por: Adrián Kuri Zegaib
La navidad estaba a tan solo unas cuantas semanas y el pequeño Hans no podía estar más emocionado. Se aproximaba con una velocidad confusa ese momento tan importante que llevaba esperando eternidades: finalmente le podría pedir a sus papás (única opción tras la trágica muerte de Santa Claus) unas playeras de la marca Abercrombie & Fitch. Esta marca era totalmente maravillosa, dotaba a los jóvenes como él de poderes extraordinarios como atraer las miradas de las chicas bonitas de su salón, aunque lamentablemente, también de las feas. El poder conlleva grandes responsabilidades, pensó mientras fantaseaba sobre la nueva vida que tendría a partir de enero.
El tiempo pasaba y pasaba y su emoción crecía y crecía al punto que parecía que un minuto más de espera y su cuerpo entero explotaría, resultando en sus intestinos desfigurados siendo esparcidos por toda la habitación, su sangre y sus heces barnizando las paredes, sus ojos en lados diametralmente opuestos del cuarto y su piel convertida en un rompecabezas de más de dos mil piezas (imagen que representaba adecuadamente su sentir habitual durante el primer semestre de primero de secundaria que fue cruelmente forzado a transitar con playeras del Costco y, por suerte, una jersey del FC Barcelona).
El momento había llegado
Llegó a clases con su nueva playera azul que lucía el contorno bordado de un indio norteamericano de perfil, con las prestigiosas palabras Abercrombie & Fitch circulando alrededor de la irónica imagen. Su experiencia al entrar nuevamente al salón fue tan dulce como fue amarga. Aunque se sonrojó frente a las sonrisas de algunas chicas a las que anhelaba acercarse, besar y -como es esperado de un joven de su edad- tocar, la sensación de estar siendo visto le brindó paralelamente un sentimiento abrumador antes desconocido. Era como ser succionado por un hoyo negro, reflexionó. Al mismo tiempo, un profundo odio crecía desde su coxis hasta su cabeza frente al paisaje de sus compañeros que no sólo estrenaban ropa de la misma marca que él, sino que además se habían estirado lo que parecía dos metros en el corto periodo vacacional. Mientras tanto, esa línea dibujada en la pared de su cocina por su mamá año con año apenas se había separado de la de tiempos remotos. Hans, sin embargo, estaba decidido a poner a prueba la magia de sus playeras nuevas en la fiesta de cumpleaños de Lucas del siguiente fin de semana (en la que se rumoraba que chicos y chicas de la generación de arriba llevarían alcohol).
Sábado a las nueve y media de la noche
Hans hablaba con Regina quien, al igual que él, fingía estar un poco borracha sin saber ninguno de los dos lo que estaban haciendo. La canción que sonaba era Dynamite de Taio Cruz y ambos reían y bailaban mientras se decían frases como “esta canción es la mejor” y “estoy bien pinche borracho”. El deseo de lanzarse hacia Regina para besarla incrementaba con cada coro y con cada sonrisa que ella lanzaba hacia él, desprevenido. Había algo que lo detenía, algo como del pasado, pero no lograba identificar qué. Los nervios lo forzaron a decirle a Regina que tenía que ir al baño y en el camino recogió un vaso ajeno y se tomó de fondo lo que quedaba. Aunque era pura coca cola, sintió el efecto inmediatamente y siguió su camino un poco más mareado que antes. Al llegar al baño prendió la luz, hizo pipí (dejando sobre el asiento un par de gotas que no llegaron a su destino, que sin embargo estaban bien acompañadas gracias a compañeros anteriores) y, al terminar, se volteó a ver al espejo. En ese momento cayó en cuenta de que la manera en la que se sentía momentos antes, cuando no se atrevió a besar a Regina, era igual a esos tiempos previos a navidad, previos a su más reciente momento canónico. Al ver en el reflejo su playera, en esta ocasión roja y de manga larga (aunque con prácticamente el mismo diseño que la azul del lunes pasado), sintió una confianza incomparable: llegó a la conclusión de que el deseo de Regina no podía ser otro más que ser besada por él. Este es el momento, se dijo a sí mismo en el espejo, arreglando su peinado y sonriendo involuntariamente.
Salió del baño y caminó de nuevo hacia Regina, que lo esperaba solitaria en una silla a la orilla de la sala cuando empezó a sonar Beautiful girls de Bruno Mars, “esta es mi canción favorita”, le dijo a Hans. Todo se había alineado a la perfección. Comenzaron a bailar, primero con algo de distancia hasta que Hans la tomó de la cintura y se acercaron tímidamente. Una vez más fue sorprendido por esa sonrisa que a lo largo de la noche había sido su mayor debilidad. En ese momento, totalmente decidido, la besó.
Fue el primer beso de ambos (aunque Hans había mentido al respecto algunos meses antes) y estaban -a pesar de que el beso fue francamente muy torpe y desagradable a la vista ajena- enteramente fascinados. Fue mucho mejor de lo que cualquiera de los dos podría haber imaginado que sería. La noche continuó siendo divertida, romántica y amena. Tanto Hans como Regina pensaron en decirle al otro que lo amaban, pero los dos se contuvieron por miedo a la reacción que podrían recibir.
Eran ahora las doce con veinte de la noche y Hans ya estaba acostado en su cama, todavía bajo los efectos del refresco y el romance. Una mezcla de sensaciones, entre calma, euforia y optimismo invadían cada fibra de su cuerpo. Todo es gracias a mi ropa Abercrombie & Fitch, pensó. Había descubierto la fórmula de la felicidad y sabía exactamente lo que debía hacer el resto de su vida para mantenerla.

Licenciado en psicología egresado de la Universidad del Claustro de Sor Juana con un pronunciado interés en el psicoanálisis, la escritura y la filosofía.
