El país en la arena

por Karsten Ricklefs
traducción al español por Iliana Marx


No hacía mucho que llegaron a ese país. Venían de muy lejos, de un país remoto. Les dijeron que era verano en este país.  A ellos les parecía extraño el verano en ese país, tan distinto del verano en su propio país.

Tuvieron que caminar bastante para llegar al lago, pero mucho menos de lo necesario para llegar a ese país. El camino fue arduo: pedregoso y polvoriento.  Olía a pasto seco y a podredumbre. Podían olerlo, pero no podían verlo.

Sólo se oía el azote, el golpeteo de la piel desgastada de sus chancletas contra las plantas de sus pies, que parecía tapar todos los demás sonidos. El mayor de los dos niños miraba de vez en cuando los pies cubiertos de polvo fino de su hermano menor, atento a que pudiera seguir su ritmo. Sentían las piedras debajo de sus suelas y, a veces, podía verse un leve y sobresaltado grito de dolor en sus rostros, cuando la piedra era demasiado grande, dura o puntiaguda. Evitaban el pasto alto que bordeaba el camino. Les parecía que había demasiadas cosas ocultas allí.

Cuando sus miradas se encontraban, se sonreían mutuamente, como si quisieran ocultar  algo detrás de sus sonrisas. El golpeteo enmudeció, y el más pequeño de los dos niños se detuvo. La cadena que llevaba al cuello temblaba ligeramente. Con cuidado, dejó que se deslizara entre sus dedos. Se la habían dado sus abuelos la noche de su despedida. Ellos tenían demasiada edad para caminar tanto. Su abuelo se la había colocado alrededor del cuello y, después, le había besado, se había inclinado para besarle en la frente, con esa mirada aguada en sus ojos; sintió la larga y áspera barba del abuelo contra su piel.

No vio a su abuela. Tan solo oyó sus leves sollozos detrás de la puerta cerrada. Su padre dijo que su corazón estaba enfermo. Que ella no vendría a verlos, porque si no, enfermaría aún más.

El mayor de los dos niños alzó el brazo y señaló en una dirección. Con la otra mano, acomodó su gorra con visera. Llevaba el emblema de un equipo de fútbol de ese país. Se la habían dado en el refugio el día en que llegaron. Estaba encima del todo en la caja de la cual se podía elegir ropa. Al principio, no se animó a cogerla y esperó pacientemente a que le dieran permiso para hacerlo. Entonces, vino ese hombre gordo que trabajaba allí. Vio sus miradas vacilantes, se rio, cogió la gorra, acarició levemente sus cabellos, y se la puso. A la mañana siguiente, la gorra había dejado esa marca en su frente, y su madre le pasó dulcemente las manos por encima. Ella le acariciaba la frente más que antes, con sus manos suaves y blandas, siempre con la misma mirada vacía. La mirada de su madre le era ajena, y él no sabía si ella le veía. Solo percibía sus manos sobre su piel. Su padre dijo que los ojos de su madre habían visto demasiado durante el viaje. Que estaban cansados y tenían que descansar. Que eso llevaría un tiempo. Después, volvería a reír.

El lago estaba a sus pies, brillante, envuelto por el azul del cielo. Unos niños jugaban a la pelota en el agua; un gran perro peludo arrastraba jadeando a una niña con alas de salvavidas rojo por el agua fría. Ellos oyeron la risa, las risas de los niños, el chapoteo de sus cuerpos en el agua, el grito asustado y alegre de la niña cuando el perro se soltó, y vieron a los adultos, con sus cuerpos pálidos de color lechoso, perezosos, tendidos inmóviles como cocodrilos satisfechos al sol.

Pasearon sus miradas por los lugares ocupados en la arena, hasta descubrir esa pequeña mancha blanca, que todavía parecía estar intacta. Lentamente, volvieron a ponerse en marcha, y el golpeteo sonaba más leve, y la distancia entre los golpes parecía mayor.

