E S P E R A
Pasa.
El tiempo pasa.
Pasa por allá. Bien lejos.
Pasa en el rocío. En el amanecer que asoma por la puerta del hornero.
Pasa también bajo la lluvia repentina.
El tiempo pasa.
Bebe
las
gotas
y
su
conteo
indescifrable.
Regala su rostro en el espejo de un charco.
Pasa.
El tiempo pasa.
Atraviesa junto al viento.
Desfila por entre las hojas del sauce y entona su roce melódico, acompasado. Pasa.
El tiempo pasa. ¿Y yo?
Espero. Por aquí lo espero.
Mientras el muy tranquilo pasa. Por allá, bien lejos.
Montando nubes salvajes o el insomnio de una estrella.
Espero, dije. ¿Qué espero?
Un guiño, una invitación.
El jugueteo de sus dedos en la palma de mi mano, en mi piel olvidada.
Su eterna boca que seduce con la promesa de un cuento y su final.
Espero.
Espero sus ojos, su color secreto.
Pero al final… pasa. Todo pasa.
El tiempo pasa. ¿Y yo? Quieto.
Mortalmente quieto.
C U A N D O A P A G U E N L A S L U C E S
Los platos sucios.
La ropa tendida.
El gato con hambre.
El insomnio en la almohada.
Cuando apaguen las luces.
La vereda, los autos, los colectivos.
Las serpientes de asfalto.
Las esfinges de cemento.
El otro.
Ninguno.
Cuando apaguen las luces.
El sol por el este.
La lluvia y las nubes.
El zonda (el cálido zonda).
Los días, las noches, los sueños.
La Noche.
Un jardín oscuro sin pétalos azules,
cuando apaguen las luces.
Un verso, un beso, un llanto.
Un adiós, un hola, un te amo.
Lo inconcluso, esperando.
El olor de tu cuello.
Un libro por sobre todos los libros.
Tu flor.
Mi flor.
Una falacia:
el polvo, la sombra y la nada.
Cuando apaguen las luces.
B U E N O S A I R E S
Caminaba una muerte que al final no serás vos.
Besaba una muerte que no sos vos.
¿Acaso lo sabías?
Me sumo a tantos otros que ya nacimos exiliados de tu suerte.
Y este hilo arenoso que nunca me encauza a vos.
Y este ser espuma de otra orilla, de otro mar, que no vos.
Y aún así, no importa. Muerte vieja, muerte amiga.
La baraja reposará sobre la mesa.
Mis palabras traerán consigo tu aroma.
Seremos distintamente los mismos.
No más deudas ni haberes.
Solo esta ventana abierta
ante una luna que no es mi luna sino la tuya
(¿acaso lo sabías?).
Qué te parece un último paseo por tu sentencia húmeda.
Qué te parece un último beso
entre las enamoradas y los jazmines chinos,
por las calles sin horizonte,
en el fervor de los dolores necesarios.
Mi tan querida.
Ahora siempre nunca también, la otra muerte.
Si te preguntan,
fui al encuentro de su nombre.
P O L A R O I D
Una vez más confabulan a mi favor las casualidades
y el crepúsculo, en pie de sueño, nos aguarda
para yo capturarte con temor análogo.
Mis ojos se preparan,
tocan una vez más tu piel
y de lunar en lunar
enfocan tu cara más profunda ante cada pestañeo
y redescubro cómo duermen en aquella sonrisa de medialuna
las caricias del zonda.
Y es justo allí
en la cúspide del pliegue
cuando te revelo en granulado contorno
cuando te enmarco sin retener tu verso
cuando te imprimo dentro de aquél sueño
que aún no insomnio
y donde hubiera soñado con soñarte.
Porque
¿cómo entenderán las futuras nostalgias,
cómo nuncarán los desasosiegos la efímera condición?
¿Qué remordimiento hará luego las preguntas?
L U N A O R I E N T A L
Mientras pienso tu luna
nueva noche me persigue.
Reclama un sueño
y con sentido dolor le correspondo.
La conduzco a través de largas galerías de recuerdo;
y así nos perdemos frente a cuadros y cuadros de sueños pretéritos
ajenos y propios
cuyos lienzos se han desteñido.
Y oímos deambular por los pasillos
el canto pausado de un vinilo que agoniza en soledad
bajo el murmullo de más soñadores y de las noches que los persiguen.
Hasta que levantada la vista señalo sobre su hombro
mis guirnaldas de colores,
mis estrellas de cielo raso.
Aquí las estrellas también están muertas.
Me recuerdan que estoy de paso
en la noche que abriga
el vacío de tu nombre.
Vuelvo a ella, preocupado.
“¿Intentarás ahora, noche, como tantas otras, despertar de mí?”
Le confieso que conmigo no tendrá luna
que deberá buscarla en otro sueño
o en todo caso, ella podría soñarla para ambos.
Tal vez le pida una igual a la tuya
o mejor aún, la misma.
Y así no existirán dos sino una, una única luna,
para que en curvo espejo observes mis ojos
reclamándote un sueño.
¿Lo harías entonces?
¿Jurarías ser aquella noche que susurre en mi almohada
la mentira más bella?

Juan Cruz Velasco (Buenos Aires, 1997) es cajero/repositor de supermercado y estudiante de Letras en la Universidad Nacional de San Juan. Ha publicado textos en diversas antologías y revistas literarias. Actualmente dirige y coordina la revista mural Pingüe, con base en la región de Cuyo, Argentina.
