Poesía colombiana actual: Álvaro Marín

A una herida dale alas

Y ya que es obra de tus sueños ama tu herida
a tu propia herida no la niegues, déjala ser,
desnuda su resplandor desde la cima más alta.
A tu herida enséñale a volar, dale alas,
deja que su dolor beba
entre los senos del vacío, la leche de la nada.

Arte

Las palabras huyen de la servidumbre,
la lengua es la turbulencia de la materia insatisfecha.
En el silencio la palabra siembra, y desde su sombra lanza raíces.
Si caminamos sentimos los abismos de la espiral del vacío. Es de los altares
de la resignación de donde huimos.

El arte no es horror al vacío sino al tiempo baldío del animal doméstico, esa
catalepsia de tiempo sepultado.
En la fijeza el aire no resuena, si habla o escribe el satisfecho la poesía huye.
Si es por la exhibición la poesía no califica. La pasarela es el atajo de los caballos
de feria.
La poesía restituye, es materia soluble, huye del tiempo.

Así es el agua, no deja que el polvo levante su imperio. El agua se desplaza,
no en el tiempo, no en el espacio, no entre la dura materia.
Así es el agua, así son los árboles. No es hacia la oscuridad y la muerte hacia
donde descienden los ríos.
No hay muerte, las raíces, el agua y las sombras buscan su luz más íntima.
El vacío, la materia lo arrastra tras de sí.
Cuando la poesía huye deja en el vacío un árbol plantado.

Llama antigua

La vida no se acomoda en este galpón en donde el tiempo
no cumple sus ciclos.
El deseo es placebo. No hay huellas, es un acto de fe estar vivos.
Hay un plano donde las palabras dejan de nombrar, el tiempo se
detiene y el mundo se nombra a sí mismo, y otro, en donde la
indolencia no tiene esperanza ni en la muerte. No hay esperanza
para quien no se rebela.
Aun la muerte tiene esperanza, aunque esta sea el vencer a la vida,
pero los muertos vivos no tienen esperanza. Un muerto vivo es un
silencio vacío, una vasija rota. Un muerto vivo es una obra
abandonada.
La revelación es esta larga contienda entre la vida y la muerte.
En la memoria vegetal existen las talas y los rebrotes. Rebrotar en
los declives de la historia, propiciar el momento de los nacimientos,
aunque llegue primero el desierto con su imagen horizontal de la
muerte.
Un largo duelo es un tiempo sin alas, y los nacimientos no ocurren si
la muerte se baña en oro. Somos nuestros reos, nuestros propios
carceleros, somos la fuerza del abismo que nos lleva de pies y
manos.
Es mejor ser la descendencia desobediente. Esta geografía no nos
vea caminar, muertos entre los vivos. Y, aun así, la vida hace rodar
su espiral de sentidos, aunque nos detengamos en la fijeza, en esa
fisura en la mitad del concierto.
Queda el despojo, los fragmentos que no encuentran su forma. La
vida no puede ser la huida permanente, esa persecución continua de
una sombra. Desviar nuestros pasos de lo oscuro en medio de esta

geografía de herrumbre. Todavía hay espera, aun en los tiempos del
hambre y de la sed, y precisamente por ellas, vivimos la espiral de
los ciclos.

Sobre este poema sobrevuela un Black Hawk

El fuego camina sobre el agua en una travesía a tres mil grados k.
El elemento puede ser el número atómico 22, titanio puro. Se
extrae por un rapto de tetracloruro y por el influjo del carbono. A
esta amalgama se agrega sangre de indio, y así empieza el
descenso del cuchillo sobre el mundo, el metal en la forma de un
halcón.
Black Hawk es un indio del Mississippi, un jefe sauk. Su gente,
dicen, es gente de fuego. Black Hawk ofrece el alimento del
tabaco a los ingleses que los ingleses vuelven humo. Asombrados
los minerales bajo la tierra preguntan si en Europa hay vida antes
de la muerte.
Hoy ya sabemos cómo desintegrar las partes del todo, y vemos
caer una lluvia roja sobre un río insepulto. Otros saben cómo
fundir el nombre de un jefe indio al metal, y saben convertir los
huesos de la cultura en armas de guerra.
Desde el cielo cobrizo desciende el dios de titanio, su rumor seco
entre la selva del Amazonas anuncia el comienzo de un tiempo
oscuro. Este viejo rumor viene de caza desde el antojo de Europa
del siglo XV. Abre las aguas, quiebra la noche y los mares
profundos.
Esta versión del fuego no es una danza ritual, no es el fuego sauk,
es el fuego que camina sobre todos los siglos. Esta es la muerte
mineral, es una prolongada historia clínica con pozos de
hemoglobina.
Este rumor en llamas trae una equis de huesos y un documento
secreto. La tierra se estremece desde las praderas del Norte
hasta la caída en las sombras de las selvas del Sur.
¿Y acaso lo esperado no era un tiempo de luces?
Detrás de los árboles un silencio nos llama, desde la sombra,
desde el oscuro desdoblamiento del dolor.

