Dos textos de Giovanna Enríquez

por Giovanna Enríquez


CASA

La casa es el lugar al borde de la piel
donde se rompen vajillas a destiempo
y se aprende a decir partes en lugar de v u l v a.

Cada mes, cuando al tiempo le da prisa,
una sólida serpiente de mar me escurre entre las piernas.
Toca, entonces, reposar bajo la lluvia de la mañana, 
para que el animal se cuele por la coladera.
Toca, pues, cerrar la cortina de la ducha
y apretar los dientes para detener el vuelo.
Desprender las alas bajo el agua hirviente
siempre lo creí necesario.

El tecnicismo, como le dicen, es endometriosis:
como si la técnica fuera arte y oficio,
a mí me suena a mala broma, 
a lenguaje enfermo, de hospital, de bisturí 
e histeroctomía; otro tecnicismo.

La casa es el lugar al borde de la escalera
donde espero sentada a que seque 
el agua trapeada a mediodía, 
porque no llegué al inodoro, 
y decidí
que el rellano era un buen lugar para cerrar las piernas
llevar las manos al vientre, 
apretar
esperar.

La casa es el lugar al borde de la tierra
donde se siembra en verano 
lo que no se logrará en invierno.

Los botones que no son flor se arropan,
las madres salen a buscar a sus hijas, 
los endometrios crecen desesperadamente,
las cactáceas se nombran igual en toda Latinoamérica,
la educación sexual se vuelve piedra de tropiezo,
las piedras siguen acurrucadas en los vientres ajenos,
los analgésicos se compran sin receta.

La casa es el lugar al borde de las vulvas
donde las partes del cuerpo son sólo mías,
donde cuerpos en partes se descomponen
en las carreteras, 
donde un cuerpo se abraza a otro cuerpo, 
en espera de que todas vuelvan,
donde todos los cuerpos mudan a cuerpas,
y cambian de estación cada tanto, 
cada siempre,
cada que es necesario nombrar una casa,
darle forma de labios, vello y clítoris,
de útero que se pronuncia: 
casa de plasma y plaquetas 
casa de lábaro matrio,
casa sin niños 
casa sin piernas cerradas.

Marzo, 2021
CDMX


SOBRE MOJADO

I

−Hoy es su día, maestros, una sonrisa, carajo…pues muchas felicidades, ahí agárrense una chela… que sin ustedes nomás no hay nada. Ahora sí que les debemos todo, maestros. ¡Salud!

El arquitecto llevó una lata de cerveza al aire.

¡Salud!, ¡Salud, inge!, ¡Arqui, salud!, ¡Salud, maestro!

Un pelotón de manos se embistió al centro de un círculo improvisado para chocar latas heladas de cerveza barata. En una radiograbadora chapoteada de pintura multicolor, sonaba un CD rotulado con plumón negro: “viva cristo rei” en letra temblorosa, al lado de una cruz demasiado larga. Pedro Infante cantando muy alto “En tu día” desde las bocinas desgastadas. Bocinas de batalla, como le decía Don Emiliano, ‘que se escuchen perro pa’ no dormirse’, decía. 

Celebremos, señores, con gusto. Sí está bien bueno ese queso, inge. Este día de placer tan dichoso. Páseme una tortilla, doña Mari. Que tu santo te encuentre gustoso. ¿Otro taquito de chicharrón, arqui? Y tranquilo tu fiel corazón. ¿De cuál le pongo, de la que pica o de la que no pica?

II

−Y le dije, te me vas calmando, Mari, a la próxima: si te digo huevos rancheros, son rancheros, no volteados, no fritos, no revueltos, rancheros. −Armando se llevó una mano a la frente, arrastrando en su palma un jirón de sudor que terminó sobre un ladrillo raspado. Entre él y Gabriel cargaban bloques de adobe, uno a uno, para armar una línea perfecta que rematara los arcos de la entrada principal. Armando tiraba el primer jalón y Gabriel le continuaba montando cada módulo, uno sobre otro, para darle sentido a una forma que ambos, sin decir nada, entendían perfectamente. ‘Pura pinche lógica…’, como decía Don Emiliano, ‘…es lo que tenemos los albañiles. Qué plano ni qué ocho cuartos’, remataba.

 −¿Y te los chingaste o qué? yo que tú no me los hubiera chingado, ¿qué no?

−¿Los qué?, Ah, ¿los huevos?, pues sí, ¿por qué no me los iba a comer? A ver, pásame el reventón, que se ve medio chueca esta madre.

−Pero estuvo chingón, ¿qué no?, digo, el inge siempre se rifa. El arqui es medio gandalla, y sólo nos trae barbacoa ese día, pero pues yo sí me la pasé rebién. Yo pensé, la neta, que íbamos a seguírnosla, y hasta le había avisado a Susana, le dije, mija, hoy no llego, te voy avisando desde ahorita, y hasta se sorprendió porque llegué temprano y dije, le dije, hoy te fue bien, eh, ¿qué no?.-

−Ey, sí. Allá en mi casa, llegué y todo como siempre. Pero igual hubiera estado bueno, ¿no?, un pulquito ahí de los que ofreció Don Emiliano, que en la casa de su compadre, dijo, ¿no?, sí dijo. Pero ya luego. Ahorita nomás échate la lechereada y ya estamos.

−Ya estás, te doy aventón, pero espérame.

−Te topo afuera.

Armando se sacudió las manos en los muslos, dejando en sus pantalones pátinas blandas de mezcla, sobando la mugre prendida a la tela. Se fregó de las manos a los codos con agua de un bote, antiguo contenedor de pintura, y de la misma agua hizo un buche que escupió sonoramente. De una mochila verde sacó una playera y un desodorante. Antes de ponérsela, en un gesto ensayado, roció del aroma a ‘vibra tropical’ su playera en cuello uve. De donde lo dejara Gabriel, se iría caminando hasta la panadería, compraría unas teleras, un medio de leche y agarraría camino a casa sin detenerse en la casa de su sobrino. Ya le habían dicho que era absurdo querer entrar a un negocio familiar que no tenía ni pies ni cabeza, “¿para qué entrarle a eso, si ni me va a dar todo el gane completo?” pensaba Armando cada que pasaba por la casa del escuincle de veinte años, dueño ya de una moto que se había comprado con esos “ahorritos del negocio familiar”.

III

−Me cae que ni manera hay de hacerla entrar en razón a tu hija, Pedro. Si se te va a ir, que se te vaya, pues. Si ya se agarró del chamaco ese, pues que se vaya. Después va a venir regresando a pedirte perdón por haberse ido. Así son, así es mi Carmela. Le dije, no te vayas a vivir a la casa de tu suegra, niña. ¿Y qué crees que hizo?, pues sí, pues no aguantó, y volvió por ahí de marzo a decirme, ay, papi, es que allá no me dejaban hacer nada y les tenía que hacer de comer.

 −¿Y la dejaste volver, güey? Es que ahí está, ahí está, por eso no quiero que se vaya, pero ella insiste que nomás en lo que se alivia y ya luego se regresa acá, pero yo ya le dije también que ese chamaco lo va a tener en nuestra casa, bueno, que después de que se alivie va a vivir con nosotros. Yo no sé qué mañas tenga su noviecito, güey, pero no me gusta para ella, ya te digo yo.

−Yo ya te dije. Órale, dale al repellado.

Al poco, el arquitecto llegó. Desde la puerta de entrada hasta el final de la barda inmediata, recorrió las paredes con las puntas de los dedos, como si en el acto pudiera reconocer un trabajo fino, como decía cada que entregaba las obras. Los días de inspección eran tres a la semana.  Se sabía que cuando el ‘arqui’ llegara, la botella de refresco de limón debía estar helada.

−Entregamos en cinco días. ¿Cómo vamos? Maestro, ¿vamos bien?

Don Emiliano se acomodó el casco.

−Vamos bien, arqui, ahí ya casi está.

−Yo esperaría que por ahí del viernes ya estemos levantando para entregar el sábado. Su pago sería el lunes que es quincena, nada más sí me esperan esos dos días, ¿no? Ya saben que no les fallo.

−Sí, mi arqui, no hay problema. ¿Un refresquito?

−Hoy nada más vengo de pasada. Les encargo, entonces, señores.

A la salida del arquitecto, Don Emiliano lanzó su silbido y la cuadrilla de hombres retomó afanosamente el mediodía. Con el sol metiéndose en sus cabezas, algunos arremetían, pala en mano, contra la pasta grisácea calculándole el agua al tanteo; otros cargaban estructuras de madera perfectamente ensambladas, andamios que estaban listos para mudar de lugar, una vez más. Al fondo, resguardada de la intemperie, bajo el ángulo de la escalera, la radiograbadora sonaba una voz masculina ahogada en el eco del espacio.

Al entrar la tarde, llovieron gotas absurdamente gordas. Se encharcó el cemento recién echado de la entrada, el piso de la terraza se ahogó desbordando las juntas de los azulejos, trozos del pasto artificial sobrepuesto flotaban sobre los centímetros del agua estancada del patio trasero. Don Emiliano había dicho claramente que era necesario adherirlo bien, nadie hizo caso. Un día más de abril, una lluvia más, un retraso más.

IV

−Yo ya le dije a Gabriel que si no acabamos para mañana, ni me eche a mí la culpa. Yo voy bien, pero pues nada ayuda. Ya vio usted, Don Emiliano, se atrasaron para traer la pintura, ¿así cómo? ni con la ayuda de Dios.

−Mira, Pedrito, aquí somos todos, y no hay manera de que no acabemos. Pues si ya casi estamos, ya nada más les toca a Armando y a ti levantar hoy. Nos vamos a ir en la camioneta para la siguiente obra, pero primero hay que dejar todo listo hoy, ya para nada más venir a limpiar temprano y entregarle en la mañana.

 −Pues me jalo, entonces−.

Pedro se puso el chaleco, el uniforme de coronel le decía Don Emiliano, y se encaminó hacia la esquina de la construcción, donde se amontonaban materiales, ropa sucia, bolsas con basura, botellas con pegamento, latas vacías de cerveza, cascos, una caja con cds de música, el cuaderno de cuentas, un garrafón de agua.

El rincón estaba más desacomodado que siempre. Pedro lanzó un silbido, se quitó la gorra, otro silbido, y la aventó al suelo al tiempo que soltaba un ‘me lleva la chingada’ para sí. Armando llegó a los pocos segundos, y no tardó en entender qué pasaba.

