Sobre el amor marica

por Francisco Martínez Cruz


para Sara, José y Juan Carlos

Hemos llegado a la tierra del amor ya muy mayores. Al menos para una gran parte de mi generación —y ni se diga para quienes nacieron antes que yo y antes que ellos—, saberse atraído por el mismo sexo significó abrir una puerta de terror en lugar de sentir la emoción más bella de la tierna infancia o de la acalorada adolescencia. Mientras unos daban sus primeros besos y el descubrimiento de la travesura traía consigo el orgullo paterno disfrazado de regaño, muchos otros debimos sepultar nuestra líbido y disfrazarla de falsos enamoramientos con tal de evitar el regaño, el rechazo y, sobre todo, la humillación.

Por eso muchos decimos que nos robaron la infancia o nuestra adolescencia. No pretendo cargar en contra de la sociedad, cuyas costumbres y estereotipos se han criticado hasta el cansancio, aunque en los hechos parece que ha sido insuficiente. Quisiera más bien partir de lo significativo que es ese evento primero, el del beso público, para después reflexionar acerca de lo que aquí llamo el amor marica.

I

Hasta hace algún tiempo, en mis soledades me reprochaba la tardanza con la que me había aceptado como gay y había asumido la tarea cotidiana de salir del clóset —porque, habrá que enterar a quien no lo sepa, que esto no es un proceso de un solo acto—. Y desde entonces no he dejado de encontrar a quienes desafortunadamente me han superado en la demora. ¿Imaginan siquiera que a mis treinta y tantos le haya enseñado a un joven mayor que yo, lo bonito que es ir tomado de la mano por la calle, a plena luz del sol? Pues todo esto parece inimaginable para un heterosexual que aprendió a tomar de la mano a la niña que le gustaba en el colegio. Esa primera vez no es irrelevante. Así como andar en bicicleta derriba el miedo y pone en marcha el perfeccionamiento de la técnica con la práctica constante, así también sucede para quien se atreve a tomar de la mano a quien le gusta.

Por eso, para una pareja heterosexual de treintañeros resultará tan común un acto de extremada simpleza. Pero para una pareja homosexual de la misma edad se vuelve un acto de difícil ejecución cuando se trata de la primera vez en público; para conseguirlo, tenemos que derribar barreras tanto propias como ajenas. No es tan simple. Si la imaginación y sus ficciones no pasan desapercibidas y a veces hasta nos dan pánico soñar, menos aún resulta indiferente la vivencia real que nos compromete en público.

Quien me lea tal vez recuerde que, en 2019, “La Revolución” de Fabián Cháirez, una simple, aunque simbólica pintura, donde un varón en cueros aparece montando un caballo en sexual pose, tan solo por tener aires de Emiliano Zapata, incomodó tanto que algunos pidieron que ardiera el lienzo, así como el atrevimiento de insinuar que el caudillo del sur hubiese sido presa del amor marica —o, si se quiere, tan solo del placer—. E. M. Forster, para evitar la condena pública y quizás hasta la cárcel, se resistió a publicar mientras vivió su “Maurice”, la increíble historia con final feliz de dos homosexuales. Si la fantasía puede ser tan transgresora, el acto real en carne propia puede ser aún más que, con toda razón, nos sabe incluso revolucionario. A muchos nos cuesta varios años poder juntar el valor necesario para hacerlo, aún y cuando seamos sabedores de que nada hay de malo en ello y de que hay un ejército de amistades dispuestas a protegernos.

II

Ojalá que todo se tratara tan solo de atrevernos a dar un beso en público y que de todo lo demás se encargaran los románticos empedernidos, quienes en poemas y canciones nos han querido explicar lo que sucede cuando las miradas se juntan y las manos se toman, o el significado del silencio cuando dos corazones palpitan, pecho a pecho. Pero esto no es así. Dejando a un lado la importantísima enseñanza feminista de que eso del amor romántico es más venenoso que la cicuta, la cosa es que el primer beso es el principio de un largo camino en el que vamos dando palos de ciegos. Porque esto del amor marica, como todo amor, no consiste tan solo en dar besos en público, sino en aprender a construir una relación con alguien más, lo cual no puede dejarse al libre curso de las cosas.

Hasta ahora no sé qué tanta incidencia tenga nuestra inexperiencia en el amor en la dificultad de construir relaciones amorosas duraderas. Supongo que irá en partes iguales con los estereotipos de género, de relaciones, personas y cuerpos que inconscientemente aprendemos, abandonamos, modificamos y reproducimos. Es un cóctel muy apetecible si la manera disponible para relacionarnos se mira a través de las aplicaciones de citas que nos ofrecen catálogos interesantísimos y filtros de todo tipo con tal de reducir nuestro abanico de opciones a las que más cumplan con nuestros estándares, incluso si al final no hay más que un match y un hola.

No parece que estos síntomas sean propios de la vida virtual, aunque la pandemia nos haya metido más en ella y quizás sea más común de lo que parece, independientemente de si somos homosexuales o no. Hace algunas semanas, en algún lugar leí la experiencia de quien manifestaba cierta desolación al darse cuenta de que había caído en una especie de espiral. Iba a un antro pretendiendo buscar el amor, y encontraba a alguien que cumplía con sus estándares pero que, al haberlo conseguido, después de darse el gusto, iba en busca de alguien mejor. Y así, sucesivamente. En conseguir y desechar parece que se le iba la vida, una vida clásica de consumo.

Tal vez sea cierto que este estado de cosas tiene una raíz más profunda en el sistema económico capitalista en el cual vivimos, y que mientras éste sobreviva, tendremos que enfrentarnos a los modos de vida que produce y reproduce y que nos dejan en desazón como a ese joven del antro. Pero si acaso cabe albergar una esperanza de remar contra ese destino, quizás sea necesario ser conscientes y admitir que nuestra revolución como homosexuales no puede quedarse con salir del clóset y dar un beso en público, aún y cuando sepamos lo traumático que puede ser y ha sido.

III

El amor marica tiene que ser un acto subversivo que nos lleve a tener consciencia de nuestra condición e identidad colectiva. Tenemos que saber que no somos una novedad para el mundo y que desde épocas inmemoriales se ha exaltado el amor entre personas del mismo sexo. Plutarco nos ha dejado una bella estampa del Batallón Sagrado de Tebas, conformado por parejas de homosexuales y que fue prácticamente invencible hasta que lo derrotaron los macedonios al mando de Alejandro Magno, célebre marica. Cátulo, el pícaro poeta romano de principios de nuestra era, dejó finas expresiones de las prácticas sexuales entre varones en su poema XVI del que no digo más para que la curiosidad lleve a buscarlo a quien me lea. Y siglos posteriores, ya en pleno cristianismo, tenemos noticia de la institucionalización de uniones románticas entre personas del mismo sexo, según nos lo ha contado John Boswell.

A los ejemplos positivos debemos agregar las dificultades en las que nos hemos encontrado; las lesbianas o las personas trans no han corrido mejor suerte, por nombrar algunas letras de nuestro colectivo. Son numerosas las historias de persecuciones, discriminaciones y crímenes de odio que forman parte de las razones fundamentales por las que nos cuesta tanto dar un beso en público. Hasta hace pocos años era impensable que en México nos pudiéramos casar o incluso adoptar a niñas o niños si es que se nos ocurría formar una familia. Y a pesar de que Simone de Beauvoir ya desde mediados del siglo pasado explicó por qué no hay una esencia de “ser mujer”, hoy en día hay varias y varios necios que siguen discutiendo si las mujeres trans son mujeres y no más bien “hombres que se visten de mujeres”, según recientemente lo han expresado cínicamente políticos de derecha.

¿Estamos mejor que antes? Con todo, a lo mejor podríamos decir que sí, pero esta respuesta es relativa. Al menos en nuestro país, oficialmente, quedaron muy atrás las ordenanzas de Nezahualcóyotl, que sancionaban con la pena de muerte a los texcocanos sométicos: al activo lo ataban a un palo y lo cubrían de ceniza hasta que se sofocara; y al pasivo le sacaban las entrañas por el ano. Sin embargo, hasta 2020, de acuerdo con un reporte de ILGA World, en al menos seis países (Brunei, Irán, Mauritania, doce estados del norte de Nigeria, Arabia Saudita y Yemen) los actos sexuales consensuados entre personas del mismo sexo están legalmente penados con la muerte. En cinco más (Afganistán, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Pakistán y Somalia), esa pena es una posibilidad porque no se tiene certeza de leyes que así lo prescriban, pero la práctica indica que, según la Sharia, la muerte es un castigo posible y apropiado para quienes nos recreamos sexualmente con nuestros semejantes. En 2015, por ejemplo, un tribunal afgano condenó a dos hombres y a un muchacho de diecisiete años a ser ejecutados por aplastamiento mediante el derribo de una pared; el muro mató a dos hombres e hirió al adolescente, a quien le permitieron vivir[1].

Así, pues, quizás en estas penas haya menos saña que la ordenada por el rey poeta texcocano, pero, sin lugar a duda, ésta no se ha eliminado de los crímenes de odio en todo el orbe. Habría que recordar que hace poco más de un año, en Yucatán, un joven homosexual de veintitrés años, José Eduardo Ravelo, fue golpeado, torturado y violado por unos policías. Por esas fechas, pero al noreste de España, supimos que un grupo de personas asesinó a Samuel Luiz, de veinticuatro años, propinándole una golpiza mientras le gritaban “maricón de mierda”. En 2020, también se supo que Naomi Nicole, una mujer trans, fue asesinada por dos militares en la Colonia Guerrero de esta Ciudad de México, después de que le solicitaran un servicio sexual. Y en enero de este año, trascendió la noticia de una pareja de lesbianas, Tania y Nohemí, cuyos cuerpos aparecieron desmembrados y tirados en una carretera de Ciudad Juárez, Chihuahua, entidad caracterizada por su elevada tasa de feminicidios. Las autoridades estatales descartaron que este último caso se hubiera tratado de lesbofobia, y al respecto no me queda más que decir, como bien dice mi amiga Sara, que, si algo va mal, siempre va peor para la mujer —y aún peor, agregaría, si es lesbiana—.

IV

Llegados a este momento, quizás haya quien empiece a incomodarse con tanta mala noticia. ¿Cómo pasamos de un beso a tanta ignominia? El amor marica, como todo amor, no es siempre cómodo. Por más normales que pretendamos llevar los homosexuales nuestra vida amorosa, siento decirlo, nunca lo conseguiremos. Un beso en público, salir del clóset, claro que es importante. Pero tenemos una identidad colectiva de la que tenemos que estar conscientes y con la que tendríamos que estar comprometidos, porque el espacio público y el derecho a existir como somos, aún no lo hemos ganado del todo, ni en nuestro país y tampoco en el mundo entero.

Nuestra dignidad no se ha construido en solitario. Besémonos en público, a la luz del día y entendamos que cada paso que damos como homosexuales no habría sido posible sin los millones de personas que han peleado y sufrido para tener una vida mejor. Desde Stonewall donde las personas trans estuvieron en primera línea y hasta las manifestaciones recientes de quienes han evidenciado el detrimento de la atención sanitaria a quienes tienen VIH, toda nuestra existencia como colectivo se ha debido al trabajo diario en las calles, en los congresos y en los tribunales. Entendido esto, reflexionemos sobre las luchas que hoy nos toca librar con nosotros mismos, las formas como nos relacionamos con quienes pretendemos amar, y la comunidad que deseamos dejar a quienes nos sucedan. En esto quizás consista el amor, nuestro amor marica: en una potencia tal que transforma no sólo al individuo, sino a su misma comunidad, tanto presente como futura.


[1] Véase el reporte State-Sponsored Homophobia 2020: Global Legislation Overview Update (Ginebra: ILGA, Diciembre 2020), disponible en: https://ilga.org/downloads/ILGA_World_State_Sponsored_Homophobia_report_global_legislation_overview_update_December_2020.pdf


Francisco Martínez Cruz es licenciado en Derecho por la UNAM y MA en Filosofía Política por la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona, España.

Lo gótico en el «Cementerio prohibido», de Francois Villanueva Paravicino

Por: Cristhian Briceño Ángeles*

Texto de presentación del libro el pasado jueves 31 de octubre en la Casa de la Literatura Peruana (CasLit).

A primera vista, tras haber revisado la portada, la tipografía y los títulos que componen este volumen (Editorial Apogeo, 2019), podría considerarse que el nuevo de libro de Francois Villanueva Paravicino encaja en aquello que se considera literatura de terror. Una lectura atenta, sin embargo, nos revela que la intención del autor no ha sido originar miedo en el lector o, en el peor de los casos, despertar la sospecha de que estos relatos han sido concebidos con esa finalidad.

Pienso, por ejemplo, en El verdugo, primer cuento del conjunto. El narrador, a la vez personaje, huye mientras ensaya una crónica de los eventos inmediatos, de lo que acontece en tiempo real, tratando de evitar a una horda de demonios que lo persiguen para hacerlo pagar por sus faltas. De cierta forma, hallamos aquí ciertos puntos de convergencia con algunos relatos de Edgar Allan Poe, como en Un descenso al maelstrom, pero con la diferencia que, mientras la narración del Allan Poe confluye en el raciocinio, es decir, en aproximarse a una explicación lógica del infortunio o la maldad, haciendo que el narrador se detenga en lo inverosímil y lo estudie y verifique la posibilidad de un argumento que haga sentido con lo imposible, Francois Villanueva Paravicino elige formular un recuento que no busca nuestra aprobación, sino únicamente nuestra contemplación.

