Alzheimer
Padre vomitó sangre toda la noche,
nadie supo explicar la causa de su enfermedad
o porqué veía bestias y liebres pastando a mitad de la sala,
ni el origen de su nueva manía de lanzar los pies al cielo
para cabalgar sobre caballos invisibles con alas de aire.
Conocíamos bien las señales de que padre moriría:
el color de arena de su cuerpo, su saliva densa cual fango
y la piel que aparentaba comerse todo lo que había debajo.
Sus muñecas crujían como ramas de árbol seco.
Entendí que su cuerpo no volvería a sostener mi cuerpo.
Los médicos dijeron que el cerebro de padre fue destruido por el Alzheimer.
Padre olvidó el nombre de todos los colores menos el azul,
olvidó el rostro y la edad de sus 13 hijos y que se había casado dos veces.
La mente de padre encalló en una tierra distinta
donde cabalgaba sobre caballos alados entre praderas de nube,
algo parecido al paraíso de un condenado a muerte.
Nadie puede verte
Nadie puede verte Marianela;
tus pasos son apenas la caída de una hoja en un lago,
un quejido extendido entre los pasillos de un psiquiátrico.
Nadie puede verte;
cuerpo desnudo que florece en un cuarto revestido de algodón y de blanco.
Nadie puede verte;
dibujas un lirio en tu sangre
para que lleguen a ti las aves intoxicadas con Prozac.
Nadie puede verte;
hoguera donde arde la vida que se aleja;
silencio diseccionado en la morgue de un hospital.
Nadie puede verte;
tu madre dejó de cantarte cuando tenías dos meses;
tu madre se extinguió;
cadáver que se pudre en una navaja sin filo.
Nadie puede verte
hija de nadie,
tienes el olor de las flores que nacen en el panteón.
Nadie puede verte,
sombra paralizada en un pasillo blanco;
eres un número en el inventario
de los seres que van esperando la muerte.
Josefina
Pienso en ti, Josefina
con tu cuerpo de muñeca flaca y pequeñita.
Pienso en ti,
en las manos de un hombre con robustez de roble.
Pienso en ti
pariendo 7 hijos.
Pienso en ti
como un lugar triste penetrado por alfileres.
¿Cuánto de ti murió en cada parto?
Nadie supo zurcir la muñeca rota de tu cuerpo.
Nadie supo encender de nuevo la luz,
fuiste como ojos para el hambre de los cuervos.
Ahora que estás del otro lado de la vida, dime:
¿pudiste encontrar al Dios que te hizo parir a las bestias?
Simpleza
Oí hablar a un médico sobre la profundidad a la que encuentran los huesos.
Los míos están aquí a simple vista
como pinos que se elevan sobre la tierra húmeda.
Llevo el dolor como una cirugía de corazón abierto
fantaseando con que las aves hagan de mi pecho un nido
para sentir sus fríos picos mancillando los gusanos que me habitan.
Este cuerpo lo habita una mujer simple
profundamente triste, pero simple.
No hay necesidad de desgastar las palabras explicando tal simpleza
solo basta imaginar las orillas del universo
que se expande hasta quien sabe qué punto
al que no llegan nunca los cantos de los pájaros.
Al cielo le gusta arder
Al cielo le gusta arder
sobre los hombros de Dios.
Aves de fuego caen sobre los hombros de los niños
que no se hincan a rezar antes de comer
pues no han comido.
¿De qué tamaño es el hambre del niño que ha sido abortado?
Se necesitan treinta y siete cuerpos como cimientos
para elevar una capilla
y dar un sermón sobre la muerte.
Hay tantos huesos sobre esta tierra
que Dios complacido tendrá una catedral
hecha con tabiques de costillas y dientes de leche.

Estefanía Licea
Doctorante en Ciencias Sociales. Autora de los Libros: La tumba de las magnolias, (poesía – Ganador del Certamen Literario “Toluca llena de vida 2023”), El amor es un plato que se sirve crudo (psicología) Rosa María Porrúa Ediciones, (2015) y Este es el manicomio de Dios, Marianela (poesía), Ed. uno4cinco, (2020); segunda edición The Booke 2023. Ganadora de los premios “Diaguita de Oro” en Literatura, Chilecito, la Rioja, Argentina (2018), “Mujer destacada en la Cultura” la Plata, Argentina (2019), “La Huella que dejó tu violencia” Poesía Feminista, el Tabo Chile (2020).
