Tres poemas de Diego Lino

selección realizada por Emilio Martin Paz Panana


Un cuerpo tiembla bajo las hojas

Como una manada de caballos luminosos brotando del pecho
entrando y saliendo de las paredes
como el peso de una ola liberándote del cuerpo
como alas de mariposa que se hacen polvo entre los dedos
arrebatos del cielo transitan la tierra
hacen del viento nocturno un río de vidrio
flotan los cuerpos cercenados en charcos de luz:
no hay una imagen más fiel del amor
no ha sido vista música tan clara manando de labios
nunca carne viva te has parecido tanto a una rosa
saliva cabello recuerdos
todo lo hemos entregado al fuego
carbón azul de nuestros huesos
las hojas que contenían el mar en imágenes
la bóveda de un tibio seno
donde encogerse hasta que broten órganos nuevos
manos nuevas llenas de venas o raíces
brazos que alberguen aves extrañas
pájaros mudos
de esos que cantan con los ojos

La cortina de Yama

“Cuando el Ser ha sido percibido por el verbo
la realidad se revela a sí misma”
-Katha Upanishad

Una pantalla de palabras no sirve para contener la voz del agua,
río que se extiende en mil ramas de fuego bajo los párpados.
Un signo dibujado con arena en el aire
no hace temblar la piedra hasta volverla carne,
ni hace flotar la carne sobre estambres que fluorescen al tacto,
ni colma de polen luminoso el cráneo de una bestia
hasta cegarla por completo y volverla humana.
Una palabra palidece ante la savia que trepa los tallos de la noche,
ante el rayo que se anilla para dejar la médula del sueño intacta.
Nada pueden las palabras contra el tornasolado aleteo de una libélula;
porque todo ha sido escrito en las ondas que nacen cuando cae una gota
en la música que estalla en brillantes esquirlas de sentido,
en esa imagen espantosa que unos ojos proyectan en la niebla
y que para nosotros es el mundo.
Ciego mío, mira a través de esta cortina:
sé testigo de la humillación de las palabras.

Testamento

A Sinuhé Lino.

Es domingo. Cruzo el mercado con mi hijo en busca de algo para el desayuno,
hay una paloma africana aplastada al borde de la pista,
sus plumas aún se agitan con el viento: así es la Voluntad.
Los borrachos que han sobrevivido a la noche se arrastran por el barrio,
doblados por el peso de sus medallas transparentes;
los obreros desfilan por la sombra y entran a los restaurantes,
un loco fuma en la esquina y mira pasar los autos como una estatua sin ojos;
sin embargo, el sol brilla en el cielo abrasándolo todo con indiferencia,
y millones de estrellas como él se encienden y se apagan en la sangre de mi hijo,
que juega con una bolsa atrapada en un remolino.
Dentro de unos años se detendrá como yo ante estas imágenes
y quedará cegado para siempre. Ya no podrá ver como hace ahora
las mil joyas que hay detrás de este telón miserable.
Hijo mío, vas a hacerte viejo y ciego como tu padre, como mi padre;
te cuido por ahora aunque no soy más que humo brotando de un espejo,
humo de carne y hueso que se ha detenido a verte jugar.

Diego Lino (Lima, 1985). Desde el año 1998 se dedica a desarrollar una obra que plantea la inclusión del rap como una especie poética. Ha publicado los discos: Vómitos platónicos (2001), Juguetes (2005), El libro de cemento (2020) y el poemario titulado Música para tarántulas (Editorial Celacanto, 2016). Actualmente se encuentra complementando su educación básica en la Escuela de Filosofía de San Marcos y preparando sus próximas entregas: El último discurso de Chárvaka y Más allá de la naturaleza

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