Herejía
Siempre que desfilas
enfrente de esta casa
los perros corren
a prender pólvora
del portón
de mis ojos.
Pero esta noche volvieron de tu encuentro,
despavoridos,
a gritarme que una Ciudad de Bronce
despellejó tu rostro.
Que las hormigas dejaron de embriagarse
con la leche rosa que derraman tus senos.
Que hay en tu lengua una playa vacía
que le enseña cadáveres de peces al sol.
Y que el claro que escondían tus piernas
ahora es un campo de cruces erguidas.
Yo maté a los perros por herejes
Yo arrastré sus huesos hasta tu cuerpo
-aquel templo
donde solo se entra
y se sale
de rodillas-
Yo ofrecí los perros a los dioses
Pero no quedaba ni una sola vela
ni un solo dios.
***
No,
no me desates de la noche
ni cargues
con mis sobras
en tus senos
hasta el monte
donde se nos reveló
alguna vez el fuego.
No me veles
No me ampares
No recojas nuestros huesos:
Incendiaría de nuevo
la casa sobre el páramo,
solo para bajar al mundo
con la piel en llamas
a perseguir serpientes con los labios.
Te lo digo
que no me talles.
Con las uñas.
En tus muros.
Que levantaré altares
sobre la arena
para fumarme
el incienso
de otros dioses.
Que empuñaré jeroglíficos
en nuestra contra te lo digo.
Que me escupas
este pájaro
te lo digo
Que descosas
el horizonte
te lo digo
te lo pido
te lo ruego
Porque cuando baje hasta al Hades
a recoger la última llama
invocaré tu nombre solamente
y como Aquiles
te suplicaré a los ojos
que enciendas
nuevamente
nuestra sangre.
Ojos
Ese día
solo quedaba
secarnos
las lágrimas
Con la misma
navaja
que usamos
para vaciarnos
las cuencas
de los ojos.

Josué Arce (San José, 2004).
Cursa el bachillerato en Filología Española y el bachillerato en Filosofía, ambos en la Universidad de Costa Rica (UCR). Forma parte de la muestra “ Siete poetas de Costa Rica” publicada en la revista Círculo de Poesía.