−Nos chingaron, carajo, mira, está todo hecho un desmadre. Le dije a Gabriel que cerrara bien ayer, se me hace que ni el candado puso.

En un gesto confundido, atropellado, Pedro comenzó a revisar torpemente todo cuanto tocaban sus manos toscas. Mientras más trataba de acomodar, más abultado parecía el montón de objetos que, más allá de estar listos para ser recogidos, parecían estar dispuestos para quedarse ahí el tiempo que fuera necesario. Una pila antropológica de cosas a punto de convertirse en una pila ceremonial.

−Huele medio de la chingada, ¿no? ¿Qué haces, güey? ¿Eh, Pedro? A ver, espérate, mejor no le muevas mucho. Háblale a Don Emiliano.

Pedro se levantó lentamente, sin hacer ruido, sin importarle la mirada juzgona de Armando, quien, parado al pie del cúmulo pestilente, miraba a su alrededor. Los demás compañeros le notaron el gesto y, uno a uno, se acercaron para preguntarle qué pasaba. Se reconocían familiares los murmullos entre los hombres congregados alrededor de la escena, como no queriendo estar, pero prestos para lo que ocurriera.

Don Emiliano llegó detrás de Pedro, quien le señaló debajo de un rimero de ropa arrugada.

−Ahí es donde le dije, pero no quiero levantarle, mejor le hablamos a alguien, ¿no?, porque se me hace que sí hay algo ahí.

−¿Qué le vamos a hablar a nadie ni qué nada? ¡Órale!, los demás regrésense a trabajar, chingao. ¡Órale, ya! A ver, Armando, ¿qué haces ahí parado tú también?, muévele ahí a ver qué hay. Se me hace que se nos metieron.

Armando se subió la camiseta a la nariz, apenas dejando ver los ojos; la mirada pasmada, tanteando la ropa. Siguió moviéndola, metiendo la mano debajo de las telas, hurgando insistentemente. Lo sintió, estaba frío; al hundir sus dedos, tocó la superficie hinchada. Se le ahuecó la garganta, siguió subiendo la mano, los dedos apenas tocando la piel, el corazón ciñéndosele en el pecho, hasta que sintió una oreja perforada en el lóbulo, un arete largo pendiendo de ella.   

V

Sábado con la mañana recién entrada. El arquitecto entró por la puerta principal, llevando las yemas de sus dedos al aplanado perfecto. Un balde de hielos, refrescos de limón y cervezas, al centro del patio principal.

−Yo creía que no acabábamos, maestro. Pero miren… qué bonito trabajo. ¿Ya está todo limpio, cierto?

−Sí, arqui, ya estamos. Nada más le entrego cuentas y ya queda.

−Muchas gracias, señores. Pues nos tomamos alguito y nos vemos el lunes, entonces. Salud, ¿no?, ¿o qué? ¿Todo bien? Los veo ojerosos.

−Sí, nada más tuvimos un inconveniente que nos retrasó, pero ya todo bien −respondió Pedro−. Nos llovió también ayer sobre mojado, como dice Don Emiliano. Sobre mojado.

Octubre, 2020
CDMX


Giovanna Enríquez es artista visual mexicana e historiadora de arte con práctica literaria y fotográfica. Su trabajo consta de texto, cuento y poesía, fotografía, audiovisual e imagen autoral y apropiada. Es egresada del Diplomado en Creación Literaria de la Escuela de escritores de la SOGEM, del Diplomado en Fotografía en la Academia de Artes Visuales con especialidad en Creación de fotografía y discurso, y de la licenciatura en Historia del arte en el Centro de Cultura Casa Lamm. Ha publicado cuentos, fotografías, poemas, audiovisuales, crónicas y notas de periodismo cultural en medios electrónicos e impresos. Ha participado en intercambios fotográficos y culturales con la School of Visual Arts de Nueva York y la Neue Schüle fur fotografie de Berlín. Administra la web http://www.giovannaen.com (en recuperación) en la cual publica proyectos de imagen y texto; la cuenta Vimeo: https://vimeo.com/giovannaenriquez y el Behance donde alberga su proyecto más reciente: http://www.behance.net/giovannaenriquez

La presentación

por Manuel Jorge Carreón Perea


Tomó con sus manos la hoja de papel. El último párrafo que había no lo convencía. Lo recorrió un par de veces con la vista sin encontrar algo diferente [una idea diferente]. El mismo sentido del momento en que fue escrito. No había modificación en el contenido, sólo en la luz que iluminaba el cuarto.  Era más intensa. Se hacía tarde y la sombra de la pluma sobre el cuaderno producía una mancha indefinida que se perdía a ratos.

Una vez más ninguna idea que no formara parte del sentido común. Afuera llovía y se dio cuenta de que, casi a la par del inicio de la temporada de lluvias, su ingenio desapareció.

Desistió en proseguir; meditaba la forma de poder narrar un día de su vida sin tener que sacrificar uno para ello, pero no surgía una solución por más que lo forzara. Estaba destinado a crear obras perecederas al tercer o cuarto renglón sin ser leídas por alguien más.

Suspiró. Deseó beber un trago de agua pero no había comprado botellas cuando fue al supermercado. Decidido a no tener sed, y también para buscar un poco de inspiración, pensó en salir a la calle. Tomó su rompevientos azul y una cajetilla de cigarros que metió en el bolsillo izquierdo mientras cerraba la puerta.

En días pasados se sentía afortunado de poder dirigirse a cualquier sitio que deseara con sólo salir de su hogar, pero infeliz por no tener uno a donde llegar sin sentirse como un intruso, como un personaje indeseable de una novela de Mircea Cartarescu.

Al pisar la calle, tuvo la extraña sensación de que su vida no debía ser grande o significativa, la de un misterioso escritor. Reconfortado con esta idea, llegó a la tienda de abarrotes y pidió una botella de agua mineral de un litro. Sería suficiente para la noche. En caso contrario, tenía la posibilidad de volver si se acababa –la tienda no estaba lejos de su apartamento– y hacer una pequeña caminata por la noche. Le podría ayudar a dormir mejor.

Ahora no tenía actividad o plan definido. Estaba en el lugar del personaje solitario del cuento que no podía escribir.

–Si sólo tuviera las palabras correctas para un inicio fenomenal–. pensó para sus adentros. Sabía que esa noche no encontraría ideas, frases o palabras para completar un cuento. Sólo sentimientos poco maduros y mal trabajados que se deformaban al ser escritos y que exiliaban cualquier posibilidad de historia.

Siguió caminando y encontró una librearía que acababa de abrir en la zona. Se veía bastante animada. Tenía lugar la presentación de un libro.

Miró un letrero colocado al lado de la puerta. “Axolotl” estaba escrito con gis blanco. Seguramente era el nombre del local. Vino a su mente el cuento homónimo de Julio Cortázar. Por alguna razón se sintió incómodo.

Saber que, en su ciudad, a cientos –quizá miles– de kilómetros de Paris o Buenos Aires, se rendía culto/ homenaje a aquel autor a quien nunca había podido leer, le producía un malestar casi idiota y que lo privaba de toda lógica.

En ese momento comenzó a arreciar la lluvia. La librería ahora se antojaba como un refugio perfecto para poder pasar el tiempo mientras esperaba que disminuyera el agua. El vino y los bocadillos que se estila proporcionar en las presentaciones de libros, eran los otros incentivos.

Finalmente optó por entrar. Al hacerlo, se dirigió de inmediato al lugar acondicionado para la presentación. Estaba casi lleno, pero aún así encontró un buen asiento.

A los pocos minutos –tres o cuatro habrán transcurrido– dio inicio el evento. El autor se llamaba Pierre Chiazat. Se presentó como nieto de un exiliado de la Segunda República Española. Su libro era sobre vida en el exilio de toda una familia, explicando porque las raíces no se pierden nunca; le pertenecían a una tierra dominada por el espíritu.

Se sentía cómodo, reconfortado y sin frío. Cerró los ojos y se durmió casi al instante.


Manuel Jorge Carreón Perea. Es autor de la novela «Vía Eterna». Ha publicado cuentos y artículos sobre arte, cultura y derechos humanos en diversas revistas culturales y literarias.

La fotógrafa y otros cuentos

por Edith Tavarez


LA FOTÓGRAFA

Cuando regresé a casa, luego de revelar el carrete de fotografías, me dispuse a analizarlas para lograr hacer el collage que tanto anhelaba. Días anteriores, caminé rumbo a la montaña y por el sendero me detuve al encontrar un reloj de mano, un paraguas roto y dos botellas vacías de vino. Los objetos estaban empolvados y después de la edición de fotografías en escala de grises, el montaje quedó excelente. Los objetos estaban a medio enterrar en la orilla del camino; el zacatal seco de fondo ensambló perfecto para crear una sesión y practicar los conceptos de fotografía artística. Me detuve al mirar la quinta fotografía; una mano blanca asomaba entre la orilla del sendero. Se me aceleró el corazón al mirar tal atrocidad; no podía dejar de pensar el laberinto en que me encontraba. Sexta fotografía: pies desnudos caminando en medio del camino. Las arrojé al suelo, alguien a quien nunca retraté, intentaba decirme un mensaje. Sin duda se trataba de una mujer.

Decidida a resolver la incógnita, tomé una chaqueta, alisté la navaja y salí en dirección a la montaña. Antes de abrir la puerta, tomé la cámara fotográfica, al encenderla y mirar la galería había una foto que desconocía. Estaba muy colorida con mi habitación de fondo y yo misma sentada frente al escritorio. No habían pasado diez minutos desde que estaba en mi cuarto, me daba vuelcos el corazón, alguien me retrató. Se me heló la sangre ni siquiera fui capaz de dar un paso o girar media vuelta para ver de dónde provenía un soplido gélido sobre mi nuca.


ENTRE LÍNEAS FRÍAS

Siguen en la gaveta, desde hace unos días, los textos que una vez escribí a media noche. Abro el cajón y tan amarillentas las hojas, como el vestido que odio ponerme. Las hojeo, el olor a libro viejo me hace arrojarlas al suelo. Quiero escribir, seguir aquella historia que cada media noche me hace temblar. Me muerdo los labios, corro a la ventana, el cielo anuncia una tormenta. Tomo el café a sorbos, sin disfrutar su sabor tan amargo. La tinta está ahí mirándome desde el escritorio, lista para ser plasmada en el papel que poco a poco se deshace. Me hago valiente, tiro el cajón con fuerza y caen más hojas en montón. Las tomo lentamente, me tirita el cuerpo, grito y las arrojo por la habitación. Caigo de rodillas y me cubro el rostro con las manos.