Con esto no quiero decir que el autor elija un camino fácil o que falle en la ejecución de sus relatos, sino que su camino es otro, su sensibilidad es diferente. Una cosa es enfrentarnos a un cuento como Los crímenes de la calle Morge y otra, muy distinta, es abordar un relato como La lotería de Shirley Jackson. En el primero, el autor no nos concede tregua en cuanto a sus pistas y observaciones milimétricas del crimen que se ha cometido, y, no contento con esto, él mismo formula las hipótesis y, finalmente, resuelve el caso con la maestría de Holmes o de monsieur Lecoq; por el contrario, Jackson nos sugiere un poblado y un culto y, también nos insinúa, además de la violencia del desenlace, el miedo y la turbación.

Más que del género del terror, la narrativa de Jackson asimila la influencia de la novela gótica de finales del siglo XVIII. La principal diferencia que podría señalar entre el terror y lo gótico es que lo gótico, más que propiciar una emoción en el lector a partir de lo que sucede con los personajes, busca recrear ambientes de deliberado claroscuro, una suerte de escenario que perturba y enrarece a los personajes inmersos en la ficción y, por extensión, estas sensaciones son transmitidas al lector.

En las descripciones que realiza Francois Villanueva Paravicino en sus relatos existe esta necesidad por ubicarnos en ambientes sofocantes, por momentos de un minimalismo malsano y, por otros, de una exuberancia que nos acosa. En Las heladas se puede apreciar este recurso, ya que, si bien nos sitúa en el inhóspito territorio de la puna, las descripciones son tan detalladas que nos sentimos atacados por la prosa del autor, por momentos despiadada en su detalle, y si a esto le agregamos la ausencia de personajes, nos sentiremos dentro de la escena, apremiados por huir. Una sensación que se parece a la que nos genera leer El castillo de Otranto de Walpole (quizá la novela que inaugura el género gótico), ya que el autor nos hace ir y venir tantas veces por galerías oscuras o ingresar en celdas donde la humedad escapa a su mención y nos hostiga, que, por un momento, la trama se anula y disfrutamos/sufrimos el diseño de la atmósfera.

Sin embargo, lo gótico en este libro de Francois Villanueva Paravicino, además de funcionar como utilería, o mero escenario de los hechos, se revierte hacia los personajes, a partir del discurso que cada uno ejerce y ofrece, por lo que lo gótico se convierte también en la decoración de la psiquis de cada uno de ellos; así, en cada soliloquio de los personajes es fácilmente reconocible ese camino de tenue iluminación, lleno de pasadizos estrechos por donde, más que ideas, transita la turbación de cada uno de ellos. No estamos, entonces, ante ese raciocinio luminoso de los relatos de Poe, sino más bien en la oscuridad de lo desconocido, en las tinieblas de la incertidumbre que, a su manera, incide en las reacciones de cada uno de los personajes de los cuentos de Francois Villanueva Paravicino.

Hay matices de estos rasgos, como en Las heladas, que ya he comentado, y también en La familia de un conocido, donde lo absurdo de la situación nos genera un extrañamiento genuino que se ve reforzado, una vez más, por la descripción de la escenografía narrativa que nos propone el autor; si a esto le agregamos ese temor a la inmortalidad (que ya ha sido explorado por otros autores como Swift o Borges), tendremos una muestra precisa de lo que persigue este libro en cuanto a sus propuestas estéticas.

Algo parecido, aunque con otros resultados, encontramos en el relato central y que da título al libro. En él asistimos a un retorno al lugar de origen, el cual encierra una serie de conflictos aún no resueltos, latentes, y con los cuales el narrador se ve enfrentado, algo bastante usual y que se ha explorado innumerables veces en la literatura (no quiero citar algo obvio como Pedro Páramo; prefiero mencionar La luna y las hogueras de Pavese). Nuevamente vemos el desconcierto del narrador, como en La lotería de Shirley Jackson, ese desfase con respecto a las formas originales, esa apariencia con que la realidad, dentro de la ficción, embiste a quien presencia los hechos. Aquí lo indescifrable o, mejor dicho, aquello para lo que no se encuentra una explicación oportuna y puntual, es también otra de las formas con que el legado de lo gótico decreta su presencia.

Recordemos las intrigas en El italiano de Ann Radcliffe o en La dama de blanco de Collins para hacernos una idea de cómo es que Francois Villanueva Paravicino establece los tiempos dentro de su relato, aunque su manera de presentar los hechos escape del sensacionalismo del dato escondido y se enfoque más en transmitir, con sensatez, sensibilidades y reacciones. Lo que podría ser una burda narración de muertos que acosan la cotidianeidad de los vivos se convierte, gracias a la pericia del autor, en una ocasión para develar cómo es que la personalidad de sus personajes hace frente a situaciones extravagantes; creo que el valor de estos relatos radica precisamente en ello, en cómo el lector puede asistir, desde la distancia benevolente de la ficción, a eventos excepcionales y que contradicen todo aquello que asumimos con nuestra normalidad. Con todo esto, y a pesar de la primera impresión que despierten estos relatos, Francois Villanueva Paravicino ha construido un conjunto que escapa de la convención del terror llano y se acercan, felizmente, a la estética privada del autor.

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*Cristhian Briceño Ángeles: Ha publicado el poemario Breve historia de la lírica inglesa y el conjunto de prosas La trama invisible. Ha sido antologizado en El fin de algo. Antología del nuevo cuento peruano 2001-2015.  En 2012 obtuvo el primer lugar de la XXV edición de El Cuento de las 1000 Palabras, organizado por el semanario Caretas, con el relato «Fiebre». Asimismo, en 2013 ganó el premio Copé de Plata de la XVI Bienal de Poesía con La comedia inmóvil (Petroperú Ediciones Copé, 2014). Sus textos han aparecido en revistas peruanas y extranjeras como Buensalvaje, El Hablador, Lucerna, Poesía (Venezuela) y Luvina (México). En 2018 fue incluido en la antología País imaginario. Poesía Latinoamericana 1980-1992 y, también, se reditó su primer libro de cuentos, La literatura en Alaska.

Portada de Cementerio prohibido de Francois Villanueva.

La fecundidad del canto en Semillas cósmicas de Julio Barco, por Francois Villanueva*

Por: Francois Villanueva Paravicino*

El poeta prolífico y desbordante, irreverente y cuestionador, Julio Barco, en su paso por Huamanga y Huanta, me obsequió un ejemplar de Semillas cósmicas (Mención Honrosa del XI Concurso Poeta Joven del Perú del 2020), una obra donde, creo yo, se define y moldea mejor su Ars Poética, tal vez con mayor originalidad y voz lírica propia que en sus entregas anteriores.

Si en aquellas obras se expresaba y rendía tributo con la mímesis o imitación de sus modelos poéticos (dígase Hora Zero, Kloaka, Neón, etcétera), explorando la ciudad urbana a través de una voz psicosomática o esquizoide, sus bordes y descentramientos, sus periferias y sus formas urbanísticas, en Semillas cósmicas encontramos un canto propio, sincero y honesto con sus ideales y su forma de entender la poesía.

“El poemario de Julio Barco podría considerarse como una obra que, tomando como motivo lo absurdo del hombre en su pluralidad, hurga en la inaprensible naturaleza del lenguaje”, afirmó el Jurado Calificador del certamen. Y es cierto. Tal vez en esta obrita se entienda que la principal preocupación de la poesía de Barco es el lenguaje: sus excesos-desbordamientos, su parquedad y sus límites, su potencia y su fuerza, su fuerza de procreación y su instinto destructor. He allí sus méritos.

Julio Barco, autor del poemario Semillas cósmicas.

“Todo lenguaje es simiente / Toda simiente es poesía / El poeta es madre de la luz”, afirman los versos finales del primer poema del libro. Y, como una advertencia o unas palabras liminares, el hablante lírico de los poemas desarrollará en su canto la idea central de que las palabras, el verbo y el lenguaje son fecundos, son vida, son la razón principal de la existencia humana.  

“Yo no soy el bosque. Yo soy apenas un hombre lleno de hombres. Un cuerpo lleno de señales y sentidos.  Abierto un instante a la vida: con cerebro y profundidad de ideas”, rezan los versos en prosa de la composición “Volcán de Agosto (balada de las semillas)”, donde metaforiza al ser humano como un ser “lleno de señales y sentidos”; es decir, como un cuerpo construido de lenguaje, de verbo y de significación.

“Y tu fuego será una semilla en una hoja. / Y la semilla multiplicará su sentido. / Resplandor, epígrafes, nubes: / me alejo por siempre de las bibliotecas”, se destacan en el poema “Me inquietan los caminos que toma la gloria”, donde de forma versista se conjuga la metáfora de la fecundidad de la cultura letrada, libresca y bibliográfica. Es decir, de la fertilidad de la hoja escrita, que, como enseñan los maestros, imita o supera a la vida.

“El alma viaja en la simiente, el ser en el lenguaje, y este lenguaje es pulido material del sueño”, se escribe en el poema “(El sueño y las semillas)”, que, como una fenomenología del espíritu, relaciona al lenguaje como la casa del espíritu y del ser. “La poesía es una semilla que repercute en el cuerpo (…): fecunda tu idioma y canta”, también afirma el hablante lírico del poema “(El destino de la semilla)”.

Por ello, el poeta Julio Barco destacó, en la ceremonia de la premiación, la idea que inspiró este poemario: “El arte de la poesía, en su belleza, surge de la necesidad de un rito antiguo: la fecundidad y el canto, la necesidad de manifestarnos, el hambre voraz de aclarar, entre las dudas, la interrogante sin medida que somos, la fiesta de nuestros nombres en la noche de origen”.

En ese sentido, la óptica que aprendemos de este nuevo libro de Julio Barco (autor de más de 10 libros pese a su joven edad) es que la poesía nos ayuda, cuando la escribimos, a conocer más un tema que nos inquieta o, como contraparte, nos sugiere más interrogantes, más dudas o problematiza de forma compleja algo que creíamos saber, pero cuya verdad tiene muchas más aristas y salidas de lo que se creía. Por ello, la poesía siempre es una forma de conocimiento, de nosotros mismos y de los otros.

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*Francois Villanueva Paravicino

Escritor peruano (1989). Egresado de la Maestría en Escritura Creativa por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Estudió Literatura en la UNMSM. Ha publicado Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019) y Azares dirigidos (2020). Textos suyos aparecen en diversas antologías, páginas virtuales, revistas, diarios, plaquetas y/o; de su propio país como de países extranjeros. Ganador del Concurso de Relato y Poesía Para Autopublicar (2020) de Colombia. Finalista del I Concurso Iberoamericano de Relatos BBVA-Casa de América “Los jóvenes cuentan” (2007). También, ha sido reconocido en otros certámenes literarios. 

Francois Villanueva, autor de la presente reseña literaria

RESEÑA: J. J. Maldonado y la Novela Generacional en el siglo XXI, por Alex J. Chang

Reseñamos la novela El amor es un perro que ruge desde los abismos de J. J. Maldonado, publicada por Editorial Planeta Perú.

Por: Alex J. Chang

J. J Maldonado

Novela Generacional

El amor es un perro que ruge desde los abismos (Planeta, 2021), novela debut de J. J. Maldonado, ha obtenido en el primer mes de su publicación un impacto positivo y entusiasta tanto entre la crítica y los medios de comunicación nacionales, como entre un gran número de lectores que celebran en libro en historias de Instagram o post de Facebook, resaltando especialmente la esencia y la furia juvenil, así como el sinfín de referencias generacionales que acompaña el argumento del libro: la historia de un adolescente llamado Diosito, el cual enterado de que va a ser padre dentro de un sector de bloques infernales del Callao, se lanza hacia una aventura picaresca en la que se verá enredado con una mafia de trata de personas que usa como fachada un hangar dedicado a la producción clandestina de hentai (anime porno).

Sin ninguna duda el libro ha tenido una conexión muy fuerte con los jóvenes y eso ha quedado evidenciado en el sinfín de interacciones de lectores millennials y centennials en redes sociales, sobre todo en Instagram. ¿Pero a qué se debe esta conexión? Podría decir que bajo una primera lectura, El amor es un perro que ruge desde los abismos se presenta ante el lector como una carta de amor a la generación que creció en los 2000; como un libro que extrae las sensibilidades de toda una nueva juventud y que entierra para siempre el siglo XX y se aparta totalmente del espíritu de los 90, espacio temporal que yace como animal anacrónico y olvidado para cualquier joven del siglo XXI.

Así hay en esta novela todas las dinámicas y códigos que hermanan no solo a un barrio o una clase social, sino también a toda la juventud de un país, a toda su educación sentimental, a toda su nueva forma de aprehender el mundo, incluso, a toda su esencia política. En ese sentido podría pensarse que El amor es un perro que ruge desde los abismos es una novela que trata de totalizar el primer periodo del siglo XXI peruano a través de un lenguaje propio, con las características determinantes de la juventud que se formó a sí misma con la llegada del internet y el cable y los primeros celulares inteligentes. Todo esto visto no a partir de una totalidad numérica, sino de un fragmento, y en este caso el fragmento sería la furia de una periferia: el Callao, pero un Callao completamente inventado, el cual Maldonado borra para transformarlo desde la ficción en una periferia que se vuelve todas las periferias posibles.     

Entonces allí encontramos la búsqueda de Maldonado por crear la primera épica millennial de su generación a partir de los márgenes de la ciudad. Porque El amor es un perro que ruge desde los abismos se constituye como la epopeya de Diosito, un personaje periférico que se convierte en significado y significante del joven del siglo XXI, en ícono generacional. De ahí que se narre diversos planos de la vida de este personaje: lo psicológico, lo sentimental, lo físico, lo político, lo religioso, lo educativo, lo vital y, sobre todo, lo moral. Y todo esto funciona por el ejercicio de la picaresca urbana y pop que Maldonado plasma en la elaboración de su relato, creando microutopías que se sostienen por la disposición de sus materiales, pero en especial por su mirada.

