por Bernabé Berrocal
Ay, qué rica estaba Rebeca… Apenas un metro sesenta y tanto de estatura: pulpería de campo: pequeñita y bien surtida. La carne justa en el lugar indicado. Su culito de perfil se miraba convexo igual que una cúpula y sus pechos se erigían bajo su blusa como dos suricatos chiquiticos. Sabor. Yo tenía cuarenta años y ella veinticuatro, pero su rostro y maneras cándidos le hacían verse como una niñita, una niñita con aquel culito… y entonces cuando estaba con ella me sentía como un pederasta cuyas plegarias han sido atendidas… Y sus ojos del color de la miel y rizos castaños alongados y un cuello largo a lo Modigliani, y sigo: las comisuras de su boca profundas y el labio superior más abundante, a lo Bardot. Un juego inagotable de cadenciosos gestos le confería una belleza clásica, solía figurármela como una Lolita del siglo XVIII.
Rebeca impartía catequesis a los niños de la congregación a la que pertenecía. No sé de qué religión, pero no le era permitido hacer nada durante el sábado, desde el ocaso del viernes hasta la puesta de sol del día siguiente. Nada, solo rezar. Demasiado buena para cualquier hombre y por eso al principio me negué a entrarle. Amigas en común me decían que moría por salir conmigo, pero yo, nada. Temía lastimar sentimentalmente a Rebeca.
— Hágale el daño, compa, no sea maje.
Mi fantasía fue siempre la doncella candorosa, el ideal inmanente en todos los hombres pero que en este caso se hacía realidad: Rebeca era la encarnación viviente de ese cándido espécimen. Y me quería a mí. La princesita de cuento de hadas levitando entre lobos feroces con sus erecciones al máximo, buscando refugio en mí. No deseaba hacer daño a Rebeca pero tampoco quería perder el lance, respeto ese asunto de los valores y ella quería novio y una relación estable, de otra forma nunca se dejaría bajar la tanguita, que yo imaginaba chiquitica y dulce, como ella. Para no cansar con el cuento nos hicimos novios.
La verdad yo también me sentía solo y ella estaba decididamente enamorada de mí (a la vez había conseguido el ideal: una doncellita que se dejara hacer, levantar el faldó a La Bella Durmiente todavía soñolienta y encontrar un hilo dental mínimo, húmedo, clavarla hasta atroden y me importas tú y tú y solamente tú…).
Durante los primeros cinco meses de noviazgo sólo alcancé a toquetear sus pechitos un par de veces, por encima de la blusa. Yo vivía cerca de la universidad de Rebeca, allí la conocí un semestre en que estuve a cargo de un curso libre, sin embargo se rehusaba a visitar mi departamento. La invitaba con el pretexto de tomar café. A ella también le encantaba el café, en especial uno cremoso que me quedaba muy bien a base de expreso, crema chantillí y canela. Yo solía tomar uno todas las noches, pero con el tiempo lo repudié. Antes sin uno de ésos no lograba conciliar el sueño y varias veces salí a medianoche para conseguir alguno de los ingredientes. De hecho, y se lo hacía saber a Rebeca para que no se me alarmara, dependía más del café que del alcohol.
— A ver, ponme a escoger.
— ¿Me lo juras?
— Upfff. Claro.
Nuestra común adicción al café la hacía feliz.
— Es más, si no lo bebo en la tarde me coge un gorilón terrible y me la paso bostezando sin poder concentrarme ni hacer nada.
— Igual.
— Y si me sirven un café ralo, un agua chacha, me pongo de mal humor.
— ¡Ay, a mi también…!
— Me encoleriza cuando va deslizándose insípidamente a través del esófago.
— ¡Qué viciosos somos, qué horror…!
— ¡Eres una viciosa, Rebe…!
