Mantener lo bello en su existencia
A mi cafetera no le gusta el café,
de hecho, contrario
a todo pronóstico
prefiere el té,
aunque muy probablemente
ese sea
uno de esos secretos
que se llevaría a la tumba.
Nunca se lo ha dicho al té, pues teme
al rechazo;
tiene cierta reticencia
a expresar sus emociones,
aún más cuando se trata de su lado
más vulnerable.
Su gusto por el té
es de esas cosas que no admitiría
si se le preguntase,
evadiría la pregunta con humor
y gracias a su carisma
encontraría la manera
de cambiar de tema
sin evidenciar
la incomodidad en su semblante,
pues sabe
que sólo
quebrándose
liberaría ese amor
que guarda en lo más recóndito
de cada molécula que la conforma.
Hay muchas otras cosas,
sin embargo,
que ama libremente,
a pesar de las opiniones ajenas.
Le gusta la curva invariable de su cuerpo,
considera que su tamaño es el justo
y su color parco,
la tranquiliza saber que puede
mantener
el sabor del café intacto, dándole forma
cual escultora experta
sin quitar
o agregar nada
manteniéndose fiel a su propósito
y cumpliéndolo bastante bien.
Le gusta, sobre todo, eso, saberse
hormiga en hormiguero,
no haber nacido con la necesidad
de romperse la cabeza en busca de un propósito.
Agradece el material de que está hecha
y sobre todo, no estar hecha de un derivado del petróleo.
Esto sí se lo ha contado
a su mejor amiga,
una taza en forma de elefante
llamada La otra hermana
que a pesar de su carácter explosivo
tiene una gran capacidad de escucha.
También se ha sentido sola.
Cuenta abejas cuando se siente sola
y hace gráficas con los datos que reúne de ellas.
En general,
cuanto más amplio es el estudio
y más completa la estadística,
más sola se siente.
No obstante, algunas veces
lo ha hecho a propósito.
Rechaza
las invitaciones de sus amigas
o los desayunos dominicales en familia
porque cree
que esos estudios
-con sus gráficas y todo- le quedan muy bonitos.
Ve en aquella soledad cultivada
una carta de amor al naranjo, a la hierbabuena,
una soledad verde
que le deja darle sabor a sus pesares, acercarse breve
a la contigüidad oculta de las hojas,
intuir sus sensaciones,
los olores, las texturas,
reposar el duelo en compañía de un hervor fértil
mucho más floral y exquisito.
Ha expuesto, incluso, varias de estas gráficas
en la galería de un amigo suyo,
siempre con pseudónimo
porque no se siente preparada
todavía
para que otros la llamen
artista.
Claro que quisiera ser creativa
y sentirse acompañada
al mismo tiempo
pero por ahora
no ha encontrado otra manera de expresar
sus sentimientos,
siendo sus opciones
eso
o un sollozo
vuelto
nube
solitaria
a consecuencia del inhabitable
tacto matutino
de la llama.
Tiene un alambrito de pan bimbo
por mascota,
criaturita suave
acompañándola en sus noches más adversas
cuando sin aviso previo es visitada
por la soledad no productiva,
y el estrés de las expectativas se suma a la autoexigencia
y a la carga laboral
cotidiana
provocándole una crisis de ansiedad incontrolable
o casi,
más bien sólo controlable
por la voz del alambrito de pan bimbo,
la indulgencia en su mirada
y las marometas que hace
para contener esa tristeza.
Así fue, al menos,
como un día
Cafetera descubrió por vez primera el agradecimiento.
Sus tatuajes favoritos son
el de un endrino,
una garza sobre un lago,
y dos peces koi en un estanque.
Piensa que su cuerpo es más que un templo,
por eso lo embellece,
junto a sus otros veintidós tatuajes, con todo lo que ama.
Piensa recurrentemente
en la impermanencia
y en esa inherente oquedad que la conforma.
Sabe que el vacío que guarda
es asimismo
el motivo que su esencia mueve.
Planea, cuando ya no pueda mantener intacto
el sabor del buen café, servir como maceta
sólo a quien ame las plantas
tanto como ella.
Guarda silencio cuando llueve.
Oye las plegarias de los grillos desde sus rincones.
Colecciona las gotas del rocío
después de la tormenta.
Espera
con paciencia
el regreso del cometa Halley.
Prensa flores antes de que se marchiten.
Todo lo anterior
en un intento
por mantener lo bello en su existencia.
David Gutiérrez Pichardo (Nezahualcóyotl, 1999). Egresado de la Licenciatura en Lengua y Literatura Modernas Francesas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Editor de la revista de cine y literatura Interlatencias. Ha publicado en las revistas Iguales, Estrépito, Granuja, Página Salmón y Periódico Poético. Participó en el XI Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes Jesús Gardea. Escribe porque cree que las ideas mueven al mundo.