Poesía mexicana actual: Manuel Parra Aguilar

AMIGOS 
de por allí y de todos lados,
sabrán: Yo nunca he escrito poemas.
¿Por qué he de escribirlos?
Los poemas sólo se escriben de
joven, como era mi padre y la sal.
Dirán: PUEDES HACERLO, pero
yo nunca he escrito un poema.
Sólo he dicho palabras que saben
a aceite y todas ahogadas huyen
de mi garganta hacia otra parte.
Consistiría en decir lo mismo que
otros dijeron ya, con igual acento,
con la misma voz o no, después
de todo da igual: siempre es lo mismo,
lo he dicho. Yo nunca he escrito un
poema, no podría hacerlo. Yo sólo
hablo y hablo entonces de mi padre.
Sabrán que mi padre y yo atravesamos
esta misma calle en otro momento.
Mi padre vuelve a ser joven, yo vuelvo
a ser niño. La playa es la misma:
se equivoca en todas sus olas. Aún
en mis sueños puedo ver el mar perfumado
de colores cuya mitad descansa
en mi costado, puedo ver al mundo
que se enrosca como una caracola,
cómo se desvisten sin herir cada una
de las personas mayores, cada veraneante
en la arena difusa. ¿A dónde
la arena que grita mi nombre desparramado,
la arena que grita y tiembla?
Amigos: un minúsculo filo de agua
se desliza entre la espuma y yo hablo
de lo que dicen mis sentidos en
esta calle con barreras. (Estas palabras
me pertenecen como podrían pertenecer
a cualquier otro.) Alguna vez mis
ojos recorrieron esta calle cuando un
hombre volvía de frente y a sí mismo.
¿Por qué no hablar de aquel hombre
que en su momento me llamó montado
desde su bicicleta? Aquel hombre era
Abelardo. Más allá de ese hombre se
encontraba el mar y la tarde. Abelardo
fue carpintero. Sé que fue carpintero
(alguna vez escuché fluir cada clavo en
la madera salobre de su cuerpo). Todos
los días a esta hora se paseaba Abelardo
en bicicleta. Sin darme cuenta todo
se ha ido. Pienso en Abelardo mirar su reloj
como pienso en mi padre con el mar en sus
rodillas. Vengo a escucharlos, vengo a darles forma
con mis manos. En esto hay tanta verdad
que creo olvidarme de otras cosas más importantes
para decirles. Amigos: en sueños he sido
todos los hombres y mis amigas distintas
mujeres, pero cada una con su rostro disuelto
en el agua, cada uno con distintas manos y
rodillas distintas, como mi padre, como mis
deseos, como un pan redondo y amarillo.
Amigos de por allí, ¿sienten cómo las olas
nos hablan del tesoro que ocultan? En ellas
hay sombras que mojan mi cuerpo, escamas,
barcos y piedras. Luego en mis sueños
tengo barba, una barba como la de Abelardo,
un cuerpo azul, tartamudo, peces y naranjas
en mis manos. Lo sé porque puedo sentirlas.
¿Por qué no hablar de Abelardo, de sus ojos
como yo los quería? Mi padre también fue
carpintero y fumador de marihuana. Mi padre
paseaba en bicicleta. Amigos de todos lados:
comparo mis palabras de un solo pie con
mi cuerpo que se resiste a mis brazos y
pienso en las personas mayores (imagino
al mar en cubos que no terminan en esta
orilla sino en otra orilla de rumbo incierto)
y pienso en el goce de todos ustedes.
Pienso en el escote que lucen mis amigas.
Pienso en Abelardo estarse quieto, tallar
unos ojos sobre mi rostro, y pienso en
mi padre cuando leía poemas; algunos
hablaban del amor infantil por Casandra Salviati,
otros de la muerte de María Dupín, la bella, y sé que
yo nunca he leído un poema como los que
leía mi padre en voz alta. Amigos de por allí
y de todos lados: mi padre sabía el verdadero
nombre de todas las cosas: el color de las ventanas
en verano, la puerta imaginaria del mar sonoro
y blanco, la mitad del 2 sin disecar en la rada,
la fábula del camarón, la carpa, los vestidos huecos,
el múltiple antojo de las muchachas prohibidas,
la balada de la casada infiel. ¿Quién mejor que
mi padre para escribir un poema, para entonar
la canción del mar y enumerar las olas? ¿Por qué
no pensar en mi padre como si hubiera sido un
buen hombre al final del mundo? Amigos:
se cierra el silencio como una enorme ventana.
Las muchachas ríen al verme sin ojos. Ellas
huelen a sal marina. Yo les ofrezco helado de
naranja y collares de conchas. A veces les escribo
