Ayer fue el fin del mundo. Esperé la detonación en el sótano, con las manos en los oídos y en posición fetal. La explosión llegó en elipsis ondulatoria. Escuché cómo cada vaso caía y continuos alborotos.
Tengo una herida en el vientre de la cual surgen escrotos y lenguas podridas parecen partes de un humano que no tuvo vida. En el fondo del revoltijo veo unos dientes. ¿Cómo fue que me herí? Hay también, una dentadura que le perteneció a mi abuela: la madre de madres que habla a través de los incisivos y traduce: todo acabó desde mis tiempos.
Está muerta la humanidad. ¿Por qué veo campánulas rojas? Me he desmayado en el futuro. Salmodia de desvanecimientos por sangre. Sangre, siempre la sangre.
Ya nada tiene el cariz de las luciérnagas. Dicen los expertos que las almas son de plástico, como del que hacen los tuppers. Ayer me dieron la comida empacada en alma de humano. La sopa estaba fría y sinsabor. Era sopa de aves muertas. Verduras decapitadas.
Hay una niña saludando al pasto, hay un niño tocando el piano, hay una anciana llorando, son las seis de la tarde y a través de las hojas de bambú todavía queda un poquito de luz.
Puente
El suicida no es bienvenido en el espacio de lo sagrado. Su cuerpo no debe, bajo ningún motivo descansar. Su alma no debe liberarse. Habrá que arrancarle la mano a ese cadáver, cercenarlo, arrancarle la mano con la que dio el último lance. En la Grecia antigua se hacía esto y la extremidad se enterraba aparte. Lejos.
Alejandro Tarrab, Ensayos malogrados.
Ayer pensé en cómo sería mi suicidio. Mi naturaleza no armoniza con el correr escandaloso de la sangre y las balas son arrebatadas explosiones de magma. No quiero espectáculos de medio tiempo.
Me parece que la mejor decisión está en las alturas. La muerte por agua es impropia de alguien como yo, porque mis pulmones han dado lo extraordinario en vida. No hace falta pedirle más prodigios al cuerpo.
Subiría mil veces los últimos escalones con euforia. Las almas de mis muertos subirían también, para lanzar lo que les queda de las cuencas de los ojos. Lo que conservamos le será devuelto a la tierra fértil.
No podría meter mi delicado cuello en una soga. Faltaría estoicismo para recrear un patíbulo. Los minutos me contarían muchas historias y la visión futura no traería crisálidas transparentes.
Moriré varias veces al tirarme por el puente. El hoyo negro me absorberá en un santiamén. Cada vez que me nombren volverá el velo de seda. Los cirios van a extinguirse con rapidez en mi sepelio.
Miles de somníferos no podrían danzar en mi vientre, borborigmos de vísceras perturbarían mi fin. Jugos gástricos en la batalla final que yo perdería, porque mi estómago ha sido siempre un ganador.
Abro las perillas de la estufa, meto la cabeza en el horno y aspiro… uno, dos, tres. El olor a butano azulado me oxida la nariz, saco la cabeza porque -de nuevo- mis pulmones reclaman.
Veo como estrellitas lejanas las luces del tren, se anuncia con un barrito como el de los elefantes en brama. No me lanzo. No quiero escuchar el ultimo crujido de mis huesos.
Jamás rebanaría mi vientre con afiladas hojas de metal, las heridas abiertas dejarían salir múltiples voces, podría escuchar los cantos barítonos antepasados y me dejarían encantada como hacen las sirenas.
Varios son los que cortaron por adelantado el linaje, algunas mujeres desearon desaparecer, los vestigios de los profetas lo impidieron, porque en tierra sagrada no descansan los que quitan el pulso.
Las cruces en medio del puente van a revelarlo todo. Santiguarse ante los árboles de la vida, mientras las vasijas que contuvieron mi presencia ya se están resquebrajando como si fueran de papel.
Recta numérica
Por las noches quisiera ser analfabeta.
El encuentro con los signos
me quita el sueño.
Hubiera sido mejor
cambiar números por letras.
Las cifras son exactas y se multiplican
hasta el infinito.
Son frías, pero no laceran.
En cambio, las letras
crean universos
en contubernio conmigo misma.
Recreo la devastación
por medio de un frenético enjambre escrito.
Los números no pueden hablar,
solo avanzan como tropas anestesiadas,
como máquina que produce en serie.
Los números son ecos
concatenados de lo exacto.
Nombran a los que fueron sin término.
No hay cabida para nada más.
Vuelvo a rayar mi libreta.
Estoy infectada con el mal de las consonantes.
La poción efervescente de la poesía
Me lleva a la horca,
a la asfixia.
Luego, cuando ya no tengo aire
y quedo suspendida… me devuelve
la respiración.
Espíritu idóneo:
lo tienes todo arreglado,
convénceme para dejar por la mitad ese libro,
porque si lo termino,
me volverá a matar.
Gilda García Romero. Puebla, México (1979). Docente en áreas económico administrativas y escritora. Primer premio del concurso de poesía circundante de Ediciones Periféricas (2021) con el poemario “La Heredad de los Espejos”. Primer lugar del concurso de cuentos de ciencia ficción de la Feria Internacional del Libro Astronómica de la Universidad Autónoma Metropolitana en la CDMX. (2021). Primer lugar del concurso de cuento “Iluminadas” de ciencia ficción organizado por los colectivos Especulativas y Las sin sostén (2020). Ha publicado textos en diversos medios en México, Colombia, Costa Rica, Perú, Ecuador y Estados Unidos.