Reseña del poemario Adamar (2020) de Byron Ramírez

por Alelí Prada




El testimonio de Adamar (2020) podría confundirse entre una declaración y un ars poética. Adamar, del latín adamare: amar con pasión y vehemencia, comprende una duplicación; esa segmentación de espejos que completa la dimensión propuesta en este texto.

Al principio, la única luz del génesis es la nada, 
la noche y el día son hilos de la misma prenda
ese diario en blanco (la voz en fuga), esa porción marítima que aguarda el movimiento. 

El inicio sería más bien un preámbulo en el cuerpo terrenal y en el cuerpo macro de la escena.  Se acepta el presagio como se acepta un saludo pre-pelea en algún arte marcial. Las manos, la piel, son un puente en el viaje, no hacia él. El viaje comienza en un límite no tan dibujable por la visión humana, pero sí manifiesto al pronunciar las primeras palabras: grito, isla, agua, profecía, oráculo.

Estos primeros elementos perfilan una ruta de naufragio y una vinculación al regreso. Esta ruta es el regreso a siempre ser un hijo nuevo. La voz se anuncia como solo una consecuencia más de un proceso que la trasciende. Luego, se fija una búsqueda.  Aquí, el corazón de una pregunta / sabe conjugar la luz. La interrogante implica fe, y la fe implica espera. Saber esperar es lo que la o el amante saben hacer. Invertir en la espera, pues ese “abajo” del agua es una descendencia que posiciona a la tierra como un recuerdo derrotado.

La tierra, por su parte, es una especie de bucle, un big bang en dejavú constante. El poeta busca en el precedente del inicio, donde los astros no revelan ni siquiera un signo vital aún. La imaginación de un nombre posible plantea la duda de ¿hacia dónde va la vela del poeta? ¿hacia dónde va el amor en altamar? ¿Es posible que el cielo de pan, todavía, busque un rastro de su infancia? ¿Es posible que lo encuentre?

Esta etapa alberga un letargo elástico que envuelve el mundo de los amores posibles. No del amor, si no de los amores posibles. De las varias historias que nos contamos y nos cuenta el viento, la sal, el olvido. Hay una fábrica del sueño y la realidad. Y, nosotras y nosotros, los amantes, consumimos su producto. Ya lo padecía Segismundo…

Adamar implica despertar bajo el agua. Y no solo despertar de “abrir los ojos”, pues este supone recordar y des-velar. Supone estar siempre de vuelta. Bajo el adamar, si es que lo podemos emplear como un espacio físico, no hay oídos testigos, solo el amante. Siempre es tarde para quienes aman y temprano para morir. El poeta está del otro lado del tiempo, está en la caja con el gato vivo y muerto a la vez. Por tanto, el ayer siempre muere crucificado.

En estas aguas, el tiempo es una categoría relacional y pública. El mundo del amor siempre se va, y el poeta/amante aprende a pronunciarse -no solamente solo– sino que su casa está despoblada cada cierto ciclo; porque el amor es un cosmos que se mueve y se adapta de tamaño, como una casa rodante hacia un norte desconocido. Por eso, ese niño que observa llena su casa de fantasmas para conversar, estimular la memoria, estirar la era en dos lados en forma de puente. Y la sombra de ese puente no predice su propia altura.  El amante no dimensiona sus secuelas (lo que construye antes de pisar esa playa). Todos somos hijos de la sombra. Y, por ello, el tiempo (como facultad) nos excede y nos amamanta a la vez.

La pregunta viva palpita como dominó en el aleteo de una mariposa. Quizás, por eso abrazamos el olvido. Porque el olvido no es abandono, el olvido también es una forma de dejar reposar la memoria. Es una forma de cederle el control a quien realmente nos domina: el tiempo, el agua y el amor como portal, o el amor como agujero negro.  Hablar de las moscas es invadir el silencio para ocupar el espacio.

Ahora bien, hay una decisión. El amante se abraza a una espera sin respuesta, porque el norte es la propia búsqueda. Con las palabras se construye el salto. Y tras toda la farsa, algo sostiene la verdad; pues la farsa no es más que una prenda del tiempo, y habrá que desnudarlo. Este desnudo es incómodo, pero real. Quien ama, recibe el agua en toda manifestación, no solo en su inocencia cristalina. Bucea las cisternas y las grutas, abrazando el misterio. Quien ama sabe que habrá siempre una columna que adopte las luces que revelan, a pesar de que no estuvieran en el inicio de su mapa.

El poeta adama en la infinidad como concepto finito (porque somos las palabras que nos cubren), es una tortuga que se dispone a la marea, construye una plegaria, se quema las manos y ofrece su leña, va rodando su hogar como la piedra de Sísifo, donde el agua tiene -sí o sí- que extraviar al navegante. Donde queda el barro en las manos y un recuerdo a sal en la boca, de algún otro mundo, de algún otro cuerpo.

Escribir la herida te acerca a la historia, a tu historia. El adamar no conoce del autoengaño; se zambulle, consciente del peligro de la mudanza de pieles y de hábitats. Habrá que sentirse con puntería en el extravío. Habrá que decir que sí hay gigantes y viento que los transporte.

Y es desde ahí, desde esas manos hormiga, (no enormes) que se siente el desequilibrio, la injusticia del andar arrebatados de memoria, en calles prohibidas, en mundos sin nombre; es ahí, en ese lugar donde se adama, donde la poesía es el eco (ese perro que persigue su cola), y todos los hijos y los nietos de la historia harán un baile de retorno.

Se adama ahí, con una promesa húmeda en las manos y una caverna abierta hacia la herida del sol, sabiendo que caerá el reino sobre nosotros, sabiendo que Ulises sabe, mejor que nadie, que, después de tantos años, uno entiende la reverencia de la ola y flota.

Alelí Prada es una cantautora, poeta y compositora costarricense. Estudiosa, creadora y entusiasta de las historias, las ideas y los sonidos. Ha participado en diversos escenarios artísticos, desde teatro, música coral, música original, interpretación de canciones, oratorias, recitales de poesía, entre otros. Hoy desarrolla su proyecto como solista con música original y producción literaria. Recientemente, sacó su primer sencillo “Animal” junto a la cantautora colombiana Laura Román en plataformas digitales; anticipando un EP del presente año. Asimismo, además de su primer poemario “Cuando llueve sobre el hormiguero” con la editorial New York Poetry Press, algunos de sus textos se pueden encontrar en la antología “Y2K” de la Editorial Estudiantil de la UCR, en “Desacuerdos” del proyecto Escritoras Aflorantes, “Antología de poesía joven costarricense” por parte de Ministerio de Cultura y Juventud de Costa Rica, la revista Liberoamérica, Oxímoron, Atunis, entre otras

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