En el capítulo 28 (monólogo interior larguísimo del libro) vemos quizá la clave de todo lo arriba expuesto. Menciona el protagonista:

“Qué se le iba a hacer. Yo. Mis últimos atardeceres en la Tierra. Mi hermoso final en el videojuego real. Mi vómito a la cara de toda mi generación. Sí, mi vómito. Este es mi vó- mito para ahora, para mañana, para siempre. Yo con ellos y ellos conmigo: Dieciocho años: Dragon Ball Z: Spotify: Xvideos: Photoshop: Pornhub: Asfalto: Tumblr: Soledad: 4chan: Desamor: Y soledad: Y nuevamente soledad: Y mucha más soledad en. Mi vómito a todos ellos. Sí, mi vómito”.

Ahora bien, algunos críticos han dicho que los personajes de El amor es un perro que ruge desde los abismos son marginales y que su mundo y su lenguaje y sus sueños también lo son. Pero están equivocados. De hecho la marginalidad tiene su propia poética, su propia forma de estetizar el mundo. Pero en el mundo o el universo de El amor es perro que ruge desde los abismos los personajes no son esencialmente marginales, sino más bien son personas ultraconectadas gracias al internet o la televisión que consumen en exceso. Es un desvarío seguir hablando de marginalidad en un mundo tan hiperconectado: con ese vértigo que hay en la red con su sinfín de grupos o tribus urbanas dentro del universo digital. Bajo este contexto se puede señalar que los personajes de Maldonado están determinados por algo que se conoce como la Aldea Global o la Nueva Babel, ya que, desde su espacio lejano, el barrio, la cabina de internet, la pandilla, están conectados con el mundo. De modo que eso los define como seres particulares, pero al mismo tiempo les arrebata su autonomía e identidades locales. Es decir, los desmarginaliza. Por ejemplo: los personajes de esta novela no usan jergas como “causa” o “pata” para referirse a un amigo, sino utilizan el “broder”; en lugar de “pendejada” o “carajo” usan el “mierda”, etcétera. En ese sentido, su marginalidad es paradójicamente una marginalidad globalizada. 

Tal vez por eso el lenguaje usado en El amor es un perro que ruge desde los abismos no es un lenguaje marginal, ni sucio, ni sexual ni violento, ni hamponesco o sicarial, y eso porque precisamente los personajes no están dentro de una situación marginal o hamponesca o precarizada (como los reseñistas lo han señalado desde el puro asombro), sino más bien están en una zona gris, entre lo marginal y lo globalizado; entre lo bueno y lo malo, entre la luz y la oscuridad. Y todo eso definitivamente gracias a las dinámicas e influencia del internet, porque el internet es una puerta al mundo, un pase hacia el TODO, una reconfiguración de lo que es la verdad o la mentira, lo puro o impuro. Por eso es el internet lo que batutea la novela. O mejor dicho es lo que le da su rumbo.

En razón de todo lo anotado, el lenguaje de El amor es un perro que ruge desde los abismos es funcional a ese panorama y por eso mismo es su punto más interesante. En consecuencia Maldonado no exotiza a los personajes dándoles giros lingüísticos sacados de manual de periódico chicha o de películas inverosímiles del submundo de Lima. Se salva al globalizarlos y conectarlos con el mundo. Basta darse una vuelta por los márgenes de la ciudad para llegar a la conclusión de que en las periferias del siglo XXI ya nadie habla en argot de hampón de cine barato o de literatura urbana pasada de moda. Se habla grueso, pero no con el falso exotismo que nos ha vendido Tondero. Felizmente, porque ese sería el horror y Maldonado logra librarse de eso para alegría del lector. Menos mal.

Título con reminiscencias pop

Respecto al título El Amor es un perro que ruge desde los abismos en definitiva nos remite a un  verso de Charles Bukowski ­ (autor de novelas como Factótum, La Senda del Perdedor, Cartero, entre otras, de las que Maldonado bebe sin llegar a contaminarse del todo). El verso bukowskiano es El Amor es un perro del infierno. Esta similitud nos indica, entonces, que nos adentramos al infierno terrenal. Pero también Maldonado agrega otra referencia directa y samplea ambos elementos para configurar por completo el título de su novela. Esta referencia viene de Neon Genesis Evangelion de Hideaki Anno (anime que tiene una presencia central en la historia del libro), enfocándose en el capítulo 26 de la serie japonesa que titula así: La bestia que pedía amor a gritos desde el centro del mundo. Este cruce o mestizaje de referencias hace bastante especial al libro de Maldonado, ya que encontramos tanto elementos extraídos de lo que podría considerarse la cultura oficialista como de la cultura marginal o populosa. He allí El amor es un perro que ruge desde los abismos.

Mestizaje cultural para el siglo XXI

En El amor es un perro que ruge desde los abismos se mencionan marcas juveniles y populares: zapatillas Converse o Vans Old School, chullos DC, bicicletas BMX, Motos Pocket Watts Camel 01, camisetas Element, KFC, Spotify, XVideos, OnlyFans, etc. Por otra parte, los jóvenes y las bandas del Callao (universo paralelo parecido a las películas, series, mangas y animes como Tokio Revengers, Akira, Durarara, Gungrave) practican tres disciplinas en apariencia marginales: skateboarding, BMX y freestyle rap. Estos tres deportes, por lo tanto, tienen tanta importancia por la competencia y la rivalidad entre los bloques y bandas organizados cada fin de semana.

Vemos también una marcada preferencia de los adolescentes por los dibujos animados como Los Simpson, Los Picapiedras, Tom y Jerry, South Park, Phineas y Ferb, o por animes como Naruto, Dragon Ball Z, Bleach, Evangelion, Inuyasha, Yu-Yu Hakusho, One Piece, Death Note y otras series japonesas populares en la primera década de los 2000.

Con respecto a los gustos musicales, los jóvenes de esta novela están inmersos en un ambiente de Rap y de Freestyle, en donde destacan artistas como Arkano, Snoop Dogg, Canserbero, 2pac, Nach, Kase.O, Rapper School; entre otros.

Sobre el cine, vemos mucha influencia de películas juveniles como Heathers, Attack the block, Harry Potter, Mi pobre angelito, Akira, Juan de los Muertos, Sueños Imperiales y clásicos como Depredador, Kickboxer o E.T.

Los videojuegos también están presentes y tensionan la atmosfera de la novela. Se mencionan videojuegos en línea como Dota2, Counter-Strike y StarCraft. Todos estos videojuegos están cargados de adicción, adrenalina, violencia y mucha diversión. Sin embargo, también hay estilos narrativos de videojuegos o creepypastas que se ensamblan en el montaje de la novela desde su construcción estructural. Por ejemplo, vemos en los últimos capítulos del libro un estilo narrativo sacado de Petscop y Resident Evil (el videojuego). Además, el lector atento puede encontrar diálogos de películas pornográficas o escenas sacadas de videos basura de YouTube, una mezcolanza de datos que enriquecen la lectura y crean subtextos muy interesantes para explorar.

El universo de El amor es un perro que ruge desde los abismos está lleno también de mucha poesía, de mucha lírica, de mucha literatura, siendo manifestado en sus diversas formas: poesía callejera (Freestyle Rap), poesía lírica (género literario) y poesía espontanea (sincero y voluntario, sin ninguna pretensión/ambición). Aquí vemos un desfile de autores como Vicente Huidobro, Antonin Artaud, Charles Bukowski, Leopoldo María Panero, Roberto Bolaño, Andrés Caicedo, David Foster Wallace, Bret Easton Ellis, J.D. Salinger, Hanif Kureishi, Jeffrey Eugenides, entre otros, que no solo aparecen mencionados, sino también los podemos hallar en algunos de sus versos o frases utilizadas por Maldonado dentro de la narración en un sampleo, montaje y plagio que cobra al final su propia autonomía y vuelve a la novela en un mash-up narrativo de interesante logro estético.

Huellas literarias nacionales

Oswaldo Reynoso, con su libro Los Inocentes; Julio Ramón Ribeyro en su narrativa sombría que retrata a los eternos perdedores inmersos en una sociedad limeña monstruosa e indolente; Óscar Malca, con sus espiritualidad juvenil y su furia ochentera en Ciudad de M; Jaime Bayly, con su humor sarcástico y desenfrenado a la hora de escribir La noche es virgen; Mario Vargas Llosa en sus primeros libros Los jefes, La Ciudad y Los Perros, Los Cachorros; el Fernando Ampuero de Loreto y Taxi Driver sin Robert De Niro; Niño de Guzman con sus relatos atmosféricos, así como Martín Roldán Ruiz con su Generación Cochebomba y Augusto Higa con la feroz delicadeza de Que te coma el tigre, son algunas de las huellas literarias nacionales que puede encontrarse dentro de El amor es un perro que ruge desde los abismos de J. J. Maldonado, novela que ha sabido sacar lo mejor de cada uno de sus referentes y rendirles un poderoso homenaje.

Última parada

Encontramos en la primera página del libro la conceptualización de lo que pauteará todo el relato de Maldonado. Dice así: “Yo quería que esta fuera una historia de amor, pero como el amor en las mayorías de historias suena a mentira, esta será una historia de terror…”. Quizá el “amor” o la búsqueda del amor sea el leitmotiv central de la novela. Aunque en definitiva no se trata de un amor romántico ni platónico, sino más bien un amor mucho más vital o, en todo caso, espiritual. ¿Qué es lo que buscan los personajes del libro? ¿No es acaso un poco de amor dentro de un mundo lleno de terror? He ahí el músculo del relato, su razón de ser.

Para finalizar, mención especial para el editor de la novela: el escritor y periodista Gabriel Ruiz Ortega. Se nota que ha sabido dar sentido al constructo interno de El amor es un perro que ruge desde los abismos, pues desde la invisibilidad del editor expone un excelente control del caos novelesco de Maldonado, quien en anteriores entregas se definía por un desborde verbal y estructural. En cambio ahora hay en la prosa del autor una tranquilidad o dirección narrativa que engrandece el texto y consolida una voz. De eso se han percatado también otros reseñistas como José Carlos Yrigoyen de El Comercio o Marco Zanelli de RPP Noticias, los cuales han saludado la depuración del estilo en esta novela debut. Todo ello gracias a la sabiduría del editor, quién parece conocer su oficio (la escuela Ignacio Echevarría se nota en la esencia) y, quien además, ya ha dado muestras de su inteligencia en publicaciones como la excelente Todo, menos morir de Alina Gadea y Los cojudos del enorme Sofocleto. 

Bonus Track

Hay tres escenas que me gustaría recomendar a los lectores, episodios narrativos que me impactaron y creo que le dan relevancia a la novela:

  1. Primera Escena: Un episodio perturbador relacionado a una cercana violación. Harold, compañero de trabajo en la limpieza de baños del protagonista Diosito, realiza tocamientos indebidos al adolescente sin su consentimiento. Al final de la escena, Diosito se defiende a patadas y puñetazos, pero esto lo lleva a ser despedido y amenazado de parar en la cárcel. Lo más abrumador de la estampa es cuando en un determinado momento de estos tocamientos, el adolescente cree sentir que algo de todo eso le gusta.
  2. Segunda Escena: En el capítulo 28 somos testigos de un ingenioso monólogo interior que, intercalado por momentos de quiebres realistas y oníricos, muestra las derivaciones (locuras) de Diosito al mejor estilo de Molly Bloom en el Ulises de James Joyce. Aquí nos encontramos ante una lectura adictiva, trepidante, que no permite respirar, como un freestyle de Rap que tiene pocas pausas. Sin duda, el momento narrativo y literario más alto de toda la novela.
  3. Tercera Escena: Un final abierto que sorprende y quiebra al lector. La conclusión de la historia es que no hay conclusión. Sin embargo, hay una circularidad atmosférica en donde el personaje regresa al punto de partida sin ser el mismo. Él lo dice al final: “seré otro Dios”. Potente.  

Por último, y no menos importante, sería interesante ver el libro adaptado en una serie y/o película, así como la disponibilidad de un audiolibro. Tiene todo lo necesario para aplicar a estos formatos: Cine, Televisión y Audiolibro. Sobre todo porque la novela está construida a partir de imágenes en una suerte de mecanismo de montaña rusa: acción, pasividad, acción, pasividad, acción, acción y más acción. Es decir, un formato audiovisual. Un formato siglo XXI.

Puntaje del libro: 8/10

Reseña del poemario Adamar (2020) de Byron Ramírez

por Alelí Prada




El testimonio de Adamar (2020) podría confundirse entre una declaración y un ars poética. Adamar, del latín adamare: amar con pasión y vehemencia, comprende una duplicación; esa segmentación de espejos que completa la dimensión propuesta en este texto.

Al principio, la única luz del génesis es la nada, 
la noche y el día son hilos de la misma prenda
ese diario en blanco (la voz en fuga), esa porción marítima que aguarda el movimiento. 

El inicio sería más bien un preámbulo en el cuerpo terrenal y en el cuerpo macro de la escena.  Se acepta el presagio como se acepta un saludo pre-pelea en algún arte marcial. Las manos, la piel, son un puente en el viaje, no hacia él. El viaje comienza en un límite no tan dibujable por la visión humana, pero sí manifiesto al pronunciar las primeras palabras: grito, isla, agua, profecía, oráculo.

Estos primeros elementos perfilan una ruta de naufragio y una vinculación al regreso. Esta ruta es el regreso a siempre ser un hijo nuevo. La voz se anuncia como solo una consecuencia más de un proceso que la trasciende. Luego, se fija una búsqueda.  Aquí, el corazón de una pregunta / sabe conjugar la luz. La interrogante implica fe, y la fe implica espera. Saber esperar es lo que la o el amante saben hacer. Invertir en la espera, pues ese “abajo” del agua es una descendencia que posiciona a la tierra como un recuerdo derrotado.

