Gatos bajo la noche del sol
Desde las alturas
Helios gobierna
los escombros del reino humano.
Bajo la noche del sol
solo una gata y sus cachorros
retan al silencio.
Termonuclear
¡Yo no tengo nada que ver con una bomba!
Lise Meitner
I
Somos hijos de la gravedad,
y del corazón
nos hala una mano
hacia una prisión que nos resulta familiar.
Nos amontonamos con los ojos cerrados
mientras un veneno baja desde el sol.
Al final seremos motas inestables.
II
Una gota cae sobre mi pupila
que a la escala correcta es un océano
desbordado en relámpagos de agua.
Entonces corremos en direcciones desordenadas
dejando cuajos de humanidad tirados en las calles;
crecen formando copias huérfanas
de nuestro antiguo yo,
y se postran temerosos en galerones de egoísmo.
Bajo este nuevo orden teórico, echan a andar otra vez
chocando entre todos
y se repite el sin sentido.
La era de los agujeros negros: breve historia del sol I Al final triunfará el frío. Encendimos innumerables veces al sol de la muerte y nos elevamos con él, irradiando nuestra soberbia, una lluvia que gasta en los últimos repicares sobre el tejado al gas que mueve la máquina que convertimos en Dios. El futuro es rojo una carrera a todo pulmón lejos del corazón original, rojo y silencioso, una estación entre las colisiones de los mercados que distribuyen la soledad, una isla momentánea desde la cual ya no recordaremos nuestro hogar. II Cierro los ojos a la necesidad de mi vecino y frente a mi aparece un cementerio estelar. Solo queda la música y nuestra voz, la música que hala mi pecho enfermo hinchado de soledad blanco y frío; un cuerpo que lleva demasiado tiempo bajo el agua como un niño al borde de un océano bursátil que se evapora en expectativas. III Es la muerte, el hambre irreparable de la muerte el último destello visible antes del silencio. Un hambre que se colapsa sobre sí misma y todos, un desfile de apetitos finales devorándose unos a otros hasta desaparecer. Son los cadáveres hiper gravitacionales bocetos de tu poeta adolescente, el desplome de un clúster de ideas enfermizas, palabras encubiertas subir la colina equivocada flores secas agua manchada, tu nombre desperdiciado bajo una lluvia de metales y al final, la nada, la era oscura esta noche verdadera que sigue rauda hasta donde ya no puedo ver, innegociable, para alguna vez, sin nosotros especialmente sin nosotros ni testigos desde el vientre del silencio recomenzar de un sonoro golpe.
Jaguar que sueña con la poesía
En mi cabeza tuve pájaros,
sobre mis piernas un jaguar.
El canto del Usumacinta
Carlos Pellicer
I
En un rincón del bosque tropical,
oculto entre el alto dosel,
debe estar durmiendo un gran jaguar.
Lo arrulla el gorgoteo de la lluvia mañanera
y un coro de croares en éxtasis.
Sobre las ramas,
danzan los esqueletos de quienes fueron sus presas
rindiendo tributo al Señor de las Sombras,
última cosa que vieron en vida.
Hacen ronda en torno a su cama de hojas
dejando escapar un tintineo de huesos que chocan,
desnudados ya de carne por las hormigas y los escarabajos
volverán a su tumba vegetal
cuando la penumbra regrese y el cazador despierte.
El jaguar es un fantasma entre los bejucos,
un relámpago de tiniebla,
sin ruido ni huellas
solo una promesa de muerte que avanza y acecha.
II
Dicen que cuando el jaguar duerme
sueña con un poeta que corre por la selva
con la misma gracia que él lo haría.
El poeta lleva en su pelo
parvadas de pájaros que echan a volar
cuando abre la boca y lanza
estrellas nacidas de su palabra,
que crea y llena de espesura al sotobosque
y de hojas húmedas al suelo,
donde rondan las culebras y crecen los hongos;
palabras que oxigenan las aguas del río esmeralda
en el cual se alimentan los peces
del liquen que crece en las piedras ahogadas.
Un día conocerán la barriga del jaguar
para unirse a su compañía de esqueletos.
III
Y yo te veo a ti Creadora,
con tu cabellera llena de pirangas
mientras que al hacer palabra
destruyes y renuevas el tiempo,
derribas la montaña para alzarla más alta,
y no caminas, sino que vuelas sin poner tus pies en el fango
ni tropezar con la tarántula o quebrar el balance,
traes la tormenta que rejuvenece las raíces
enterradas muy profundo en la tierra
y las inútiles cuentas que hacen los siglos.
Y si así te sueño, Creadora,
debe ser, por tanto,
que yo he de ser ese jaguar
que quizás duerme
llenando sus manchas de madrugada.

Luis Rodríguez Romero (Costa Rica, 1979)
Labora para el Ministerio de Educación Pública de Costa Rica y forma parte del equipo de gestión cultural de Turrialba Literaria. Es director del Festival Presagio de Fuego en honor al natalicio del poeta Jorge Debravo y fundador del medio Revista Cultural Toriáravac.
Poemas de su autoría aparecen en las antologías: Voces del viento (Proyecto Palitachi, Nueva York Poetry Press, 2018); Le Parole Grondanti: Antologia Della Nuova Poesia Centroamericana (Fermenti, 2021) curada por Emilio Coco. Fue finalista del Premio Internacional de Poesía XXXV de la Fundación Loewe en el año 2022.
Ha publicado los siguientes poemarios: Breve historia del sol (Santa Rabia Poetry, 2022, Perú) y La voz que duerme entre las piedras (Nueva York Poetry Press, 2018, USA).
