DEMASIADO HUMANO

por Rodrigo Díaz Bárcenas


Me gustan las mañanas como la de hoy… el señor Morales se levantó temprano y me preparó algo de comer, es una de las personas más buenas que conozco, y a decir verdad, es la persona más importante en mi vida; posiblemente la única que tolera mi pasado.

Hoy la mañana es muy linda, pero no puedo dejar de pensar, ni un solo instante, en el lugar de donde vengo. Sé que fue hace mucho tiempo y que el señor Morales se ha esforzado mucho intentando que algún día olvide esa vida horrible que alguna vez llevé, pero siento un poco de pena por él –y por mí- porque creo que nunca lo podrá lograr. A veces me comporto muy alegre y trato de mostrar mi gratitud de todas las formas que conozco, pero en el fondo sólo yo sé que el recuerdo sigue ahí… si el viejo Morales pudiera saber que jamás olvidaré lo que pasó, y que pese a sus energías y esfuerzos que deposita en mí con cada detalle, pienso todos los días en mi antigua vida criminal, estoy seguro que lo decepcionaría profundamente. Por eso prefiero no decir nada, de cualquier forma, aunque lo intentara, estoy seguro que nadie me entendería.

Era un sábado por la tarde cuando el suelo de cemento, del patio de aquella casa obscura, se tiñó de rojo; había pedazos de piel y cabello regados por todo el suelo, si cierro mis ojos aún puedo sentir la calidez de su sangre viscosa empapando mi pecho, mi cara, mis piernas. Mi corazón me golpeaba el pecho con mucha fuerza y comencé a temblar tanto que sentí como si me fuera a desplomar en cualquier momento, sentía mi boca pastosa y mi respiración acelerada, la voz me temblaba y el olor de las tripas regadas a mis pies, me provocaba arcadas. Estaba aterrado. Aún recuerdo cada detalle a la perfección, ya casi se ponía el sol cuando me di
cuenta de que había asesinado a mi propio padre. Había tanta sangre… yo jamás había hecho algo parecido, creo que nunca entenderé por qué lo hice. Sin embargo, por algún motivo que hasta ahora no logro descifrar, tampoco había estado nunca tan emocionado y orgulloso como me sentí aquel día. Me sentí fuerte, me sentí mayor, me sentí importante; había matado por primera vez y la hazaña de haber acabado con mi rival, siempre tan poderoso y soberbio, que
ahora yacía inerte frente a mis ojos, me hizo sentir invencible; aun así, mis hermanos me veían con una tristeza y un miedo tan profundo, que jamás lo podré olvidar. De pronto sentí un golpe seco en mi nuca, y lo siguiente que recuerdo es que mi compañero Gilberto me arrastraba por todo el piso, jalándome de los pies.
Hasta ese momento me di cuenta que mis piernas no me respondían desde que acabó la pelea con mi padre. Más tarde, aunque no pude abrir mis ojos debido a las costras y las costuras, alcancé a escuchar – al parecer a un médico- que le decía a Gilberto algo que cambiaría mi vida para siempre: yo jamás volvería a caminar.

Cuando desperté, a la mañana siguiente, detrás de los barrotes de esa fría celda, y sin Gilberto a mi lado, pensé que mi vida había terminado, finalmente me lo merecía, ¿no es cierto? Me resigné a mi suerte en aquella celda solitaria, y justo cuando me dispuse a disfrutar de mi muerte y a sentir el cálido ardor de las heridas en mi maltrecho cuerpo, me informó el guardia que alguien había pagado mi fianza, era libre otra vez. La noticia no me alegró más de lo que me desconcertó; no sabía quién podía ser, yo no tenía a nadie en el mundo a quien le importara mi suerte, y aquel desconocido que me quería sacar de ahí y que interrumpía mi tormento, justo cuando empezaba a saborearlo, me pareció más mi verdugo, que mi salvador.

