luego embiste. 
 No van a responder cuando el espacio me colme! 
 Vas principalmente tú a dejarme otra vez sin lugar. Y
 de hacer guirnaldas con los huesos ni hablaremos.
 Pues alejarnos por la vía del derrumbe sólo nos deja  
 con la posibilidad de enjambres lúdicos, danzando 
 en el fondo de la oscuridad de nuevo. La lengua disecada  
 en nuestro hogar.  
 Y cuando al fin se enrosquen los futuros  
 por ahí, como quien dice sobre sí mismos, y enuncien con sonorro grito  
 la calamidad de un mar sombrío que renuncia más a estar pegado. 
 Entonces volverán luciérnagas  
 a salpicar la noche de nuestra ventana. Y habrase terminado  
 otro mal sueño:
 —Héctor, lo juro: no dejabas de reír mientras te separaban 
 nervio a nervio con sus dientes. —Ya, divina. Cierra y volvamos
 que mañana. 
 

Héctor Rojo (Ciudad de México, 1985)
Estudió la Licenciatura en Lengua y Literatura en la UAM Iztapalapa y la Maestría en
Literatura Mexicana en la Universidad Veracruzana. Es cofundador de Malabar Editorial y
también se desempeña como publicista. Publicó Cómo me convertí a la fe de las lechuzas (Malabar
Editorial, 2019), un relato fantástico ilustrado por María José Ramírez. Algunos poemas y
ensayos suyos han aparecido en el Periódico de Poesía de la UNAM, Tierra Adentro, Nexos y otras
revistas digitales. Un relato de su autoría forma parte de El Libro Blanco de Bengala (Agencia
Bengala / UANL, 2018). Anfibio Odisea (Nieve de Chamoy, 2020) es su primer libro de poesía.

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