Y cuando logré que pasara por un café a mi apartamento (el par de veces en que le pude tocar los pechos, duros, ricos) se lo hizo tragado y se fue. Aceptaba permanecer un rato solamente si iba en compañía de otra gente, y si organizábamos una fiesta con los amigos accedía a quedarse siempre y cuando durmiéramos en habitaciones separadas. Rebeca era virgen, pero virgensísima. No había llegado a segunda base, ni una mamadita de pechos. Al principio me dio gusto saberlo pero luego comenzó a traicionarme la conciencia. Rebeca guardaba sus delicias para el tipo con quien pensaba permanecer toda su vida, así le enseñaron y en ello creía, y yo le debía un enorme respeto. Eran sus valores. A fin de cuentas ella sí que no era virgen por fea y supuse las muchas tentaciones que debió sortear a lo largo del camino, las más tormentosas quizá provenientes del líder de su congregación, que de seguro se la sobaba a nombre de Rebe luego de verla saltar y girar durante más de una hora, quedando su ombliguito al descubierto cada vez que levantaba los brazos para agradecer sus dones al altísimo. El caso es que la férrea defensa de las creencias es digna de admirar en alguien una vez que por fin da sus frutos; la historia está llena de cabezones que triunfaron contra todo pronóstico, por su terquedad y no necesariamente porque tuvieran razón. Para Rebeca, su estado inmaculado la elevaba sobre el resto de su género como objeto de deseo, compensación suficiente para cualquier mujer. La otra parte del premio vendría con la entrega del obsequio resguardado con diligencia extrema para el hombre ideal, el príncipe azul en espera de su llegada sobre la línea de meta, sí se puede y sí se pudo, ahora sí, papi yico, reviéntalo y contigo nomás forever…
Me hice del premio mayor durante un viaje a un hotel en Playa Tambor. Rebeca cumplía veinticinco años al día siguiente, así que le hice un presente. Le regalé una perrita French Poodle. Detesto los perros y a los French todavía más, pero ella me había platicado que tuvo uno de esos cuando niña, entonces fui a una pet shop cercana al hotel y le dí la sorpresa. Se mostró encantada. Al otro día compró un collar y mandó hacerle una plaquita con su nombre: Flipi. En la placa gravó el número telefónico de ambos celulares, el suyo y el mío. — Porque ahora es tuya también— me dijo con ternura. De vuelta armó la revolución en su casa y se fue a vivir conmigo.
Ay, Jesús, y ahí pasé a ser el pederasta dichoso que antes dije… Uy, aquellas sesiones de templadera con Rebeca… lo que llaman el juego previo… La acomodaba boca arriba (ella se dejaba acomodar, siempre) y le abría las piernas pero sin dejar que se plegaran, presionando sus pantorrillas contra sus muslos para que éstos se expresaran en toda su redondez y saltara mejor, en medio, el capullito rosado y sin vello. Ella se resistía un poco al inicio y tensaba para que yo no abriera. Le besaba la parte interna de las rodillas, luego descendía lento hasta los muslos y la tensión poco a poco disminuía, la bisagra empezaba a ceder. Recorría muslo abajo, mordiendo, lengüeteando y al llegar a la ingle saltaba a la otra pero dejando escapar una ráfaga de aliento sobre su monte de Venus, a veces lo rozaba un poco con mi bigote o la punta de la lengua de modo que pareciera accidental, una descoordinación del ejecutante. Dejaba crecer el capullo. En ese juego era capaz de permanecer yo largo rato, pasando una y otra vez de una ingle a la otra hasta que Rebe me sujetaba fuerte por los cabellos y en un pudoroso resuello me decía que ya no podía más.
Entonces y de un solo bocado (soy bocón, mi boca es bastante grande) engullía su panochito hinchado, succionando como si mi boca fuera un desatorador de inodoros de cuyo centro se proyectaba mi lengua como un molusco lascivo y voraz.
Pese a su falta de experiencia, en la cama ella era esmerada y se movía bien. Había que dirigirla un poco al inicio, pero pronto agarraba el ritmo y tenía yo que suavizar el asunto para no regarme rápido. Me excitaba muchísimo. Tras varias semanas de cogidas diarias — incluidos sábados— Rebeca comenzaba a dejar el pudor de lado y a sacar la criatura hambrienta de placer que llevó dormida tanto tiempo. Como si fuera en busca del tiempo perdido. Me decía al oído Uy, qué sabrosera, o Hágale, hágale, cada vez que yo la tenía como papa en tenedor. Ya no le importaba que Flipi nos mirara al lado de la cama, a mí eso me molesta aunque sé que hay gente a la que no. Al principio nos deteníamos en media faena y ella echaba a la perra puerta afuera, con el paso de los días era yo quien debía hacerlo. Me parecía que la zaguata se engreía más de la cuenta.
