I. Rosas (1924)
Tina,
tus rosas tienen la cabeza baja
como las mujeres de la casa
cuando el patrón entraba en la cocina.
Son cuatro. Una ya se abre demasiado,
está por perder el primer pétalo,
y tú la dejas así, un instante antes,
que es el único tiempo en que se hacen las cosas serias.
Allá, en las Marcas, las rosas se plantaban
al final de las hileras de la viña:
se enfermaban antes que la uva
y daban la alarma.
Eran centinelas. Nadie las cortaba.
Tú las fotografiaste como se fotografía un rostro.
Después dejaste de fotografiar flores.
El porqué lo entendí
solo mirando las manos.
II. Manos de un trabajador
Tina,
en tu fotografía las manos descansan en el mango de una pala
y el rostro no aparece.
Hiciste bien.
El rostro puede posar; las manos, no.
Mi padre era capataz de una hacienda. Yo era su hijo,
es decir, el niño que podía mirar las manos
sin tener que usarlas.
Las miré durante las trillas, de noche,
bajo las bombillas colgadas de un alambre:
la piel dura como la corteza del pan,
una uña negra que ya no volvía a ser rosada.
Tú las pusiste en el centro, como se pone a un santo.
Mi padre las anotaba en una libreta, junto a un número.
Los dos llegaron a las mismas manos:
tú, a un lado del escritorio;
él, al otro.
III. Mazorca, canana y acordeón (1927)
Tina,
tres cosas sobre una mesa, y ahí está todo el país:
lo que se come, lo que dispara, lo que canta.
En tu luz ninguna vale más que las otras.
Allá eran el trigo, la escopeta para el jabalí
y el acordeón de Castelfidardo,
que está a pocos kilómetros de mi casa
y enseñó a los dedos de los campesinos
a hacer música con la misma fuerza con que empuñan el mango.
Ponlas sobre la misma mesa y mira:
la mazorca tiene dientes,
la canana tiene dientes,
el acordeón tiene dientes blancos y negros.
Todo lo que sirve para seguir vivos
tiene una hilera de dientes.
IV. Manos de titiritero (1929)
Tina,
aquí las manos están arriba y los hilos bajan.
El títere no se ve. Cortaste el espectáculo
y dejaste el trabajo.
Pasé treinta años en salas de juntas
mirando manos así.
Manos que no tocan nada
y lo mueven todo.
Una pluma que gira entre dos dedos.
Una palma abierta sobre la mesa, para decir basta.
Un índice alzado un centímetro,
y en el piso de abajo
cuarenta personas cambian de turno.
Ninguna de ellas vio jamás esas manos.
Solo vieron tensarse los hilos
y pensaron que era el viento.
V. Orden de expulsión (1930)
Tina,
la lengua de los formularios es la misma en todas partes:
apellido, nombre, nacionalidad, motivo.
En el tuyo, en la casilla del motivo,
habían escrito algo que no habías hecho,
con buena caligrafía y un sello encima.
Tuviste pocos días.
¿Vendiste la cámara? ¿La regalaste?
No lo sé. Sé que después ya no fotografiaste.
Once años sin una sola toma.
Me pregunto dónde guardabas los ojos durante esos años,
para no ponerlos a trabajar.
Yo creo que en el bolsillo.
Como quien deja de fumar
y ya no sabe dónde poner las manos.
VI. Taxi, 5 de enero de 1942
Tina,
moriste en un taxi, de noche, al volver de una cena,
en Ciudad de México.
El corazón, escribieron. Alguien escribió otra cosa.
Pienso en el chofer.
Pienso que durante unas cuadras
siguió hablando
de la lluvia, del tráfico, de un partido,
mirando por el retrovisor
a una mujer que dormía con la cabeza contra el vidrio.
Pienso que el taxímetro siguió contando.
Habías salido de una fábrica textil de Udine,
muy joven, con pelusa de hilo en el cabello.
De allí a ese asiento trasero
hay casi treinta años, un océano, dos guerras
y ninguna fotografía.
El taxímetro, al final,
alguien lo habrá pagado.

Gabriele Micozzi es poeta, narrador y ensayista italiano. Ha publicado varios libros de poesía y sus textos han aparecido en revistas literarias internacionales. Vive en Italia, entre las Marcas, Roma y Milán.
