Acercamiento al “Niña en jardín” de Alejandra Pizarnik. El simbolismo de niña, pájaro y jardín.

por Alejandra de la Llave Beltrán


El relato “Niña en jardín” data del año 1966[1]. En él una narradora en primera persona rememora el pasado de su infancia donde interactúa con un simbólico pájaro. Los componentes de la breve narración, la niña y los pájaros, son figuras recurrentes a lo largo de la trayectoria poética de Alejandra Pizarnik. Asimismo, el jardín, espacio donde transcurre la acción, es un lugar emblemático y cargado de simbolismo dentro en las obras de la autora. El propósito de la presente investigación consiste en analizar el uso de los recursos literarios, su adaptación o transformación recurrentes en el discurso poético de la autora en el breve relato “Niña en jardín”.

Dores Tembrás, en el artículo “La niña en fuga” (2006), analiza el tratamiento de la presencia femenina “niña” a lo largo de los diferentes poemarios de Pizarnik. Tembrás establece a la figura infantil como eje central dentro de la estructura poética de la autora: “la presencia femenina ‘niña’ destacaba por recibir un tratamiento exclusivo, pormenorizado y cuya minuciosa construcción indicaba que se trata de la figura central en la estructura poética de la obra de Pizarnik” (p. 90). Además, Tembrás cataloga diferentes tipos de niña: la niña en fuga, la niña mutilada, la niña de papel, la niña monstruo, la niña pasiva en acción, la niña que fue y la niña que es. Los acercamientos del “yo poético”, a partir del juego de voces, a la presencia femenina son de dos tipos, uno negativo y otro temporal.

El primero es aquel en que predominan los rasgos que describen a esta “niña”, mediante una minuciosa caracterización donde predominan los rasgos negativos que subrayan la carencia, la fragilidad, la deformación y el estatismo que padece. Tal padecimiento es precisamente lo que caracteriza este retrato, como veremos con detenimiento a lo largo del análisis. El segundo tipo de acercamiento constituye un juego de espejos temporal, donde pasado y presente diluyen la proximidad entre yo poético y “niña”. Esta es, precisamente la clave de construcción de la presencia femenina. Se trata de la “niña” en fuga, la niña inasible como paradigma de la infancia; un espacio que no fue, pero que se evoca con la intención de re-crear, de retener. (Tembrás 2006, p. 90)

En el relato, “Niña en jardín”, la figura femenina cumple con las características del primer tipo de niña, es decir, aquella niña donde predominan rasgos negativos. La narradora en primera persona y el personaje principal se identifican a partir de la frase, “Allí estoy yo, dueña de mis cuatro años, señora de los pájaros celestes y de los pájaros rojos” (Pizarnik 1966, p. 36) [2] donde “estoy yo” y la conversación con el pájaro, “le digo”, sitúan la narración en tiempo presente. La niña protagonista interactúa con el pájaro y expresa sus acciones futuras, “Al más hermoso le digo: Te voy a regalar a no sé quién” (p. 36). Al confesar sus deseos y el futuro que le depara al ave, “Voy a regalarte –digo” (p. 36), cumple con las características de “la niña pasiva en acción”, es decir, “la niña como un sujeto activo (realiza la acción) a veces involuntaria, otro pasiva” (Tembrás 2006, p. 97).

Tembrás también señala la ambivalencia de la inocencia en la poesía de Pizarnik, “La inocencia aparente de la presencia femenina, que estamos analizando, es el contrapunto de lo que se construye en la obra de Pizarnik” (2006, p. 98). El mismo tratamiento continúa en el relato, aunque la apariencia de la figura femenina denote algo positivo, por la asociación entre infancia e inocencia. La niña, señora de los pájaros celestes y rojos, a partir de imperativos, escoge al más hermoso para regalarlo a alguien, “voy a regalarte a no sé quién”. A pesar del cuestionamiento del pájaro, “¿Cómo sabes que le gustaré?”, la niña continúa con su plan “Voy a regalarte” (p. 63), encerrando así una acción terrible que implica el apropiarse del ave y marcar su destino.

