Sobre el amor marica

por Francisco Martínez Cruz


para Sara, José y Juan Carlos

Hemos llegado a la tierra del amor ya muy mayores. Al menos para una gran parte de mi generación —y ni se diga para quienes nacieron antes que yo y antes que ellos—, saberse atraído por el mismo sexo significó abrir una puerta de terror en lugar de sentir la emoción más bella de la tierna infancia o de la acalorada adolescencia. Mientras unos daban sus primeros besos y el descubrimiento de la travesura traía consigo el orgullo paterno disfrazado de regaño, muchos otros debimos sepultar nuestra líbido y disfrazarla de falsos enamoramientos con tal de evitar el regaño, el rechazo y, sobre todo, la humillación.

Por eso muchos decimos que nos robaron la infancia o nuestra adolescencia. No pretendo cargar en contra de la sociedad, cuyas costumbres y estereotipos se han criticado hasta el cansancio, aunque en los hechos parece que ha sido insuficiente. Quisiera más bien partir de lo significativo que es ese evento primero, el del beso público, para después reflexionar acerca de lo que aquí llamo el amor marica.

I

Hasta hace algún tiempo, en mis soledades me reprochaba la tardanza con la que me había aceptado como gay y había asumido la tarea cotidiana de salir del clóset —porque, habrá que enterar a quien no lo sepa, que esto no es un proceso de un solo acto—. Y desde entonces no he dejado de encontrar a quienes desafortunadamente me han superado en la demora. ¿Imaginan siquiera que a mis treinta y tantos le haya enseñado a un joven mayor que yo, lo bonito que es ir tomado de la mano por la calle, a plena luz del sol? Pues todo esto parece inimaginable para un heterosexual que aprendió a tomar de la mano a la niña que le gustaba en el colegio. Esa primera vez no es irrelevante. Así como andar en bicicleta derriba el miedo y pone en marcha el perfeccionamiento de la técnica con la práctica constante, así también sucede para quien se atreve a tomar de la mano a quien le gusta.

Por eso, para una pareja heterosexual de treintañeros resultará tan común un acto de extremada simpleza. Pero para una pareja homosexual de la misma edad se vuelve un acto de difícil ejecución cuando se trata de la primera vez en público; para conseguirlo, tenemos que derribar barreras tanto propias como ajenas. No es tan simple. Si la imaginación y sus ficciones no pasan desapercibidas y a veces hasta nos dan pánico soñar, menos aún resulta indiferente la vivencia real que nos compromete en público.

Quien me lea tal vez recuerde que, en 2019, “La Revolución” de Fabián Cháirez, una simple, aunque simbólica pintura, donde un varón en cueros aparece montando un caballo en sexual pose, tan solo por tener aires de Emiliano Zapata, incomodó tanto que algunos pidieron que ardiera el lienzo, así como el atrevimiento de insinuar que el caudillo del sur hubiese sido presa del amor marica —o, si se quiere, tan solo del placer—. E. M. Forster, para evitar la condena pública y quizás hasta la cárcel, se resistió a publicar mientras vivió su “Maurice”, la increíble historia con final feliz de dos homosexuales. Si la fantasía puede ser tan transgresora, el acto real en carne propia puede ser aún más que, con toda razón, nos sabe incluso revolucionario. A muchos nos cuesta varios años poder juntar el valor necesario para hacerlo, aún y cuando seamos sabedores de que nada hay de malo en ello y de que hay un ejército de amistades dispuestas a protegernos.

II

Ojalá que todo se tratara tan solo de atrevernos a dar un beso en público y que de todo lo demás se encargaran los románticos empedernidos, quienes en poemas y canciones nos han querido explicar lo que sucede cuando las miradas se juntan y las manos se toman, o el significado del silencio cuando dos corazones palpitan, pecho a pecho. Pero esto no es así. Dejando a un lado la importantísima enseñanza feminista de que eso del amor romántico es más venenoso que la cicuta, la cosa es que el primer beso es el principio de un largo camino en el que vamos dando palos de ciegos. Porque esto del amor marica, como todo amor, no consiste tan solo en dar besos en público, sino en aprender a construir una relación con alguien más, lo cual no puede dejarse al libre curso de las cosas.