La tierra, por su parte, es una especie de bucle, un big bang en dejavú constante. El poeta busca en el precedente del inicio, donde los astros no revelan ni siquiera un signo vital aún. La imaginación de un nombre posible plantea la duda de ¿hacia dónde va la vela del poeta? ¿hacia dónde va el amor en altamar? ¿Es posible que el cielo de pan, todavía, busque un rastro de su infancia? ¿Es posible que lo encuentre?

Esta etapa alberga un letargo elástico que envuelve el mundo de los amores posibles. No del amor, si no de los amores posibles. De las varias historias que nos contamos y nos cuenta el viento, la sal, el olvido. Hay una fábrica del sueño y la realidad. Y, nosotras y nosotros, los amantes, consumimos su producto. Ya lo padecía Segismundo…

Adamar implica despertar bajo el agua. Y no solo despertar de “abrir los ojos”, pues este supone recordar y des-velar. Supone estar siempre de vuelta. Bajo el adamar, si es que lo podemos emplear como un espacio físico, no hay oídos testigos, solo el amante. Siempre es tarde para quienes aman y temprano para morir. El poeta está del otro lado del tiempo, está en la caja con el gato vivo y muerto a la vez. Por tanto, el ayer siempre muere crucificado.

En estas aguas, el tiempo es una categoría relacional y pública. El mundo del amor siempre se va, y el poeta/amante aprende a pronunciarse -no solamente solo– sino que su casa está despoblada cada cierto ciclo; porque el amor es un cosmos que se mueve y se adapta de tamaño, como una casa rodante hacia un norte desconocido. Por eso, ese niño que observa llena su casa de fantasmas para conversar, estimular la memoria, estirar la era en dos lados en forma de puente. Y la sombra de ese puente no predice su propia altura.  El amante no dimensiona sus secuelas (lo que construye antes de pisar esa playa). Todos somos hijos de la sombra. Y, por ello, el tiempo (como facultad) nos excede y nos amamanta a la vez.

La pregunta viva palpita como dominó en el aleteo de una mariposa. Quizás, por eso abrazamos el olvido. Porque el olvido no es abandono, el olvido también es una forma de dejar reposar la memoria. Es una forma de cederle el control a quien realmente nos domina: el tiempo, el agua y el amor como portal, o el amor como agujero negro.  Hablar de las moscas es invadir el silencio para ocupar el espacio.

Ahora bien, hay una decisión. El amante se abraza a una espera sin respuesta, porque el norte es la propia búsqueda. Con las palabras se construye el salto. Y tras toda la farsa, algo sostiene la verdad; pues la farsa no es más que una prenda del tiempo, y habrá que desnudarlo. Este desnudo es incómodo, pero real. Quien ama, recibe el agua en toda manifestación, no solo en su inocencia cristalina. Bucea las cisternas y las grutas, abrazando el misterio. Quien ama sabe que habrá siempre una columna que adopte las luces que revelan, a pesar de que no estuvieran en el inicio de su mapa.

El poeta adama en la infinidad como concepto finito (porque somos las palabras que nos cubren), es una tortuga que se dispone a la marea, construye una plegaria, se quema las manos y ofrece su leña, va rodando su hogar como la piedra de Sísifo, donde el agua tiene -sí o sí- que extraviar al navegante. Donde queda el barro en las manos y un recuerdo a sal en la boca, de algún otro mundo, de algún otro cuerpo.

Escribir la herida te acerca a la historia, a tu historia. El adamar no conoce del autoengaño; se zambulle, consciente del peligro de la mudanza de pieles y de hábitats. Habrá que sentirse con puntería en el extravío. Habrá que decir que sí hay gigantes y viento que los transporte.

Y es desde ahí, desde esas manos hormiga, (no enormes) que se siente el desequilibrio, la injusticia del andar arrebatados de memoria, en calles prohibidas, en mundos sin nombre; es ahí, en ese lugar donde se adama, donde la poesía es el eco (ese perro que persigue su cola), y todos los hijos y los nietos de la historia harán un baile de retorno.

Se adama ahí, con una promesa húmeda en las manos y una caverna abierta hacia la herida del sol, sabiendo que caerá el reino sobre nosotros, sabiendo que Ulises sabe, mejor que nadie, que, después de tantos años, uno entiende la reverencia de la ola y flota.

Alelí Prada es una cantautora, poeta y compositora costarricense. Estudiosa, creadora y entusiasta de las historias, las ideas y los sonidos. Ha participado en diversos escenarios artísticos, desde teatro, música coral, música original, interpretación de canciones, oratorias, recitales de poesía, entre otros. Hoy desarrolla su proyecto como solista con música original y producción literaria. Recientemente, sacó su primer sencillo “Animal” junto a la cantautora colombiana Laura Román en plataformas digitales; anticipando un EP del presente año. Asimismo, además de su primer poemario “Cuando llueve sobre el hormiguero” con la editorial New York Poetry Press, algunos de sus textos se pueden encontrar en la antología “Y2K” de la Editorial Estudiantil de la UCR, en “Desacuerdos” del proyecto Escritoras Aflorantes, “Antología de poesía joven costarricense” por parte de Ministerio de Cultura y Juventud de Costa Rica, la revista Liberoamérica, Oxímoron, Atunis, entre otras

Reseña del poemario “El cuerpo del silencio”, de María Agustina Pardini

por Sandra Peralta


A pesar del impacto que ha tenido la pandemia en el mundo editorial, se han publicado joyas como “El cuerpo del silencio”(2020), vio la luz a finales del año pasado en la editorial Buenos Aires Poetry. Este primer poemario de la traductora y escritora argentina, María Agustina Pardini, nos revela una naturaleza invadida por el mundo “civilizado”; un mundo natural que resiste a las manos humanas en silencio, como las raíces que se cuelan por debajo de la puerta de una casa vacía, reclamando su espacio. En sus páginas, también habitan animales enjaulados que rememoran la libertad mientras aspiran su último aliento; y ballenas que tiñen con su sangre el océano de rojo

“Enjaulado en la inmovilidad, en el olvido 
abriendo sus alas como un prisionero 
midió el tamaño de la jaula”.

El silencio es un arma de doble filo, los cuerpos que han sido acallados avanzan y sobreviven en silencio. El silencio es la muerte, pero también la vida. Los poemas de María Agustina Pardini nos transportan a lugares remotos, donde yacen ocultas reminiscencias de antiguas civilizaciones, territorios donde la naturaleza y la humanidad coexistieron en una especie de simbiosis. El poema “Sigiriya” nos coloca en las alturas de Roca del León, en Sri Lanka, India, un espacio natural intervenido por las manos humanas.

Los poemas que encontramos en este libro discurren por olas, aguiluchos, árboles, caracoles, hojas, océanos, cardones, gorriones, olivos, ríos, colibríes, rosas, venas y cuerpos; son un recorrido por las diferentes estaciones, el paso inminente del tiempo, la puesta del sol y el ocaso. Una naturaleza que permanece y aguanta en secreto, y como telón de fondo ve pasar a la humanidad.

“El cuerpo del silencio” es una propuesta lírica que nos conduce necesariamente a reflexionar sobre nuestra relación con el medio ambiente y la naturaleza animal, visibiliza a esos cuerpos que han sido desplazados y que reivindican sus territorios.

Sandra Peralta Espinosa. Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad Nacional Autónoma de México.  Es especialista en marketing digital y actualmente participa como community manager en la Editorial Almadía. También se desempeña como correctora de estilo y copywriter para diferentes marcas y proyectotos. Ha colaborado en la Revista Folios,el Cardenal Revista Literaria y la sección cultural de Arena Pública

Perros de arbitraria edad

por Patricio J. Gómez Garcés


De haber ocurrido en un auditorio de pompas académicas, con luces sobre el sabio en turno y de fondo risas que de tan predecibles sonaran pregrabadas, la conversación se habría quedado en apunte de libreta, anécdota rumbo a la salida y ya. Pero porque ocurrió en un vagón del Metro, específicamente en el trayecto de San Antonio Abad a Ermita, adquirió una cierta forma eléctrica. Cambia el escenario de algo, y algo se pierde. Lo mismo que habrían perdido los caballeros del Rey Arturo en Monty Python si hubiesen tenido caballos reales y no sus pies a trote y sus relinchos y a aquel loco que golpeaba cocos para emular los cascos, las pezuñas.

En fin, el Metro. Tres estudiantes de poeta hablábamos después de clase con nuestro maestro-poeta-joven. Y hablábamos de Rimbaud, por si fuera poca la miseria. No solo de Rimbaud, sino del retiro de Rimbaud. Entonces, el maestro-poeta-joven soltó lo que nadie más alcanzará a cumplir: “a los veinte años, el morro decidió que ya había escrito todo lo que tenía que escribir. ¿Se dan cuenta? Somos unos perros” (tres risas pregrabadas).

Claro que, porque en ese entonces yo tenía dieciocho años y era el más joven de mi generación de alumnos escritores, esto me sonó más bien a augurio: “perros ustedes, yo sigo siendo un cachorrito”. Claro que, porque en ese entonces yo tenía dieciocho años, no llegué a considerar que entre Rimbaud y yo existía la misma diferencia que entre un ingeniero y un ingenioso. Claro que empecé a odiarlo con perro rencor cuando llegué a los veintidós y, a diferencia de Rimbaud, todo.

Entonces, la edad no es tanto de quien la tiene como de quien la envidia. Por pura biología, la edad robustece lo que los hechos significan. Pero también viene, sinuosa, detrás de las palabras. Cualquier tontera en voz de un viejo puede ser sabiduría. Cualquier genialidad dicha por un niño, simple y llano chistorete. Incluso ortográficamente la edad es un sufijo; la colita que vuelve ansiedad lo que antes era pura ansia, obviedad lo que era solamente obvio.

Pero sigo sin saber muy bien qué es la edad. Me niego a considerarla sólo en términos numéricos y, aunque me gustaría, dudo que esto del sufijo sea tan cierto. Tomemos a Mick Jagger, por ejemplo. Hay un video de él bailando sus bailes adolescentes apenas una semana después de someterse a una cirugía a corazón abierto. En ese momento tenía setenta y cinco años, la misma edad que mi padre al morir, y parecía veinteañero. Pero tampoco mi padre −y dudo que haya hecho el pacto fáustico de Jagger− aparentaba tener la edad que tenía. Ni siquiera cuando el cáncer se volvió mayúscula en su cuerpo: lucía mucho más viejo, sí, pero no de setenta y cinco. Ya lo dijo Alessandro Baricco en labios de Mr. Gwynn, “morir es una forma particularmente exacta de envejecer”; quizá porque en la muerte la edad como sufijo se hace más presente. No es lo mismo morir enfermo que morir por una enfermedad, ni lo mismo morir de edad que morir en edad o fuera de edad.

¿Cuándo decide uno −si es que en serio es uno quien lo decide− que ya se tiene, o no, edad suficiente para algo? Al poeta francés no le importó tener veinte años y dejar de escribir en el ápice de su genialidad, al guijarro rodante sigue sin importarle tener setenta y siete y moverse como se mueve, a los Monty Python no les importó jugar a que andaban a caballo, como niños, y a mi padre no le importó morirse a mis veintitrés años.

Como Montaigne, yo tampoco puedo aprobar el modo en que fijamos la duración de nuestra vida. Y es un asunto grave esto (de gravedad). Sí, ya sé que no son los años vividos, sino la vida en los años, pero no me lo termino de creer. Nunca sentí tanto mi edad como cuando sobrepasé la de Rimbaud, o cuando bailo y aparento la edad que en verdad tiene Jagger. O cuando empecé a pagar impuestos. O en la delgadez de mi primera cana. O cuando, en las curvas de la firma con que firmé el certificado de muerte de mi padre, pagué la deuda de su firma en mi acta de nacimiento.

Hace poco transité por una calle muy peculiar. La disposición era la siguiente: en la misma avenida, en acomodo de ascendente línea del tiempo, había primero una iglesia. Amplia, piramidal, cercados sus solares por gárgolas preventivas. Unos metros después, un grupo de AA. Blanco, estéril, discreto como una caja de cartón que encierra una cabeza (What’s in the boooox?). Otro par de metros más allá, un bar. De los tres, el único con luz cálida, el único del que emergían risas, voces, negación de lo que se insiste sepulcral. 

La avenida me pareció una especie de rally, Vía Crucis anarquista, para que los adictos recuperándose descubrieran que el único modo de seguir avanzando era yendo hacia atrás.  Tal vez también la edad se trate de caminar en dirección contraria, de no entrar tan dócilmente en las edades quietas.  Como perros que sueñan que corren.  


Patricio J. Gómez Garcés (Ciudad de México, 1995). Escritor, editor, traductor y exlocutor de radio egresado de la Escuela de Escritores de la SOGEM. Ha colaborado con cuentos, poemas, ensayos y reseñas en La Pluma del Ganso, Punto en Línea, Literal Magazine, Letras de Chile, Shandy, Penumbria y Pez Banana, entre otras revistas electrónicas e impresas. Obtuvo el XIV Concurso Nacional de Cuento Preuniversitario Juan Rulfo en 2013. Escribió el guion de los cortometrajes animados Ex Libris y Nené and Her Yellow Boots, seleccionados para la muestra nacional de Shorts México 2017 y 2020, respectivamente.