Una tarde llegué al departamento antes de lo acostumbrado. Rebeca debía estar en la U. Abrí la puerta y vi la blusa y los zapatos de Rebe tirados en el piso. Su pantalón colgaba del respaldar del sofá. Ella era extremadamente ordenada. Picha, me dije, qué mierda, los cuernos, qué hijueputa sal… Pensé por un momento en llamar a Rebeca desde la puerta, darles la oportunidad de cubrirse a ella y al tipo y así evitarme un trauma mayor, sin embargo me decidí por darle rienda suelta al asunto. Quién dijo miedo. Sin hacer ruido coloqué sobre el desayunador una lata de crema chantillí que acababa de comprar y fui hacia la puerta de la habitación, que estaba entreabierta. Me asomé y me topé con el rostro de Rebeca tumbada boca arriba, gimiendo quedamente con la boca abierta y los ojos en blanco. Ay, jueputa, jueputa, qué mierda. Los pechos de Rebeca parecían a punto de explotar y sus manos se aferraban tirando del cubrecama. Sostenía en su mano un tarro de crema chantillí. Había un poco desparramada en el suelo. Respiré hondo para darme valor y dirigí la mirada en busca de la fuente de placer, entonces vi a la jueputa zaguata metida entre las piernas de mi mujer, dándole lengua a la chantillí. Aunque me hallaba aturdido reconozco que la imagen me excitóm tanto que me masajeé un poquito sobre la jareta, pero pronto caí en cuenta en la aberración que tenía ante mis ojos. Cuántas veces había yo visto a esa zaguata lamiéndose el culo o chupando caca del basurero del baño, ay, jueputa y luego iba y se lo chupaba a Rebeca y en la noche caía yo a beberme todo aquello. Me alejé del cuarto, agarré la lata de chantillí del desayunador y salí del departamento temblando por una mezcla de templazón y asco.
Volví en la noche al departamento luego de una larga jornada de whisky en un bar cercano.
No dejaba de pensar en el cuerpo de mi noviecita retorciéndose sobre la cama, mientras la chupaban a ritmo de tres lenguazos por segundo. De alguna manera me sentía superado. No por la zaguata, sino por mi puritana Rebeca, que había sobrepasado un límite por mí inimaginable. Tenía unas ganas enormes de agarrar a Rebe, tumbarla y pegarle una cogida como nunca. Entré tambaleándome al departamento y lo primero que vi fue a la perra echa un puño sobre el sofá. Me acerqué y la miré. Levantó los ojillos soñolientos y movió la cola, la hijueputa. Fui al cuarto y empecé a desnudarme al borde de la cama, Rebe dormía.
Tan solo logré quitarme los zapatos y la jacket y caí espoteado junto a Rebeca, que despertó de un salto. — Venís borracho—. La lata de chantillí se deslizó desde la bolsa de mi jacket y se estrelló contra el piso. — Un toque— respondí entre dientes. Oí el sonido de las uñitas de Flipi entrando al cuarto, había llegado al escuchar la lata, conocía bien el sonido, la carepinga, como en el experimento del perro de Pavlov. Sentí a Rebeca inclinarse sobre mí para recoger la lata y espantar la perra, susurrando: — Shhhhhh. No, Flipi — y me quedé dormido.
Un sábado en la tarde nos encontrábamos en medio de un sesenta y nueve tuanísimo, con chantillí. Si eso le gustaba había que dárselo. Los sesenta y nueves con Rebeca eran riquísimos. La experiencia del sesenta y nueve puede ser perturbadora si la mujer no se lava bien el culo, en cambio Rebe siempre olía bien en todos sus orificios, al punto que en algún momento pensé en proponerle que me orinara y me defecara, seguramente se habría negado, la mosquita muerta. Con ella me sentía capaz de atravesar todos los linderos, me tenía como loco. En pleno seis nueve apareció la zaguata, al lado mío. La puta sal. Ese lindero no. La perra conocía el ejercicio y esperaba su turno. Me desprendí del panochito — Shhhhhh, ¡jale! —. El animal como si nada, y así varias veces — Shhhhhh, largate, hijueputa— apartándome con pesar de la hinchazón de Rebeca que no dejaba de chupar allá abajo entre mis piernas, tratando de llenarse la boca más profundamente cada vez, hasta que por fin se desatragantó y puso un montón de crema chantillí sobre mi pene trazando con ella un camino hasta mi ingle. Luego abandonó la posición y comenzó a besarme, masajeándome el pene con suavidad. Me excité como nunca, arrobado por la depravación que maquinaba en su cabecita mi mujercita cándida. Me besaba mientras yo miraba el culito terso y redondito elevado sobre su cabeza, Madre mía, oí el golpecillo de uñas dando un salto desde el piso y luego percibí el hundimiento del colchón cerca de mi pierna.