Hasta ahora no sé qué tanta incidencia tenga nuestra inexperiencia en el amor en la dificultad de construir relaciones amorosas duraderas. Supongo que irá en partes iguales con los estereotipos de género, de relaciones, personas y cuerpos que inconscientemente aprendemos, abandonamos, modificamos y reproducimos. Es un cóctel muy apetecible si la manera disponible para relacionarnos se mira a través de las aplicaciones de citas que nos ofrecen catálogos interesantísimos y filtros de todo tipo con tal de reducir nuestro abanico de opciones a las que más cumplan con nuestros estándares, incluso si al final no hay más que un match y un hola.

No parece que estos síntomas sean propios de la vida virtual, aunque la pandemia nos haya metido más en ella y quizás sea más común de lo que parece, independientemente de si somos homosexuales o no. Hace algunas semanas, en algún lugar leí la experiencia de quien manifestaba cierta desolación al darse cuenta de que había caído en una especie de espiral. Iba a un antro pretendiendo buscar el amor, y encontraba a alguien que cumplía con sus estándares pero que, al haberlo conseguido, después de darse el gusto, iba en busca de alguien mejor. Y así, sucesivamente. En conseguir y desechar parece que se le iba la vida, una vida clásica de consumo.

Tal vez sea cierto que este estado de cosas tiene una raíz más profunda en el sistema económico capitalista en el cual vivimos, y que mientras éste sobreviva, tendremos que enfrentarnos a los modos de vida que produce y reproduce y que nos dejan en desazón como a ese joven del antro. Pero si acaso cabe albergar una esperanza de remar contra ese destino, quizás sea necesario ser conscientes y admitir que nuestra revolución como homosexuales no puede quedarse con salir del clóset y dar un beso en público, aún y cuando sepamos lo traumático que puede ser y ha sido.

III

El amor marica tiene que ser un acto subversivo que nos lleve a tener consciencia de nuestra condición e identidad colectiva. Tenemos que saber que no somos una novedad para el mundo y que desde épocas inmemoriales se ha exaltado el amor entre personas del mismo sexo. Plutarco nos ha dejado una bella estampa del Batallón Sagrado de Tebas, conformado por parejas de homosexuales y que fue prácticamente invencible hasta que lo derrotaron los macedonios al mando de Alejandro Magno, célebre marica. Cátulo, el pícaro poeta romano de principios de nuestra era, dejó finas expresiones de las prácticas sexuales entre varones en su poema XVI del que no digo más para que la curiosidad lleve a buscarlo a quien me lea. Y siglos posteriores, ya en pleno cristianismo, tenemos noticia de la institucionalización de uniones románticas entre personas del mismo sexo, según nos lo ha contado John Boswell.

A los ejemplos positivos debemos agregar las dificultades en las que nos hemos encontrado; las lesbianas o las personas trans no han corrido mejor suerte, por nombrar algunas letras de nuestro colectivo. Son numerosas las historias de persecuciones, discriminaciones y crímenes de odio que forman parte de las razones fundamentales por las que nos cuesta tanto dar un beso en público. Hasta hace pocos años era impensable que en México nos pudiéramos casar o incluso adoptar a niñas o niños si es que se nos ocurría formar una familia. Y a pesar de que Simone de Beauvoir ya desde mediados del siglo pasado explicó por qué no hay una esencia de “ser mujer”, hoy en día hay varias y varios necios que siguen discutiendo si las mujeres trans son mujeres y no más bien “hombres que se visten de mujeres”, según recientemente lo han expresado cínicamente políticos de derecha.