La ciudad y el cuerpo: la construcción de la identidad en «Las púberes canéforas» (1983) de José Joaquín Blanco

por Paulina Alejandra Rivera


En 1977 Luis Mario Schneider publicó uno de los primeros ensayos críticos sobre narrativa gay en donde apuntó que: “La literatura homosexual en México tiene tradición”.[1] En la segunda mitad del XX, se empezó a escribir novela que abordaba la temática homosexual en México. Las primeras obras como El diario de José Toledo (1964) se escribían en un tono trágico y confesional marcado por la autorreferencialidad. No fue sino hasta la década de los ochenta que se produjo una ruptura estructural. La novela se volvió crítica respecto a su forma de abordar la temática y, consecuentemente, propuso un nuevo discurso. Antonio Marquet en “Ofensivas discursivas en la narrativa gay (para sobrevivir en heterolandia)” apuntó: “Toda novela gay demuestra que la homosexualidad es algo más que una cuestión sexual. Por lo menos, hay tres cosas más: 1) una dimensión afectiva, 2) un proyecto vital, 3) una escritura”.[2] La literatura homosexual ya no se limitaba a la exposición superficial de una práctica, sino a la reconfiguración de un mundo de preconcepciones, estereotipos e idealizaciones, de represiones tanto ideológicas como discursivas. En medio de esta ruptura y bajo la influencia de la naciente corriente contracultural, José Joaquín Blanco publicó Las púberes canéforas (1983).

En la novela de Blanco, la creación de la identidad homosexual se produce a partir de dos ámbitos: 1) la ciudad y 2) el cuerpo. El primero tiene razón de ser en el determinismo social: los personajes se construyen a sí mismos y a su entorno a través de su interacción con el espacio citadino, colocándose en lugares precisos en un momento del día específico, la noche. Mientras que el cuerpo es depositario y constructor de la identidad individual y sexual, también espacio de tensiones afectivas y políticas. 

La primera categoría de análisis coloca a la obra en una tradición en la literatura mexicana. Desde las crónicas novohispanas hasta la poesía de Velarde, la Ciudad de México se ha erigido como un fenómeno literario y no sólo como espacio de representación. La narrativa urbana en el México del siglo XX se divide en dos épocas: la primera mitad del siglo y hasta La región más transparente (1958), corresponde a una ciudad entera, el modelo parisino de la ciudad de los pasajes sobre la que escriben Baudelaire y Benjamin. A partir de la segunda mitad del siglo, las ciudades crecen industrialmente y comienzan a sobrepoblarse; en consecuencia, las formas de representación literaria también se modifican:

La ciudad se convirtió en un aglutinador a diversas preocupaciones, en uno de los macro-objetos privilegiados para reflexionar sobre las tensiones de la modernidad y la emergencia de nuevas manifestaciones. […] la ciudad resulta en el escenario para preguntarse por las transformaciones económicas, las tendencias culturales y las formas dominantes del consumo mediático.[3]

En la nueva novela aparece la ciudad fragmentaria, en donde cada sección comienza a retratarse puntualmente como representante y perteneciente a determinado grupo social. Los espacios se vuelven ambivalentes, diferenciados por el día y la noche, con sus habitantes y costumbres específicas.

La narrativa homosexual mexicana se desarrolla, principalmente, en la ciudad nocturna y del espacio cerrado. Hacia finales de los años setenta y principios de los años ochenta, los narradores de ciudad centran la atención en los sectores marginales de la sociedad. El narrador de Las púberes canéforas focaliza el discurso no sólo en los homosexuales, sino en los bajos fondos del mundo urbano. Dentro de estos espacios cerrados, nocturnos, cargados de violencia y peligro es que se construye la identidad del personaje homosexual: “la noche es un espacio marginal que no se rige por el mundo diurno. La noche constituye lo oscuro, lo negado, lo tapado, lo que no sale a la luz del día, metáfora de la alteridad sexual y ‘delincuente’, su práctica en la prostitución”.[4] En estos lugares es donde Felipe, Analía y Brenda ejercen la prostitución, en los espacios clandestinos que se encuentran por toda la ciudad, en donde el peligro aparece como acompañante.

Los espacios lumpen se encuentran  por toda la ciudad, al margen de los lugares destinados a lo público: “PONGÁMOSLO por Regina o San Jerónimo, o más acá, hacia Balderas […] en cualquier esquina de la parte pobre del viejo centro de la ciudad”.[5] Justamente por su carácter clandestino, único en donde pueden acontecer las prácticas sexuales reprimidas en la esfera de lo público y aún, en la de lo semipúblico, la homosexualidad también es relegada: “Así, la ciudad, hasta en sus lugares más recónditos, desaprueba las actividades sexuales entre personas del mismo sexo y solo las tolera limitándolas a bares clandestinos y a las calles más peligrosas de la urbe”.[6] Estas condiciones obligan a los homosexuales pobres a encontrarse con el peligro y la interacción sexual mediante la violencia: “y tantos recursos del sexo sin dinero, amedrentado pero enfurecido por su propio miedo: la verga dura y los labios temblantes; y de repente, en mitad del acto baldío, sentir el cañón de una pistola en el cuello, o la navaja del picahielo en la espina, y se había acabado el amor”,[7] que no deja espacio para lo afectivo y se conforma con lo urgente.  

La ciudad se construye desde dos perspectivas; 1) la realidad inmediata, el lumpen: “Esas calles que también eran refugio de los homosexuales pobres, en umbrales de viejas vecindades y edificios de departamentos donde la plomería no funcionaba”;[8] 2) el espacio utópico al que desea acceder Felipe: “Paseo de la Reforma es la pequeña ciudad de Felipe, su centro de operaciones […] Todo tiene que estar más o menos cerca de Reforma: ahí son sus citas, y vaga, liga, platica […] su única fidelidad es Paseo de la Reforma: conozca a quien conozca, duerma donde duerma, haga lo que sea, a la tarde siguiente anda, radiante, entre las arboledas de Reforma”.[9]

En Las púberes canéforas se configura un lenguaje subversivo contra las imágenes que enaltecen la belleza arcaica de la ciudad, mediante el contraste en las descripciones de personajes marginales respecto al espacio que habitan. Los personajes son presentados como antihéroes, constructores de lenguaje popular. En medio de esta subversión discursiva se inserta Guillermo, el protagonista letrado e idealista que no encaja en el contexto en el que se encuentra. Su lenguaje suena distante y anticuado en relación con el habla de otros personajes.

Aunado a lo anterior, Guillermo contrasta con la perspectiva de la obra porque es la representación del flaneur. Sin embargo, es un flaneur homosexual y como tal, su recorrido es distinto al de la figura tradicional debido a que: “La vida de homosexual incluía largas caminatas y largos episodios de soledad”,[10] características del espacio nocturno. Identifica además a los homosexuales como figuras condenadas a: “un destino solitario, una existencia desgraciada y oprimida, la existencia de alguien que no tiene derecho a revelarse tal como es sin correr el riesgo de transformarse en anatema”.[11] Este flaneur se insertará a través del movimiento migratorio, propio de los personajes homosexuales urbanos, cuyo camino se divide dos vertientes: “1) la pérdida del horizonte común y familiar del lugar de origen y 2) la pertenencia a un nuevo sistema social y geográfico”.[12] En ambas posibilidades el personaje homosexual es rechazado.

La segunda categoría de análisis refiere al cuerpo, depositario y productor de discursos y significaciones. En primera instancia, es necesario considerar que el cuerpo produce un lenguaje y es representación de identidad e ideología. En Las púberes canéforas, la focalización de las descripciones del cuerpo privilegia lo masculino puesto que: “el cuerpo principal” en el que se inscribe el ethos erótico mexicano es el cuerpo masculino […] dicho cuerpo no se puede definir irremediablemente como homosexual. La identidad sexual de los diferentes ‘cuerpos’ masculinos […] se forma en cada caso […] de manera distinta”.[13] Tomando en cuenta esta perspectiva, es posible afirmar que diferentes cuerpos construyen identidades diferentes: “cuerpo como manifestación de poder sobre los débiles y ratificación de cuánto se distinguían entre la gente fea, chaparra y torpe del país”[14]. La cita anterior muestra que el cuerpo actúa como diferenciador de clase social y demostrador de poderío: “cuerpos, envueltos en su autosuficiencia y privilegio como en un limbo”,[15] cuya apariencia le permite acceder con preeminencia al mundo.

Los adjetivos que se emplean para describir los cuerpos y caracterizarlos se convierten en constructores de identidad. Tal como escribe Judith Butler en Cuerpos que importan: “Si uno entra en la vida discursiva siendo llamado o interpelado en términos injuriosos, ¿cómo podría ocupar la interpelación que ya lo ha ocupado a uno para dirigir las posibilidades de resignificación?”.[16] De tal suerte, las adjetivaciones como: “cuerpos tarzanes y kalimanes, en los que la bondad y el éxito se definían por la cantidad de bolas musculares”[17] y “cuerpo dominador construido como un gran falo”[18] son constructoras de identidad y establecen la forma en la que el sujeto accede al mundo.

El problema que supone cierta adjetivación colocada a un “yo” es la implicación que tiene en la percepción de ese “yo” sobre sí mismo: “dos muchachitos […] intimidados por el mundo […]  eran flacos, chaparritos, modestísimos […] No podían ser más feos”.[19] Esta descripción hace suponer a Irene que son pobres u obreros: “jotitos de barrio, huérfanos en casa ajena”.[20] El hecho de que Irene los ubique como “jotitos de barrio” participa en un fenómeno discursivo que sitúa al sujeto en una posición inamovible:

el uso del lenguaje se inicia en virtud de haber sido llamado por primera vez con un nombre; la ocupación del nombre es lo que lo sitúa a uno, sin elección posible, dentro del discurso. Este «yo», producido a través de la acumulación y la convergencia de tales «llamados», no puede sustraerse a la historicidad de esa cadena ni elevarse por encima de ella y afrontarla como si fuera un objeto que tengo por delante, que no soy yo misma sino sólo aquello que los demás hicieron de mí; porque ese distanciamiento o esa división producida por el entrelazamiento entre los llamados interpelantes y el «yo» que es su sitio, es invasivo, pero también capacitador, es lo que Gayatri Spivak llama «una violación habilitante.[21]

La identidad de los “muchachitos” y su autorreconocimiento es la marginalidad; por ello, el mundo les resulta intimidante “al grado de haberse quedado paralizados desde hacía una década en sus quince años”.[22] De esta identidad depende, además, la práctica sexual y el rol que se va a sumir en el acto: “espectáculo de abuso y sumisión, el de la víctima consumada y resignada como el del verdugo prepotente”.[23]

La identidad sexual de estos personajes se inscribe de forma distinta según sus cuerpos, así como sus actividades sexuales. Los personajes principales asumen identidades contrastantes. Guillermo es una figura solitaria y vive una homosexualidad privada, y aunque no lleva una doble vida como otros personajes, en su espacio diurno no declara abiertamente su preferencia. En el sentido opuesto se constituye Felipe, agenciado a la prostitución, se relaciona sexualmente con hombres, pero mantiene una relación afectiva con Analía, conforma una identidad bisexual, pero públicamente se identifica como homosexual.

Además, para Guillermo el cuerpo es un depositario de afectividades y erotismo y su relación con Felipe se constituye a través de la manifestación de estas cuestiones en el acto sexual. En el sentido opuesto, el cuerpo de Felipe es un medio de trabajo y, por lo tanto, de sustento:

El «yo» que se opondría a su construcción siempre parte de algún modo de esa construcción para articular su oposición; además, el «yo» obtiene en parte lo que se llama su «capacidad de acción» por el hecho mismo de estar implicado en las relaciones mismas de poder a las que pretende oponerse. En consecuencia, estar implicado en las relaciones de poder o, más precisamente, estar capacitado por las relaciones de poder a las que el «yo» se opone no es algo que pueda reducirse a las formas ya existentes de tales relaciones[24].

De esta forma, en las prácticas sexuales de Guillermo y Felipe se representa la dinámica del poder.  Por una parte, Guillermo tiene poder sobre el cuerpo de Felipe porque paga por él y por otra, Felipe utiliza su cuerpo para manipular y obtener cosas de Guillermo.

Debido a que la clase social es un factor determinante en el ejercicio de la sexualidad, en Las púberes canéforas, los personajes construyen su homosexualidad desde la marginalidad y subversión. La homosexualidad se representa desde la violencia de un mundo que rechaza las diferencias:

por lo que continúa siendo radicalmente inconcebible: en la esfera de la sexualidad estas restricciones incluyen el carácter radicalmente inconcebible de desear de otro modo, el carácter radicalmente insoportable de desear de otro modo, la ausencia de ciertos deseos, la coacción repetitiva de los demás, el repudio permanente de algunas posibilidades sexuales, el pánico, la atracción obsesiva y el nexo entre sexualidad y dolor.[25]

Cuerpo y ciudad se unen como constructores de identidad. La ciudad también se vuelve proyección de los deseos de Felipe:

pero no los edificios viejos del centro, pesados, con tanta piedra húmeda y oscuridad. Los modernos le parecen mejores en todos sentidos, con sus líneas simples, moles esbeltas que no se andan con rodeos […] simplemente altos, cada vez más altos, multiplicándose, con sus verticales superficies de vidrio resplandeciente: ahí toman cuerpo la riqueza, el poder, los milagros electrónicos.[26]

La descripción de la ciudad se hace mediante la personificación de sus elementos. Cuerpo sexuado y acto sexual se construyen de forma particular en el entorno urbano:

Que no sean sueños idiotas que nos esclavicen con su lujuria fría y apremiante, que sólo se satisface con coartadas; quitarle al sexo ese excesivo atributo urbano del lujo vital, y darle ese estatus de “fiera luciente” también al trabajo, al arte… Esa exigencia mercantil de estar haciendo el amor como un producto último modelo y de primera línea […] tanta loca triste como pabilos que se extinguen: autodenigrados, autohumillados precisamente por sus propios sueños de glamour, de placer, de poder.[27]

El cuerpo se vuelve sexuado y sexual mediante las exigencias industriales del entorno urbano: “la materialidad de los cuerpos, su visibilidad, está íntimamente ligada al propio ser, de modo que el orden material se convierte en un elemento central para crear sujetos normalizados”.[28] La ciudad ha construido cuerpos sujetos a la lógica del mercado e instaurado el acto sexual como negocio y constructor de estatus. Las representaciones del acto sexual enfatizan el hecho de que no es afectivo ni necesariamente placentero, sino generador de discursos de poder y posición social.

