El rayo (o Invocación a la manera de Zambrano)
Cae un rayo en el fondo de la noche
en medio de un claro de bosque
y rompe en pedazos las piedras
las raíces de los árboles
los huevos que duermen en los nidos.
Escucho sus pisadas sobre el musgo
hundido deja el suelo cuando pasa
Sibila ansiosa envuelta en pergaminos
de luz silbando adentro y la guadaña
bien empuñada en la mano.
Llama mi nombre y me pregunta:
Si tanto me has buscado
¿Por qué cubrís tu cuerpo de astillas?
¿Por qué agachás la cabeza esperando
como un girasol en la negrura
y en vez de salvador me ves verdugo
cuando fuiste vos quien me ha llamado?
(Y sí
verdaderamente
confieso
que le temo al rayo
perseguidor—
y al barco—
y a quien era yo antes
de tener un nombre
cuando un sueño me era el universo)
Retumba otra vez su voz de trueno:
Tuyo es el claro
de bosque y también las cuevas
aceptalo, abandonate a vos misma,
creá de nuevo lo que he destruido
y destruí todo lo que yo he creado.
Tomá el papel
Tomá el lápiz
Escribí.
Elegía para Laika
No pudo escucharte, Laika, no pudo escucharte,
el Dios de Berkeley no pudo escucharte.
En la soledad del espacio y en la estrechez
de la cápsula tu llanto se ha perdido.
Viviste estirando los días hasta que llegaron aquellos
que, cautivados por el brío de tus ojos y tu temple,
te eligieron como la mejor de todas
Jugando a ser Adán te dieron un nombre.
Te quitaron el hambre,
te sacaron las pulgas y bebiste agua,
te hablaron y moviste la cola,
te estrecharon entre sus brazos.
Los viste hacer cosas incomprensibles:
tocar botones, usar diversos artefactos.
Pero en tu lealtad ciega para con los hombres
te perdiste. Perdiste como tus hermanos
el instinto feral del lobo y no sospechaste.
Te engañaron sus ropas blancas y los creíste
ángeles extraños.
Mas no sabías que eran como aquel
que, preso de gravedad, prefirió reinar el infierno
con un libro en mano,
antes que ser esclavo de la gracia.
Los viste por última vez
a través de la ventana de esa matriz de lata.
Levitaste y te elevaste en esa casa con alas.
Fuiste la reina de los tuyos y de todos nosotros
por un segundo
y te sentiste fuerte, alta.
Hasta que el terror te rasgó las tripas
y tus patas se volvieron garras.
El calor redondo se prendó de vos
y fuiste pájaro de llamas.
Tu piel se cubrió de estigmas,
el lomo se te abrió en dos
como flor de lava.
Desesperada llamaste a Dios que lo ve todo
en todo lado. Pensaste que estando cercana al cielo
tu llanto se escucharía más claro
que las plegarias de los que gimen aquí abajo.
Pero el cielo estaba vacío
y por sus pecados moriste, perra-pájara-cordero,
cristo hirsuto inmolado.
Y pensaste también en tu última hora:
Padre, ¿por qué me has abandonado?
(Si una perra llora en el espacio,
¿realmente lo hace si no hay testigo de su llanto?)
Ni siquiera el Dios de Berkeley pudo haberte escuchado.
Raíces
Nadie quiso saber más de mí
ni mi madre
ni esa otra mala madre, la patria
ni mis supuestos hermanos,
los que caminan erguidos
y comparten conmigo el sol
y beben de la misma agua.
Enferma estoy de desarraigo.
He de buscar la palabra virgen
la imagen aliada y amiga
que abra mi imaginación como gabinete
de rosas y entierre en mi alma raíces
húmedas, frondosas
que me eleven en espirales al cielo
y quizá así
con la cabeza entre las nubes
—en mi elemento—
pueda dejar de ser ya
la mujer más sola del mundo.
Cantos al misterio
I
En nada han de tornarse
la opulencia del helecho
los amaneceres preñados de oro
la caricia animal
el amor fuego y el amor ala.
Nada será también este miedo
de pensar en el día
en que esta que soy ya no más sea
y mis párpados sean finos como alas de polilla
y mi carne tenga el gusto de fruta fermentada.
¿Qué hago entonces con esta belleza?
¿Cómo conservo para siempre
la opulencia del helecho
los atardeceres preñados de oro
la caricia animal
el amor fuego y el amor ala?
¿Qué puedo hacer con tanta belleza
sino grabarla inútilmente en piedra
para que ojos nuevos
que alguna vez serán viejos
la entierren consigo en un sueño
del que no han de despertar jamás?
II
Cuando yo viva en el vecindario
de los muertos, abonando yo misma mi jardín y mis flores
crecerá una nomeolvides, pequeña, purpúrea
y pudorosa justo en las afueras de mi casa.
No me enteraré.
No escucharé los amaneceres
con el pecho hinchado de raíces
entonando laudes para mis hermanos.
No soy la primera y no seré la última
Solo me sumaré al misterio.
Ojos vieron, ojos ven y ojos verán
Y la belleza seguirá, imperturbable, por el resto de los siglos.

América Lainez (Managua, Nicaragua, 1992).
Poeta y cuentista.
