Aidil

por Misael Rosete

Aidil
tenía  los  ojos  azules y el pelo negro,
usaba un vestido oscuro y sonreía.
Bebía vino en la barra del bar,
decía que me fuera,
que no hablaría conmigo hasta el día siguiente.
Tal vez eran las dos de la mañana,
tal vez las tres.
Hacía frío.
Yo no sentí nada
hasta que Aidil coqueteó con el barman.
Se olvidó de mí en un segundo.
Todo fue rápido y fácil,
parecido al instante en que las gaviotas
se dejan caer sobre las olas del mar.
Ella llevaba en los labios el color de la ausencia,
y con ellos me besó.
A veces la vida es triste,
pero al menos
fue mi dicha haberla tenido:
porque cuando sus labios me besaban,
sentía que entre su aliento,
en realidad se hallaba escondido nuestro amor,
y se movía ausente de todo —igual a un río subterráneo.
Esa noche me dijo
que no quería hablar conmigo hasta el día siguiente.
Pero yo le dije que ya no habría otro día.
Tal vez le agrieté el corazón.
Al menos sí un poco.
Lo supe cuando en sus ojos
vi un dejo de tristeza.
Era como una estrella rota,
como las lunas que se quiebran
al caer sobre las montañas.
Aún recuerdo cómo inició todo:
Yo amaba a Aidil y ella también me amaba.
Así inició todo.
Y una noche estábamos en un bar hablando en español;
ella salió a fumar y otra mujer se acercó a mí:
tenía el pelo rubio y los ojos grises,
me sonreía,
decía que era de San Petesburgo;
luego movía una copa
y preguntaba el nombre mi patria.
Pocos rusos hablan español,
Pocos rusos hablan mexicano.
Un idioma se parece a una exótica melodía,
un idioma se parece a un canto:
más si lo pronuncian los enamorados.
Quizá tenía que haberle dicho
que estaba con Aidil,
pero yo
caí en su sonrisa,
caí en su sonrisa igual que un pequeño gato
cae en los brazos de un extraño.
Platicamos. Hablamos durante un par de minutos,
hasta que escuché la voz de Aidil dirigiéndose al barman.
Volteé de inmediato:
estaba enojada y nerviosa.
Y el barman, al ver lo que sucedía,
se acercó a nosotros —hostil.
Tomó su bolso y la bebida que había sobre la barra,
todo eso lo dejó junto a Aidil.
La mujer de San Petesburgo les sonrió con descaro y se marchó;
se perdió entre las mesas y entre las luces del bar.
Yo quedé solo mirando mi copa en silencio.
Aidil empezó a platicar con el barman.
Pocos minutos después los dos sonreían.
Me acerqué a ellos y pedí un glintwein,
apenas el barman dio media vuelta
ella dijo:
«No quiero hablar contigo hasta mañana».
Lo dijo en ruso y con fuerza.
Por eso respondí que ya no habría otro día.
Lo dije en mi idioma natal mirándola a los ojos.
Ella sonrió —nunca pensé que una sonrisa pudiera ser así de triste.
Pero aquella mujer de San Petesburgo,
me veía por el reflejo de los vidrios, de los cristales cognoscitivos.
Afuera caía nieve y cubría las calles,
cubría los edificios;
hacía que les saliera humo a las personas,
como si se incendiaran por dentro.
Salí a fumar.
Las nubes vagaban sobre la noche como animales.
Sentía que el humo de mi cigarro
salía por mi boca y arrancaba mis palabras,
secaba el amor que, un mes antes, Aidil vertió en mí
cuando caminamos por el Kremlin tomados de la mano.
Entonces abrieron la puerta.
Pensé que era Aidil,
pero hallé a la mujer de San Petesburgo.
Fumamos en distancias diferentes.
Sí.
Pero la noche nos acercó.
Entonces me dijo algo que no alcancé a entender y sonrió.
Se puso un beso en la punta del dedo
y le sopló para que llegara a mí.
Regresé al interior del bar
Aidil seguía platicando con el barman,
sin interrumpirlos,
pagué la cuenta
y yo y la otra mujer nos marchamos tomados de la mano:
después de esa noche,
ella regresó a San Petesburgo —jamás volví a verla.
Pasaron tres semanas.
Una tarde,
sonó el teléfono.
Aidil necesitaba dinero.
Tras colgar
salí a fumar al balcón,
fue curioso haberla escuchado,
porque mientras el fuego tocaba el filtro,
sentí que un río subterráneo volvía a vertirse en mi interior.
Miré hacía arriba —más a allá de los edificios metálicos,
me di cuenta
que las nubes otra vez
empezaban a moverse como animales.
Entonces tomé un abrigo,
caminé al banco y envié el dinero:
Caí en su juego,
caí en su juego igual que un pequeño gato cae
en los brazos de la mujer que ama.
Ha pasado un tiempo,
todavía no he vuelto a verla.
Sin embargo tal vez hoy llame,
tal vez el teléfono suene en este momento.

Misael Rosete. Estudia Literatura rusa en el Instituto de Filología y Periodismo en la Universidad Estatal N.I. Lobachevsky de Nizhny Nóvgorod (UNN). Ha publicado el libro Parétesis y la plaqueta Galería de fragmentos. También ha sido publicado en la página del boletín Capilla Alfonsina, en la Antología de poetas mexicanos contemporáneos de la colección: Poesía visual mexicana: la palabra transfigurada y en algunas revistas electrónicas. Ha hecho presentaciones literarias en Cuba y Rusia; fue invitado a presentar su libro en España.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s