algunas cosas, poemas les llaman ellas
bajo la arena, aunque en verdad no sepan
lo que eso significa.
USTEDES,
muchachas, que vienen
de la Ciudad del Sol a morir en un
punto que aún no logro entender y
permanecen en la playa, en la espuma,
en las rocas acuosas, jóvenes y tristes
a un mismo tiempo, ocultas para siempre
de mis ojos, peligrosas muchachas
con sus cuchillos de agua, libres ustedes
en el juego de los bañistas y sus niños,
en el tiempo de la fruta que madura
con su íntimo secreto en movimiento,
en el tiempo feliz de la pelota y los cigarros;
ustedes, muchachas, para quienes el
amor tiene un nombre distinto cada día,
he guardado algunos secretos de los hombres.
Yo, que en algún momento alcé mi
rostro hacia los montes, ahora hacia la
playa, yo, que en algún momento mordí la
caña de azúcar, las uvas, las frutas, no inventé
nunca la vida, no probé nunca la teta,
no comí nunca el pan, no ideé la casa de
mis mayores en medio del océano, ni las ventanas
que dan hacia la calle, las puertas, la
mesa, el candelero, el aceite, los guantes
corrosivos, muchachas; por temor a equivocarme
en decir lo que decía, no ignoré el
cáñamo, el plomo, los anzuelos, la sangre
viscosa de los peces, sin duda por temor a
equivocarme, por temor a la promesa. Ustedes
no sabrán de los navíos que se pierden, no
sabrán de la blusa con jabón que agoniza
en el tendedero, no sabrán de las tortugas,
sus manecitas, el resultado de estar a
la deriva. Y ya, intactas para siempre
de mis manos, muchachas, sólo he escrito
para ustedes algunas cosas duras
como un sueño desde el museo de mis
ojos. Toqué una vez la luz, muchachas,
y se pintaron de pronto las naranjas en mis
manos. Después, todo se ocultó, confuso, en
mi interior. Muchachas: inclino mi cabeza
y oigo la gran muralla, la gran invención de
sus carcajadas girar como una rueda vertical
en su caída. Y creo adivinar sus aromas
entre todo lo moderno. El sol, el ardiente
verano golpea nuestras cabezas y ustedes,
muchachas, jóvenes y tristes a un mismo
tiempo, en ese ir de casa en casa,
aprenden a morirse aprendiendo nuevas
reglas, a morirse al aire libre cuando los
ojos más indignos saben mirarlas, cuando
los ojos más indignos duermen en el plato
donde las hormigas devoran un cascaron
de huevo. Y así, no pasa nada. Quiero decir
que no pasa nada, muchachas. Quiero decir:
BIENVENIDAS y mis manos se llenan de remiendos
y no tengo ni asombro y no sé cómo
disimular este entusiasmo que me queda
para compartirles, muchachas, esta amantísima
palabra. Muchachas, como ustedes, los pulpos
suben por mi frente y bajan en la playa a
morir en los cristales con roca. Por la calle pasan vendedores
de corales, pasan vendedores de
erizos diminutos y tiernos, pasan ciclistas
que raras veces me saludan, que a veces
dicen: SI AL MENOS FUERA HERMOSO…
y sueltan el AH de la sorpresa. Mas todo
es océano alrededor de la tierra, alrededor
de la tierra todo es océano, alrededor
de la tierra el mundo es un lugar más
cómodo. Muchachas, que en mi memoria
llevan en su espalda un fácil yugo y ligera
carga, llevan corales, conchas, arena bajo
las uñas, una risa interminable ¿cuántas
palmeras para su alivio habrán visto
sin ningún resultado? ¿Cuántas huellas
ancladas en la arena? ¿Cuántas sonrisas
faltan, muchachas? Muchachas,
a veces recuerdo el futuro donde yo
sólo sé si estuve, estoy o estaré empapado
y vulnerable como una fotografía.
Muchachas, a través de una ventana
miré una tarde a una viejecita. Ella me llamaba
por mi nombre y yo sin saber quién
era. Decía mi edad y yo sin saber quién
era. Una viejecita arriba de un coche
mientras comía bacalao y espantaba
las moscas con su mano izquierda.
La viejecita silbaba una tonada
con la gracia infantil de los corales
que ella vendía. Llevaba una cabeza
de gallina sobre un plato que dejó
de pronto en el suelo. Después cogió una
piedra con intención de cargarse los cristales.
Y luego se fue riendo, muchachas,
allá lejos, detrás de la rambla,
donde gime la ciudad-vida,
cuyos brazos siempre nuevos
las esperan.