Lloro con desesperación, me pongo pálida. Quiero escribir, sacar el monstruo que desgarra mi interior. Reescribir unas cuantas líneas, las más frías. Recostada en el suelo leo de reojo, un par de palabras que recuerdan aquella noche. La fiesta en el departamento donde Ana no sobrevivió a una sobredosis. Peter me ayudó a envolverla en una sábana y llevarla al cuarto de limpieza. No supimos qué hacer.

Desde entonces, el mundo tiene un color oscuro. Con los ojos hechos mares, después del escondite, a mi habitación y comencé a redactar lo sucedido. Fue una manera de liberarme. Pongo los ojos muy abiertos, van a salirse de sus órbitas. No es posible, alguien estuvo aquí. El puñado de hojas no está completo. Me cubro la boca con las manos y dejo escapar un chillido. Guardo aprisa los papeles en el cajón. Se oye el sonido suave de una sirena y por la ventana, atraviesan las luces rojas y azules de un par de patrullas. Llaman a la puerta y perpleja, me dirijo veloz al sótano.


DESDE EL ÁTICO*

La señora Luisa Roberts llegó alrededor de las ocho de la mañana. Dejó sus maletas en la entrada y el señor Julien la llevó a dar un paseo introductorio por la casa. Pasaron por la sala de estar, la cocina, las habitaciones del segundo piso y al ático, en el tercero. Contentos, como quien conoce a alguien de buenas vibras, siguieron el pasillo que los llevó al jardín.

El hombre platicó con entusiasmo donde se ubicaba cada espacio. Le entregó un juego de llaves y pasearon hasta los establos y el granero. Tardaron tres días en encontrar a otra ama de llaves. Petra, la anterior, había abandonado la casa dejando una nota incrédula. Nadie más que María y Julien sabían lo que decía.

Muy temprano, en su primer día de labores, Luisa despertó a las cinco de la mañana. Se calzó unas medias, unas botas, un pantalón y un blusón que le cubría casi hasta las rodillas. Bajó las escaleras y se inclinó frente a la capilla donde estaba un santo que no reconoció. Aun así, le encendió unas velas y cambió el agua de los floreros. La cabeza inclinada y la mirada apagada de la estatuilla no le hicieron venerarla. Salió al granero, llenó la carretilla de pastizales y limpió el rastrojo que había quedado. Tuvo suerte aquel primer día, las piernas no se le hincharon.

La primera semana pasó bien. Una de esas mañanas de agosto, donde el hedor de humedad de la lluvia nocturna despertó de golpe a la ama, la hizo alistarse antes de la hora acostumbrada. Volvió a inclinarse frente a la capilla, no sin fijar la mirada en la base de la estatuilla. Esta, se veía más vacía, ya no tenía las tantas monedas que se acumulaban en los pies del santo. Colocó otro florero y así las violetas disimularan la escasez de monedas. Se limpió las lágrimas de los ojos, no sabía qué hacer, quizá estaría en sus últimos días de trabajo, sin saber el paradero de las monedas.

Puso la olla sobre la lumbre, daban las cinco y cuarto. Se sentó en la silla y al transcurso de unos minutos, escuchó unos pasos que, sin duda, provenían del ático. Subió al segundo piso, se deslizó con lentitud para que el ruido de sus botas no se escuchara. La habitación de la pareja aún estaba oscura, la de los niños también. Se quedó quieta; unas voces proveían del ático. Bajó de nuevo y encendió las lámparas de la sala de estar y de los pasillos, en la cocina, el ruido del agua hirviendo la llevó a olvidar el incidente y centrarse en cocinar.

Ese día, Julien salió al huerto, le extrañó ver varias huellas sobre el fango en dirección a su casa, más no de regreso. Se habían quedado marcadas en el lodo, y por el otro sendero, estaban muy visibles las marcas de las botas de Luisa. Pasaron los días, las huellas aparecían con más frecuencia. El hombre se quedó de guardia, dejó iluminada toda la casa por varios días. Lo único que sucedió fue que las huellas no aparecieron más.

Otra de esas mañanas frescas por la lluvia nocturna, y el golpeteo del viento en la ventana, Luisa se vistió y se dirigió al portallaves. Ese amanecer, las llaves que tenía asignadas, no estaban. Se dio de golpes en el pecho, nunca había perdido un objeto de valor. Rastreó sobre la cómoda y la mesita de noche, debajo de la cama—eran los únicos objetos con los que contaba—nada encontró. Bajó las escaleras, esa vez pasó delante del santo sin mirarlo siquiera. Apresurada, puso la olla en el fuego y revisó la alacena, los contenedores de granos, los fruteros, las llaves no estaban. Se asomó al pasillo, un viento helado le molestaba la nariz, la puerta pesada de madera estaba abierta.

Encendió los candelabros del jardín y miró en el fango incontables huellas que llevaban al granero. Las siguió sin antes tomar la guadaña del patio. Volteó hacia la casa; las luces de las habitaciones estaban apagadas.

Entro como una mañana cualquiera al granero sólo que con más valor de lo habitual. Se sobresaltó al ver la puerta entreabierta, sus pies, a cada paso, quebraban el rastrojo, que era el único sonido que rompía el silencio. Al octavo paso, un golpe seco se escuchó. El cuerpo de Luisa cayó sobre las pajas, mientras su cabeza se encharcaba en su propia sangre. Otros cuatro bultos estaban fríos, cubiertos de pajas. Unos pasos pesados resonaron en el granero. Las llaves bailotearon al cerrar la puerta; rodaron un par de monedas y quedaron ahogadas en el fango del sendero.

*Inspirado en hechos reales ocurridos en Alemania en 1922.


Edith Tavarez (Guanajuato, México, 1995) escritora de cuento corto y novela de suspenso. Redacta artículos de escritura para su blog www.edithtavarez.com. Ha participado en diversos talleres de literatura. Seleccionada para el seminario de Letras Guanajuatenses 2018. Becaria para el Festival Interfaz Guanajuato 2018. Ha publicado cuento corto en Argentina, Guanajuato y Estados Unidos. Su primer libro, una antología de cuentos de suspenso, Alrededor de la fogata, está por publicarse en agosto del presente año.

Soñaba el mar

por María González Ramos


I. El indulto

No recuerdo el día del encierro. Las fechas, las horas, las personas y los lugares son borrosos, quizá porque me resultan indiferentes. Recuerdo la tormenta y al viento con sus gotitas afiladas lacerando mi piel. Y no me muevo. Recuerdo el murmullo de un río helado, sentirlo penetrar por los poros de mi cuello, abriéndose camino en mi interior. Y no huyo, permanezco inmóvil, casi desafiando al diluvio. En el exterior crece el caos, ahora el agua nos llega a los tobillos, las multitudes corren en busca de un techo que los ampare, los gritos se intensifican. Y pienso —¿quién piensa en medio de una tormenta?—, pienso que el agua no me dañará y que unas cuantas pertenencias mojadas carecen de importancia. Ahora, en este recuerdo vívido, yo soy aún la pertenencia de alguien, y carezco de importancia bajo la lluvia.

Pienso que soy la excepción, me lo repito una y otra vez —con la misma devoción de los creyentes repitiendo sus rezos alrededor mío—, hasta convencerme fielmente de ser inmune a la catástrofe, me considero merecedora de su compasión. Sin embargo, algo en el exterior me lleva a arrastrarme hasta un refugio. Estoy horriblemente equivocada, yo aún no lo sé. Peor: dentro de mí, en la médula y las venas de mi cuerpo, se ha comenzado a gestar la furia del agua.  

Estoy lejos de casa, aunque conozco hace tiempo esta tierra más bien desértica, donde ahora se divierten nadando cientos de hojas y ramas que rodean nuestras cinturas. Este lodazal será pronto campo verde. Las últimas gotas terminan por caer, pesan, vienen enunciando la oscuridad helada, perpetua. La lluvia estancada en mis recovecos comienza a solidificarse en mis articulaciones. El dolor nace, viene desde el interior, como alfileres delgados que brotan desde el cartílago y extienden sus raíces por toda la extremidad.

Y no me muevo, porque no puedo.

II. La adaptación

El encierro duró un año, tiempo suficiente para que mi cuerpo de mujer mutara monstruosamente.  Pronto aprendí a caminar con tres pies; cuando mis hombros subieron hasta la altura de las orejas, tuve que reptar por las escaleras, hasta que mis codos se llenaron de costras. Sin la ayuda del sol, mis articulaciones quedaron congeladas, dejándome postrada día y noche en cama, donde mi único movimiento provenía de mi respiración. Poco a poco el calor abandonaba mi cuerpo, espesando la sangre, haciéndola fría.

El llanto se desbordaba caóticamente desde mis dos enormes cuencas purpúreas y apagó la luz del rostro; la sal terminó por pudrir mi cutis, antes nacarado, ahora lleno de pequeños volcanes hirvientes que compensaban la falta de carmín de los labios. Mientras el vello facial se extendía con grosera velocidad dejando espinas por el mentón, las mejillas y la frente, los cabellos se desprendían de mi coronilla sin esfuerzo, hasta igualar a las de los mártires.

El resto del cuerpo no corrió con mejor suerte en su deformación. Las escamas de la espalda se llenaron de cal y moho por consecuencia del constante sudor frío. Mi ansiedad llenó mi torso de urticaria y llagas abiertas donde desquitaba las horas afilando mis uñas. Mis pechos ya eran tan sólo dos sacos vacíos colgando a los costados, similares a branquias. El verde de las venas y el amarillo indicador de la falta de vitaminas eran lo único que daba color a ese ente reseco que gemía lastimosamente mientras la nada lo consumía. Sobra decir que el aliento pantanoso era apenas soportable. No tengo idea del aspecto de las orejas, con las que únicamente escuchaba un goteo agudo proveniente de mis adentros.

No me importó. Mi cuerpo viejo era común, difícil de mantener. Mi nueva forma pedía una sola cosa.

