Sentirse viva

por Israel Nicasio Álvarez


Nadie había limpiado las hojas secas del jardín hasta ese día. Andrea lo notó porque, después de mucho tiempo de permanecer encerrada en su recámara, decidió abrir la ventana y se dio cuenta del olvido en que todo se sumergía. Vio la luz del sol comerse las sombras. Los árboles sonreían, le hablaban con el ruido del viento al sacudirse.

El hambre la despertó y ahora contemplaba el inicio del día, pensó en comer lo que fuera.

Conectó el teléfono y después de algunos minutos recibió una llamada.

“Hola… Sí, soy yo. Estoy bien, mamá. Sí… Sigo viva, ¿no me escuchas? No, todavía no es momento de regresar a casa. Necesito un poco más de tiempo. No llores, estaré bien… ¿Arturo? Que se pudra. No lo quiero vovler a ver, no me lo menciones más. Adiós”. Andrea colgó y volvió a mirar por la ventana. El jardín se había vuelto una paleta de colores ocres. Las hojas se hacían visibles con la luminosidad de aquello que intenta gritar por la vida.

Semanas atrás se encerró en casa y se dispuso a pasar el tiempo necesario en un aislamiento curativo. Se alimentaba de las sombras que inundaron el lugar. Solo pensaba en la posibilidad de presenciar el fin del mundo exterior, porque el suyo se había terminado.

Tuvo ganas de nadar. Salió desnuda de su recámara, corrió hasta la piscina y se sumergió en el agua fría. Pensó en la lejanía del invierno. Esto le hizo recordar cada parte de su cuerpo. Estaba feliz. Sus extremidades, al punto del congelamiento, se lo anunciaban. Disfrutó el castañeo de sus dientes. Las hojas secas tapizaban la superficie del agua. Luchó por no volverse un cubo de hielo. Andrea pensó en explorar las profundidades marcadas por los desniveles de ese océano diminuto.

Mientras avanzaba entre la costra café, se percató de la existencia de algunos insectos sin vida y de otros dedicados a reproducir su instinto; observó las patas de las arañas que tejían sus redes sobre las hojas flotantes, lo hacían con toda la paciencia del mundo. Algunos cadáveres de insectos se pegaban  a su frente, también a su boca. Con toda felicidad les dejó resbalar por su cuerpo, acariciarle hasta provocar placer.

Cuando se sintió agotada, se acercó a la orilla y salió. Buscó su bata, pero el revoloteo de dos libélulas le recordó que solo portaba su piel. “Somos libres; ahora somos igual de libres”, les dijo como esperando una respuesta mientras hacía una mueca de satisfacción. Pensó en lo delicioso de tomar una limonada en la playa cuando llegara el verano.

Andrea se acomodó en una de las sillas que acompañaban la mesa del jardín. Encontró una cajetilla de cigarros y un encendedor. Seguramente los había dejado ahí desde la última visita. Sacudió la caja, escuchó el sonido del placer al interior. Encendió el primer cigarrillo, el sabor amargo le recordó su soledad. Sonrió por eso. Fumó el segundo, el sabor era como el anterior, como sus recuerdos. Los disfrutó. “Ojalá todo en la vida fuera así de fácil, solo encontrar algo por suerte y disfrutarlo”, se dijo. Observó la muerte del tabaco entre sus dedos. En medio de tanta calma, miró los árboles a su alrededor; los imaginó consumidos por el fuego, desapareciendo junto con su pasado. Era la estación del año más feliz de su vida. Después de algunos minutos, Andrea decidió volver a la casa.

La puerta le pareció amplia, aunque sabía que había pasado incontables veces por ahí tomada del brazo de Arturo. Miró la sala blanca. Recordó la vez que el alcohol le mostró el terror. Ambos regresaban de la fiesta de su amiga Tania, se habían emborrachado tanto que apenas podían mantenerse en pie. “Nadie te amará como yo, ¿entiendes? Eres todo para mí. ¡Eres mía!”, dijo Arturo mientras acariciaba el cabello de Andrea. En un momento los dedos gruesos  de Arturo se entrelazaron en la cabellera larga de Andrea, la aprisionaron con fuerza. Sintió que Arturo le arrancaría la piel. Gritó hasta que logró hacerlo desistir del castigo injustificado al que él la sometía.

Minutos después, Arturo se disculpó y la besó asumiendo que ella lo había perdonado. “No me gusta que me hagas enojar, ya lo sabes. ¿Me prometes que no volverá a pasar?” , dijo ese hombre que ahora parecía un total desconocido. Ella lo miró deseando aplastar cada una de sus palabras, era como si le hubiera querido arrancar la vida por el cráneo.

Desde ese momento, Andrea empezó a sentir la fuerza de su esposo. Sus brazos la asfixiaban y sus palabras la herían con frecuencia.

Andrea caminó por el pasillo sintiendo el frío en las plantas de los pies. Encontró la cocina. Todo seguía en el mismo lugar. Abrió el refrigerador, vio una jarra con jugo. También había unas piezas de pan junto a una manzana. Tomó todo y salió de ahí. Puso los alimentos sobre la mesa del jardín para comerlos con mucha desesperación, era como si el hambre la controlara.

