Poesía mexicana actual: Adriana Ventura

Tres poemas de Operación doméstica

Amor cangrejo

Papá es un cangrejo
lo delata su gesto de martes,
es el día que descansa.
Siempre incómodo, molesto.
Le nace el odio.
Hablo, digo ocurrencias
y mis palabras se despeñan por sus tenazas.
Es la sal, me digo,
la crisma que nos hunde en la vida ordinaria.
Nos prometimos alegría,
no envilecer.
Laberintos y bosques
nos prometimos.
En esto pienso cuando lo busco
los miércoles
y entonces la molestia del día lo oscurece.

Salgamos de la hoguera, amor,
repito muy quedito
para que no pueda escucharme.
Quizá se burlaría o se haría el sordo.

Toda la amargura
cabe en nuestra cama matrimonial,
caben, además, nuestros hijos,
sus juguetes,
nuestros libros.

Los jueves viajamos a la noche
de nuestras sombras,
se enredan nuestros corazones, 
se alistan y van cínicos 
insultándose, agrediéndose.

Llega el viernes,
fin de semana. 
Lo agrio marina un poco,
está cansado…
Retrocede.

Los sábados pienso
que podría amarme mejor que él
y salgo para reírme con otros crustáceos,
me trago las bromas
que en casa no nos hacemos.
Duermo sobre las rocas
cada domingo.

El lunes, cuando vuelve al trabajo
pienso en los juegos, el orden
y el odio
con los que nos queremos.

Nocturnas

La vecina de arriba empieza
puntual con la madrugada.
A las dos nos arropa el deseo de lo limpio.
Se escuchan sus aguas sobre el piso,
Yo suspendo lo mío cuando la escucho.
Miro al techo con un guiño.
Me acompaña la vecina a limpiar de noche.
Buscamos en la espuma la claridad.

Deberías limpiar de día, me dicen.
Barres la suerte y el dinero,
Pones en la cara del señor tu cepillo, insisten.
Trapeas el rostro de los santos, recalcan.

No dejo de limpiar de noche
por compañerismo.
Por complicidad:
dos mujeres en paralelo,
aliadas y armadas de Pinol.
Nuestros trapos se apretujan en las manos


Y el polvo va saliendo.
A las cuatro, más o menos,
Cuando las almas ya salieron, los gallos cantan.
Escucho a la vecina enfundarse en la pijama
y hundirse,
como yo,
satisfecha en su cama.

Bolsas de mujer

Los misterios viajan en bolsas de mujer,
es posible encontrar tornillos y desarmadores
si la que carga es oficiante de la construcción.
En la mía hay crema de coco para manos.

Dos mujeres sentadas frente a mí
hablan del misterio de la poesía,
han discutido durante minutos.
Una dice que la verdad es un error:
en la literatura se debe mentir.
Aprender a sembrar la duda en la palabra
para que germine y se multiplique.

Las mujeres llevan bolsas grandes,
sospecho, que encierran libros.
Imagino sus cuadernos
llenos de palabras
acorralando el silencio.

La bolsa de otra mujer,
hace días,
estaba llena de cervezas.
Botellas verdes
con letras azules,
frías,
repiqueteando con el balanceo
de la mujer sedienta.

Yo cargo pañales
y dulces en mis bolsas.
Cargo libros y labiales.
Necesito humectar mi boca
para que mis palabras suenen.

Mi madre suele llevarme
a comprar bolsas,
confía en mi gusto sobrio
o convencional.

Una bolsa es una habitación
que anda colgada del hombro.
Atenta contra la gravedad,
el peso de algunas es magro
(aquí no debería ir esta palabra,
pues suena a esmeraldas
o a piedras de río),
y me aferro.
Porque eso llevo:
piedras de río en la bolsa
y lanzo algunas contra la pared
de esta hoja blanca.


Adriana Ventura (1985, Guerrero, México) Escritora y docente. Realizó estudios literarios en la Universidad Autónoma de Guerrero, en la UAM, la UNAM y en el Centro Morelense de las Artes. Es autora de Operación doméstica (Ícaro ediciones, 2022), Boceto de una vida sin casa (Praxis, 2018), Fuera de lugar (Bitácora de vuelos, 2022), Café Bausch (Colección La Ceibita-FETA, 2016), entre otros. Ganó el II Premio Latinoamericano de Poesía Marta Eugenia Santamaría Marín 2022. Obtuvo el Premio Estatal de Poesía “María Luisa Ocampo” (2016), el Premio de Poesía y ensayo Jóven de Guerrero. Fue becaria del Programa Jóvenes creadores del FONCA en dos ocasiones (2016 y 2019). 

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