III. La liberación

Cuando era niña bebía vasos de agua con sal, jugaba a asolearme en la azotea mientras contenía la respiración y jugaba a contemplarlo en las nubes de espuma sobre el cielo celeste. Sabía que no estaba allí, me lo decían mi lengua cuarteada, el dolor de las quemaduras y las constantes insolaciones. Me lo gritaban las clases de natación y el viaje a la playa que no podíamos costear. Todas las noches soñaba en construir castillos de arena y chapotear en la orilla, anhelaba recoger conchitas y subir trepando por la línea de costa. Pero el anhelado encuentro no llegó en ese entonces, pasaron años para realizarlo, fue hasta la edad en que el paisaje resultó meramente melancólico y tuvo un agrio sabor a cebada y olor a fogata.

Todos los días después de la tormenta, me sometía disciplinariamente a tres horas de tortura psicológica. Comenzaba por enlistar todo lo que ya no podría hacer, para después complementarlo con las imágenes que obtenía mediante mi única ventana al mundo exterior, el de ellos, donde el tiempo existía con normalidad. Llena de rabia y rencor, rápidamente me convertí en una observadora silenciosa. Abandoné el habla, no había con quien conversar dado mi terrorífico aspecto. Escribir, dibujar e incluso intentar señalar con mis entumidos dedos no era opción. Mi mente envejeció a gran velocidad, quedé sin pensamientos, ya no podía formularlos. Había dejado de soñar.

El agua estancada es tan destructiva como la tempestad, oculta peligros desconocidos. La que parasitaba mi cuerpo parecía mantenerme con vida para hacerme sufrir lenta y desgarradoramente a cada pulsación. Quizás me había cansado de esperar el fin, tal vez el agua no tocó los recuerdos más profundos o era mi propio grito desesperado de ayuda, pero yo debía de llevarnos al origen, liberarnos de mi propio contenedor. Ceder a su seducción, responder a su eterno llamado.

Sucedió al amanecer. Cerré los ojos y en lugar de la horrible nata negra de siempre, apareció frente a mí una inmensa masa azul apenas tocada por líneas dorada. Y era mío. Un riachuelito fue creciendo bajo mi esternón. El viento húmedo se pegaba a mi piel. La arena y sus diminutos diamantes separaban los dedos de mis pies que aún conseguían mantenerme erguida. La leve marea imantó el agua que albergaba en mi interior. Y caminé hacia él. Las olas lavaron con destreza mi piel, huesos y órganos, devolviéndolos a las algas y los corales. Mi respiración quedó a la orilla, protegiendo las casas de los cangrejos, todas mis uñas y dientes formaron un camino de conchitas hasta el talud, donde el abismo me abrazó hasta disolverme en la solución marina donde ahora habito. Yo —no mi cuerpo—, sonreí. Cuando la gente llegó a la playa en el horizonte flotaba el último rastro de carne, era más pequeño que un puño.

Cuando era niña soñaba el mar.


María González Ramos. Egresada de la carrera en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma Metropolitana (2015-2020) y del Centro de Educación Artística Frida Kahlo con especialidad en teatro (2011-2014). Ha continuado con su preparación artística con diversos talleres y diplomados en las técnicas del dominio del cuerpo y la voz, gimnástica de la danza, kinesiología y biomecánica. Ha participado en diversas puestas en escena como actriz, entre las que destacan  la obra No más margaritas para los cerdos (2015-2017) y la adaptación libre para teatro de la poética de Juan Rulfo Teníamos el silencio (2017) con la Compañía de experimentación literaria La estructura del silencio, bajo la dirección de Aurelio Hamxe. De 2016 a 2020 participó de manera intermitente en el taller de danza folklórica Xochipilli de la UAM-I, a cargo de Selene Luna. En 2014 inició su formación en las artes circenses en Circo Volador y desde 2015 a la actualidad se dedica a impartir clases de danza aérea para todas edades en distintos espacios, con enfoque en las bases del circo social.

Disertaciones existencialistas entre el Abismo Negro y el Tinieblas

por Francisco Alberto Gutiérrez González


El cuadrilátero es una isla solitaria después de la lucha. En silencio, entre olores de palomitas con mantequilla y sudor rancio; la “Arena México” se convierte en un limbo alterno entre la vida y la muerte para los pugilistas. Los luchadores, actores incansables de fiereza heroica, ídolos dignos del coliseo (aunque la “Arena Coliseo” sea más pequeña) a menudo utilizan el recinto como oráculo para esclarecer sus más profundas dudas. Como en la antigua Grecia a la plaza de Atenas; e Imitando a los grandes maestros griegos en los relatos platónicos acerca de Sócrates, se pierden en disertaciones filosóficas para darles forma y sustancia a sus personajes intentando resolver dudas existenciales acerca de la forma de sus máscaras. La plaza de Atenas…lugar donde los filósofos iban a construir sofismas en busca de verdad: ahora es la Arena México, dominada por un grupo de enmascarados con miedo a mostrarse la cara, ¡booo! ¡Te asustoo! Piensan al mirarse el rostro en el espejo.

Ahí localizadas, suspendidas en un lapso atemporal se encuentran dos máscaras intentando descubrirse. Dos máscaras lanzándose preguntas que dejen ver más allá de lo evidente. Dos máscaras que invocan al  ojo de thundera  intentado rastrear su humor humano, que buscan tocar nervios sensibles, buscando debilidades ¿Qué es lo que se espera ver cuando alguien se esclarece?

En lucha libre ver la cara de tu oponente es el mayor de los bienes… detrás de la máscara hay carne y hueso, hay rostro y facción, hay esencia humana invisible a través de ella, hay claridad. El oponente queda expuesto, visible. Por eso es tan importante para los luchadores obtener las mascaras de los rivales. Una vez perdiendo su máscara el oponente es más vulnerable, se sabe en desventaja, por transparente… al luchador solo le queda la cabellera para ocultarse… la cual ocupara inmediatamente el lugar de la máscara como tesoro más preciado. Perdiendo la cabellera no hay más, solo queda la  vergüenz, el retiro es inminente, como en la vejez la calvicie anuncia el paso de la gloria, en lucha libre la pérdida del cabello representa la derrota.

—Ontológicamente ¿Qué es ser rudo? —Le pregunta Abismo negro al Tinieblas. El señor oscuridad, intentando poner todos sus años de experiencia en el pancracio, le responde llanamente: 

—principalmente no ser un técnico. —

 A repuestas vagas, oídos sordos… el pupilo inexperto, dulce oscuridad ensanchándose en un cuero pequeño, no puede ocultar la inocencia de sus ojos de plato, testarudo y atolondrado, lanza una duda necia y por tanto castigada por todos los filósofos enmascarados… y… con cara de caricatura japonesa extasiada, pregunta: 

— Y ¿Qué es no ser un técnico? Tinieblas-san —

El golpeteo de la necedad le retumba en los tímpanos. La gesticulación del hartazgo se hace presente en su cara que responde como síntoma con la parálisis facial, los ojos en desorbitados hacia arriba y el pestañeo tembloroso de tic nervioso que acompaña a quien está oyendo una idea repetida un millón de veces a la que el hastió ya toma por asco. El tinieblas, oscuridad consumada, negrura espacial y cósmica, abismo que ya se lleno de lo que se llenan los abismos; Responde:


— como definir  ser rudo es fácil: ir sobre el rival como una bola de demolición. No darle tiempo para defenderse. Saltarse todas las reglas. Causar dolor  con la victoria como único fin y por encima de toda ética. Ser un ente perverso. Ser oscuridad total. Ser un vacío cósmico. Y, principalmente, no ser un técnico.

Las palabras dadas caen como trueno, un trueno rompiendo el himen de una flor no lista para abrirse a recibir los cálidos rayos primaverales que todo rejuvenecen y fertilizan, la flor de la ignorancia esperando ser iluminada por el sol de la verdad; que linda es la fotosíntesis cuando la luz se convierte en alimento, la luz que todo sana, abismos y tinieblas se vuelven praderas y llanuras con tanta vida que es imposible negar su vitalidad. Todo florece, incluso máscaras yermas y resquebrajas pegadas a cueros resecos.

Las palabras dadas suenan como tambores de guerra, son más una sentencia que una respuesta, “maquina aniquiladora…ra…ra…”. Se repite el eco mentalmente en este abismo, abismo negro, maquina aniquiladora de  luz  engulléndola en sus profundidades, pozo sin fondo ebullendo en un cuerpo lleno de aire.

Que desgracia. Qué carta tan dada e irrevocable. Un monstruo sin rostro, condenado a deambular preguntándose ¿Quién es en mi siempre o a veces? ¿Qué es ser rudo si no una maquina aniquiladora? Qué es ser rudo sino ternura reprimida y negada al paraíso de la bondad técnica. Los técnicos personajes míticos de benevolencia inagotable, los técnicos  realidad inversa,  vórtice dimensional en donde los valores del “ser-abismo” y “ser-tinieblas” se recrean  y  transforman en “ser-luz”, «ser-llenura-firme-florecida», “ser-santo” y “ser-místico”. Esos y no otros, los técnicos, son la prueba de la pureza negada…ontológicamente negada desde el inicio de los tiempos y de la lucha. Sí,  ellos son los responsables de que las palabras suenen a sentencia y no a respuesta. “Ser-rudo” es “no- ser- pureza” es “ser-abismo-negro” el pupilo del tinieblas por fin se entera y languidece de tristeza y furia. 

— ¡Malditos técnicos! — masculla este abismo con el resentimiento de quien ve la vida pasar ante sus ojos sin poder intervenir—Maldito el Santo y el Místico, y el Santo Jr. Y todo su linaje santificado y los que estaban antes y los que vendrán después a intentar llenarme de luz y bondad,  los que intentarán hacerme otro y convertirme “explanada- blanca” y abandonar este abismo que me llena y me consume al no conocer saciedad — Eso masculla y  mientras piensa en su desgracia, algo le brota como traído  desde una realidad alterna en donde se planean los actos antes de llevarlos a cabo,  como desde el mundo de la ideas de platón o desde la extrañeza de los fenomenólogos, desde la metafísica a lo físico y a la existencia; Masculla, masculla y rechina dientes… aullando a la negrura de su abismo la tristeza de no ser santo.

Parpadeante y perplejo con el pestañeo típico de quien busca comprender algo que no le encaja, este abismo lanza otra pregunta necia a las tinieblas, buscando ver la luz reveladora.

—Y ¿quién nos dijo lo que es ser rudos? tinieblas-san y ¿por qué ser rudos nosotros y no otros, los técnicos por ejemplo?

