MAUSOLEO
Ya no quiero cantar sobre el amor.
Tampoco del espectro a mis espaldas.
Hoy vengo a cuestionarme bajo el sol
y cómo su caricia nos bienmata…
Extiende un momentito, así, tus palmas;
y dime si lo sientes; si el calor
adquiere como un peso… ¿No te extraña?
La luz también apura el seacabó.
No sé si estas canciones son canciones.
O acaso un pretencioso mausoleo
de ideas, ocurrencias y locuras…
Supongo que dependo de tu ayuda.
¿Acaso me dirás si en estos versos
encontraste tu flor entre mis flores?
ECO
Sereno como el sol de media tarde
se mueve tu recuerdo por la estancia.
Insiste que no deje de cuidarme
pues pronto nos veremos en la cama.
Una parte de mí no quiere más
café. Porque a mi edad ya quita el sueño.
¡Y qué largas las horas al velar!
Otra parte, lo exige cual consuelo.
(…) En el umbral del duermevela escucho
–o creo adivinar entre la bruma–
palabras de una cándida ternura…
No dejes de llamarme. Ya está oscuro
y no quiero saber si estoy soñando
o sigo vigilante en el acaso.
ESPLÍN
El miedo de saberse siempre el mismo.
El mismo que en las calles de la infancia
descubrió que el trabajo y la vagancia
son sendas que concluyen en lo mismo.
El miedo insospechado del Abismo.
Abismo que se anuncia en la distancia,
se acerca y con caricias nos escancia
los tragos que apresuran al abismo.
¿Por qué he de levantarme en la mañana
si el aura y los suspiros de los soles
desgastan, ¡diligentes!, mi materia?
Hoy nada es importante y no me afana
la idea de jugar con los bemoles
para domesticar esta miseria…
DESENGAÑO
Llevóse la corriente de los días
los resabios de un sueño adolescente,
la sombra de ilusorias fantasías
que pensaba laureles en mi frente.
Se fue como se va lo que es eterno.
¡Bastó solo un suspiro y la distancia!
No pudo mi cuidado y son paterno
erigir la canción de su constancia.
Se fue como diluyen los ensueños:
Despacio, como el leve desmayar
del sol a media tarde por el cielo…
Si acaso fuimos bien o fuimos dueños
no pienso averiguarlo y preguntar…
¡El mutismo es el único consuelo!
CAPRICHO CÓSMICO
He perdido la vida tantas veces
que no sé si ya soy como un espectro
o acaso los vestigios de un espectro
que gusta preguntarse estupideces.
He dado el corazón sin arideces.
A cambio he recibido, para el plectro,
abismos habitados que ni el plectro
de Orfeo calmarían sin reveses.
Mi pueril desventura no arrancó
el llanto de las piedras ni del cielo,
el golpe que hace siglos me mató
sacudió la Galaxia –¡qué sufrido!–
al punto que el Gran Todo hasta consuelo
suplicó de lo Nunca Concebido.

José Arturo Monroy
Ciudad de Guatemala, 1995. Escritor y profesor de Lengua y Literatura. Desde temprana edad demostró inclinación por las Artes, esto, comenta, gracias a la dirección de su abuelo: el pintor y ajedrecista José Óscar Cajas Loarca. Ha impartido conferencias sobre Literatura Universal y talleres de Arte Poética (Métrica y Retórica). Su trabajo poético ha sido galardonado por la Editorial Universitaria (2018), la Facultad de Humanidades (2019), el EFPEM en conjunto con la Asociación de Estudiantes de Derecho (2021) y el INESLIN (2022) de la Universidad de San Carlos de Guatemala.
En 2020 el Atheneo de Guatemala publicó su ópera prima: Clara Luz.

Me encantó el poema «Eco» de José Arturo Monroy por su pausada musicalidad. Tiene algo potente, desesperado y angustioso con lo que me identifico. Gracias.
Ivelisse Urbán Hernández
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