Este tipo de relaciones en el entorno urbano han derivado en la cosificación del cuerpo sobrecargado de sexualidad. La ciudad es un espacio de interacción y construcción con sus prácticas sociales, lenguaje y costumbres particulares que atienden a generar continuamente mercancías. La sexualidad es una conducta social con determinadas especificaciones para poder acceder a un mundo anhelado. Felipe con Analía accedería a la aceptación del entorno al que quiere pertenecer, formando una relación socialmente aceptada desde la heteronormatividad: “El carácter construido de la sexualidad ha sido invocado para contrarrestar la afirmación de que la sexualidad tiene una configuración y un movimiento naturales y normativos, es decir, una forma que se asemeja al fantasma normativo de una heterosexualidad obligatoria”.[29] Para Felipe, la relación sexual con la Cacachuata, es su modo de sustento. En ambos casos, las relaciones sexuales atienden a mejorar su posición económica.

El cuerpo cosificado también se vuelve objeto de contemplación y validación: “Porque en esos momentos la Dorada Tetis estaba levantando su pierna derecha, acariciándola como si no fuera suya, sino un cuerpo exterior, precioso y frágil: luciéndola como la guapa vendedora de boutique vende una media”.[30] Los cuerpos que cumplen con los estándares de belleza de la época adquieren un valor económico y social por lo que pueden ser contemplados y comercializados, mientras que los cuerpos que no cumplen dichos estándares deben suplir sus carencias mediante bienes materiales.  

El cuerpo del prostituto se inscribe en una discursividad particular: “fue esquematizado —enmarcado y definido— como un cuerpo distinto y […] fue producido activamente como una identidad socio-sexual marginada”.[31] En esta caracterización del prostituto se inserta el discurso de la novela: “El chichifo podía, a su vez, abstraerse y dejar que los cuerpos comerciaran con los cuerpos”.[32] El cuerpo del chichifo es el de la doble marginalidad, primero, por ser sujeto de la práctica homosexual y segundo, por ser objeto comercial.

El último factor de construcción de identidad en Las púberes canéforas refiere a las voces narrativas. La perspectiva de enunciación del narrador de la diégesis principal propone una discursividad subversiva respecto a los dispositivos disciplinarios. La utilización de dos instancias de enunciación compone una metalepsis narrativa donde el narrador intradiegético (Guillermo) escribe desde el “yo”. En materia de construcción discursiva, la problematización del “yo” que implica la autorreferencialidad supone una cuestión preponderante en la construcción de la identidad del sujeto, porque como apunta Butler “este empleo [del yo] sólo es posible mediante la indagación de las relaciones ambivalentes de poder. ¿Qué significa tener esos usos repetidamente incorporados en el propio ser?”[33] En cuestión discursiva, la elección de este “yo” narrativo, conlleva a la formación de una identidad y la propia experiencia que significa la relación entre sujeto homosexual y literatura. Mediante el uso constante del “yo” se representa también el lugar o lugares que tiene el sujeto para afirmarse: lo público y lo privado, el afuera y el adentro, etc.

Las púberes canéforas problematiza la identidad e introduce la temática homosexual como un fenómeno literario mucho más profundo que la sola representación de una preferencia sexual: “Lo gay es algo más que hombres o mujeres que sostienen relaciones sexuales con individuos de su mismo sexo, es todo un entramado que abre la puerta para reflexionar sobre el género y las construcciones sociales que se han armado en torno a las homosexualidades”[34]. En este sentido y teniendo en consideración que los referentes y la presencia de los fenómenos sociales transforman el discurso literario, la narrativa gay contiene elementos particulares de construcción que atienden a visibilizar una sexualidad no sólo vedada, sino reprimida y anulada.

La literatura homosexual se ha constituido en respuesta a los discursos de los dispositivos disciplinarios y, por lo tanto, adquiere un sentido político. Las púberes canéforas se compone desde lo que Barthes llama obcecarse: “afirmar lo irreductible de la literatura: lo que en ella resiste y sobrevive a los discursos tipificados que la rodean […] actuar como si ella fuese incomparable e inmortal”.[35] La novela se rompe con los discursos preconcebidos y hegemónicos de la cultura heteronormativa, pero produce significaciones nuevas sobre la homosexualidad, sobre el propio discurso generador de identidades y desestabiliza las estructuras con las que se acostumbra nombrar la otredad.

NOTAS


[1] SCHNEIDER, Luis Mario, «El tema homosexual en la nueva narrativa mexicana», en John Brushwood, Evodio Escalante et al (coords.), Ensayo literario mexicano, México: Aldus, 2001, p.105.

[2] MARQUET, Antonio, “Ofensivas discursivas en la narrativa gay (para sobrevivir en heterolandia)”, Literatura Mexicana, 16, 2005, p.113.

[3] CÁRDENAS, Tanius Karam, “La ciudad de México en las crónicas de José Joaquín Blanco”, Espéculo. Revista de estudios literarios, 37, 2008, p.8.

[4] VEK, Paul, “La noche delincuente: La representación del prostituto en ‘El vampiro de la colonia Roma’, ‘Las púberes canéforas’ y ‘La virgen de los sicarios’”, Journal of Iberian and Latin American Studies, 9, 2003, p.75.

[5] BLANCO, José Joaquín, Las púberes canéforas, México: Océano, 1983, pp. 22-23.

[6] MENDIOLA de, Mariana, “Las púberes canéforas de José Joaquín Blanco y la inscripción de la identidad sexual”, Inti: Revista de literatura hispánica, 39, p.137.

[7] BLANCO, José Joaquín, Las púberes canéforas, op. cit., p. 22.

[8] Idem.

[9] Ibid., p. 45.

[10] Ibid., p. 21.

[11] MENDIOLA de, Mariana, “Las púberes canéforas de…”, op. cit., p. 137.

[12] VILLEGAS, Saúl, El personaje gay en seis cuentos mexicanos. Un acercamiento crítico desde la perspectiva de género, los estudios gay y la teoría queer, tesis, Universidad Veracruzana, 2011, p.141

[13] MENDIOLA de, Mariana, “Las púberes canéforas de…”, op. cit., p.138.

[14] BLANCO, José Joaquín, Las púberes canéforas, op. cit., p. 130.

[15] Ibid., p. 131.

[16] BUTLER, Judith, Cuerpos que importan: Sobre los límites materiales y discursivos del sexo, trad. Alcira Bixio, Buenos Aires: Paidós, 2002, p.182.

[17] BLANCO, José Joaquín, Las púberes canéforas, op. cit., p. 131.

[18] Ibid., p. 131.

[19] Ibid., p. 136.

[20] Idem.

[21] BUTLER, Judith, Cuerpos que importan, op. cit., p. 181.

[22] BLANCO, José Joaquín, Las púberes canéforas, op. cit., p. 136.

[23] Idem.

[24] BUTLER, Judith, Cuerpos que importan, op. cit., p.181.

[25] Idem.

[26] BLANCO, José Joaquín, Las púberes canéforas, op. cit., p. 136.

[27] Ibid., p. 41.

[28] CLÚA, Isabel, “Género, cuerpo y performatividad”, en M. Torras. (ed.), Cuerpo e identidad I, Barcelona, Ediciones UAB, 2007, p. 184.

[29] BUTLER, Judith, Cuerpos que importan, op. cit., p. 143.

[30] BLANCO, José Joaquín, Las púberes canéforas, op. cit., p. 94.

[31] BELL, Shannon, Reading, Writing, and Rewriting the Prostitute Body, Indiana: University Press Bloomington, 1994, p. 40.

[32] BLANCO, José Joaquín, Las púberes canéforas, op. cit., p. 75.

[33] BUTLER, Judith, Cuerpos que importan, op. cit., p. 182.

[34] Gonzáles, César Octavio, 2001, Desacatos, p.97.

[35] Roland Barthes, 1982, p.68.

FUENTES DE CONSULTA:

BARTHES, Roland. El placer del texto y lección inaugural, trad. Nicolás Rosa, México: Titivillus, 1982.

BELL, Shannon. Reading, Writing, and Rewriting the Prostitute Body, Indiana:University Press Bloomington, 1994.

BLANCO, José Joaquín. Las púberes canéforas, México: Océano, 1983.

BUTLER, Judith. Cuerpos que importan: Sobre los límites materiales y discursivos del sexo, trad. Alcira Bixio, Buenos Aires: Paidós, 2002

CÁRDENAS, Tanius Karam. “La ciudad de México en las crónicas de José Joaquín Blanco”, Espéculo. Revista de estudios literarios, 37, 2008, pp. 1-8.

CLÚA, Isabel. “Género, cuerpo y performatividad”, en M. Torras. (ed.), Cuerpo e identidad I, Barcelona: Ediciones UAB, 2007, pp. 181-217.

GONZÁLES, César Octavio. “La identidad gay: una identidad en tensión. Una forma para comprender el mundo de los homosexuales”, Desacatos, 6, 2001, pp. 97-110.

MARQUET, Antonio. “Ofensivas discursivas en la narrativa gay (para sobrevivir en heterolandia)”, Literatura Mexicana, 16, 2005, pp. 89-115.

MENDIOLA de, Mariana. “Las púberes canéforas de José Joaquín Blanco y la inscripción de la identidad sexual”, Inti: Revista de literatura hispánica, 39, 1994, pp. 135-150.

SCHNEIDER, Luis Mario. «El tema homosexual en la nueva narrativa mexicana», en John Brushwood, Evodio Escalante et al (coords.), Ensayo literario mexicano, México:Aldus, 2001.

VEK, Paul. “La noche delincuente: La representación del prostituto en El vampiro de la colonia Roma, Las púberes canéforas y La virgen de los sicarios”, Journal of Iberian and Latin American Studies, 9, pp. 2003, pp. 73-94.

VILLEGAS, Saúl. El personaje gay en seis cuentos mexicanos. Un acercamiento crítico desde la perspectiva de género, los estudios gay y la teoría queer, tesis, Universidad Veracruzana, 2011.



Paulina Alejandra Rivera (1996). Egresada del Centro de Educación Artística “Diego Rivera”, con especialidad en Literatura. Actualmente es estudiante de Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Iztapalapa. Sus líneas de investigación son la narrativa española del siglo XIX y la narrativa mexicana del siglo XX.  

Acercamiento al «Niña en jardín» de Alejandra Pizarnik. El simbolismo de niña, pájaro y jardín.

por Alejandra de la Llave Beltrán


El relato “Niña en jardín” data del año 1966[1]. En él una narradora en primera persona rememora el pasado de su infancia donde interactúa con un simbólico pájaro. Los componentes de la breve narración, la niña y los pájaros, son figuras recurrentes a lo largo de la trayectoria poética de Alejandra Pizarnik. Asimismo, el jardín, espacio donde transcurre la acción, es un lugar emblemático y cargado de simbolismo dentro en las obras de la autora. El propósito de la presente investigación consiste en analizar el uso de los recursos literarios, su adaptación o transformación recurrentes en el discurso poético de la autora en el breve relato “Niña en jardín”.

Dores Tembrás, en el artículo “La niña en fuga” (2006), analiza el tratamiento de la presencia femenina “niña” a lo largo de los diferentes poemarios de Pizarnik. Tembrás establece a la figura infantil como eje central dentro de la estructura poética de la autora: “la presencia femenina ‘niña’ destacaba por recibir un tratamiento exclusivo, pormenorizado y cuya minuciosa construcción indicaba que se trata de la figura central en la estructura poética de la obra de Pizarnik” (p. 90). Además, Tembrás cataloga diferentes tipos de niña: la niña en fuga, la niña mutilada, la niña de papel, la niña monstruo, la niña pasiva en acción, la niña que fue y la niña que es. Los acercamientos del “yo poético”, a partir del juego de voces, a la presencia femenina son de dos tipos, uno negativo y otro temporal.

El primero es aquel en que predominan los rasgos que describen a esta «niña», mediante una minuciosa caracterización donde predominan los rasgos negativos que subrayan la carencia, la fragilidad, la deformación y el estatismo que padece. Tal padecimiento es precisamente lo que caracteriza este retrato, como veremos con detenimiento a lo largo del análisis. El segundo tipo de acercamiento constituye un juego de espejos temporal, donde pasado y presente diluyen la proximidad entre yo poético y «niña». Esta es, precisamente la clave de construcción de la presencia femenina. Se trata de la «niña» en fuga, la niña inasible como paradigma de la infancia; un espacio que no fue, pero que se evoca con la intención de re-crear, de retener. (Tembrás 2006, p. 90)

En el relato, “Niña en jardín”, la figura femenina cumple con las características del primer tipo de niña, es decir, aquella niña donde predominan rasgos negativos. La narradora en primera persona y el personaje principal se identifican a partir de la frase, “Allí estoy yo, dueña de mis cuatro años, señora de los pájaros celestes y de los pájaros rojos” (Pizarnik 1966, p. 36) [2] donde “estoy yo” y la conversación con el pájaro, “le digo”, sitúan la narración en tiempo presente. La niña protagonista interactúa con el pájaro y expresa sus acciones futuras, “Al más hermoso le digo: Te voy a regalar a no sé quién” (p. 36). Al confesar sus deseos y el futuro que le depara al ave, “Voy a regalarte –digo” (p. 36), cumple con las características de “la niña pasiva en acción”, es decir, “la niña como un sujeto activo (realiza la acción) a veces involuntaria, otro pasiva” (Tembrás 2006, p. 97).