¿A dónde creen ir los hombres y los animales?
Ya no sabemos qué parte de la oscuridad somos. Dirán que la
selva es un vertedero de sepulcros, un útero verde, un pantano de
ahogados suplicantes, ¿pero a dónde van sin sombras estos
cuerpos?, ¿a dónde van estos fantasmas errantes?
¿Y si no hay muerte? ¿Y si la multitud de árboles y hombres
talados son un mal sueño?
Del Atlántico desciende una noche que no es la noche, y entre
humo y rapé nuestras voces preguntan: “y si no son estas
nuestras palabras, y si no es esta nuestra boca, si no es este
nuestro cuerpo, ¿qué somos entonces?”
Los árboles caídos dicen que estamos muertos. A los árboles
caídos les cortamos la lengua y siguen hablando, los árboles
caídos dicen que somos presencias vacías, aire sin aire, actos de
fe. Y ya nada pueden hacer los pájaros por nosotros.

Esta es la historia de la trasformación del nombre de un indio del
Mississippi en el nombre de un arma de guerra, y del indio mismo
convertido en metal. Ahora sobrevuela el verde del Amazonas.

Esta es la historia del fuego que camina sobre las aguas.
Sobre este poema sobrevuela un Black Hawk.

Agua cenicienta

Agua estancada
muertos que no han muerto aún y yacen en el fondo.
Pequeñas formas detenidas.
Esa mujer, tiene una voz bella, canta y su voz crece,
y su cuerpo de burbujas
es una niña antigua atrapada en un verdín de algas.
O aquel hombre
hubiera sido un patriarca y solo es el rey de sus andrajos.
Y los niños que se suicidan en mitad del juego,
y los perros, y los flacos caballos citadinos.
Agua de olvido, agua cenicienta
con las algas, las anémonas y las muñecas desmembradas
y la voz bella de la mujer que canta
y nos llama desde el fondo del agua estancada.

Carta de un indio de oro a unos reyes de cera en un museo

Señor rey de cera y señora reina de cera:

Los saluda un americano sepultado en el fondo de una vasija de oro
quimbaya. Mis restos que no reposan se encuentran en el Museo de
América de Madrid, mis cenizas llegaron a España a través del mar.

Jineteo el caballo de oro de la luz, traigo como ofrenda la oquedad
profunda de un largo silencio, y vengo a tocar en las puertas de sus
corazones de cera. El relieve de mi casco de tumbaga viene de las manos
de artesanos del fuego. Laminado en el yunque de la noche, labrado
por el agua del río Cauca, mi casco de luz ilumina el camino de descenso
a estos tiempos oscuros.

Traigo de presente el rumor de una multitud de seres que no tienen
cuerpo. Escuchen ustedes el cascabeleo de su marcha danzante,
escuchen la música de la respiración de la tierra.

Por los caminos de América aún pasan los fantasmas delirantes de
Pizarro y Orellana, cubiertos por el musgo del Amazonas. Buscan todavía
ciudades levantadas con las partes desprendidas de un casquete del sol,
confunden el metal con el resplandor del fósforo de nuestros huesos.

Los colonos heredaron el delirio de excavar en las tumbas. Yo era polvo
de la luz en un vientre oval cuando fui raptado de una tumba quimbaya y
traído a España. Y ahora quiero volver a mi cuenco de luz en el Cauca, al
fuego original que no es un tesoro sino mi alma raptada que busca sus
partes dispersas.