¿Estamos mejor que antes? Con todo, a lo mejor podríamos decir que sí, pero esta respuesta es relativa. Al menos en nuestro país, oficialmente, quedaron muy atrás las ordenanzas de Nezahualcóyotl, que sancionaban con la pena de muerte a los texcocanos sométicos: al activo lo ataban a un palo y lo cubrían de ceniza hasta que se sofocara; y al pasivo le sacaban las entrañas por el ano. Sin embargo, hasta 2020, de acuerdo con un reporte de ILGA World, en al menos seis países (Brunei, Irán, Mauritania, doce estados del norte de Nigeria, Arabia Saudita y Yemen) los actos sexuales consensuados entre personas del mismo sexo están legalmente penados con la muerte. En cinco más (Afganistán, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Pakistán y Somalia), esa pena es una posibilidad porque no se tiene certeza de leyes que así lo prescriban, pero la práctica indica que, según la Sharia, la muerte es un castigo posible y apropiado para quienes nos recreamos sexualmente con nuestros semejantes. En 2015, por ejemplo, un tribunal afgano condenó a dos hombres y a un muchacho de diecisiete años a ser ejecutados por aplastamiento mediante el derribo de una pared; el muro mató a dos hombres e hirió al adolescente, a quien le permitieron vivir[1].

Así, pues, quizás en estas penas haya menos saña que la ordenada por el rey poeta texcocano, pero, sin lugar a duda, ésta no se ha eliminado de los crímenes de odio en todo el orbe. Habría que recordar que hace poco más de un año, en Yucatán, un joven homosexual de veintitrés años, José Eduardo Ravelo, fue golpeado, torturado y violado por unos policías. Por esas fechas, pero al noreste de España, supimos que un grupo de personas asesinó a Samuel Luiz, de veinticuatro años, propinándole una golpiza mientras le gritaban “maricón de mierda”. En 2020, también se supo que Naomi Nicole, una mujer trans, fue asesinada por dos militares en la Colonia Guerrero de esta Ciudad de México, después de que le solicitaran un servicio sexual. Y en enero de este año, trascendió la noticia de una pareja de lesbianas, Tania y Nohemí, cuyos cuerpos aparecieron desmembrados y tirados en una carretera de Ciudad Juárez, Chihuahua, entidad caracterizada por su elevada tasa de feminicidios. Las autoridades estatales descartaron que este último caso se hubiera tratado de lesbofobia, y al respecto no me queda más que decir, como bien dice mi amiga Sara, que, si algo va mal, siempre va peor para la mujer —y aún peor, agregaría, si es lesbiana—.

IV

Llegados a este momento, quizás haya quien empiece a incomodarse con tanta mala noticia. ¿Cómo pasamos de un beso a tanta ignominia? El amor marica, como todo amor, no es siempre cómodo. Por más normales que pretendamos llevar los homosexuales nuestra vida amorosa, siento decirlo, nunca lo conseguiremos. Un beso en público, salir del clóset, claro que es importante. Pero tenemos una identidad colectiva de la que tenemos que estar conscientes y con la que tendríamos que estar comprometidos, porque el espacio público y el derecho a existir como somos, aún no lo hemos ganado del todo, ni en nuestro país y tampoco en el mundo entero.

Nuestra dignidad no se ha construido en solitario. Besémonos en público, a la luz del día y entendamos que cada paso que damos como homosexuales no habría sido posible sin los millones de personas que han peleado y sufrido para tener una vida mejor. Desde Stonewall donde las personas trans estuvieron en primera línea y hasta las manifestaciones recientes de quienes han evidenciado el detrimento de la atención sanitaria a quienes tienen VIH, toda nuestra existencia como colectivo se ha debido al trabajo diario en las calles, en los congresos y en los tribunales. Entendido esto, reflexionemos sobre las luchas que hoy nos toca librar con nosotros mismos, las formas como nos relacionamos con quienes pretendemos amar, y la comunidad que deseamos dejar a quienes nos sucedan. En esto quizás consista el amor, nuestro amor marica: en una potencia tal que transforma no sólo al individuo, sino a su misma comunidad, tanto presente como futura.


[1] Véase el reporte State-Sponsored Homophobia 2020: Global Legislation Overview Update (Ginebra: ILGA, Diciembre 2020), disponible en: https://ilga.org/downloads/ILGA_World_State_Sponsored_Homophobia_report_global_legislation_overview_update_December_2020.pdf


Francisco Martínez Cruz es licenciado en Derecho por la UNAM y MA en Filosofía Política por la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona, España.

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