Poesía costarricense: Walter Torres

Algo que enterrar (segunda elegía)


Me alegra saber que mamá
aún guarda mis dientes de leche.

Si mañana no vuelvo a casa,
bastará con escarbar
al fondo del armario
para tener de vuelta un cofre
con los huesos de su niño.


Lanza de Longino
(o Monólogo de un hombre con sus muertos)


¿Quién me presta una escalera,
para subir al madero,
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?


Saeta popular

La otra noche
tuve ese sueño otra vez, hermano,
lo sé porque amanecí con las manos rotas.

Es aquel sueño, ¿recordás?,
en el que pierdo las uñas y los dientes
con tal de devolver al mundo al niño dios.

La piedra es removida
y queda al descubierto aquel sepulcro
donde enterramos nuestra fe hace tanto.

Vos yacés a un lado del camino,
tus últimas palabras se te escapan
por una herida en el costado.

A él también le robaron el aliento con arma blanca,
una parábola nace ahora de entre sus costillas
convertida en líquido amniótico:
“Yo soy la resurrección y la vida”,
supongo que te dice,
“quien cree en mí vivirá aun después de muerto”,

pero cristo, con sus manos tullidas, es ahora un lisiado,
tu herida queda expuesta entre sus estigmas
y tu sangre se mezcla con su sangre,

sangre que fluye como vino en la lengua
y arde como la hiel en el vientre
de quien no cree y muere y sigue muerto.

Luego, desaparece en cuerpo y alma.
Supongo que vuelve a su cueva
a esconderse tras su lienzo de sangre seca
o a llorar en su muro lamentable,

y bien por él,

porque, si no te regresa del polvo,
más le vale a dios, hermano,
permanecer clavado al crucifijo
con el que te enterró mamá aquella tarde.




Cucarachita

A Saúl, mi sobrino,
y a su hermana

Desde pequeño,
me obsesiona este lunar.
Era, entonces, casi del tamaño de mi antebrazo
y yo lo acariciaba como quien peina a su hermana.

En un principio, imaginaba a mamá en el patio,
con las manos sobre su panza a punto de eclosionar
bajo el baño ultrasónico de la luna llena.
Este era un origen casi intuitivo,
puesto que no hay mancha similar
en nuestro árbol genealógico.

Papá me enseñó a amarla
como a cualquier criatura de la tierra.
La llamamos cucarachita
y la acariciábamos juntos con la mirada
de quien ve las chicharras en plena cópula.

También me enseñaron a amar a mi melliza,
de la cual solo hay un ultrasonido.

Dijeron que no sufrió,
que, por falta de alimento, se hizo delgadita,
casi bidimencional,
como un papiro que se adhiere a las paredes del útero.

Pero de la placenta se alimentan los bebés
y yo jamás me comería a mi hermana.
Por eso, acaricio su pelo lleno de luna
y espero su eclosión.

Ella sigue escrita sobre mi piel de papiro
como un epitafio o una chicharra
vacía y quebradiza.



Cobija de tigre


Mi papá siempre durmió con la misma cobija de tigre.
La trajo desde la frontera sobre sus hombros
una tarde tormentosa de caza.

Un cadáver tendido pesadamente en los alambres.
Un jirón de hilos rojos goteaba de su hocico
y, por un agujero entre sus ojos,
se escurrían el frío y las ideas.

Me recuesto en su lomo, aún cálido después de los años,
y escucho su circulación
junto al jadeo intermitente
de una agonía bestial.

Mi papá siempre soñó con la misma piel,
pero esa cobija es lo único que mantuvo caliente
su cuerpo en rigor mortis.

Esta noche, me protejo de la tormenta
envuelto en los restos de esa misma bestia, pero,
en las entrañas de la cama, siento la rigidez mortuoria,
el frío aliento del winchester de mi abuelo
que aún me ordena matar a un tigre.




¿Dónde van los gatos cuando mueren?


Recuerdo la vez
que recibí un gato muerto de regalo.

Vivió conmigo solo un instante
en mi mente, antes de abrir la caja.

Aún olía a vivo, aún guardaba su calor,
pero la luz ya no se refractaba al fondo de sus ojos.
Mamá lo supo desde mucho antes
por el papel de regalo y su falta de agujeros.

Una vez organicé un funeral para mi gato muerto.
Yo hice de padre y de viuda y sepulturero y
dije las primeras últimas palabras de mi vida.
Lo enterré a ras del piso
para que pudiera respirar.
A veces acariciaba su tumba después de la escuela,
su pelaje crecía entre el zacate.

Una vez, mi gato muerto
volvió a tocar la puerta.
Naufragó junto al resto del patio
tras un temporal de octubre.

Llegó como el tío pródigo
que te alzó alguna vez de niño;
con los colmillos pelados, las costillas por fuera
y un pelambre a duras penas colgado del pellejo.

Entró con la cadencia de las olas,
flotó hacia mí y buscó el calor de mis regazos.
Lo sequé bien, le preparé una cama sobre la tele,
compartimos la última lata de atún.

Voló sobre mi cabeza toda la noche un augurio carroñero,
pero yo lo dejé dormir tranquilo.
Al otro día, se había marchado para no volver.
Mamá dijo que se fue con el señor de la basura.

En el patio, aún crecen los pelos de mi gato.
Siempre evitó las despedidas, las discusiones innecesarias.
Nunca me atreví siquiera a preguntarle
cómo lo trataba la vida después de la muerte.






Walter Torres

Nace antes de tiempo en el 92. Se gradúa de la Universidad de Costa Rica en 2019 de la Licenciatura en Educación Primaria. Actualmente, trabaja como profesor de Español en una escuela, donde también dirige un taller literario para niños desde 2019. Ingresa en 2018 al taller Joaquín Gutiérrez, donde se introduce al oficio de poeta. Ha publicado dos libros: Cinefilia (EUCR, 2020) y Niños ferales (EUNED, 2023). Ganó el certamen literario de la UCR en 2019 y la selección anual de poesía de la EUNED, el certamen Luis Ferrero Acosta, el UNA Palabra en 2023 y el certamen Joven Creación de la ECR en 2024. También ganó una mención de honor en el certamen UNA Palabra en 2022. Su poemario Vuelta al útero se publicará en 2024 bajo el sello de la EUNA, y sus cuentarios Todas las ballenas mueren ahogadas y Cabeza ‘e chancho serán publicados por la Editorial Costa Rica a finales de 2024 e inicios de 2025 respectivamente. Un par de sus textos han aparecido en algunas revistas y antologías.

Deja un comentario