Rebeca me la sobaba, gimiendo junto a mi boca. La perra había iniciado por mi pierna y al cabo de un rato, ayayay, tenía a Rebe clavada encima de mí, dando gritos extasiada tanto que temí por los vecinos y la zaguata lamiendo la chantillí entre ambos. Rebeca tenía la lata en una de sus manos y aplicaba dosis de crema conforme se iba limpiando.
Aquellas sesiones se hicieron cada vez más frecuentes y terminaban solo cuando la perra, satisfecha con la panza llenísima daba un dificultoso salto al piso. Una vez invitamos a nuestro departamento a un grupo de compañeros de Rebeca, para tertuliar y beber, una de sus amigas abrió el refrigerador y se encontró con al menos una docena de latas de chantillí.
— Ustedes, o manejan una pastelería clandestina o están muy juguetones, ¿ah?… los
felicito. Pero es para estuvieran más rellenitos… ¡cuántas calorías, Rebe…! Agazapada…
— Tomamos mucho café — dije, y Rebeca dio un salto y fue a prepararles uno.
Rebeca gozaba en grande aquello y su gozo desmesurado era también el mío, pero me sentía como un degenerado. A la vez me consideraba responsable del sexo entre ambos, puesto que yo había roto el pudor de Rebeca quien hacía menos de un año no se dejaba tocar y eso había desembocado en una incontrolable aberración. Me era común llegar al departamento y encontrar una lata recién abierta sobre el desayunador, Rebe en el sofá, desnuda de la cintura abajo y la perra dormida junto a ella, llena a reventar: — Te estuvimos esperando—. Habíamos tocado fondo y tomé la decisión de acabar con aquello de una buena vez.
Encontré a Rebeca leyendo en el sofá. Dejé mis cosas sobre el desayunador y la tomé por los hombros.
—Rebeca, tenemos un problema serio. Hay que hablar.
Rebeca estaba llorando.
— ¿Qué pasa, mi amor?— pregunté.
— No, ahorita te digo. ¿Qué pasa? Hablá vos, amor.
— Lo que te voy a decir va a requerir tiempo.
— Decí vos primero, tranquilo— dijo secando sus lágrimas y sonrió.
— Bueno. La cosa, Rebe, es que me encanta el sexo con vos, pero no voy más con, vos sabés, lo que hacemos siempre.
Lanzó un hondo suspiro.
— Es un juego ¿no? Exploración, vos lo dijiste. Ella solo…
— Nos mama, Rebeca, eso es anormal y tiene nombre y apellidos, se llama zoofilia, Rebe. Zoo-fi-lia. Ya no cogemos si no es con la hijueputa perra esa.
Frunció el ceño y se puso como un toro.
— Ah, yo soy anormal y Flipi es una hijueputa, ¿y vos?
— Lo hice más que nada por vos, porque sabía que te gustaba.
— Ah, lo sabías, ¿y desde cuándo?, a ver…
— No te sulfurés. Una vez entré sin que te dieras cuenta y vi que te estaba haciendo el brete.
Guardó silencio y empezó a sollozar y moquear. Me arrodillé frente a ella para consolarla pero me mandó un manazo.
— O sea que fui yo quien te “empujó” a esto.
— No, Rebe, lo que quiero decir es que, no sé, volvé a la iglesia, ya no volviste, qué pasó…
Lo último se lo dije en tono sarcástico. Se hizo otro silencio mientras Rebeca lloraba a moco tendido, traté de reconfortarla de nuevo y me soltó otros dos manazos.
— Usted me ha hecho mucho daño…
— Rebeca, no quiero perderte. Te amo, pero cojamos normal, me entiende. Con ese límite.
Se levantó furiosa, fue a la habitación y empezó a llenar un bolso con su ropa. Me senté en el sofá, esperaba que recapacitara. Imaginé que el enojo le tardaría unos días y no quise llevarle la contraria.
— ¿Adónde vas a ir?
— Qué le importa.
— ¿Por qué llorabas cuando llegué, qué sucedió?
Titubeó antes de responder, pero tuvo que bajar la guardia.
— Flipi no está.
Deseé que ojalá la hubiera matado un carro.
— ¿Le pasó algo?
— Hace como media hora la dejé ir fuera pero no ha vuelto. No sé si se fue para la calle.
Avíseme si regresa, por fa. Es mía, usted lo sabe.