Tembrás también señala la ambivalencia de la inocencia en la poesía de Pizarnik, “La inocencia aparente de la presencia femenina, que estamos analizando, es el contrapunto de lo que se construye en la obra de Pizarnik” (2006, p. 98). El mismo tratamiento continúa en el relato, aunque la apariencia de la figura femenina denote algo positivo, por la asociación entre infancia e inocencia. La niña, señora de los pájaros celestes y rojos, a partir de imperativos, escoge al más hermoso para regalarlo a alguien, “voy a regalarte a no sé quién”. A pesar del cuestionamiento del pájaro, “¿Cómo sabes que le gustaré?”, la niña continúa con su plan “Voy a regalarte” (p. 63), encerrando así una acción terrible que implica el apropiarse del ave y marcar su destino.

El segundo tipo de acercamiento, de tipo temporal, a la figura “niña” también está presente en el relato. La distancia entre los tiempos, presente, pasado y futuro, disminuye hasta disolverse. Las identidades de la narradora ‘yo’ y ‘niña’ se mezclan para formar parte de una misma identidad en diferentes tiempos. La presencia de la niña, de este tipo, ejemplifica la esencia de “la niña en fuga” según Tembrás, donde la evocación de la infancia permite conjurar algo que no existió. El desdoblamiento temporal de espejos, o de identidades, como lo señala Tembrás, ocurre de dos maneras, la niña que fue y la niña que es, “desde el ‘ahora’ de la enunciación, por medio de la ‘memoria’ se evoca a la ‘niña’ del pasado que ‘se nutrirá’ en el futuro” (Tembrás 2006, p. 102).

El primer tipo de ‘niña en fuga’, la niña que fue, se sitúa en el pasado;“el yo poético reconoce su infancia como un tiempo pasado cuando el sujeto poético era la niña» (Tembrás 2006, p. 99). En “Niña en jardín”, la narradora empieza a describir la escena a partir del espacio: Un claro en un jardín oscuro o un pequeño espacio de luz entre hoja negras” (p. 63). Posteriormente, la narradora señala a su “yo” del pasado con el que se identifica, “Allí estoy yo, dueña de mis cuatro años” (p. 63). La presencia de la “niña que fue” implica un desdoblamiento temporal, “el yo poético se define en el pasado, lo que era y lo que hacía. El análisis de esta definición aporta otra clave importante sobre el reflejo que el yo poético proyecta de si mismo en el pasado” (Tembrás 2006, p. 103). En el relato, la narradora en primera persona describe una escena del pasado, señala el espacio “allí estoy yo”, y reconoce su “yo de la infancia” cuando era “señora de los pájaros”. 

La identificación entre el yo lírico y la «niña» —jugando con los tiempos verbales— vuelve a ofrecer la fractura entre el yo actual y la presencia femenina que pertenece a un pasado perdido y remoto […] el encuentro entre el yo poético actual que enuncia y la presencia femenina que pertenece al pasado. Pasado, presente y futuro tejen un juego donde el desdoblamiento vuelve a ofrecer una serie de reflejos que confunden y que exigen cierto detenimiento para revelar en que consiste exactamente el movimiento temporal que se propone. […] la «niña» del pasado coexiste, de algún modo, con el sujeto lírico actual y este quiere superar esa situación aunque sea de forma ficticia, por medio de la mascara del futuro que oculta lo que es realmente (Tembrás 2006, pp. 100-101).

Dentro del juego de espejos temporales, ‘la niña que fue’ se convierte en ‘la niña que es’. El segundo tipo de ‘niña en fuga’ surge a partir de la unión de la identidad del ‘yo’, en este caso, la narradora con la niña en tiempo presente, “el yo poético se identifica con la presencia femenina en el presente, de tal modo, que el momento de la enunciación coincide con este desdoblamiento que aportara una nueva perspectiva en la relación entre ambos sujetos” (Tembrás 2006, p. 104). La narradora empieza la descripción de la escena como un observador externo, “allí estoy yo, dueña de mis cuatro años”, posteriormente la distancia entre ella, allí, y la niña, aquí, desaparece. La narradora rompe el espacio temporal entre el pasado y el presente para convertirse en su ‘yo de la infancia’, ‘la niña que es’, donde interactúa con los pájaros.

Por lo tanto, Pizarnik utiliza la presencia de ‘niña’ para lograr establecer un juego temporal, donde el pasado y el presente logran confundirse. El juego de espejos también permite la unión entre la identidad del presente, la narradora, y la identidad del pasado, la niña. A partir de la identificación con niña, el ‘allí’ se convierte en ‘aquí’, y las líneas temporales desaparecen para situar al lector en el presente de su infancia. Además de fusionar ambas presencias, la narradora indica una característica fundamental para la identidad de su pasado, la niña (dueña de sus cuatro años) es “señora de los pájaros celestes y de los pájaros rojos”. Pizarnik rescata, en el breve relato, uno de los componentes recurrentes dentro de su poética, los pájaros.

En el relato de 1966, dentro del jardín oscuro, ‘niña’ no se encuentra sola, la acompañan los pájaros. Los pájaros funcionan de dos maneras, dentro del relato, son símbolo y personaje. Por un lado, la identidad de la niña está asociada a los pájaros como “señora de ellos” y, por otro, la interacción con el pájaro más hermoso propicia el augurio de un futuro donde no habrá “no sé quién” para regalar un pájaro. Entre los pájaros celestes y rojos, existe el  pájaro más hermoso, el personaje que funciona como un mensajero para la señora de los pájaros. La conversación entre ambos personajes conlleva un destino fatídico para la niña, quizá de una soledad anunciada o la carencia de alguien fundamental en su futuro.

Un claro en un jardín oscuro o un pequeño espacio de luz entre hoja negras. Allí estoy yo, dueña de mis cuatro años, señora de los pájaros celestes y de los pájaros rojos. Al más hermoso le digo:

–Te voy a regalar a no sé quién.

–¿Cómo sabes que le gustaré?– dice.

–Voy a regalarte– digo.

–Nunca tendrás a quien regalar un pájaro– dice el pájaro (p. 36).

Sobre el simbolismo de los pájaros dentro de la poética de Pizarnik, María Isabel Calle Romero, en “La búsqueda de lo celeste en la poesía de Alejandra Pizarnik: astros y aire”, establece la existencia de un microcosmos pizarnikiano donde los componentes del cielo, el sol, la luna, las estrellas y el pájaro conforman la duplicidad entre el mundo vívido y el cielo añorado, “seres voladores que habitan en este cielo y con los cuales el yo poético llega a identificarse” (2010, p. 113). Los símbolos en las obras de Pizarnik mantienen la característica de continua transformación y movimiento. Los elementos del cielo forman parte del microcosmos poético como símbolos o personajes que interactúan entre ellos, ambos, en constante cambio que otorgan sentido al discurso literario.

Aquí, donde entronca con la poesía pizarnikiana, el símbolo permite producir una realidad diferente de la vivida que constituiría la salvación a través de él mismo y, en consecuencia, a través del lenguaje y de la poesía. Y viceversa, el símbolo en Pizarnik vive y pervive gracias a sus textos y es a través de los poemas que el propio símbolo se revela y adquiere su valor intrínseco. Pero en algunas ocasiones, el símbolo adquiere vida propia (el rey sol, la luna doliente, el ángel harapiento o el pájaro libertador) y evoluciona a medida que avanza la poética de Alejandra Pizarnik. Podríamos hablar pues, de personajes puesto que aportan coherencia a todo un universo pizarnikiano y proporcionan toda una serie de rasgos diferenciales y distintivos en los que se apoya el lector para organizar la visión del mundo del que es portador el conjunto poético. Estos actantes se conciben como unidades semánticas, capaces de progresar o transmutarse en su trayecto poético (Calle 2010, p. 114).

El pájaro, en los discursos poéticos de Pizarnik, encarna la añoranza por trascender del mundo tangible al mundo intangible. Calle Romero señala que a lo largo de las etapas poéticas de la escritora argentina, el pájaro tiene una conexión con la inocencia de la infancia, el estado primigenio antes de la expulsión del paraíso y con el concepto del amor asociado a la libertad. Sin embargo, el simbolismo del pájaro, siempre en relación con conceptos positivos, también se convierte representante de la imposibilidad de alcanzar al pájaro, o convertirse en él, “en la primera etapa poética, el pájaro, libertad infinita, no solo va ligado al concepto de inocencia (infantil), sino también al del amor, el amor como sentimiento sublime que ayudaría a elevar al alma perdida en los suburbios de la tierra” (2010, p. 122).

Asimismo, el simbolismo de los pájaros, según el Diccionario de símbolos de Jean Chevalier, tiene relación con la espiritualidad y estados superiores al ser, opuestos al mundo terrenal. Chevalier señala la asociación de las aves con el destino y la inmortalidad del alma, a partir del Corán, y su función como intermediarios entre la tierra y el cielo (1986, pp. 154-156). Por lo tanto, los pájaros mantienen connotaciones positivas como elementos de superioridad espiritual, asociados a la inocencia, la libertad infinita y el amor más sublime. Pizarnik traslada el simbolismo del pájaro de su poética a la narrativa como un representante del deseo y añoranza por la libertad espiritual superior. Sin embargo, en “Niña en jardín”, los pájaros tienen características especificas relacionadas con el simbolismo de los colores, “los pájaros celestes y de los pájaros rojos”.

Fundamentalmente el color azul, según el Diccionario de símbolos de Chevalier, tiene relación con la exactitud del vacío en el aire, el agua y el cristal y el absoluto más puro, lo indefinido y la transparencia, la pureza y la profundidad, lo inmaterial y la evasión, “El azul es el más profundo de los colores: en él la mirada se hunde sin encontrar obstáculo y se pierde en lo indefinido, como delante de una perpetua evasión del color” (1986, p. 163). Las anteriores son las bases esenciales para la interpretación del color azul y la asociación con los pájaros lo convierten en símbolo de la imaginación y felicidad. Sin embargo, los pájaros celestes representan el mundo onírico, el traspaso entre la realidad y el sueño. En esencia, el azul transforma la realidad y el color celeste permite el paso al mundo de los sueños, de la inconsciencia.  

Los movimientos y los sonidos, así como las formas, desaparecen en el azul, en él se ahogan y en él se desvanecen cual pájaros en el cielo. Inmaterial en sí mismo, el azul desmaterializa todo cuanto toma su color. Es camino de lo indefinido, donde real se transforma en imaginario. Es también el color del pájaro de la felicidad, el pájaro azul, inaccesible y sin embargo tan cercano. Entrar en el azul equivale a pasar al otro lado del espejo, como Alicia en el País de las Maravillas. El azul celeste es el camino del ensueño, y cuando se ensombrece -ésta es su tendencia natural- pasa a serlo del sueño (Chevalier 1986, p. 163).

Además de los pájaros celestes, la niña del relato es señora de los pájaros rojos, “Allí estoy yo, dueña de mis cuatro años, señora de los pájaros celestes y de los pájaros rojos”. A diferencia del color celeste, el color rojo tiene una relación más estrecha con el mundo de los hombres. El color rojo representa aquél mundo tangible, donde los sentidos crean la realidad y la vida es posible. El rojo está presente en la sangre, el fuego, y el sol, todos elementos capaces de crear vida. El mundo físico de los hombres donde es posible el conocimiento científico y la potencia del humano encuentra su lugar. Mientras que los pájaros representan el mundo de los sueños, intangible e inconsciente, los pájaros rojos remiten a la realidad externa, el espacio donde la vida ocurre.

Rojo. Color de fuego y de sangre, el rojo es para muchos pueblos el primero de los colores, por ser el que está ligado más fundamentalmente a la vida. Pero hay dos rojos, el uno nocturno, hembra, que posee un poder de atracción centrípeto, y el otro diurno, macho, centrífugo, remolinante como un sol, que lanza su brillo sobre todas las cosas con una potencia inmensa e irresistible […] Es el color del alma, de la libido y del corazón. Es el color de la ciencia, el del conocimiento esotérico, prohibido a los no iniciados, y que los sabios disimulan bajo su manto (Chevalier 1986, p. 888).

Por lo tanto, la señora de los pájaros celestes y los pájaros rojos representa el estado de la infancia donde la narradora era dueña del mundo intangible y del mundo tangible. La niña, dueña de sus cuatro años, posee a los intermediarios entre ambos mundos. Los pájaros celestes representan la libertad en el mundo onírico, donde, tienen la cualidad de transformar la realidad en imaginación. En cambio, los pájaros rojos tienen relación con el mundo real, donde, el amor, la vida y el conocimiento son posibles. La presencia de los pájaros celestes y rojos, ambos asociados a la libertad del alma, sitúan a la niña en el lugar donde la ensoñación y la realidad coexisten en un mismo espacio.

En el relato “Niña en jardín”, hay un pájaro con características especiales, la niña lo señala como “el más hermoso”. En este caso, la relación entre ambos personajes tiene finalidades negativas, la niña quiere decidir el destino del pájaro “Te voy a regalar a no sé quién”. La niña ignora los cuestionamientos del pájaro, “¿Cómo sabes que le gustaré?” y mantiene la decisión “Voy a regalarte”. Este tipo de relación catastrófica entre aves y  niña también se encuentra en los poemas “La última inocencia”, del poemario La última inocencia (1956) y “Los poseídos en las lilas”, de El infierno musical (1971), donde la muerte de las aves está asociada a la presencia de la niña, como lo señala Tembrás (2006, pp. 91, 98).

