El tamaño del dolor de Xhevdet Bajraj

por Mateo Mansilla-Moya


El tamaño del dolor

tiene mi talla

Xhevdet Bajraj

El tamaño del dolor también se ajusta a la talla de los lectores de Xhevdet Bajraj, en quienes cobran vida las escenas de uno de los más atroces crímenes contra la humanidad del siglo XX: el genocidio perpetrado en la antigua Yugoslavia (Bosnia-Herzegovina) por las fuerzas serbias-bosnias contra la etnia de musulmanes bosnios, durante el gobierno de Slobodan Milošević, en el que se asesinó en promedio a cuarenta mil personas.

Bajraj, poeta reconocido en su natal Kosovo, logró escapar con su familia del genocidio con la ayuda del Parlamento Internacional de Escritores, y encontró refugio en la Casa Refugio Citlaltépetl, en la Ciudad de México. Posteriormente, tras un largo tiempo sin poder escribir, para el poeta fue urgente oponer las palabras a la crueldad del mundo, como redactó Philippe Ollé-Laprune en el prólogo su libro. Este poemario se divide en tres partes: “Maquillaje para la muerte”, “Tanto como la tumba” y “Bajo la sombra del cactus”. A través de las tres, el autor nos entrega un documento con un testimonio que nos traspasa el tamaño de su dolor.

Con esta urgencia, el poeta, quien atestiguó lo acontecido en Kosovo, documentó en sus poemas los horrores de la violencia, la guerra y la muerte, en unaciudad [que] es pequeña para [un] gran odio”[1] y en una “tierra [que] empezó a acostumbrarse al dolor”.[2]

 Xhevdet Bajraj recuerda a su amada Bosnia:

En la bola de cristal de la memoria
     Opacada por el vaho de la esperanza
Corres con la herida abierta
A través del tiempo
     Apuñalado como un animal
En las fosas comunes
Quieres encontrar y resucitar a tu pequeña Selma
Pero desde el lugar en que tú ves el mundo
No se ve nadie vivo.[3]
 
 

En su Yugoslavia, la libertad, si no existe para los vivos (“Trepados en el muro del sangrante día / Nos refrescamos con los pies hundidos en las aguas negras / La libertad se va evaporando poco a poco / En la botella de la vida que sostenemos con la mano”);[4] existe para los muertos (“Los cantos no cantados de los pájaros / Voy a verte sobre los campos quemados / Se te cayeron los sesos sobre el cuello / Tienes que ser libre         vivir quién sabe);[5] o simplemente para todos pero únicamente en el territorio de lo macabro (“Y me viene a la mente / Que todos nosotros somos libres horrorosamente libres / El perseguidor para perseguir / El perseguido para huir / Dentro del marco colgado / En la última pared de los salones de nuestra élite política)[6], porque afuera de ahí “Al pájaro de la libertad que ahora se asa en la parrilla / Le [cortaron] las alas para que engordara / Con frutas cosechadas del terror”.[7] Los sueños (que “Hace tiempo fueron carcomidos por el gusano”[8]) también están presentes en los recuerdos del poeta, y también se encuentran en el mismo territorio en el que se encuentra la libertad:


Ellos vinieron a mi sueño sin anunciarse
Rompieron las puertas de mi casa
Querían agarrar a los niños, amor
Te querían a ti... No me atrevo a pensarlo, Dios
Pretendí agarrar la pistola de papá
Más recordé que hace mucho nos quedamos sin ella [9]

Y cuando estos terminan “Llega la mañana vestida de blanco / Como la vieja bailarina borracha / Recoge por las plazas las palomas asesinadas / La gente despierta despacio / Quien no se orinó en el sueño / Se orina ahora”;[10] pero el sueño para él no debería ser eso: es un derecho al que al menos tienen que acceder los niños, quienes también participan como observadores y víctimas de la violencia (“Si los aviones militares / Han expulsado a las palomas del tejado de nuestras casas / Tú sueña / Tú tienes derecho a soñar / […] / Olvida aviones policías muertos apaleados / Tú aún no has cumplido cinco años mi pequeño / Tú tienes derecho a soñar / Soñar / Soñar / Soñar / Maldita sea”[11]).

Y a pesar de que la muerte y la impotencia están siempre presentes (“Anhelé… / Levantarme machacarlos con los puños / Pero no pude moverme de la cama / La mariposa de la muerte me besó en la frente / Entonces grité con todo el terror del mundo / Pedí matar con mis quejidos a los piojos de la humanidad”), Xhevdet Bajraj ilustra, desde la sensibilidad que se asoma por entre las palabras del tormento, los halos de esperanza que nunca se pierden, aunque la humanidad esté siendo asesinada:


En el centro de Pristina descendió la paloma blanca 
Desenterró del estiércol un grano de maíz sin digerir
Y subió al cielo
En nombre de la libertad.[12]

NOTAS

[1] BAJRAJ, Xhevdet, “No tengo miedo”, en El tamaño del dolor, Traducción al español del autor en colaboración con Pedro Reygadas, México: Ediciones ERA, UACM, CONACULTA, Primera edición 2006, p.19.

[2] IDEM, “Noche tras noche”, op. cit., p. 23.

[3] IDEM, “Bosnia te amo”, op. cit., p. 14.

[4] IDEM, “Aliento”, op. cit., p. 20.

[5] IDEM, “Quién sabe”, op. cit., p. 29.

[6] IDEM, “Libertad del horror”, op. cit., p. 33.

[7] IDEM, “Dolor adentro, op. cit., p. 44.

[8] IDEM, “Zurcido”, op. cit., p., 82.

[9] IDEM, “Sueño o vigilia”, op. cit., p. 32.

[10] IDEM, “Asesinos en serie”, op. cit., p. 22.

[11] IDEM, “Tienes derecho a soñar”, op. cit., p. 31.

[12] IDEM, “Vuelo, op. cit., p. 16.


FUENTES DE CONSULTA:

BAJRAJ, Xhevdet, El tamaño del dolor, Traducción al español del autor en colaboración con Pedro Reygadas, México: Ediciones ERA, UACM, CONACULTA, 2006.



Mateo Mansilla-Moya (1994). La temporada de ballet clásico ha terminado (Buenos Aires Poetry, 2019). Licenciado en Derecho por la Universidad del Claustro de Sor Juana.

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