El segundo tipo de acercamiento, de tipo temporal, a la figura “niña” también está presente en el relato. La distancia entre los tiempos, presente, pasado y futuro, disminuye hasta disolverse. Las identidades de la narradora ‘yo’ y ‘niña’ se mezclan para formar parte de una misma identidad en diferentes tiempos. La presencia de la niña, de este tipo, ejemplifica la esencia de “la niña en fuga” según Tembrás, donde la evocación de la infancia permite conjurar algo que no existió. El desdoblamiento temporal de espejos, o de identidades, como lo señala Tembrás, ocurre de dos maneras, la niña que fue y la niña que es, “desde el ‘ahora’ de la enunciación, por medio de la ‘memoria’ se evoca a la ‘niña’ del pasado que ‘se nutrirá’ en el futuro” (Tembrás 2006, p. 102).

El primer tipo de ‘niña en fuga’, la niña que fue, se sitúa en el pasado;“el yo poético reconoce su infancia como un tiempo pasado cuando el sujeto poético era la niña” (Tembrás 2006, p. 99). En “Niña en jardín”, la narradora empieza a describir la escena a partir del espacio: Un claro en un jardín oscuro o un pequeño espacio de luz entre hoja negras” (p. 63). Posteriormente, la narradora señala a su “yo” del pasado con el que se identifica, “Allí estoy yo, dueña de mis cuatro años” (p. 63). La presencia de la “niña que fue” implica un desdoblamiento temporal, “el yo poético se define en el pasado, lo que era y lo que hacía. El análisis de esta definición aporta otra clave importante sobre el reflejo que el yo poético proyecta de si mismo en el pasado” (Tembrás 2006, p. 103). En el relato, la narradora en primera persona describe una escena del pasado, señala el espacio “allí estoy yo”, y reconoce su “yo de la infancia” cuando era “señora de los pájaros”. 

La identificación entre el yo lírico y la “niña” —jugando con los tiempos verbales— vuelve a ofrecer la fractura entre el yo actual y la presencia femenina que pertenece a un pasado perdido y remoto […] el encuentro entre el yo poético actual que enuncia y la presencia femenina que pertenece al pasado. Pasado, presente y futuro tejen un juego donde el desdoblamiento vuelve a ofrecer una serie de reflejos que confunden y que exigen cierto detenimiento para revelar en que consiste exactamente el movimiento temporal que se propone. […] la “niña” del pasado coexiste, de algún modo, con el sujeto lírico actual y este quiere superar esa situación aunque sea de forma ficticia, por medio de la mascara del futuro que oculta lo que es realmente (Tembrás 2006, pp. 100-101).

Dentro del juego de espejos temporales, ‘la niña que fue’ se convierte en ‘la niña que es’. El segundo tipo de ‘niña en fuga’ surge a partir de la unión de la identidad del ‘yo’, en este caso, la narradora con la niña en tiempo presente, “el yo poético se identifica con la presencia femenina en el presente, de tal modo, que el momento de la enunciación coincide con este desdoblamiento que aportara una nueva perspectiva en la relación entre ambos sujetos” (Tembrás 2006, p. 104). La narradora empieza la descripción de la escena como un observador externo, “allí estoy yo, dueña de mis cuatro años”, posteriormente la distancia entre ella, allí, y la niña, aquí, desaparece. La narradora rompe el espacio temporal entre el pasado y el presente para convertirse en su ‘yo de la infancia’, ‘la niña que es’, donde interactúa con los pájaros.

Por lo tanto, Pizarnik utiliza la presencia de ‘niña’ para lograr establecer un juego temporal, donde el pasado y el presente logran confundirse. El juego de espejos también permite la unión entre la identidad del presente, la narradora, y la identidad del pasado, la niña. A partir de la identificación con niña, el ‘allí’ se convierte en ‘aquí’, y las líneas temporales desaparecen para situar al lector en el presente de su infancia. Además de fusionar ambas presencias, la narradora indica una característica fundamental para la identidad de su pasado, la niña (dueña de sus cuatro años) es “señora de los pájaros celestes y de los pájaros rojos”. Pizarnik rescata, en el breve relato, uno de los componentes recurrentes dentro de su poética, los pájaros.