Alguien montó una parrilla, y una niña pequeña trataba de abrir un paquete con globos, hasta que su hermano mayor se acercó y le ayudó pacientemente. Olía a madera quemada y a carne sangrienta. Se oía música. Sonaba extraña. No entendían lo que decía la voz que cantaba. Un niño pequeño y pelirrojo movía sus caderas al ritmo de la música. Una mujer se acercó, le tomó de las manos y empezaron a bailar juntos. Un chorro de agua salió disparado desde unas aperturas color amarillo limón y dio contra los cuerpos recalentados de las niñas, que chillaban de alegría, corrían a la orilla, metían sus pies en el agua y los levantaban como palas, para salpicar a los varones con sus pistolas de agua, quienes dejaron sus armas para saltar de cabeza al mar con gritos de alboroto.

El golpeteo había enmudecido. Ellos estaban de pie, inmóviles en la arena blanca y aún intacta.

—¿Crees que haya minas aquí? — preguntó el niño pequeño, dirigiendo la mirada a sus pies.

—No, aquí solo hay globos —respondió su hermano mayor, mientras señalaba los globos coloridos que ascendían al cielo azul; luego se alejó sin decir más nada, tomó la manta de su país, la extendió y se sentó. En la manta se veía un paisaje montañoso bordado. Algunos hilos se habían desprendido de su tejido. Pronto ya no existiría más, la manta con el paisaje montañoso. Muchas veces habían estado sentados en esa manta, de picnic en el pequeño parque de su país. El parque ya no existía. Los árboles habían caído, enterrados por los escombros de las casas. Una vez, durante un picnic, el abuelo había dejado caer sobre la manta algunas cenizas de su cigarrillo. Todavía estaba la mancha del quemado. Habían llevado la mancha consigo, a ese país. El olor a su país de la manta se había evaporado. No podían llevarlo consigo, el olor. En ese momento, la manta olía diferente, olía al nuevo país, y ya no al tabaco frío de su abuelo.

—¿Sabes dónde se encuentra nuestro país? — preguntó a su hermano mayor.

Este guardó silencio y señaló los globos en el cielo azul. Solo podían reconocerse sus entornos, sus colores habían empalidecido. Las miradas de su hermano menor parecían volar y perderse con ellos.

—¿Crees que logren llegar a nuestro país?— le preguntó a su hermano mayor.

—¡Sí, claro, lo lograrán!

—¿Y volarán por encima de la casa de ellos?

—Ellos no los verán, será de noche en el cielo de nuestro país, y cuando se haga de día, ya la habrán sobrevolado—.

El cielo azul estaba vacío. Él miró al cielo azul vacío y no se percató de que su hermano mayor había desaparecido en el lago.

El agua del lago se desprendía de su piel y dejaba pequeños charcos sobre la manta.

Estaba tendido boca abajo, sus dedos mojados jugaban con una brizna de hierba seca quebrada, hasta que, de pronto, se incorporó y dijo:

—Seré ingeniero, construiré puentes encima de ríos, mares y fronteras. ¿Y tú? ¿Qué quieres ser de grande?

Su hermano menor no respondió, se puso de pie, cogió un palo pequeño, se arrodilló y recorrió la arena con él, como si quisiera dibujar algo, hasta que se detuvo, se incorporó y, con el palo en la mano, señaló el entorno dibujado de su superficie y, susurró:

—¡Nuestro país!

Su hermano mayor alzó la vista brevemente, se apartó, volvió a tenderse boca abajo, y hundió la cabeza entre sus brazos. Sus pies jugaban en la arena blanca y caliente. Unos copos mojados, que por su color se asemejaban a trozos de lava gris fría, se habían formado en los arcos blandos de las plantas de sus pies.

Su hermano menor permaneció allí durante mucho tiempo, delante de su país, con el palo en la mano, mudo, sin moverse. Con cuidado, hundió el dedo en su país, no profundamente, sino que con la profundidad necesaria para tocar la superficie de los granos finos de arena blanca. Sus labios pronunciaban nombres en silencio, mientras conducía su dedo suavemente por la arena de su país, hasta detenerse. Sonrió al cielo azul en su país, cogió su cadena y dejó que se deslizara lentamente entre sus dedos cubiertos de arena. Al mismo tiempo, murmuraba en voz baja palabras, como si cantara, como si cantara la canción de cuna, la canción de cuna de su abuela en su país.

El cielo parecía querer atraer el mar brillante a su cueva negra. Los pies del niño mayor se frotaban entre sí, los copos mojados se desprendían de sus bóvedas blandas, y sus manos tanteaban hacia adelante buscando, en vano, la última arena caliente. Su hermano menor dio un paso hacia adelante, dudó y, luego, temblando, puso un pie dentro de su país dibujado. Solo su dedo pequeño sobresalía un poco por encima de la frontera de su país.