— Rebe…
Tiró la puerta al salir. Luego de ese día telefoneaba seguido para saber si la Flipi había regresado. Una vez me dijo que yo era lo peor que le había pasado en esta vida. En ocasiones Rebeca lloraba al teléfono, lloraba por Flipi.
— La estás escondiendo, cabrón de mierda.
— No, Rebe, no. Necia.
La zaguata no volvió. Tampoco Rebeca.
— Aló.
— Sí, buenas. ¿Hablo con el 88 25 31 42?
— Ajá.
— Vea, señor, ¿por casualidad a usted se le perdió un perro, una perrita?
— No señora, yo no tengo perros…
— Mire, trato de localizar al propietario de una perrita French Poodle, Flipi se llama, que se perdió hace como… no sé, hará unos diez años y que traía una plaquita en el collar con su número, y otro, pero no sé si serán los mismos…
— …
— Aló…
— Sí, sí, vea, es mi número, señora, pero es que la dueña de esa perra no sé dónde está…
— ¿Pero sabe de qué perra le hablo?
— Sí, creo que sí. Blanca, gorda…
— Sí, Flipi, así dice… ¿Era suya…?
— No, no. Era de una amiga, localícela a ella.
— Disculpe, señor… es que el otro número lo cambiaron…
— Pero es que la perra no es mía, señora y eso fue hace mucho tiempo… No es mía, ¿me entiende?
— Pero la placa tiene su número y usted la conoce…
— Sí, pero ya no…
— Entiendo que fue hace mucho, pero déjeme y le explico rápidamente… Hace, no sé, como diez años o un poco menos mi abuela recogió esa perrita…
— Ajá… ¿y…?
— Ella vivía sola y entonces se dejó la perra y todo el asunto y nunca supo de dónde vino y taca taca… imaginamos que no se fijó en la placa, usted me entiende…
— Ajá…
— Pues resulta que ella había guardado la plaquita. Nosotros no sabíamos que tenía dueño, ella un día apareció ahí con la perra y dijo nada más que la había encontrado etcétera, me entiende…
— Mmhhh, sí, ¿y?…
— Bueno, y ya por ahí un primo nos contó que la abuela sí supo que la perra tenía dueño y el asunto pero ella había dicho que si andaba perdida era porque no la cuidaban bien… entonces se la dejó… La cosa es que ya ella murió un día de estos y entonces…
— ¿Quién, señora, la perra murió?
— No señor, mi abuelita, mi abuelita falleció hace unos días. Entonces salió a relucir lo de la placa y eso y nos preguntábamos si los dueños querían saber de ella, o bueno, si es del caso dejársela. Lo digo porque yo sé que es muy feo cuando se pierde un animalito, yo soy una que me encariño mucho con los animales…
— Ya, ya… Sí, el caso es que yo no tengo campo para criar animales… y ya la perra se acostumbró allá de todos modos… y yo no soy ni el dueño, imagínese… Mejor dicho es de ustedes…
— Es que nadie acá de la familia puede cuidarla, me comprende… Así que si usted la quiere… Entienda también que mi abuelita no quiso robársela ¿verdad? Ella la cuidó bien y todo…
— No, pero yo no puedo hacer nada…
— Diay, es que imagínese que si es así vamos a tener que llevarla a un refugio… Y ella está enfermita… A mi me parte el alma pero no nos queda de otra… Por lo menos la idea es que pase los últimos años con alguien que la quiera…
— Diay, sí, señora, pero yo ahora no puedo…
— ¿Y usted no sabe dónde está la dueña, ni idea de cómo localizarla?
—No, señora, de veras que no…
— Hay, ¡qué tirada!… ¿Ni idea, entonces, para localizar a la dueña…?
— No señora…
— ¿Ni de la casa, ni dónde trabaja…?
— Nada, señora, nada.
— Ay, Dios cómo hiciera…
— Vea. Ay, señora. Usted no se imagina lo que me está poniendo a hacer… Déjeme ver qué hago y más tarde la llamo. No prometo nada. Déjeme ver.
— Se lo agradezco, de veras. Yo lo que no quiero es que vaya a parar a un refugio y luego a una casa totalmente desconocida para ella… Es , imagínese… Al rato hasta la ponen a dormir…
— Bueno, déjeme ver, tal vez le consigo dueño. No le prometo nada eso sí…
— Ay, porfa… Abuelita la quería mucho. Le compraba dulces, ¿sabe?, le gustaban mucho.
— ¿Sí? Bueno, bueno.
