Mario Bellatin

Mis uñas delicadas

Si alguien me viera actualmente, si disfrutara de mi cuerpo como lo hace gente de los más diversos orígenes, ni lejanamente pensaría que no he recibido ninguna educación. Más de uno puede creer que las marcas en mi piel o mis uñas un tanto calcinadas son otro de los recursos utilizados en estas tierras para alargar hasta extremos innombrables las sensaciones del placer. Pueden pensar que soy uno más de los que transforman sus cuerpos a semejanza de las mujeres que sin pudor se entregan a los caminantes que aducen no soportar sus destinos. Pero miren bien estas uñas. Obsérvenlas con detenimiento. Ningún manicurista se atrevería a desgajarlas del modo como las tengo desgajadas, nadie a triturar las medias lunas que tanto brillo adquieren cuando mi cuerpo se encuentra bien alimentado. Por más que ruegue que me las chamusquen completamente, las machaquen, las arranquen de cuajo de mis dedos. Ni siquiera me harían caso si implorase que necesito tener las uñas de ese modo para superar a las mujeres que sin duda gozan hasta lo indecible los apareamientos clandestinos.

Estas uñas que ven cuentan con un pasado misterioso. Y por lo mismo más interesante. Aunque su atracción sea sólo relativa para los foráneos. Para los extranjeros que de vez en cuando llegan a nuestra tierra a observar con asombro la extraña felicidad que obtenemos cuando buscamos sacarle provecho al dolor humano. Incluso nos han dicho algunos peregrinos que a través del dolor podemos vislumbrar algún destello de luz. Nací con las uñas de este modo. Al menos eso lo afirmaba mi madre cuando con orgullo mostraba mis manos a las otras mujeres de la comarca. Una vez que saciaba su satisfacción y quedaba demostrada su superioridad sobre las demás, me decía en secreto que en realidad esas uñas eran producto de una naturaleza equivocada. Ese recuerdo va acompañado siempre de una erección. Mientras siento la presión de mi miembro contra la tela áspera de la ropa interior, se me hace presente el cabello de mi madre, su cuello largo destacando sobre el del resto de las mujeres sentadas en los baños públicos. Mi pene duro. Mi madre ajustando con premura la tela que envuelve mis incipientes testículos. Ocultando, con una risa forzada, la tensión que se produce cuando se habla de uñas chamuscadas por la naturaleza. En su rostro oval aparece entonces lo que más tarde entendí como el bien y el mal. Ambos al mismo tiempo tomando cuerpo en esa faz casi redonda.

Mi padre me pide que le lave los pies. Está enfermo. Hace un mes que está tendido en la cama. Que no cumple con sus necesidades básicas. Ha dejado de comer, de orinar y de defecar. Hasta cierto punto me parece lógico que esto ocurra. Si no se ingiere no se deglute. Pero pese a todo quiere que le lave los pies. En todo este tiempo no se ha quitado ni los calcetines ni los zapatos. No usa ni siquiera las pantuflas que solía llevar dentro de casa. Tiene puestos los zapatos de los días festivos. Empiezo a desatar los cordones como si pelara un plátano. Primero el pie izquierdo. El nudo está firme. Parece que la inmovilidad en que los zapatos se han mantenido a lo largo de este tiempo los ha puesto rígidos. Da la impresión de ser uno de esos nudos llamados ciegos por los ciudadanos de la fuente. Cuando logro desatar el primero sigo con el segundo. La tarea es similar. Dudo sobre cuál de los dos está más firme. La verdad no lo sé. Mis pensamientos pasan a otra cosa cuando compruebo que desanudar estos zapatos no puede ser una acción sin consecuencias.

Intuyo que mi padre se ha orinado. Sin embargo trato de no detenerme en el incidente. Hacía tiempo que no orinaba. No quiero pensar cómo fue posible que esto sucediera si ni siquiera bebe agua. Continúo con mi tarea. El siguiente paso es sacar el zapato derecho. Para lograrlo hay que alzar levemente una pierna que lleva inmovilizada más de un mes. Quizá provoque dolor al hacerlo. Estoy a punto de arrepentirme de haber emprendido semejante aventura. A quién se le ocurre lavar los pies del padre en estas circunstancias. A mi lado, en el suelo, el agua que he preparado en una palangana debe estar enfriándose. No puedo echarme para atrás. Esta tarea resulta más difícil de lo que pensé. Qué clase de hija sería si dejara a mi padre en su lecho de enfermo con los zapatos puestos y los cordones desatados. No pienso. Actúo. Puf, paf, ya está. El zapato derecho queda fuera del pie. Un olor agradable invade lentamente el ambiente. Un aroma de esos que traen recuerdos por las sensaciones que evocan y no por el olor en sí. El otro zapato ya no presenta dificultad. Me doy cuenta de que es necesario llevar a cabo el movimiento de despojo en forma mecánica. Mi padre ya está descalzo. Con los pies enfundados en unos calcetines que muestran las puntas algo más oscuras. Palpo el tejido. Está rígido. Sobre todo en las partes donde el tono es más intenso. Golpeo involuntariamente la palangana y un poco de agua salpica mi pierna doblada. Ya se enfrió. Nuevamente dudo de la operación que estoy realizando. No puedo ser tan cruel como para permitir que mi padre sufra por una acción mía. Pero debo cumplir hasta el final con la misión que me he propuesto. Sin pensar arranco, casi con furia, el calcetín derecho. Curiosamente corre con una suavidad que me sorprende. Me doy cuenta entonces de que ya no puedo continuar.

De pronto mi padre parece activarse. Se siente repentinamente y su cuerpo se cierra y se abre como si se tratara de un libro. Luego viene un sonido profundo y todo el ambiente se cubre con el excremento acumulado.

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Mario Bellatin (1960) estudió Teología y Ciencias de la Comunicación. Ha publicado las novelas Damas chinasFlores El libro uruguayo de los muertos, entre otras. En el año 2000 fundó la Escuela Dinámica de Escritores, en 2001 ganó el Premio Xavier Villaurrutia y fue becario Guggenheim en 2002. Parte de su obra ha sido traducida al alemán, italiano, portugués e inglés.

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