Los elementos entonan un canto propiciatorio para que nuestras partes
vuelvan a juntarse, nuestras partes que son llamas en forma de pájaros,
nuestras partes que son cuentas en forma de aerolitos, nuestras partes
que son fragmentos del sol. Llevamos pendientes y narigueras de oro. No
son abalorios, son los elementos protectores del viaje.

Vienen conmigo cabalgando en sus potros oscuros los no nacidos. No
soy yo quien llama, son los no nacidos quienes golpean en las puertas del
inframundo, en las puertas de herrumbre de este museo.

Señor rey de cera y señora reina de cera:

Soy un muerto que atraviesa la puerta del Museo de América. Vengo de
un no lugar perdido entre las chispas de las estrellas, como estas almas
que taladran en la noche.

Las vitrinas de este museo exponen como un tesoro nuestras largas
heridas, nuestros huesos desvencijados. No vengo de lastimero, vengo a
recomponer mis partes, vengo de un largo viaje y voy a una fiesta, llevo
mis pies de fuego y el resplandor de mi máscara.
Y al fin, ¿qué es un fragmento de un casquete del sol exhibido en un
museo? Solo vengo por nuestras vasijas para seguir nuestro largo
camino. ¿Qué puede haber en el Museo de América más que el vacío de
nuestro largo silencio? Solo un puñado de olvido al fondo de una vasija
funeraria. El Dorado no existe, nuestra luz no es un tesoro, son los
vientres de oro de nuestras nodrizas que nos llevan junto a las estrellas.

Vamos de regreso al huevo original, llevamos para el viaje nuestros
huesos forrados en el metal de la luz, alistados para las grandes
contiendas. A las esferas planetarias vamos bajo la tierra, a las estrellas
se llega por caminos desconocidos. Hasta el inframundo llegaron a
buscarnos saqueadores de Europa, buscadores de tesoros. Por este
delirio Nefertiti fue raptada de Egipto y llevada, muerta y prisionera, al
Museo de Berlín. Por este delirio los frisos de Atenas están en Bretaña y
los bronces de oriente se subastan en París, por este delirio nuestro fuego
quimbaya no tiene vida en el Museo de América de Madrid.


Poeta y ensayista. Sus ensayos críticos sobre cultura y literatura se publicaron enEl Magazín del diario El Espectador durante los años 90. Los trabajos periodísticos realizados han sido publicados en el periodismo nacional y latinoamericano y otras publicaciones, entre ellas, Le Monde diplomatique y en medios de circulación local y comunitaria. En el ensayo los principales aportes se han desarrollado en temas relacionados con la cultura latinoamericana y las recientes políticas culturales. En el campo de la comunicación, las investigaciones desarrolladas sobre los procesos comunitarios han sido herramientas de trabajo de organizaciones sociales y comunitarias. Como escritor son varias las publicaciones en libros de poemas, ensayo y crítica: entre ellos La brújula no quiere marcar más el norte, libro de ensayo sobre literatura; Jinete de sombras, libro de poemas. Reconocido con el Premio de la Casa de Poesía Fernando Mejía de Manizales. Otras publicaciones son: Noche líquida, poemas, finalista en el Premio Latinoamericano de Poesía Ciudad de Medellín; Estrategia continental, libro de ensayo sobre cultura latinoamericana y literatura publicado en Caracas. En el género de crónicas fue premiado por el Instituto Distrital de las artes IDARTES. Edita con otros artistas e intelectuales la revista El ojo del cangrejo. Publicado en varias antologías nacionales y latinoamericanas. Coordinó con el Festival Internacional de Poesía de Medellín el Movimiento de Artistas e Intelectuales por la Paz de Colombia, trabajó en la Dirección de Derechos Humanos de la Secretaría de Gobierno durante el gobierno de Colombia Humana en Bogotá. Premio Nacional de Poesía Universidad Industrial de Santander 2016 con el libro Conjeturas sobre la falsa creación del hombre. Publicó en 2018 el libro de ensayos Sobrevuelo a la literatura colombiana. En 2019 publicó el libro de ensayo y poesía Quemaduras. Su última publicación es Informe sobre la desaparición del hombre, una antología personal de su poesía.

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