Ahora que estoy rehaciendo mi vida, y que el señor Morales me ha abierto las puertas de su casa, todo me parece muy extraño… el anciano es muy amable conmigo y ha intentado que me sienta mejor, cura mis heridas y me repite incansablemente que no fue mi culpa, de hecho, creo que no está tan equivocado, finalmente sólo me estaba defendiendo, mi padre había comenzado la pelea. También me han dicho que yo no podía saber que estaba matando a mi propio padre, que me abandonó hace tanto tiempo que sería imposible que me acordara de él. Yo sólo afirmo con la cabeza para que no se angustie por mí, pero la verdad es que en cuanto lo vi por primera vez, antes de que se lanzara sobre mí, lo reconocí al instante y estoy seguro que él tampoco me había olvidado, sin embargo, algo había cambiado en él, ya no era el mismo de antes.

Cuando era pequeño, recuerdo que mi padre solía jugar conmigo cada tarde, salíamos juntos al parque y jugábamos con el balón hasta el anochecer, siempre cuidaba de mí y me daba buenos consejos. De repente un día, al despertar, ya no estaba a mi lado, según me intentó explicar mi madre, lo habían reclutado para una misión muy importante. Me explicó, como pudo, que al lugar a donde lo llevaban, y con la fuerza que mi padre tenía, podríamos ganar mucho dinero y hacer feliz a mucha gente, y aunque tiempo después me enteré que así fue, mi madre y yo nunca vimos un solo peso de aquel trabajo, y estoy seguro que él tampoco lo disfrutó como le habría gustado. En fin, creo que tuve la mala fortuna de heredar su fuerza y coraje, esa misma fuerza que me sirvió para que ese sábado inolvidable pudiera hacer crujir sus potentes, pero viejos huesos, estrellándolos contra la pared hasta que dejó de respirar.

Sé que cometí un error muy grave y que tal vez nunca me perdonen por lo que hice, también sé que soy muy diferente a todos los que viven en esta casa, ellos jamás habrían hecho algo tan atroz como lo que me atormenta cada noche, pero puedo jurar que desde ese día no he vuelto a sonreír y trato de no mover mi cola cuando se acercan a mí, para no molestar. Me queda claro que no merezco ser feliz nunca más y que sólo me queda estar echado en el piso a los pies del viejo Morales, que es quien cuida siempre de mí con una gran sonrisa, y es el único que me alimenta y me lava porque yo no puedo mover mis patas traseras, a partir de mi accidente. Cada día me esfuerzo por demostrarles que no tienen que tenerme miedo, escondo mis grandes y torpes dientes con mucha vergüenza para que vean que ya no los usaré más, que no le haré daño a nadie.

Estoy seguro que las personas no son tan crueles como lo he sido yo, pero… aparte de defenderme de mi padre en una pelea, que por cierto, dejó mucho dinero, no entiendo por qué los demás me tratan con desprecio e indiferencia, ¿será porque no creo en Dios? ¿Será porque no hablo como ellos o porque no comemos lo mismo? Daría lo que fuera por librarme algún día de estas cadenas que no me dejan decirles lo que siento, decirles que muchas de las cosas que creen saber de mí no son ciertas, que no sólo ellos añoran y no sólo ellos pueden cambiar y tratar de ser buenos, yo también aprendo de mis errores y trato de no olvidarlos. En fin… creo que de eso se trata cuando hablan de algo así como la humanización de los animales… ¿o la animalización de las personas? No sé, la verdad nunca he entendido bien la diferencia.


Rodrigo Díaz Bárcenas

Amante del deporte y del mundo de las letras, es licenciado en Sociología por la
Universidad Nacional Autónoma de México y realizó estudios en la Universidad de
Barcelona (UB), en España.

Miembro fundador, editor y colaborador activo de la revista Crisol Acatlán, en la
Universidad Nacional Autónoma de México.

Participó en la investigación, revisión crítica y publicación del libro Richard
Sennett: Cuerpo, trabajo artesanal y crítica del nuevo capitalismo; respecto a la
obra del sociólogo estadounidense.

Actualmente se desempeña como asesor legislativo y docente de ciencias
sociales, artes y humanidades.

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