UNOS OJILLOS que tiritan al tropezar con los
escombros del día y de la noche,
atisban la neblina que no está. Avanzan ojos y quien
está pegado a ellos.
Casas laterales, edificios en construcción antigua,
calles, plazas, bodegas, almacenes de empacadoras
apenas se adivinan a tientas.

Bajo la arena las ostras, plantas marinas,
desechos que arrojó hacia fuera el mar,
lejos del roce de la mano que los busca y no los
encuentra.

Pies rojos, quien es llevado por ellos camina de manera
idiota cuando se sabe lejos del muelle.

Un
viento rancio de olor a tripas de pescado, de excremento
y vómitos de borrachos se estrella contra su cuerpo
picado por oscuros tábanos.

El sol deja su ropaje entre las olas,
el día marca su territorio, la caleta esconde entre la
espuma su nostalgia que es de mar adentro.

¿Quién la empujará de nuevo hacia el bajo relieve?
¿Quién le arrancará las lapas?

Alguien ha dado muerte con una piedra a un albatros
y entre los curiosos hay un depravado que le pica el
culo con una vara.

El litoral se inunda de jóvenes que harán el amor allá
entre las rocas.

Los distribuidores de marihuana toman precaución pero
no sueltan sus bicicletas,
acomodan las piernas y otean hacia la torre del vigía.

Nadie hace falta.

Al regresar del café de marcado los más viejos
descansan en las bancas.

Una boca que babea y gime y escupe y vuelve a babear
dice no sé qué que causa gracia a los borrachos.
Hay quienes fueron a pescar y aún no regresan,
borraron sus huellas en el agua,
dejaron el recuerdo atolondrado.

Frente a la tienda de ultramarinos un par de muchachas
ríen cuando el cartógrafo dibuja oleajes en sus manos.

¿Dónde estará la vida?
¿Dónde estará el paisaje?

Pangas que desclavaron rutas, plantas coronadas de sal,
cólera que se presenta con diarreas.

En la Plaza de Armas
el muchacho comehuevos de tortuga se manifiesta con
un altavoz.
Todo es contexto hidráulico. Todo se nombra cuando se
toca.

Unas
rodillas sobre la arena se levantan y vuelven a buscar,
se adolecen de la caída cuando raspa el viento.

¿Quién pondrá en su sitio lo que trabajosamente se
construyó?
Vasos de celofán, latas de lámina, otras de aluminio,
colas de cigarro, el humo, la tos, botellas de refresco,
encabritadas bolsas allende la ribera.

Donde se curva el agua alguien ha dejado encendida la
radio sin darse cuenta.
Desde los barrios aledaños se oye atizar la leña.

El tartamudeo de una motocicleta acuática se pierde al
llegar a este verso. Unas blancas comisuras de labios
también avanzan,
un balbuceo más y ya no están.


* Los tres textos forman parte del libro Portuaria.

Manuel Parra Aguilar. Hermosillo, Sonora, 1982.

Maestro en Estudios de Arte y Literatura por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Ha ganado el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines; los Juegos Florales Iberoamericanos Ciudad del Carmen; el Premio Nacional de Cuento Breve de la revista Punto de Partida, UNAM; el XV Premio Nacional de Poesía Amado Nervo; el XII Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal; el Premio Internacional de Poesía Oliverio Girondo, organizado por la Sociedad Argentina de Escritores, SADE, entre otros. Libros de poemas Permanencias, Breves, Portuaria, Pertenencias, Manual del mecánico, En el estudio, Más le valiera morir.

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