En el relato de 1966, dentro del jardín oscuro, ‘niña’ no se encuentra sola, la acompañan los pájaros. Los pájaros funcionan de dos maneras, dentro del relato, son símbolo y personaje. Por un lado, la identidad de la niña está asociada a los pájaros como “señora de ellos” y, por otro, la interacción con el pájaro más hermoso propicia el augurio de un futuro donde no habrá “no sé quién” para regalar un pájaro. Entre los pájaros celestes y rojos, existe el  pájaro más hermoso, el personaje que funciona como un mensajero para la señora de los pájaros. La conversación entre ambos personajes conlleva un destino fatídico para la niña, quizá de una soledad anunciada o la carencia de alguien fundamental en su futuro.

Un claro en un jardín oscuro o un pequeño espacio de luz entre hoja negras. Allí estoy yo, dueña de mis cuatro años, señora de los pájaros celestes y de los pájaros rojos. Al más hermoso le digo:

–Te voy a regalar a no sé quién.

–¿Cómo sabes que le gustaré?– dice.

–Voy a regalarte– digo.

–Nunca tendrás a quien regalar un pájaro– dice el pájaro (p. 36).

Sobre el simbolismo de los pájaros dentro de la poética de Pizarnik, María Isabel Calle Romero, en “La búsqueda de lo celeste en la poesía de Alejandra Pizarnik: astros y aire”, establece la existencia de un microcosmos pizarnikiano donde los componentes del cielo, el sol, la luna, las estrellas y el pájaro conforman la duplicidad entre el mundo vívido y el cielo añorado, “seres voladores que habitan en este cielo y con los cuales el yo poético llega a identificarse” (2010, p. 113). Los símbolos en las obras de Pizarnik mantienen la característica de continua transformación y movimiento. Los elementos del cielo forman parte del microcosmos poético como símbolos o personajes que interactúan entre ellos, ambos, en constante cambio que otorgan sentido al discurso literario.

Aquí, donde entronca con la poesía pizarnikiana, el símbolo permite producir una realidad diferente de la vivida que constituiría la salvación a través de él mismo y, en consecuencia, a través del lenguaje y de la poesía. Y viceversa, el símbolo en Pizarnik vive y pervive gracias a sus textos y es a través de los poemas que el propio símbolo se revela y adquiere su valor intrínseco. Pero en algunas ocasiones, el símbolo adquiere vida propia (el rey sol, la luna doliente, el ángel harapiento o el pájaro libertador) y evoluciona a medida que avanza la poética de Alejandra Pizarnik. Podríamos hablar pues, de personajes puesto que aportan coherencia a todo un universo pizarnikiano y proporcionan toda una serie de rasgos diferenciales y distintivos en los que se apoya el lector para organizar la visión del mundo del que es portador el conjunto poético. Estos actantes se conciben como unidades semánticas, capaces de progresar o transmutarse en su trayecto poético (Calle 2010, p. 114).

El pájaro, en los discursos poéticos de Pizarnik, encarna la añoranza por trascender del mundo tangible al mundo intangible. Calle Romero señala que a lo largo de las etapas poéticas de la escritora argentina, el pájaro tiene una conexión con la inocencia de la infancia, el estado primigenio antes de la expulsión del paraíso y con el concepto del amor asociado a la libertad. Sin embargo, el simbolismo del pájaro, siempre en relación con conceptos positivos, también se convierte representante de la imposibilidad de alcanzar al pájaro, o convertirse en él, “en la primera etapa poética, el pájaro, libertad infinita, no solo va ligado al concepto de inocencia (infantil), sino también al del amor, el amor como sentimiento sublime que ayudaría a elevar al alma perdida en los suburbios de la tierra” (2010, p. 122).

Asimismo, el simbolismo de los pájaros, según el Diccionario de símbolos de Jean Chevalier, tiene relación con la espiritualidad y estados superiores al ser, opuestos al mundo terrenal. Chevalier señala la asociación de las aves con el destino y la inmortalidad del alma, a partir del Corán, y su función como intermediarios entre la tierra y el cielo (1986, pp. 154-156). Por lo tanto, los pájaros mantienen connotaciones positivas como elementos de superioridad espiritual, asociados a la inocencia, la libertad infinita y el amor más sublime. Pizarnik traslada el simbolismo del pájaro de su poética a la narrativa como un representante del deseo y añoranza por la libertad espiritual superior. Sin embargo, en “Niña en jardín”, los pájaros tienen características especificas relacionadas con el simbolismo de los colores, “los pájaros celestes y de los pájaros rojos”.