Al terminar, un pensamiento la atrapó. Quiso llegar de un brinco a su ventana, pero no tuvo éxito. Subió las escaleras a toda velocidad  hasta que encontró su recámara. Abrió la puerta. Su mirada se fundió con el caos. Desordenó el desorden una vez tras otra. Pensaba que encontraría algo, tal vez una nota. Levantó las sábanas de la cama, estas olían a humedad. El color blanco que las constituía ya no era tan claro. Algunas manchas amarillas destruían su armónica continuidad. Buscó su teléfono celular.

En medio del mar de tela recordó aquella vez que tuvo el valor para expresar lo que sentía. La mirada de Arturo no la dejó descansar desde ese momento. Los reclamos nocturnos, en medio de peleas injustificadas, la agotaron; poco a poco fue perdiendo las ganas de abrir los ojos. Cada frase de aquel hombre tuvo el peso suficiente para asustarla. Andrea no entendía cómo  había llegado al punto de encontrarse en un laberitno de palabras y decisiones del que no podía salir. “No soy feliz contigo. ¡Quiero irme de aquí¡”, gritó incontables veces, pero no fue escuchada.

Arturo se volvió un inquisidor; olfateó, sin cansancio, la ropa de su esposa y la acusó de ser una promiscua. Desde ese momento, la amenazó hasta terminar con sus nervios. “!¿Con quién me engañas?!”, gritaba Arturo mientras rompía los platos de la cocina. También rompía las puertas; las piezas de madera quedaron inservibles, incompletas. Él se dedicó a destruir el mundo al que Andrea se aferraba con lo poco que le iba dejando. La hizo dudar de todo, hasta de sí. La encerró lejos de su familia y de todo lo que ella podía reconocer. Las marcas que Arturo iba dejando en el cuerpo de Andrea no se comparaban a las que se  le iban quedando en la memoria.

“Esto no se acaba hasta que yo lo diga, ¿entendiste? De aquí no te vas sin explicarme qué sucede. ¿Estás enamorada de alguien más? Me vas a decir lo que pasa y solo entonces esto se habrá terminado”, decía Arturo con frecuencia.

Cuando pudo, Andrea corrió hasta que sus piernas olvidaron el camino de regreso. Desapareció del mundo en que el torturador la tenía cautiva y se escondió. No le importó quedarse sola o caminar hasta el fin del continente para salvar su vida.

Andrea, por fin, encontró el teléfono. Lo conectó a la corriente de luz para revivirlo de inmediato. Después de algunos minutos por fin pudo activarlo. “Enciende, carajo”, musitó. La impaciencia la consumía. No tecleó correctamente la clave de acceso al primer intento, tres más fueron necesarios para poder revisar la información. Sus redes sociales le preguntaban si estaba viva. ¿Cuánto tiempo había pasado en el encierro? No sabía con precisión. Solo estaba segura de haber pasado más de una semana en cama, comiéndose el rencor, curándose las heridas y saboreando el dolor.

Revisó las grabaciones. La voz de Arturo era inconfundible, el odio se podía percibir a través de cada palabra. Repitió el audio hasta asegurarse de no estar escuchando una mentira. Memorizó la parte final: “Llevo días buscándote. ¿Dónde estás? ¡Sin mí no eres nadie! ¡Sin mí no tienes nada! ¿Sabes qué? No te quiero volver a ver”, decía él con un tono de desprecio. El sonido de cada palabra retumbaba con fuerza en los oídos de Andrea.

Cuando estuvo convencida de no estar soñando, sonrió. Abrazó con felicidad el aparato. “¡No volverá! ¡El monstruo no volverá!”, gritó mientras dejaba salir la emoción entre risas. Su reflejo en el espejo le devolvía el gesto que ella se regalaba al saberse contenta. Cada centímetro de su piel gritaba por la victoria anunciada en esa despedida. Se supo libre. Andrea sintió un deseo incontenible de comer otra vez, pero también de nadar. Corrió hasta la piscina. Se sumergió en el agua fría y volvió a sentirse viva.


Israel Nicasio Álvarez. Maestro en Historia (UNAM). Diplomado en Creación Literaria del Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia (2019). Estudiante de la Especialidad en Literatura Mexicana del Siglo XX (UAM-A). Ganador del II Concurso de Poesía Emergente Antonio Alatorre con el poemario Tengo una máscara de jaguar (2023); Ganador del concurso 55 de Punto de Partida en el área de Poesía (2024). Publicaciones literarias: Jugar a las canicas/ Revista UNIVERSITARIA-UAEMex; Cajones vacíos /Revista UNIVERSITARIA-UAEMex; Bruja / TERESA MAGAZINE / Ensoñación /Revista Monolito; Ejercicios de manipulación /Revista Hysteria; Los pájaros se han ido /La colmena-UAEMex; Los abrazos incompletos / Revista UNIVERSITARIA- UAEMex / Tal vez se fue durante la noche /Revista CRONOPIO (Colombia).

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