Las tinieblas se pierden en la negrura de las preguntas en el abismo… que in-certera es la duda cuando no puede formularse en una cuestión. Preguntas agudas revolotean su fondo, como quien revuelve un estanque con petróleo o chapopote con las manos y sale con los brazos tintados y sucios. Tinieblas-san, intentando aclarar la duda de su pupilo interioriza la congoja y angustia del abismo en la pregunta, para articular una respuesta sincera. Nota que el fracaso solo se vive en la dualidad de caer del otro lado de la moneda. Tinieblas-san… piensa en la sustancia de la existencia repartida en un abanico de binomios que se contraponen… piensa también en la existencia del mal y el bien, quizás como el binomio más representativo en la vida de los hombres. El ying y el yang repartiendo papeles y roles desde el origen de los tiempos, cuidando no mezclarse entre sí pero lo suficientemente cerca el uno del otro como para notar su presencia e incomodarse. Une palabras, piensa conceptos, articula discurso y emite:

— Verás, abismo mío. Pupilo querido, llamarada consumiéndose por la flama de la duda. Agujero pletórico y rebosante lleno de preguntas. ¿Cómo te explico?, ¿Cómo?, Si el determinismo es en realidad un juego de azar sujeto al contexto de dos bandos, los rudos y los técnicos, en el que nada tienen que ver nuestras decisiones ni elecciones. Negrurita mía, escucha, digamos que en el principio alguien en algún sitio tenía un cubilete con un dado que en cada  lado tenia las mismas dos figuras, la técnica y la ruda, una por cada bando…ese alguien te observaba como quien piensa su próxima mano de póker. De modo que antes de que tu llegaras al pancracio y decidieras ser luchador de manera profesional, ese dado ya había sido lanzado sobre la mesa de juego por ese alguien, la mesa es una metáfora de tu vida,  tu destino ya tenía un rumbo, eres lo que eres por tu esencia que se encuentra de manera sustancial en tus acciones. Alguien o puede ser que tú mismo en abstracto  lo ha decidido así (puedes creer lo que quieras).   De modo que al momento de entrar a esta arena, la majestuosa “Arena México”, al momento de dar un paso adentro de este oráculo luchístico, todos nosotros vimos de inmediato a tu rudo interior, tu rudo interior está marcado en tu semblante como una estampa escandalosa que quisieras arrancarte pero te identifica a simple vista, te delata desde antes de emitir palabras, hay que saber leer a la gente me decía mi padre cuando era pequeño. Ama tu cara ruda, no intentes arrancar algo que tienes impregnado en la crisma, lograrlo  sería arrancarte el rostro y la piel, quedarías desollado, porque tu rudeza se representa en cada uno de tus movimientos y gestos, cuando vuelas desde la tercera cuerda y engulles a tu oponente dentro de tus profundidades, es la rudeza y violencia de tu vuelo lo que te hace “ser-rudo”. Por más que comprendas lo que es “ser- técnico”, te maravilles ante sus hazañas heroicas y te conmuevas por su fortaleza, nunca podrás llegar a la paz de su gloria, porque no eres y nunca serás el héroe, sino el villano—.

Abismo negro, colapsado por su verdad irrevocable, fatigado por tratar de entender los trucos de azar, de pronto, siente un palpitar por dentro, el tamborileo de la presión sanguínea punza en sus sienes, una descarga eléctrica va erizando cada uno de los poros capilares haciendo estática, la piel de gallina se hace presente, la vista se le nubla, la respiración se agita, el ritmo cardiaco es la aguja de una máquina de coser cuando se aprieta el pedal hasta el fondo, Shock..shock… ¡panicooo! Pánico es la palabra que define a la respuesta de su mentor, un pánico paralizante, el pánico como un trance catatónico. Un trance que lo desmorona a nivel atómico, cada electrón de su cuerpo tiene miedo, la nausea de Sartre sería un mal chiste intentando explicar su situación actual, un trance del que si se sale ocurrirá una resurrección. De pronto algo llega a su cabeza, primero como un rescoldo de algo luminoso, luego como un destello y finalmente como un rayo de luz. ¿Por qué ser técnico tiene que ser mejor que ser rudo? La esperanza coquetea con un cambio de visión del mismo horizonte, la luz es otra pregunta necesaria, necia hasta las trancas pero necesaria, así que con congoja, tímido y con miedo de desatar la ira de su mentor se atreve a preguntar otra inocencia.

— Tinieblas-san , perdón por mi atrevimiento y no es que yo pretenda dejar de ser lo que soy, ni ponerme por encima de sus enseñanzas, pero, ¿quién nos dijo que “ser-tecnico” es mejor que “ser-rudo”? ¿Qué es ser técnico tinieblas-san? —

Tinieblas, ya más oscuro que de costumbre, fatigado de tanta duda y con poca idea de cuáles son las respuestas a las preguntas del abismo,  articula lo más definitivo a la definición que le exigen. Después de esta respuesta, lo siguiente que recibirá este “black hole”,  será un sillazo en la espalda con la silla que está debajo de ellos, una silla de utilería , que se quedo ahí de la lucha anterior para reivindicar su condición de rudos.

—¡¡¡LOS TÉCNICOS, LOS TÉCNICOS, LOS TÉCNICOOOOS!!! —

— ¿Qué es ser técnico? Fácil: como las crisálidas que guardan algo horrible dentro… ser un monstruo de lucha que en vuelo se convierte en algo bello. Representar la magnificencia de la bondad desplomarse desde la tercera cuerda y en la embestida dejar pegada una etiqueta beatificadora en el rival, que al levantarse estará rehecho y purificado. Abrir las alas como mariposa o ángel para después lucir aureola sobre la cabeza. Ser un santo plateado, un Cristo mártir, una supernova eyectando luz iluminando el costado de una galaxia cada vez más llena de sombras, ser paz y nobleza como etiqueta de presentación, ser esperanza pensando que el mal puede ser transformado en bondad si se le da un golpe certero, y,  fundamentalmente,  no ser un rudo. —

El pequeño abismo finalmente lo entiende pero no le cuadra, ser técnico parase bastante aburrido, y de pronto, como quien con solo ver los planos ve la obra negra terminada, tiene la epifanía, sabe lo que ocurrirá. La silla esta coqueteando estática esperando definirlo, por fin . Observa a su maestro, con expresión de misterio y miedo. Su maestro ha tenido la misma revelación y le mira con una sonricilla cínica, se leen la humanidad bajo las máscaras, el plan de lucha ya ha sido trazado en sus mentes. Esto pasará a la velocidad de los reflejos gatunos, el que tenga la mejor garra saldrá victorioso. Los dos miran la silla como si fuera la última albóndiga en un plato de spaghetti  compartido, la competencia terminará en un pardeo. Es un momento decisivo, el abismo lo sabe y el cuerpo le tiembla…la escena vista desde fuera, es como observar un duelo en el lejano oeste, las manos más rápidas podrán la bala en su sitio, El abismo mueve su brazo a una velocidad antinatural, en una torsión como de máquina revolvedora toma la silla y se levanta, el impacto es inminente, las tinieblas son el blanco y están muertas de miedo. Tinieblas-san lo mira hacia arriba sentado aún en el cuadrilátero. Intentando huir se baja a la explanada y se para frente a las cuerdas, ve al abismo subir la primera, la segunda y la tercera cuerda como si fueran una escalera de resortes, el salto sucede de inmediato, ve descender al abismo en vuelo en cámara lenta, la silla brilla con la luz de los reflectores, sabe que está acabado, cierra los ojos, se oye un golpe seco y metálico que hace eco en la arena, las tinieblas se iluminan y se apagan con el impacto, caen noqueadas al momento. 

La cabeza del tinieblas está ensangrentada, el abismo se le echa encima y lo pone a espaldas planas. 1…2…3 palmadas, la lucha termina, el alumno siempre supera al maestro, lo deja fuera. La ley del más fuerte es universal, comprende con la práctica que eso es “ser-rudo” no respetar nada, ni a nadie, sabe que le ha tocado la mejor cara de la moneda, la más realista en un mundo de competencia. Que aburrido ser técnico se repite mentalmente. Nublado por el frenesí y la adrenalina, agarra aire y se llena los pulmones, observa al tinieblas noqueado en el suelo, se levanta… y como un animal que ruge para mostrar su poderío grita:

—¡¡¡LOS RUDOS…LOS RUDOS…LOS RUDOOOOOOOOSSSSS!!!—

El eco sale disparado del Ring en todas direcciones, pasa por las butacas y atraviesa las puertas, cruza la calle, algo así como una peste que avanza silenciosa e invisible contaminando las avenidas. Afuera nadie lleva máscaras pero el mundo es una lucha, los técnicos no tienen lugar en la realidad, son pura teoría beatificante, la moneda ha sido lanzada, la cara siempre cae del mismo lado, —LOS RUDOS… LOS RUDOS… LOS RUDOOOOOOSSSS!!! —  Vuelve a gritar alienado, el abismo lo entiende para siempre y se sienta a esperar que las tinieblas despierten.


Francisco Alberto Gutiérrez González (1989) Nació en Hermosillo, Sonora, México. Es estudiante de lingüística en la Universidad de Sonora. Ha publicado en distintas revistas: Hayaza No.20 (2016) del departamento de letras y lingüística de la Universidad de Sonora; Revista Mala Palabra No.0 (2016)  bajo el seudónimo de Mr. Muerte; Revista La Nave Errante No. 1. (2017). Ha sido publicado en varias revistas en línea de poesía nacionales e internacionales,  entre las cuales se encuentran las revistas “Revista El Humo” “Hologramma” ”Digo.palabra.txt” “Revista Cantera” “un 17 de marzo” “Revista antagónica” “Revista Shandy” “el coloquio de los perros” “Pez banana” y pertenece a la antología en línea “Poetas del siglo XXI”. También ha colaborado en varias ocasiones en la organización y lectura de obra literaria en el encuentro anual de escritores Horas de Junio, organizado por la Universidad de Sonora (2012, 2013, 2015, 2017). En 2012 perteneció al movimiento poético sonorense “Los poetas del fin del mundo” con el que coexistió en inquietud literaria todo ese año. Actualmente es editor de la revista de literatura en línea  “La máquina parlante”.