Fundamentalmente el color azul, según el Diccionario de símbolos de Chevalier, tiene relación con la exactitud del vacío en el aire, el agua y el cristal y el absoluto más puro, lo indefinido y la transparencia, la pureza y la profundidad, lo inmaterial y la evasión, “El azul es el más profundo de los colores: en él la mirada se hunde sin encontrar obstáculo y se pierde en lo indefinido, como delante de una perpetua evasión del color” (1986, p. 163). Las anteriores son las bases esenciales para la interpretación del color azul y la asociación con los pájaros lo convierten en símbolo de la imaginación y felicidad. Sin embargo, los pájaros celestes representan el mundo onírico, el traspaso entre la realidad y el sueño. En esencia, el azul transforma la realidad y el color celeste permite el paso al mundo de los sueños, de la inconsciencia.  

Los movimientos y los sonidos, así como las formas, desaparecen en el azul, en él se ahogan y en él se desvanecen cual pájaros en el cielo. Inmaterial en sí mismo, el azul desmaterializa todo cuanto toma su color. Es camino de lo indefinido, donde real se transforma en imaginario. Es también el color del pájaro de la felicidad, el pájaro azul, inaccesible y sin embargo tan cercano. Entrar en el azul equivale a pasar al otro lado del espejo, como Alicia en el País de las Maravillas. El azul celeste es el camino del ensueño, y cuando se ensombrece -ésta es su tendencia natural- pasa a serlo del sueño (Chevalier 1986, p. 163).

Además de los pájaros celestes, la niña del relato es señora de los pájaros rojos, “Allí estoy yo, dueña de mis cuatro años, señora de los pájaros celestes y de los pájaros rojos”. A diferencia del color celeste, el color rojo tiene una relación más estrecha con el mundo de los hombres. El color rojo representa aquél mundo tangible, donde los sentidos crean la realidad y la vida es posible. El rojo está presente en la sangre, el fuego, y el sol, todos elementos capaces de crear vida. El mundo físico de los hombres donde es posible el conocimiento científico y la potencia del humano encuentra su lugar. Mientras que los pájaros representan el mundo de los sueños, intangible e inconsciente, los pájaros rojos remiten a la realidad externa, el espacio donde la vida ocurre.

Rojo. Color de fuego y de sangre, el rojo es para muchos pueblos el primero de los colores, por ser el que está ligado más fundamentalmente a la vida. Pero hay dos rojos, el uno nocturno, hembra, que posee un poder de atracción centrípeto, y el otro diurno, macho, centrífugo, remolinante como un sol, que lanza su brillo sobre todas las cosas con una potencia inmensa e irresistible […] Es el color del alma, de la libido y del corazón. Es el color de la ciencia, el del conocimiento esotérico, prohibido a los no iniciados, y que los sabios disimulan bajo su manto (Chevalier 1986, p. 888).

Por lo tanto, la señora de los pájaros celestes y los pájaros rojos representa el estado de la infancia donde la narradora era dueña del mundo intangible y del mundo tangible. La niña, dueña de sus cuatro años, posee a los intermediarios entre ambos mundos. Los pájaros celestes representan la libertad en el mundo onírico, donde, tienen la cualidad de transformar la realidad en imaginación. En cambio, los pájaros rojos tienen relación con el mundo real, donde, el amor, la vida y el conocimiento son posibles. La presencia de los pájaros celestes y rojos, ambos asociados a la libertad del alma, sitúan a la niña en el lugar donde la ensoñación y la realidad coexisten en un mismo espacio.

En el relato “Niña en jardín”, hay un pájaro con características especiales, la niña lo señala como “el más hermoso”. En este caso, la relación entre ambos personajes tiene finalidades negativas, la niña quiere decidir el destino del pájaro “Te voy a regalar a no sé quién”. La niña ignora los cuestionamientos del pájaro, “¿Cómo sabes que le gustaré?” y mantiene la decisión “Voy a regalarte”. Este tipo de relación catastrófica entre aves y  niña también se encuentra en los poemas “La última inocencia”, del poemario La última inocencia (1956) y “Los poseídos en las lilas”, de El infierno musical (1971), donde la muerte de las aves está asociada a la presencia de la niña, como lo señala Tembrás (2006, pp. 91, 98).