El niño mayor se incorporó, reflexionó un instante, y luego se dirigió lentamente hacia donde estaba su hermano menor, colocó la manta alrededor de su cuerpo tembloroso, miró hacia abajo, y puso su pie junto al de su hermano menor. Al hacerlo, ambos dedos gordos del pie se tocaron, en su país, que lentamente comenzaba a desaparecer bajo la lluvia, y abrazó a su hermano pequeño, le sostuvo en este país, y sus ojos se convirtieron en mares, en mares en este país, cuyas aguas se desbordaron, y le susurró al oído:

—Ven, vamos a casa—. Le tomó de la mano y su hermano menor dirigió por última vez la mirada a su país, para luego apartarse y dejar que su cadena se deslizara entre sus dedos cubiertos de arena.


LAND IM SAND

Sie waren noch nicht lange in diesem Land. Sie kamen von weit her, aus einem fernen Land. Sie sagten, es sei Sommer in diesem Land. Er erschien ihnen fremd, der Sommer, in diesem Land, so ganz anders, als der Sommer in ihrem Land.

Viele Schritte mussten sie gehen, um an den See zu gelangen, aber viel weniger als die, die sie zurücklegten, um in dieses Land zu gelangen. Der Weg war staubig und steinig. Es roch nach trockenem Gras und Fäulnis. Sie konnten ihn riechen, aber nicht sehen.

Nur das Klatschen war zu hören, das Schlagen der zerschlissenen Haut ihrer Flip- Flops gegen ihre Fußsohlen, das jegliches andere Geräusch zu verschlucken schien. Der größere der beiden Jungen blickte manchmal auf die von feinem Staub bedeckten Füße seines kleinen Bruders, darauf bedacht, dass sie mit seinen Schritt hielten. Sie spürten die Steine unter ihren Sohlen, und manchmal ließ sich ein leises erschrockenes Aufschreien des Schmerzes in ihren Gesichtern erkennen, wenn der Stein besonders groß oder hart oder spitz war. Sie mieden das üppige Gras, das den Weg umsäumte. Zu viel erschien ihnen darin verborgen.

Wenn sich ihre Blicke trafen, lächelten sie sich an, als wollten sie etwas unter ihrem Lächeln verbergen. Das Klatschen verstummte, und der kleinere der beiden Jungen blieb stehen. Die Kette, die er um den Hals trug, zitterte leicht. Behutsam ließ er sie durch seine Finger gleiten. Er hatte sie am Abend des Abschieds von den Großeltern bekommen. Sie waren zu alt, um diese vielen Schritte zu gehen. Sein Großvater hatte sie ihm um den Hals gelegt, und dann hatte er ihn geküsst, hatte sich zu ihm hinuntergebeugt, mit diesem wässrigen Blick in seinen Augen, und ihm auf die Stirn geküsst, und er hatte dabei seinen langen kratzigen Bart auf seiner Haut gespürt. Seine Großmutter hatte er nicht gesehen. Nur ihr leises Schluchzen hatte er hinter der geschlossenen Tür gehört. Sein Vater sagte, ihr Herz sei krank. Sie zeigte sich nicht, weil es dann noch kränker würde.

Der größere der beiden Jungen hob den Arm und deutete in eine Richtung. Mit der anderen Hand rückte er seine Schirmmütze zurecht. Sie zeigte das Emblem einer Fußballmannschaft aus diesem Land. An dem Tag, als sie in dieses Land kamen, hatte er sie in der Unterkunft bekommen. Sie lag ganz oben in der Kiste, aus der sie sich Kleidung aussuchen durften. Anfangs traute er sich nicht, sie sich zu nehmen und wartete geduldig auf Erlaubnis. Dann kam dieser dicke Mann, der dort arbeitete. Er sah seine zögernden Blicke, lachte, nahm die Mütze, strich ihm flüchtig  durchs Haar, und setzte sie ihm auf. Am nächsten Morgen hatte sie diesen Streifen auf seiner Stirn hinterlassen, und seine Mutter ließ ihre Hände zärtlich darüber fahren. Sie strich ihm jetzt öfter über die Stirn, mit ihren sanften weichen Händen, immer mit diesem gleichen leeren Blick. Er war ihm fremd, der Blick, seiner Mutter, und er wusste nicht, ob sie ihn sah. Nur ihre Hände auf seiner Haut konnte er spüren. Sein Vater sagte, ihre Augen hätten auf ihrer Reise zu viel gesehen. Sie seien müde und müssten sich ausruhen. Es würde etwas Zeit brauchen. Dann würden sie wieder lachen.

