Matrioshka
«Por su seguridad, no se recargue en la nostalgia.»
Luis Pérez Romero
Me cruje el hueso
que se guarda en los paréntesis del cuerpo.
Es la soledad que me parte en tantos pedazos
que nadie extraña.
Es porque camino desnuda
en una realidad que me llueve
que me estría.
Es porque voy pintando de aguacero
los muebles de la casa
con la ebriedad de mis tristezas.
Alguien toca.
Alguien llama.
Es otra mujer
que nutre al salitre
de nombres y fechas.
Es esta mujer hecha de tiempo
también de espacios
que no termina de morir
porque le gusta morder lo breve
y sabe que por más ventanas que abra
las heridas no se borran.
Es esta mujer que desentraña
lo más fracturado de sus noches
y los sirve en la última cena
de su naufragio.
Llamar al silencio
«Vivir en la sangre de otro ser vivo
es comparable a cualquier formación galáctica.»
Amalia Bautista
Para seguir viva
llamé a los cristales de mi niñez,
al vértigo de las memorias,
a los detalles de ciudad,
a la torre de emociones,
a la avalancha de preguntas,
a las palabras que se pierden en la garganta,
al agua que se derrama en una mirada,
a los problemas que vienen
y se quedan,
a los dientes de una flor que nadie quiere,
a ese instante entreabierto
que se cierra con una mirada.
Porque una mujer tiene muchas formas
de llamar a su silencio
y una invoca lo más entramado de sus memorias
desde el fruto de su vientre orgásmico.
Nada más predecible que una mosca enfrutecida
«No entiendo:
la luna es un enorme y silencioso cráneo,
y este zopilote minúsculo y casero
se trae no sé qué aguda y puntiaguda música…»
Luis Flores Romero
Nada más predecible que una mosca enfrutecida
cantando en si menor sobre la puerta;
se permite la entrada
y suelta ruido en miniatura
como buscando…me;
gravita sobre esta quebradura,
sobre los felices y los tristísimos retratos,
se acomoda en mi bostezo
y sobre la lámpara encendida.
La mosca es ese animal
que no sabe ser olvido;
más bien es lunada.
Lo más mosca que un humano puede ser
es en un suspiro.
El músculo de la juventud
Quien vaya por la ciudad no se espante
de ver cáscaras de individuos
que se encierran en la caverna de sus pensamientos.
Tampoco teman al mirar
esqueletos de árboles
que han perdido el músculo de la juventud.
Mucho menos consideren ignorar
los sitios más amables del olvido citadino
que se cubren de espuma,
esos grumos de nube que no se entienden;
porque son fugaces,
porque a lo mejor no hubo tarde ni noche:
solo un deseo.
Quien vaya por la ciudad no se ahogue
en el escollo de querer ser pez con sed humana,
porque la gota es el resultado del autoengaño:
un punto medio entre la carencia y la infernidad
que pocos cruzan y les emborrona el idioma.
Si decides no moverte,
el resto de las personas lo harán por ti,
pues el día se muda con los buenos vientos
y los gusanos trabajan desde hace siglos.
Laura Velarde es escritora, promotora cultural, tallerista, melómana, amante de la fotografía y el café. Egresada de la carrera de Creación Literaria, ha participado con poemas, cuentos y microrelatos en diversas Editoriales independientes mexicanas, españolas y ecuatorianas. Ha contribuido en proyectos audiovisuales enfocados a la defensa de los derechos de NNA y de las mujeres. Ganadora del Premio de Poesía Emergente “Antonio Alatorre”; perteneciente a la 1ra. Generación de poetas jóvenes “Nuevas Miradas Chilango-Andaluz”; así como, en las antologías de la FILIT y FENALEM 2024. Fue embajadora de la palabra en el Museo de la Palabra, Fundación César Éjido. Actualmente, colabora en LibreAndo, sección de radio que difunde la literatura.