El pájaro, que resalta entre los demás por su belleza, tiene la función de mensajero. A partir de esa postura, el pájaro más hermoso augura la inexistencia de “no sé quién” en el futuro de la niña, “Nunca tendrás a quien regalar un pájaro”. La premonición del pájaro sobre el futuro de la niña manifiesta connotaciones negativas. El destino de la niña imposibilitará la realización de sus deseos. Aunque la narradora no indica el color del pájaro sí enfatiza su hermosura sobre los otros. El pájaro hermoso, dentro del jardín oscuro, anuncia a la niña que nunca podrá regalar un pájaro, es decir, no tendrá la posibilidad de obsequiar a alguien ni la libertad absoluta, en el mundo de los sueños, ni el amor más sublime en la realidad.

El relato comienza con la descripción del espacio, más emblemático y recurrente en las obras literarias de Pizarnik, “Un claro en un jardín oscuro”. María Carolina Depetris, en la tesis doctoral “Sistema poético y tradición estética en la obra de Alejandra Pizarnik” (2001), establece dos tipos de jardín en la poética de la escritora, “el jardín fenoménico, lugar de encuentro efectivo en el centro; y el jardín noúmeno, eidos ancestral, real en su irrealidad, posible en su imposibilidad” (p. 142). Depetris identifica la referencia a Through the looking-glass de Lewis Carroll y recoge la semántica doble del jardín, a partir de la entrevista que realizó Martha Isabel Moia, en 1972, a la escritora argentina.   

Una de las frases que más me obsesiona la dice la pequeña Alice en el país de las maravillas:“Sólo vine a ver el jardín”.[3] Para Alice y para mí, el jardín sería el lugar de la cita o, dicho con palabras de Mircea Eliade, el centro del mundo. Lo cual me sugiere esta frase: El jardín es verde en el cerebro. Frase mía que me conduce a otra siguiente de Georges Bachelard, que espero recordar fielmente: el jardín del recuerdo-sueño, perdido en un más allá del pasado verdadero (Pizarnik 1972, p. 311).

Depetris también indica el función del jardín como un espacio donde es posible regresar al pasado para restablecer el presente: “Salir del jardín es el paso necesario para volver a recuperar el orden original, revierte el decurso temporal del presente hacia un pasado primario, nos conduce a recordar nuestra procedencia, nuestro origen, punto de encuentro y directriz, eje medular del ser y de lo que es” (2001, p. 144). En este relato, el juego de espejos temporal sólo puede ocurrir dentro del jardín noúmeno. La narradora, el “yo del presente”, puede reencontrar su “yo del pasado”, la niña, en el centro del mundo. El lugar permite el encuentro entre el ser y el origen, el personaje regresa al pasado para recordar lo que es.

 En “Niña en jardín”, la narradora describe la escena a partir de la presencia de “un claro” o “un pequeño espacio de luz”. La narradora puede señalarse a sí misma dentro del jardín a partir de la escasa luz sobre el lugar. El “claro en un jardín oscuro” o “el pequeño espacio de luz entre las hojas” limita la visión del personaje y concreta el espacio hasta donde el sentido de la vista lo permite. Lo único que existe para el personaje es la imagen de ella misma, niña, dentro del jardín con el pájaro más hermoso. La poca luz en el lugar delimita y señala la realidad. De esta forma, el personaje afirma la existencia de lo que pasa, lo que puede ver es lo único que existe.

Otra asociación que habita el jardín como lugar de fundación por medio del orden de las palabras, y está dada por la luz solar y el ver. En el jardín se pasea y se contempla, y la mirada está sujeta a los focos de sombra y luminosidad que define el sol. Lo que hay, que es lo que es, es lo que se ve. La luz del sol que cae sobre el jardín afirma lo que es dejando al resto en la nada La asimilación de la imagen a una ontología deriva del poder “divino” de la luz solar: la luz es un don, aceptarlo es ver lo que hay y afirmar lo que es (Depetris 2001, pp. 144-145).  