— He escuchado que los perros recuerdan a sus dueños hasta seis años atrás… O sea una memoria de seis años…
— Imagínese, ya han pasado casi diez…
— Usted qué sabe. Tal vez ella lo recuerde más…
— Bueno, bueno… Hasta luego…
Vieja hijueputa. Necia… Nueve años después. Cómo a alguien se le ocurre…
No la llamé. Pasó una semana en que la vieja carebarro me telefoneaba hasta cuatro veces al día. Me atormentaba con mensajes de texto: Llameme q vamos enviar Flipi refugio está triste consiga dueño porfa 😦
Entonces le escribí: Hagalo no tengo nadie, y sanseacabó. Pero después no pude dejar de pensar en la zaguata. La imaginaba en su jaula del refugio: huraña, fea, sola, sin la gracia de otros tiempos. ¿Quién querría un perro así? Me hizo evocar con nostalgia la felicidad de Rebeca, el día que se la di, y su profunda tristeza cuando se perdió, la misma tarde en que decidió dejarme porque yo había sido su gran error, su maldición. Después de Rebeca no volví a convivir con nadie, sumido en el tormento de su partida. Me la sobé muchas noches, pensando en Rebe. Extrañaba también las tardes de café, que ya había dejado… Solos, huraños y aborrecidos, la perra y yo. Llamé a la vieja y le pedí la dirección del refugio.
Llegué al lugar y me puse a buscar la perra jaula por jaula. Quería encontrarla por mí mismo, aunque no sabía si me iba a reconocer. Seis años de memoria. En una de las jaulas al fondo, en el área que me pareció era para los perros más viejos estaba la zaguata, dormía echa un puño en una esquina. Me puse frente a ella en procura de llamar su atención. — Pss-pss-pss—. Levantó la cabeza y comenzó a olfatear hacia los lados, buscando el origen del llamado. Estaba totalmente ciega. Vino hasta la puerta y observé que le faltaba una pata trasera. Ah, la gran puta, la vida le había dado duro a la zaguata. Me olfateó la mano y comenzó a mover la cola y luego a dar chillidos, se apoyaba sobre su pata e intentaba escalar la malla del portón. No me pude contener — Ya, pillilla, ya— le dije y me dio por llorar.
Antes de irme la veterinaria me hizo las últimas observaciones.
— Ya sabe, señor, la insulina una vez al día, sin falta…
— O K.
—… y probablemente manifieste cambios repentinos de carácter, va a orinar más que un perro normal, comida en raciones pequeñas varias veces al día… Es mucha responsabilidad, aún lo puede reconsiderar.
— Está bien.
Puse a Flipi en el asiento trasero del carro y nos fuimos. A la semana recibí una llamada de la doctora del refugio, quería saber cómo iban las cosas con la insulina y eso. También me contó que una mujer había llegado días atrás alegando ser la dueña legítima de Flipi. Era Rebeca, que de alguna manera obtuvo pista de la perra. Al poco tiempo tuve a Rebe de nuevo frente a mí, en mi propia puerta. Se había vuelto obesa, muy, muy obesa, parecía una lavadora. Su esposo la esperaba en el carro, un hombre mucho mayor que yo y seguramente pastor de iglesia (tenía toda la pinta y había una biblia enorme sobre el dash del vehículo).
— Me voy a llevar a Flipi.
— ¿Cómo diste con nosotros?
— Ahhh… Los designios de Dios…
— No sabés cómo te extrañé, Rebe.
— Yo también, pero eso ya es pasado. Hoy soy feliz… en Cristo.
Ninguno de los dos habló más. Fui adentro de la casa y traje a la perra en brazos, envuelta en un paño. Rebeca la tomó, la abrazó y se soltó a llorar. Las dos chillaban. Le extendí un papel con las instrucciones de la veterinaria. Rebe se secó las lágrimas, dio media vuelta y se fue. Le costó un mundo entrar al carro. Cerré la puerta y eso fue todo.
Cuento tomado de Hombre hormiga, publicado por Uruk Editores, San José, Costa Rica. Segunda edición, 2017.
Fotografía por Daniel Mordzinski.

Bernabé Berrocal
Es autor de Hombre hormiga, Archosaurio y La Mujer que vendría lunes, publicados por Uruk Editores, San José, Costa Rica. Una muestra de su obra aparece en la antología centroamericana de microrelato Tierra Breve (Índole Editores, El Salvador). Ha participado como invitado en la Feria Internacional del libro de Guatemala y en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Artículos de su autoría han sido publicados en medios escritos.
