I
Me la topé, un martes por mi apartamento, mientras lavaba los platos. Mi soledad, amarga por el pasaje de los días, se limpiaba mi rostro de entre sus aguas. Me la topé, estaba fría, cotidiana, abarrotada del aburrimiento que se pasea entre las flores cuando uno está poco o nada enamorado. Así, quizá de un golpe un tanto atlético, me di cuenta que se moría. Mi soledad se moría.
Cuando las morphos pasan por encima de los ojos no queda más que cerrarlos y sentir el destino tejido entre los huesos. Ver las señales de la muerte. Observar el guiño bombacho de la soledad. Esperar aquello que duele.
Mirar, sucede. Saber, sucede. Y poco podemos más que poner la rodilla y entender.
Caer en la soledad, la mirada y la certeza de quién ve en el cenicero al desierto. Abriendo el mundo.
II
Uno a uno vamos con la cabeza abajo
prisioneros del tránsito, llegada la tarde.
Bajo el sol no hay más que una enorme pecera.
Olvidados estamos todos incapaces de poner un solo pie sobre la arena
pero vamos de prisa
tal como blancos atilas que ya han perdido las estrellas.
Bien sabe la puesta de sol que doblegamos las rodillas
Deseoso de entrar en el sueño
Pero se resiste la noche
Con tanto empeño, tanto pero tanto
Y en medio seguimos caminando con la cabeza abajo
Esperado el sueño. Ajenos al descanso.
III
Adorno decía, me dijo Daniel en una cena, que de lo que se trata es de tejer con mucha paciencia una telaraña. Dejarla después olvidada en el rincón más oscuro de la casa, a la espera de que caiga la mosca de la metáfora. Hablamos, en medio del advenir de las comidas, del gran momento de ese instante donde cae la presa como puesta por una divinidad, tan infinitamente frágil y precaria. Claro, cuando llega, por primera vez en la casa la agonía es de la mosca y no de la araña, y por ello, se abre una especie de fiesta donde abunda la comida y toda la paciencia obtiene una recompensa más que sufrida.
Y estamos los dos extasiados sobre la mesa, golpeando los platos, gritando, moviendo nuestros cuerpos en una gimnasia alocada. Oscurece el panorama, lo veo moverse, agitar sus brazos, sonreír impávido, y sé, solo ese instante, que no somos sino la mosca, en una telaraña que nos excede.
IV
Comenzamos la conversación, presas del tiempo, armando con bloques una escena. Nuestra generación entera convertida en la soledad se levanta como estalactitas infranqueables. Las conversaciones son entonces niños débiles intentando tirar una piedra de un lado a otro. El río, que es tan poco ancho, para ellos es un océano.
Aún así los brazos flacos están cubiertos de un optimismo ingenuo, tan niño y tan bello, que confunde con anhelo la derrota.

Andrés Vargas Abellán (San José, Costa Rica, 1998)
Egresado de la carrera de Psicología y estudiante de Filosofía de la Universidad de Costa Rica. Puntos de interés: Filosofía, Psicoanálisis y Literatura.