Der See lag vor ihnen, glitzernd, vom Blau des Himmels umhüllt. Da waren die Jungen, die Wasserball spielten, der große struppige Hund, der ein kleines Mädchen mit roten Schwimmflügeln hechelnd durch das kühle Nass zog. Sie hörten das Lachen, das Lachen der Jungen, das Aufklatschen ihrer Körper im Wasser, und das erschrocken freudige Aufschreien des Mädchens, als sich der Hund von ihr löste, und sie sahen die großen Menschen mit der milchigen Farbe auf ihren blassen Körpern, die wie satte Krokodile träge in der Sonne lagen und sich nicht regten.

Ihre Blicke schweiften über ihre Quartiere bis sie diesen kleinen weißen Fleck am Strand fanden, der noch unberührt zu sein schien. Langsam setzten sie sich wieder in Bewegung, und das Klatschen schien jetzt leiser, und der Abstand der  Schläge größer zu werden.

Ein Grill wurde aufgestellt, und ein kleines Mädchen nestelte an einer Verpackung von Luftballons bis ihr großer Bruder kam und ihr geduldig half. Es roch nach verbranntem Holz und nach blutigem Fleisch. Musik ertönte. Sie klang fremd. Sie verstanden sie nicht, die Stimme, die sang. Ein kleiner rothaariger Junge bewegte seine Hüften zu der Musik im Takt. Eine Frau kam, nahm seine Hände, und sie begannen miteinander zu tanzen. Wasser schoss im Strahl aus zitronengelben Mündungen und traf auf die erhitzten Körper der Mädchen, die vor Freude jauchzten, zum Ufer rannten, ihre Füße in das Wasser tauchten und sie wie Schaufeln anhoben, um die Jungen mit den Wasserpistolen zu bespritzen, die ihre Waffen niederlegten, um dann kopfüber mit ausgelassenem Geschrei in den See zu springen.

Das Klatschen der Schläge war verstummt. Regungslos standen sie in dem weißen noch unberührten Sand.

„Glaubst du, dass es hier Minen gibt“? fragte der kleine Junge, den Blick auf ihre Füße gerichtet.

„Nein, es gibt hier nur Luftballons“ erwiderte sein großer Bruder und zeigte dabei auf die bunten Ballons, die in den blauen Himmel stiegen, wendete sich langsam wortlos ab, nahm die Decke aus ihrem Land, breitete sie aus und setzte sich. Eine gestickte Berglandschaft war auf der Decke zu sehen. Einzelne feine Fäden hatten sich aus ihrem Gewebe gelöst. Es würde sie bald nicht mehr geben, die Decke, mit der Berglandschaft. Sie hatten oft auf dieser Decke gesessen und Picknick gemacht, in dem kleinen Park, in ihrem Land. Den Park gab es nicht mehr. Die Bäume waren gefallen, begraben von den Trümmern ihrer Häuser. Einmal während des Picknicks hatte ihr Großvater etwas Glut seiner Zigarette auf die Decke fallen lassen. Den Brandfleck gab es noch. Sie hatten ihn mitgenommen, den Fleck, in dieses Land. Der Geruch der Decke nach ihrem Land hatte sich gelöst. Sie konnten ihn nicht mitnehmen, den Geruch. Die Decke roch jetzt anders, sie roch jetzt nach diesem Land, und sie roch auch nicht mehr nach dem kalten Tabak ihres Großvaters.

„Weißt du, wo unser Land liegt“?  fragte er seinen großen Bruder.

Dieser schwieg und deutete auf die Ballons im blauen Himmel. Nur ihre Umrisse ließen sich noch erkennen, ihre Farben waren verblasst. Die Blicke seines kleinen Bruders schienen mit ihnen zu fliegen und sich in ihnen zu verlieren.

„Glaubst du, sie schaffen es in unser Land“?  fragte er seinen großen Bruder.