El pájaro, que resalta entre los demás por su belleza, tiene la función de mensajero. A partir de esa postura, el pájaro más hermoso augura la inexistencia de “no sé quién” en el futuro de la niña, “Nunca tendrás a quien regalar un pájaro”. La premonición del pájaro sobre el futuro de la niña manifiesta connotaciones negativas. El destino de la niña imposibilitará la realización de sus deseos. Aunque la narradora no indica el color del pájaro sí enfatiza su hermosura sobre los otros. El pájaro hermoso, dentro del jardín oscuro, anuncia a la niña que nunca podrá regalar un pájaro, es decir, no tendrá la posibilidad de obsequiar a alguien ni la libertad absoluta, en el mundo de los sueños, ni el amor más sublime en la realidad.

El relato comienza con la descripción del espacio, más emblemático y recurrente en las obras literarias de Pizarnik, “Un claro en un jardín oscuro”. María Carolina Depetris, en la tesis doctoral “Sistema poético y tradición estética en la obra de Alejandra Pizarnik” (2001), establece dos tipos de jardín en la poética de la escritora, “el jardín fenoménico, lugar de encuentro efectivo en el centro; y el jardín noúmeno, eidos ancestral, real en su irrealidad, posible en su imposibilidad” (p. 142). Depetris identifica la referencia a Through the looking-glass de Lewis Carroll y recoge la semántica doble del jardín, a partir de la entrevista que realizó Martha Isabel Moia, en 1972, a la escritora argentina.   

Una de las frases que más me obsesiona la dice la pequeña Alice en el país de las maravillas:“Sólo vine a ver el jardín”.[3] Para Alice y para mí, el jardín sería el lugar de la cita o, dicho con palabras de Mircea Eliade, el centro del mundo. Lo cual me sugiere esta frase: El jardín es verde en el cerebro. Frase mía que me conduce a otra siguiente de Georges Bachelard, que espero recordar fielmente: el jardín del recuerdo-sueño, perdido en un más allá del pasado verdadero (Pizarnik 1972, p. 311).

Depetris también indica el función del jardín como un espacio donde es posible regresar al pasado para restablecer el presente: “Salir del jardín es el paso necesario para volver a recuperar el orden original, revierte el decurso temporal del presente hacia un pasado primario, nos conduce a recordar nuestra procedencia, nuestro origen, punto de encuentro y directriz, eje medular del ser y de lo que es” (2001, p. 144). En este relato, el juego de espejos temporal sólo puede ocurrir dentro del jardín noúmeno. La narradora, el “yo del presente”, puede reencontrar su “yo del pasado”, la niña, en el centro del mundo. El lugar permite el encuentro entre el ser y el origen, el personaje regresa al pasado para recordar lo que es.

 En “Niña en jardín”, la narradora describe la escena a partir de la presencia de “un claro” o “un pequeño espacio de luz”. La narradora puede señalarse a sí misma dentro del jardín a partir de la escasa luz sobre el lugar. El “claro en un jardín oscuro” o “el pequeño espacio de luz entre las hojas” limita la visión del personaje y concreta el espacio hasta donde el sentido de la vista lo permite. Lo único que existe para el personaje es la imagen de ella misma, niña, dentro del jardín con el pájaro más hermoso. La poca luz en el lugar delimita y señala la realidad. De esta forma, el personaje afirma la existencia de lo que pasa, lo que puede ver es lo único que existe.

Otra asociación que habita el jardín como lugar de fundación por medio del orden de las palabras, y está dada por la luz solar y el ver. En el jardín se pasea y se contempla, y la mirada está sujeta a los focos de sombra y luminosidad que define el sol. Lo que hay, que es lo que es, es lo que se ve. La luz del sol que cae sobre el jardín afirma lo que es dejando al resto en la nada La asimilación de la imagen a una ontología deriva del poder “divino” de la luz solar: la luz es un don, aceptarlo es ver lo que hay y afirmar lo que es (Depetris 2001, pp. 144-145).  

La conversación entre el pájaro y la niña trascurre en el jardín. El pájaro más hermoso augura la ausencia de alguien en el futuro de la niña. El jardín como espacio donde la luz afirma lo que existe y los sentidos ven lo único que hay, la palabra tiene una función distinta. En el lugar de encuentro, según Depetris y Alejandra Pizarnik, la palabra significa afirma la verdad. Las palabras dentro del jardín señalan la realidad, el augurio del pájaro resulta inalterable y permanente. El futuro de aquel personaje del pasado, la niña, a partir de las palabras del pájaro, se concreta. La narradora del presente rememora el pasado donde los nombres de las cosas corresponden. El lugar de su infancia cuando la verdad podía afirmarse a través de las palabras, lejos de la arbitrariedad del lenguaje. 

¿Cómo es, entonces, la palabra que se dice en el jardín? Es la palabra de la presencia y del carácter, la palabra segura que funda significaciones para identificar la verdad con lo que es, y lo que es con lo que hay y se ve. Es afirmativa, constativa y fuertemente referencial, transmite un contenido seguro, señala su propio significado y su propia realidad, “nombra las cosas por sus nombres”. Es, parafraseando a Pizarnik en ‘Piedra fundamental”, la palabra que es “punto de partida firme y seguro; un lugar desde el cual partir, desde el lugar, hacia el lugar, en unión y fusión con el lugar”, la palabra que “funda una estación”, un “centro, lugar de la fusión y del encuentro” (Depetris 2001, p. 145)

En conclusión, Alejandra Pizarnik traslada elementos recurrentes en su poética, niña, jardín y pájaros a su narrativa. Sin embargo, la autora trasforma los recursos literarios para adaptarlos al discurso narrativo. La niña, el pájaro y el jardín mantienen sus significados dentro del microcosmos pizarnikiano de la autora pero trascienden su naturaleza de símbolos para interactuar de forma activa entre ellos. La conversación entre niña y pájaro resulta determinante para el decreto fatídico del futuro del yo. Mientras que el jardín, un símbolo espacial esencial en toda la trayectoria literaria de Pizarnik, conserva su importancia sobre el significado de las palabras y las acciones en la escena dentro del relato de 1966.


NOTAS

[1] El relato “Niña en jardín” forma parte del material reunido en Prosa Completa de Alejandra Pizarnik, edición a cargo de Ana Becciu y prólogo de Ana Nuño.

[2] A partir de aquí todas las citas pertenecen al mismo relato de Alejandra Pizarnik, “Niña en jardín” 2001 [1966] en Prosa completa, ed. Ana Becciu, p. 36, así que sólo señalaré el número página.

[3] El uso de letras cursiva de acuerdo al texto original.


FUENTES DE CONSULTA:

CALLE ROMERO, María Isabel, “La búsqueda de lo Celeste en la poesía de Alejandra Pizarnik: astros y aire”. Gramma, XXI, 47, pp.111- 125, 2010.

CHEVALIER, Jean. Diccionario de símbolos, Editorial Heder, Barcelona, 1986. 

DEPETRIS, María Carolina, Sistema poético y tradición estética en la obra de Alejandra Pizarnik, tesis doctorado, Universidad Autónoma de Madrid, 2001. http://hdl.handle.net/10486/5983. [consultado el 22 de enero del 2021].

PIZARNIK, Alejandra, “Niña en jardín”, en Prosa Completa, Ed. Ana Becciu, Lumen, Barcelona, 2001.



Alejandra de la Llave Beltrán (1996). Licenciada en Letras hispánicas por la UAM Iztapalapa. Formó parte del comité organizador de Congreso Estudiantil de Educación, Edición, Crítica e Investigación Literaria (CEEECIL), donde expuso la ponencia “La caída ontológica en tres obras de Elena Garro». Participó en el proyecto “La ruta de las lenguas originarias” y en la onceava edición del Encuentro Internacional de Estudiantes de Lingüística y Literatura (EIELL), por la Universidad Autónoma de Sinaloa, con el trabajo “La corriente de la conciencia en ‘Los muertos y la lluvia’ de Alejandra Pizarnik”.

El tamaño del dolor de Xhevdet Bajraj

por Mateo Mansilla-Moya


El tamaño del dolor

tiene mi talla

Xhevdet Bajraj

El tamaño del dolor también se ajusta a la talla de los lectores de Xhevdet Bajraj, en quienes cobran vida las escenas de uno de los más atroces crímenes contra la humanidad del siglo XX: el genocidio perpetrado en la antigua Yugoslavia (Bosnia-Herzegovina) por las fuerzas serbias-bosnias contra la etnia de musulmanes bosnios, durante el gobierno de Slobodan Milošević, en el que se asesinó en promedio a cuarenta mil personas.

Bajraj, poeta reconocido en su natal Kosovo, logró escapar con su familia del genocidio con la ayuda del Parlamento Internacional de Escritores, y encontró refugio en la Casa Refugio Citlaltépetl, en la Ciudad de México. Posteriormente, tras un largo tiempo sin poder escribir, para el poeta fue urgente oponer las palabras a la crueldad del mundo, como redactó Philippe Ollé-Laprune en el prólogo su libro. Este poemario se divide en tres partes: “Maquillaje para la muerte”, “Tanto como la tumba” y “Bajo la sombra del cactus”. A través de las tres, el autor nos entrega un documento con un testimonio que nos traspasa el tamaño de su dolor.

Con esta urgencia, el poeta, quien atestiguó lo acontecido en Kosovo, documentó en sus poemas los horrores de la violencia, la guerra y la muerte, en unaciudad [que] es pequeña para [un] gran odio”[1] y en una “tierra [que] empezó a acostumbrarse al dolor”.[2]

 Xhevdet Bajraj recuerda a su amada Bosnia:

En la bola de cristal de la memoria
     Opacada por el vaho de la esperanza
Corres con la herida abierta
A través del tiempo
     Apuñalado como un animal
En las fosas comunes
Quieres encontrar y resucitar a tu pequeña Selma
Pero desde el lugar en que tú ves el mundo
No se ve nadie vivo.[3]
 
 

En su Yugoslavia, la libertad, si no existe para los vivos (“Trepados en el muro del sangrante día / Nos refrescamos con los pies hundidos en las aguas negras / La libertad se va evaporando poco a poco / En la botella de la vida que sostenemos con la mano”);[4] existe para los muertos (“Los cantos no cantados de los pájaros / Voy a verte sobre los campos quemados / Se te cayeron los sesos sobre el cuello / Tienes que ser libre         vivir quién sabe);[5] o simplemente para todos pero únicamente en el territorio de lo macabro (“Y me viene a la mente / Que todos nosotros somos libres horrorosamente libres / El perseguidor para perseguir / El perseguido para huir / Dentro del marco colgado / En la última pared de los salones de nuestra élite política)[6], porque afuera de ahí “Al pájaro de la libertad que ahora se asa en la parrilla / Le [cortaron] las alas para que engordara / Con frutas cosechadas del terror”.[7] Los sueños (que “Hace tiempo fueron carcomidos por el gusano”[8]) también están presentes en los recuerdos del poeta, y también se encuentran en el mismo territorio en el que se encuentra la libertad:


Ellos vinieron a mi sueño sin anunciarse
Rompieron las puertas de mi casa
Querían agarrar a los niños, amor
Te querían a ti... No me atrevo a pensarlo, Dios
Pretendí agarrar la pistola de papá
Más recordé que hace mucho nos quedamos sin ella [9]

Y cuando estos terminan “Llega la mañana vestida de blanco / Como la vieja bailarina borracha / Recoge por las plazas las palomas asesinadas / La gente despierta despacio / Quien no se orinó en el sueño / Se orina ahora”;[10] pero el sueño para él no debería ser eso: es un derecho al que al menos tienen que acceder los niños, quienes también participan como observadores y víctimas de la violencia (“Si los aviones militares / Han expulsado a las palomas del tejado de nuestras casas / Tú sueña / Tú tienes derecho a soñar / […] / Olvida aviones policías muertos apaleados / Tú aún no has cumplido cinco años mi pequeño / Tú tienes derecho a soñar / Soñar / Soñar / Soñar / Maldita sea”[11]).

Y a pesar de que la muerte y la impotencia están siempre presentes (“Anhelé… / Levantarme machacarlos con los puños / Pero no pude moverme de la cama / La mariposa de la muerte me besó en la frente / Entonces grité con todo el terror del mundo / Pedí matar con mis quejidos a los piojos de la humanidad”), Xhevdet Bajraj ilustra, desde la sensibilidad que se asoma por entre las palabras del tormento, los halos de esperanza que nunca se pierden, aunque la humanidad esté siendo asesinada:


En el centro de Pristina descendió la paloma blanca 
Desenterró del estiércol un grano de maíz sin digerir
Y subió al cielo
En nombre de la libertad.[12]

NOTAS

[1] BAJRAJ, Xhevdet, “No tengo miedo”, en El tamaño del dolor, Traducción al español del autor en colaboración con Pedro Reygadas, México: Ediciones ERA, UACM, CONACULTA, Primera edición 2006, p.19.

[2] IDEM, “Noche tras noche”, op. cit., p. 23.

[3] IDEM, “Bosnia te amo”, op. cit., p. 14.

[4] IDEM, “Aliento”, op. cit., p. 20.

[5] IDEM, “Quién sabe”, op. cit., p. 29.

[6] IDEM, “Libertad del horror”, op. cit., p. 33.

[7] IDEM, “Dolor adentro, op. cit., p. 44.

[8] IDEM, “Zurcido”, op. cit., p., 82.

[9] IDEM, “Sueño o vigilia”, op. cit., p. 32.

[10] IDEM, “Asesinos en serie”, op. cit., p. 22.

[11] IDEM, “Tienes derecho a soñar”, op. cit., p. 31.

[12] IDEM, “Vuelo, op. cit., p. 16.


FUENTES DE CONSULTA:

BAJRAJ, Xhevdet, El tamaño del dolor, Traducción al español del autor en colaboración con Pedro Reygadas, México: Ediciones ERA, UACM, CONACULTA, 2006.



Mateo Mansilla-Moya (1994). La temporada de ballet clásico ha terminado (Buenos Aires Poetry, 2019). Licenciado en Derecho por la Universidad del Claustro de Sor Juana.