Domitila

por Sebastián Nicanor Guzmán


I

Salió de su casa y llegó a la estación de trenes a las seis de la mañana. En su itinerario semanal, los miércoles y los viernes iba acompañada sólo por el viento, esos días sus padres entregaban los pedidos de la maquila. Vivian a orillas de una barranca, su casa estaba cubierta con láminas de cartón y asbesto, sólo había dos habitaciones, en una había una cama compartida por tres personas y en la siguiente, rodeadas de pequeños muebles, estaban las dos máquinas de costura encimadas sobre una base de madera. Alrededor del taller casero había todo tipo de estambres, en ese rincón de la casa sobraban los colores, de ahí salían los suéteres y faldas para colegio. Para Domitila su lugar favorito era el taller de sus padres porque era el único lugar donde podía ver un arcoíris. Siempre hallaba la manera de escurrirse entre las telas, evitando deshilar las prendas aún no terminadas y las agujas clavadas en los manojos de estambres.

El primer miércoles de abril, esperando el inicio de la primavera en su trayecto matinal  Domitila miró desde la estación a dos hombres empujando a un animal desde la cajuela de una camioneta. Al inicio aquella escena le levantó cierto aire de peligro pues, como el animal estaba cubierto por una bolsa negra, pensó se trataba de un niño como ella. Cuando se fueron de ahí los dos hombres, el perro pudo sacar el hocico y revivir sus pulmones jalando el aire a su alrededor. Lo abandonan por viejo, pensó la niña, luego esperó la partida del tren y cuando pudo abordarlo se colocó cerca de la ventana para ver como el perro, cansino y cojeando, fue a tumbarse debajo de un viejo vagón. Los ojos del animal estaban confundidos, desde lejos se notaban los intentos de la bestia para guiarse por el olfato sin conseguirlo. El tren partió y a su regreso Domitila trató de hallar al animal pero su búsqueda no tuvo recompensa pues, cuando esto pasó, no había ni un alma en la estación y nadie, excepto ella vio al animal esa mañana.

Al cabo de varias semanas y con el recuerdo del perro cada vez más difuminado en su memoria, a Domitila la despertó el aullido de un animal en medio de la noche, lo supo inmediatamente, no era el aullido de un coyote sino de un perro. Lejos de recuperar el sueño, esa noche Domitila no pensó en otra cosa, sólo el cachorro ocupó su mente y al día siguiente con la compañía de su padre salió a buscarlo. Le costó más de una hora negociar con su madre los motivos para conservarlo, pero luego de comprometerse con nuevos deberes, entre ellos salir a repartir los encargos de la maquiladora, la madre decidió aceptar al animal porque así también le regalaría el gusto a su hija de tener una mascota sin gastar dinero.

La familia creció con la llegada de Tirado, el nombre del cachorro fue escogido luego de un fracaso por ponerle un nombre original, fuera de eso el animal aprendió rápidamente a adaptarse a la familia. Con las nuevas responsabilidades de Domitila, Tirado aprendió todos los caminos de repartición, lograba ubicarse por el sonido de un ganado, por la fricción de las vías y por el tono de voz de algunas personas. Con la llegada a su nueva familia y la alimentación constante, Tirado comenzó a recuperar poco a poco la fuerza de su olfato. Los ojos del animal no tuvieron el mismo fin, tenía en sus cuencas dos bolas de algodón como dos pequeñas nubes, negándole ver el mundo. A pesar de tener el ánimo altivo, los problemas de visión del animal ahuyentaban a las personas cercanas por el temor a sus ojos ciegos, cenizos.

II

A mediados de primavera los pedidos de la maquila fueron cada vez menos y tanto Domitila como Tirado tuvieron más tiempo para salir a divertirse. En aquel lugar, el aire y el cielo comulgaban en un azul metálico, bañando aquella barranca de un ambiente armonioso y haciendo brotar girasoles que servían como escondite de juegos infantiles a los niños del pueblo. Del canal de aguadulce subía hasta la casa una brizna como de mar refrescando los días más calientes y condensándose en los nublados. Bajo el constante sonar de pájaros, croar de ranas y serpenteo de lagartijas, Domitila dio las primeras muestras de convertirse en paisajista.  Con las hojas de algunas plantas armó su primera paleta y bajo el incandescente sol de Mayo retrató la naturaleza a su alrededor en una pieza de madera del tamaño de una maqueta.

Pasaron los meses de sol y en San Lorenzo Matadamas llegó la época de lluvias. Todos los años la familia de Domitila ponía en vilo su vida para proteger su casa, ahí arreciaban las tormentas y el calor tropical de la primavera se convertía en un bochornoso lodazal capaz de arrastrar con el ganado y la vida de las familias. Con anticipación, las paredes de adobe de su hogar eran recubiertas con una capa de cal, arena y grandes bultos de tierra barrosa para hacerle frente a los aguaceros o al torrente de la barranca. Los techos de lámina se cubrían con hojas secas y se le incrustaban vigas paralelas de madera para resistir cualquier granizada. Las máquinas de la maquila se cubrían con lonas transparentes y estaban sujetas a la tierra con grandes tornillos oxidados. Toda la gente de San Lorenzo amarraba sus casas a la tierra y se enclaustraba con su familia a esperar la culminación de las lluvias.

Cuando pasaron las lluvias de monzón el número de víctimas por el agua sólo consiguió hacerse de una muerte. Un albañil de San Lorenzo llegó borracho a la estación y se quedó dormido junto a las vías, cuando despertó, a su alrededor habían más de un millar de lagunas y el cielo se exprimía como una esponja gigante, sabiendo imposible regresar a su casa decidió quedarse en la estación y al día siguiente lo encontraron unido a una de las bancas junto a las vías. Las bajas temperaturas habían no sólo congelado el corazón de aquel albañil sino lograron unirlo de tal forma que se necesitó la ayuda de diez hombres para romper la relación glacial entre ambos cuerpos.

III

Nuevamente los trabajos de la maquila iniciaron en la casa de Domitila, pero a los pocos días el gobierno estaba regalando sábanas, cobijas y suéteres para hacerle frente al frío, esto redujo las labores de costura hasta casi desaparecerlas. La pérdida de aquellas ventas obligó al padre de Domitila a buscar un nuevo empleo aunque eso significara dejar a su familia la mayor parte del día sola. La madre, por el contrario, cambió un par de aretes de plata, a pesar de ser el único regalo de sus padres cuando cumplió quince años, por doscientos pesos. Cuando tuvo el dinero en sus manos decidió utilizar la mitad para apostarlos en el casino del pueblo y, con la suerte de principiante aunado a la habilidad nula para apostar, perdió los primeros cien pesos en una hora. Con la sed de ganar corrompiéndole la sangre, la madre de Domitila decidió apostar los cien pesos restantes y los perdió en la siguiente hora. Sin dinero, regresó a su casa con las manos huecas y se puso a llorar su mala suerte toda la tarde hasta cuando su maridó regresó del trabajo para consolarla. Sumidos en la tristeza los padres de Domitila trataron de consolarse olvidándose completamente de la niña.

Cuando su madre perdió los doscientos pesos, Domitila, con cierta independencia, se había salido a jugar rumbo a la estación de ferrocarriles. Los antiguos vagones eran el lugar idóneo para esconderse y divertirse. En aquella estación el ferrocarril solamente abordaba el tren dos veces al día con cientos de miles de personas en cada llegada, miles de albañiles y servidumbre bajaban luego de su jornada diaria, luego arrastraban toda la máquina locomotora hasta su lugar de descanso e iniciaban las actividades en la madrugada. En aquella época el arribo de la locomotora era retrasado comúnmente por las inundaciones y los derrumbes, haciendo imposible pronosticar un horario de llegada. La gente dentro del tren normalmente hervía entre el olor, el sudor y la mugre. El día en el que la madre de Domitila perdió los doscientos pesos, las ballenas grises del suburbano estaban atascadas y retacadas de personas. Casi sin oxígeno dentro, la gente intentaba apresurar con golpes en las puertas y ventanas, el avance del tranvía sin obtenerlo. Cuando por fin comenzó su marcha, dentro de cada vagón estaba por extinguirse la última partícula de aire puro y la muchedumbre entre lágrimas había agarrado un color amarillo de enfermo hepático. Se necesitó de la organización de todos para llegar con vida hasta la estación de San Lorenzo, abrieron las ventanas a pesar de la llovizna pidiéndole al cielo no les colocara un retraso mayor en las vías.

Cuando el tranvía entró en San Lorenzo, Domitila y Tirado estaban jugando sobre el corredor de la estación desierta, no hubo mucho tiempo de reacción, la niña y el animal se vieron de un momento a otro frente a una horda de personas desenfrenadas y poco o nada les bastó apresurar el paso para dejar el camellón libre a los residentes. A un lado de las vías férreas Tirado cayó maltrecho y apenas tuvo la fuerza suficiente para colocar el hocico sobre la orilla de ese corredor. Frente a sus ojos cenizos todo sucedió, la muchedumbre avanzó buscando oxígeno y entre tantos alaridos la voz de Domitila se perdió dándole a Tirado una experiencia de sordera a pesar de estar rodeado de sonidos. Por último y a causa de la brizna del clima, el olfato del animal sólo pudo dirigirlo a hacia un herrumbroso vagón.

Para cuando salieron a buscarla los padres de Domitila sólo hallaron a Tirado, tenía los ojos azules aperlados y rojos como de haber llorado por bastante tiempo. La noche en San Lorenzo estaba estrellada, debajo del firmamento los padres y el pueblo buscaron a Domitila. Nadie durmió hasta recorrer cada sitio, vagón, callejón y casa buscando a la niña.

IV

Desde entonces en San Lorenzo escasean los niños, la noche donde Domitila desapareció su padre se encerró desesperado, se metió en su casa y atracó la puerta desde dentro, no dejó entrar ni a su mujer y desde fuera sólo se escucharon los gritos bramando y mugiendo por su hija. Cuando lograron tirar la puerta de su casa, el padre de Domitila estaba tendido sobre un catre abrazado a una botella de aguardiente vacía, las máquinas de la maquila estaban arrancadas del suelo con un cuajo de tierra y los estambres donde retozaba la niña estaban regados por todas partes. Luego de cuatro días sin haber dado señales de vida, el padre de Domitila despertó y le contó a su mujer un sueño en donde le robaban a su hija.


Sebastián Nicanor Guzmán, nacido en 1995 en la Ciudad de México. Egresado de la licenciatura en Letras Hispánicas de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Iztapalapa. Su investigación terminal estudia la concepción del héroe moderno dentro de la literatura de la guerra civil española. Sus intereses principales son: Novelas de Dictador, el posmodernismo, el erotismo y lo grotesco. Actualmente se dedica a la enseñanza.