„Ja, sie werden es schaffen!“

„Und werden sie über ihr Haus fliegen?“

„Sie werden sie nicht sehen, es wird Nacht sein, in dem Himmel unseres Landes, und wenn der Tag naht, werden sie es bereits überflogen haben.“

Der blaue Himmel war leer. Er blickte in den leeren blauen Himmel und bemerkte nicht, wie sein großer Bruder im See verschwand.

Das Wasser des Sees pellte von seinem  Körper ab und hinterließ kleine Pfützen auf der Decke. Er lag auf dem Bauch, seine nassen Finger zupften an einem vertrockneten abgebrochenen Grashalm bis er sich plötzlich mit einem Ruck aufrichtete und sagte:

„Ich werde Ingenieur, werde Brücken bauen, über Flüsse, Meere und Grenzen. Und du? Was willst du werden?“

Sein kleiner Bruder antwortete nicht, erhob sich, griff nach einem kleinen Stock, kniete sich nieder und ließ ihn, als wollte er etwas zeichnen, durch den Sand fahren bis er innehielt, sich aufrichtete, mit dem Stock in der Hand auf den gemalten Umriss seiner Fläche zeigte und flüsterte:

 „Unser Land!“

Sein großer Bruder sah kurz auf, wendete sich ab, legte sich wieder auf den Bauch, und vergrub seinen Kopf in seine Arme. Seine Füße spielten im warmen weißen Sand. Nasse Flocken, die in der Farbe erkalteten grauen Lavabrocken glichen, hatten sich in den weichen Gewölben seiner Fußsohlen gebildet.

 Lange verharrte dort sein kleiner Bruder, vor seinem Land, mit dem Stock in der Hand, stumm, ohne sich zu rühren. Behutsam tauchte er seinen Finger in sein Land, nicht tief, nur so tief, dass er gerade die feinkörnige Oberfläche des weißen Sandes berührte. Seine Lippen formten lautlos Namen, während er seinen Finger sanft durch den Sand seines Landes führte, bis er hielt. Er lächelte in den blauen Himmel, in ihr Land, nahm seine Kette und ließ sie langsam durch seine sandigen Finger gleiten. Dabei murmelte er leise Worte, so, als würde er singen, als würde er das Wiegenlied, sein Wiegenlied seiner Großmutter in ihr Land singen.

Der Himmel schien den glitzernden See in seine schwarze Höhle ziehen zu wollen. Die Füße des großen Jungen rieben sich aneinander, die nassen Flocken lösten sich aus ihren weichen Gewölben, und seine Hände tasteten sich vor und suchten vergeblich nach letzten warmen Sand. Sein kleiner Bruder trat einen Schritt vor, zögerte und setzte dann zitternd seinen Fuß in sein gemaltes Land. Nur sein kleiner Zeh ragte ein wenig über die Grenze seines Landes hinaus.

Der große Junge erhob sich, hielt inne, ging langsam auf seinen kleinen Bruder zu, legte ihm die Decke um seinen bebenden Körper, blickte zu Boden, und setzte seinen Fuß zu dem seines kleinen Bruders. Ganz leicht berührten sich ihre beiden großen Zehen dabei, in ihrem Land, das sich langsam im Regen aufzulösen begann, und er schloss seinen kleinen Bruder in seine Arme, hielt ihn in diesem Land, und ihre Augen wurden zu Seen, zu Seen in diesem Land, deren Wasser über die Ufer trat, und flüsterte ihm in sein Ohr:

„Komm, wir gehen nach Hause“,  nahm ihn bei der Hand und sein kleiner Bruder blickte noch ein letztes Mal auf ihr Land, in ihr Land, wendete sich dann ab, und ließ seine Kette durch seine sandigen Finger gleiten.


Karsten Ricklefs, nació en Oldenburg, Alemania, y vive en Hamburgo. Escribe relatos cortos y una novela que todavía no ha terminado. Trabajó como voluntario en Mexico en un albergue para personas migrantes sin documentos y viajó por Centroamerica hasta Colombia hasta que regresó a su país, donde hoy trabaja como enfermero. Este relato trata de migracion en Alemania, no de migracion en Mexico como en el relato que publicó en Cardenal el año pasado, por el que ganó un premio literario. Contacto: karstenricklefs@web.de

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