La conversación entre el pájaro y la niña trascurre en el jardín. El pájaro más hermoso augura la ausencia de alguien en el futuro de la niña. El jardín como espacio donde la luz afirma lo que existe y los sentidos ven lo único que hay, la palabra tiene una función distinta. En el lugar de encuentro, según Depetris y Alejandra Pizarnik, la palabra significa afirma la verdad. Las palabras dentro del jardín señalan la realidad, el augurio del pájaro resulta inalterable y permanente. El futuro de aquel personaje del pasado, la niña, a partir de las palabras del pájaro, se concreta. La narradora del presente rememora el pasado donde los nombres de las cosas corresponden. El lugar de su infancia cuando la verdad podía afirmarse a través de las palabras, lejos de la arbitrariedad del lenguaje. 

¿Cómo es, entonces, la palabra que se dice en el jardín? Es la palabra de la presencia y del carácter, la palabra segura que funda significaciones para identificar la verdad con lo que es, y lo que es con lo que hay y se ve. Es afirmativa, constativa y fuertemente referencial, transmite un contenido seguro, señala su propio significado y su propia realidad, “nombra las cosas por sus nombres”. Es, parafraseando a Pizarnik en ‘Piedra fundamental”, la palabra que es “punto de partida firme y seguro; un lugar desde el cual partir, desde el lugar, hacia el lugar, en unión y fusión con el lugar”, la palabra que “funda una estación”, un “centro, lugar de la fusión y del encuentro” (Depetris 2001, p. 145)

En conclusión, Alejandra Pizarnik traslada elementos recurrentes en su poética, niña, jardín y pájaros a su narrativa. Sin embargo, la autora trasforma los recursos literarios para adaptarlos al discurso narrativo. La niña, el pájaro y el jardín mantienen sus significados dentro del microcosmos pizarnikiano de la autora pero trascienden su naturaleza de símbolos para interactuar de forma activa entre ellos. La conversación entre niña y pájaro resulta determinante para el decreto fatídico del futuro del yo. Mientras que el jardín, un símbolo espacial esencial en toda la trayectoria literaria de Pizarnik, conserva su importancia sobre el significado de las palabras y las acciones en la escena dentro del relato de 1966.


NOTAS

[1] El relato “Niña en jardín” forma parte del material reunido en Prosa Completa de Alejandra Pizarnik, edición a cargo de Ana Becciu y prólogo de Ana Nuño.

[2] A partir de aquí todas las citas pertenecen al mismo relato de Alejandra Pizarnik, “Niña en jardín” 2001 [1966] en Prosa completa, ed. Ana Becciu, p. 36, así que sólo señalaré el número página.

[3] El uso de letras cursiva de acuerdo al texto original.


FUENTES DE CONSULTA:

CALLE ROMERO, María Isabel, “La búsqueda de lo Celeste en la poesía de Alejandra Pizarnik: astros y aire”. Gramma, XXI, 47, pp.111- 125, 2010.

CHEVALIER, Jean. Diccionario de símbolos, Editorial Heder, Barcelona, 1986. 

DEPETRIS, María Carolina, Sistema poético y tradición estética en la obra de Alejandra Pizarnik, tesis doctorado, Universidad Autónoma de Madrid, 2001. http://hdl.handle.net/10486/5983. [consultado el 22 de enero del 2021].

PIZARNIK, Alejandra, “Niña en jardín”, en Prosa Completa, Ed. Ana Becciu, Lumen, Barcelona, 2001.



Alejandra de la Llave Beltrán (1996). Licenciada en Letras hispánicas por la UAM Iztapalapa. Formó parte del comité organizador de Congreso Estudiantil de Educación, Edición, Crítica e Investigación Literaria (CEEECIL), donde expuso la ponencia “La caída ontológica en tres obras de Elena Garro”. Participó en el proyecto “La ruta de las lenguas originarias” y en la onceava edición del Encuentro Internacional de Estudiantes de Lingüística y Literatura (EIELL), por la Universidad Autónoma de Sinaloa, con el trabajo “La corriente de la conciencia en ‘Los muertos y la lluvia’ de Alejandra Pizarnik”.

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