Selección de «literominutos»

por Gerardo Allende


Cafetera

Friolenta mañana amenazaba con condensar los impulsos de aquel despertar. Los ojos pesados, la mano izquierda dormida y la derecha indiferente. Las piernas indispuestas. Los oídos apenas podían evitar irritarse ante las ondas que, tras la ventana, anunciaban que el mundo administrado se ponía en marcha para repetirse en novedades prestas a ocupar un espacio en la anecdótica realidad. Mi boca saboreaba la espesura de la noche, dejando al olfato juzgarla como mal aliento. El estómago, aún indispuesto para cumplir sus funciones, no soportaría más que un trago de agua. Poco esfuerzo haría por levantarme. Poco interés tenían mis ojos de mirar las mismas manchas del mismo techo. Poca voluntad podía agenciarme para hacerme responsable de mi existir. El frío no cedía, aunque incluso bajo las cobijas podía percibir que los rayos del Sol se esforzaban por reflejarse en cualquier partícula a su alcance. De pronto, un aroma cruzó la puerta de mi alcoba informando sobre un café recién hecho. ¿Quién lo preparó? ¿No estoy solo en casa? Pensé que estaba solo. Siempre me pienso en soledad.


Insuperable

Reímos de lo que habíamos creído insuperable, afirma Max Striner, uno de los anarquistas más sugerentes. Yo no soy anarquista, nadie es perfecto. Pero sí sé lo que es reír cuando lo insuperable deviene vivible y deseable. No la risa simplona del que desestima lo pasado y lo remite al reino de lo anecdótico; no la risa sardónica del que pretende ponerse por encima de la realidad y se arroga el mérito de superar lo insuperable. ¡No! Ni simploneria ni arrogancia. Solo la certeza de saber que, cuando me reduzco a mi verdadero tamaño, los problemas de mi vida se vuelven divertidos.


Partir

Lo último que le quedaba por vender era la máquina de escribir que su padre le había heredado. Pasarían por ella al mediodía y esa certeza lo mantuvo despierto aquella noche en que la lluvia no dejaba de estrellarse en su ventana. El insomnio se estiró hasta la madrugada, tanto que antes de que amaneciera tomó una hoja en blanco y la insertó entre los engranajes que resistían para no oxidarse. Con los dedos sobre las teclas, postergaba la escritura eligiendo las últimas líneas que escribiría. <<jrveor9er493435ijpgvbojopbjbolkb33333oj3pvnfve>>, tecleó sin paciencia antes de dejar presionada la barra espaciadora hasta escuchar la campanita que anuncia el fin del reglón. ¡TIIIIN!, escuchó. Y pudo, finalmente, ponerse a empacar.


Tarde atardece

Tarde atardece en el umbral de los devenires dispuestos a desvanecerse. Las escaleras conducen al refugio de mis temores. Ahí, descifro las cacofonías de desesperadas pretensiones. Finjo que el azar es el anonimato de la necesidad trazado con las tintas de la libertad. El azar (continúo fingiendo) es la necesidad jugando a ser libre, es su infancia, su risa. Y así, abandono aquella banca que queda sola, cual flauta en Sinfonía Fantástica, la de Berlioz o cualquier otra. Aquella banca, esa que otrora estuviera plena de felicidad, ahora resguarda un desierto y una complicidad. Ahora se ausenta de aquellas esperanzas de resonancias que rutilan. A veces la felicidad consiste en apagar la tristeza, pero cuando el agua de la paciencia se agota y la humedad del presente sofoca, no queda más que a-hogarse, es decir, quedar sin hogar, sin lugar… vacío, como el atardecer que tarde atardece.


Matinal península

Volteo a la derecha y miro a través de la ventana. Sobre el muro recién pintado de blanco sobresale la copa de un árbol que le coquetea a la primavera con sus flores naranjas. No es un naranja intenso, no, es una naranja que parece que danza tras el zumbar de los vientos de la mañana. Devuelvo la vista a la sala. Estoy rodeado de personas que se toman muy en serio sus pesadillas, es decir, que ríen de la realidad. De gracia en gracia toman la palabra y alivian con paciencia su experiencia, mientras esperanza reposa en la frágil actualidad.


Soltar

Después de una caminata acompañada por calores y en que la brisa rápida soplaba y los flamboyanes se resistían a desflorar, llegué a aquel café al que hace algunos años le doné unos cuantos libros. Después de pagar un café más cargado de costo que de cafeína, me quedo postrado frente al librero para percatarme de que muchos de mis libros ya no están.

Me siento traicionado ante su ausencia. Pero reparo un momento y más bien me alegro de que esas letras que pensaba que me pertenecían, hoy viajan acompañando otros pasos, otros afectos, pero, sobre todo, otros defectos… como esos que me trajeron de nuevo a este café.


Autoengaño

Los días más felices de mi tristeza los pasé acalorado, soportando los rayos del sol como si fueran designios del destino. Me sentía extrañado por estar finalmente en casa. Me sentía arropado ante la presencia de rostros indecidibles que me enajenaban. Intenté no llorar y fracasé. La soledad, mi cómplice, me hundió en armonías que refrescaban. El naranjo y la palmera siguen de pie, deshojando en el agua de la alberca su sobria sequedad. Voy a esperar, sorbo a sorbo, a que en el café oscilen los deseos de ocurrencias planas. Voy a esperar a que todo pase, a que nada vuelva. Quieto, como una siesta sin sueños.


Tú y yo

Solo soporta la crítica quien es capaz de entender que es una práctica tan creativa como la creación misma; que su mundo, como el del creador, es el de la imaginación. Que sus afirmaciones no son juicios de valor, no deciden entre lo bueno y lo malo, sino que, como las creaciones, son insinuaciones de realidad, de lo posible y lo deseable.

En este mundo compartido de la imaginación, el creador realiza lo imposible como deseable; mientras que el crítico desea lo no realizado como posible. La creación y la crítica no se complementan, pero deben soportarse. La creación y la crítica no se necesitan, pero es justo esta ausencia de necesidad en donde el reconocimiento mutuo es recreación en plena libertad.


Amigo

Manuel no está en la ciudad, pero está en buenas manos. Es un alivio saber que no está con alguien que necesita fingir tanto la sonrisa para ocultar su infelicidad. Es un alivio saber que nadie le embarrara una lágrima en los labios con los dedos como gesto dramático.

Atena, la nueva novia de Manuel, tiene una sonrisa natural; Atena, además, tiene de qué platicar.

Ayer, en una foto de Instagram, los vi sentados en el avión para partir al sur del continente. Le di like tras la certeza de que, con ella, por más que se aleja, Manuel siempre estará en casa.


Información

Las noticias no dan cuenta de lo acontecido. Se limitan a indicar los incidentes de lo que ocurre en la superficie. Cambio de canal y en todos informan lo mismo. La opinión de la gente en las redes es tan divergente que se agota en la irrelevancia. A lo lejos se escucha una turba que provoca un tumulto de sonidos desperdigados. Siento miedo. Apago el televisor, salto de la cama y sin ponerme las pantuflas me asomo por la ventana. Parece que la turba se ha dispersado. La ventana está abierta, así que no pierdo oportunidad para encender un cigarro. El vecino de enfrente, al otro lado de la calle, hace lo mismo, pero él no puede verme.


Tedio

Aquella tarde ya no llovería. De hecho, el sol se atrevía a asomarse por los resquicios del cielo que el gris no alcanzaba a ocupar. Debajo de un árbol, Melina intentaba remangarse los pantalones para seguir caminando sin que se le mojaran. Aquella calle llena de charcos la conduciría al encuentro con su habitual existir.

Alonso ya estaba sentado en el café, leyendo a Pessoa mientras Melina arribaba. Cuando esto sucediera, la besaría en la mejilla y le pediría un café; Melina lo bebería en silencio, sin prisa y dejando que sus miradas se perdieran en cualquier cosa que no fueran los ojos de Alonso. Al terminar, dividirían la cuenta y volverían a casa por la misma calle encharcada, con la única certeza de que aquella tarde ya no llovería.


Tiempo

–No es fácil respirar– de la nada le dijo Paulo a Lupita, –si lo fuera, estaría sujeto a nuestro libre arbitrio, como el pensar.

–Aja– respondió Lupita, esperando más razones para convencerse.

–Pensar es muy sencillo. Hasta yo lo puedo hacer -dijo Paulo, con un tono irónico que Lupita no logró captar.

–Aja…

–Respirar… ¡eso vaya que es complicado! De solo pensarlo, lo cual es sencillo, me sofoco hasta perder el aliento. -exclamó Paulo.

–Aja…

–La memoria es el pensamiento respirando; es fácil recordar.

–Ajá…

–…el olvido, por el contrario, es la respiración pensando; no es fácil olvidar.

–Ajá…


Gerardo Allende Hernández. Capitalino de nacimiento, yucateco por convicción. Docente en la licenciatura de Letras y Literatura Moderna de la Universidad Modelo (Mérida). Miembro del Taller de Escritura Creativa del Centro Estatal de Bellas Artes de Yucatán.

A qué sabe el verano. Phi

por María Fragoso


El verano, pavoroso, se acerca.

Como una diva.

Presumido.

Me estoy derritiendo mientras agacho la cabeza, la gota de sudor cae en el piso y me gustaría que hiciera ruido. No lo hace. El verano llega más fuerte cada vez. Arde por todos lados y no nos damos cuenta.

No, claro que no, cómo darme cuenta que me estoy quemando si todo el tiempo nado en mi jugo.

Lala está de pie, mirándome. Ya está cruzada de brazos. Que no empiece a repiquetear los dedos sobre su brazo, pues hará ruido y el ruido metálico me taladra las sienes. Que no repiquetee. Que no lo haga.

─ ¿Te vas a quedar ahí todo el día?

─No, Lala, no me voy a quedar aquí todo el día.

─Pues anda, vámonos. Y trae a mi bebé.

El bebé tenía la forma genuina de un engendro débil y redondo como lo eran los hijos que nacían hace tantos años. Ahora ya no aparece ninguno.

Lo desconecto, tiene la batería cargada. Lala está impaciente por mostrárselo a sus amigos.

─Allá afuera está todo incendiado. ─le respondo con furia, siempre que me seco una gota con la toalla aparecen dos.

─ ¿Y? ─me responde cínica.

Le miro el rostro. Es el rostro de una mujer bella, con la nariz respingada y los ojos amarillos, la piel tersa de los pómulos. Pero luego miro su barbilla sólida, su cuello de hierro, sus senos imantados. Me da asco.

A ella no le importa que me esté derritiendo. Ella no suda.

Nos subimos a esa cosa enorme que no tiene ruedas, sino que gira en el aire y nos lleva directo a las coordenadas que no conocemos y que ni siquiera tecleamos, pura cosa de palabras intuitivas. No he escrito una frase entera en meses. Ni tampoco he visto el recibo. Lala dice que lo encontró en descuento.

La fiesta es de sus amigos, o los que dice que son sus amigos.

Y como son sus amigos, son como ella. Unos se han quitado media docena de gramos, se ven delgados, otros se han puesto un prop patrocinado, unos más dicen que ya pueden sacar fuego de las manos.

Yo no, resulta que soy alérgico a esos implantes. Y, por lo tanto, me dediqué a buscar la manera de ponerme uno. Busqué hasta volverme bueno en la disciplina, hasta que me trajeron a vivir a la torre, cumbre de la ciudad, lugar de elogio civilizatorio, donde los científicos se regodean en el perfeccionamiento de los cuerpos y no en que la tierra se descuartiza cada vez más. Lala me conoció cuando odiaba lo mainstream, decía que le gustaba lo orgánico.

Por ser tan orgánico llevo la chaqueta empapada.

Voy caminando entre la gente con un vaso de aceite entre las manos. Dicen que el aceite de moras quita la sed. No hablo con nadie y nadie habla conmigo, bien podría ponerme a ver una película dentro de mis ojos mientras pretendo que quiero estar aquí.

Entonces lo encuentro: un resquicio exacto que me satura la frente de una fresca ráfaga de algo que parece gloria. Es un aparatito, viejo, minúsculo, anticuado, que pretende echarme aire en el cuerpo y condensarme el sudor, refrescarme el alma. Aerotermia, le bautizaron hace tiempo. No pienso quitarme de aquí. A los demás no les importa. No sudan.

Lala se me acerca como si estuviera enojada. No me sorprende.

─ ¡Me dijiste que traerías el bebé! ─dijo furibunda.

Yo me reí, me reí con ganas.

La risa se coordina justo a tiempo con la explosión volcánica que lanza por los aires a nuestro pequeño apartamento en la cima de la torre. A tiempo de que los amigos de mi esposa vieran con horror que el monumento idealizado de la civilización se caía a pedacitos. Que la gran torre colapsaba y nadie sospecharía que soy bueno con las máquinas.

La brisa agría y cálida de la bomba me llega a las pestañas. Lala nunca lo podría comprender, a eso sabía el verano.


María Fragoso (Mexicana, 1997) es escritora, ilustradora y gestora cultural. Se licenció en Literatura y Filosofía por la Universidad Iberoamericana Puebla y tiene el máster en Gestión Cultural por la Universidad Politécnica de Valencia. Es docente y promotora de talleres de escritura creativa y artes plásticas en instituciones públicas privadas y proyectos de carácter social, dentro de las que se enlistan El Imperio de libros (España), Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla (México), Ayuda en Acción (España), Editorial Media Vaca (España), entre otras. Dentro de sus libros publicados, tiene el libro de cuentos Puntos Fugaces (Editorial Lunetario, 2015), la novela Las nubes del suelo (Editorial de la 3 norte, 2018) y dentro del álbum ilustrado tiene Aceitunas (Ediciones Carena, 2019). Es ilustradora de diversos textos para niños y jóvenes de diversos escritores mexicanos y también colabora con artículos académicos en la revista Opción del ITAM y la revista Rúbricas de Ibero Puebla, Mood Magazine y Las Furias así como apoyo en la coordinación editorial de la Revista Cardenal. Actualmente está viven Valencia, España, mientras oferta cursos de creación literaria y desarrolla proyectos de carácter cultural.

Colección de «literominutos»

por Manuel Jorge Carreón Perea


A veces pregunto la hora a la primera persona que encuentro en la calle. Algunas, con una agradable paciencia, después de informarme la hora y minutos se despiden de mi con una sonrisa. Otros tantos (aunque son los pocos) se niegan o siguen su camino.

Al llegar a la oficina saludo a todos, pregunto por su noche anterior o por su fin de semana si es lunes. Sin embargo, aún cuando converso con setenta y cinco personas en ese sitio, realmente no hablamos de nada. Somos los mismos siempre y cada vez nos conocemos más. Pasamos de ser desconocidos a compañeros y después a extraños. Como diría de Gaulle “la familiaridad genera desprecio”. También soledad.


Una habitación de tres paredes. Es la estructura menos prática en la que he habitado. Vivir en un triángulo rompe mi percepción sobre las cosas y me sitúa en un conflicto que me persigue casi todo el día.

Al despertar, el horizonte amplio y claro que te proporciona un cuarto con cuatro paredes simplemente no está. En cambio, tengo un panorama que se va acotando poco a poco mientras se va oscureciendo conforme mi vista avanza a su final. Y es ahí en dónde no encuentro el final, dónde siento que todo, aún en su perfecta geometría, está mal.


Una resaca de proporciones homéricas. O biblicas, si es que existe diferencia. De cualquier forma tenía que tomar una ducha, vestirme e ir a ver a Paula. No tardaría en sonar mi teléfono con una llamada de ella. Me reclamaría lo de siempre: que soy un desconsiderado, un impuntual, que por qué hacía planes a determinada hora si no pensaba llegar a tiempo… en fin, lo mismo de siempre pero en un día diferente. Y tenía razón. No había forma de poder contradecirla.

Me levanté y tomé el celular. Me adelantaría a ella. Por primera vez yo sería el de la iniciativa.

Sonó tres veces. Me contestó con su voz melodiosa y dulce.

─Hola… ─

En ese momento colgué el teléfono. Entré en pánico.


La amistad nace de forma imprevista, pero se consolida con pequeñas señales y con gestos súbitos, por ejemplo, un libro.

Hace tres lustros, cuando apenas comenzaba a conocer a H., quien siempre citaba a Foucault en las aulas, supe que tenía la casi totalidad de obras del autor francés en español, faltándole sólo una: Yo Pierre Riviere.

En un paseo por el centro de la ciudad, un vendedor Ambulante de libros tenía precisamente ese libro, pero las pocas monedas que tenía en mi bolsillo eran insuficientes para comprarlo. Sentí una angustia. Tan cerca y tan lejos. Fue en ese momento, por una preocupación súbita, que supe que deseaba el libro no para un compañero, sino para un amigo.


Las mudanzas siempre son aparatosas. Aún cuando tengas pocas cosas, al momento de trasladarlas a otro sitio parecen multiplicarse. Te encuentras con objetos que no recuerdas cómo llegaron a tí.

También son múltiples los motivos para llevar a cabo una mudanza: cambio de trabajo o una ruptura amorosa.

Mientras guardaba mis libros en una caja de cartón, encontré “De brevitate vitae”. Tenía años sin verlo. Pensé que lo había perdido.

─¿Le tienes mucho afecto a ese libro?─ me preguntó Paula con una voz dulce y tranquila.

─Me gusta mucho Séneca─ contesté desanimado.

─No te pregunté eso. Vaya que eres complicado.─

No supe qué decir. Tampoco quería discutir.


Manuel Jorge Carreón Perea. Servidor público y escritor.

Sobre la piel y otra minificción

por Edgar Nuñez Jiménez


Sobre la piel

para Raúl Alejandro Moreno

A veces una ráfaga de estrellas baja volando de mi pecho a mi ombligo y va dejando una estela brillante sobre los rastros, casi invisibles, que ha dejado el vitíligo sobre mi piel.

–No, Raúl, no estás solo –escucho que dicen. Y siento un leve cosquilleo en el brazo, a la altura del codo, en la espalda o en mis piernas y pantorrillas. 

Me remuevo sobre la cama y escucho el silencio de la noche. Desde que todos desaparecieron, sin decir a dónde, me contento con ver las estrellas detrás de las rendijas y escuchar los susurros que se desprenden de las tinturas.

Cuando la luna sube alta y deja caer su brillo sobre los escombros, es cuando me siento menos solo, mis tatuajes se remueven como un latido y danzan alrededor de mi cuerpo como en un caleidoscopio.


Gigantes en la casa

para Gildardo

Veinte hombres vestidos de rojo entraron a tropel a la casa de ladrillos. Mi abuelo los recibió en el patio y les acomodó los espejos de sus frentes.

–¿De dónde vienen, mamá, estos hombres de tierra?

–No tengas miedo, se irán pronto, solo vienen a danzar.

Se sentaron en el suelo a comer sin quitarse los penachos de papel. Enviciaron todos los rincones con su presencia.

–¿Y usted es el chunco, verdad? –preguntó un anciano imperturbable de ojos verdes.

Moví la cabeza en señal de negación.

–Sí, usted es el último, el último de la estirpe.

Mamá al fondo servía pocillos de comida. Padre atizaba los leños.

Los hombres viejos y jóvenes me miraban. Y de pronto sentí frío y vi que sobre la sierra se empujaban las nubes hasta pulverizarse.

–Quizá llueva más tarde, vendrá el norte –dijo uno de los más viejos.

–Sí, puede que llueva –corearon los más jóvenes.

Descansaron sus penachos sobre el suelo. Los espejos que los adornaban emitían destellos.

Comieron, se saciaron hasta el hartazgo, tiraron el trago sobre la piedra e injuriaron a los dioses. Al alba, antes de que la llovizna mojara las calles, me tomaron de la mano y, danzando, me arrastraron hacia afuera.

Mamá y papá no pudieron hacer nada, cerraron las puertas por dentro sin siquiera sollozar.


Edgar Nuñez Jiménez.  Nació en Copainalá, Mezcalapa, Chiapas. Ha aparecido en los libros En-saya. Antología de ensayos universitarios (Universidad Veracruzana, México, 2013), Brevísimos (Ediciones Equinoxio, Argentina, 2019), Esto solo podía pasar en verano (I Concurso Informal de Microcuentos de Verano, España, Tenerife, 2019), Perros (Ediciones Sherezade, Chile) Gatos (Ediciones Sherezade, Chile, 2019), Diversidad(es). Minificciones alternas (El Taller Blanco Ediciones, Colombia, 2020) y en Los excéntricos (Lapicero Rojo Editorial, México, 2020). Textos suyos también aparecen en la Antología Virtual de Minificción Mexicana (México).