Sobre la paternidad
Padre
me dijo
que a las 5:00 am
la testosterona sube
a esa hora, que es ideal entrenar.
que no trague el agua
que la escupa
para que el cuerpo
no se distraiga
y haga crecer los músculos.
Fue fisicoculturista
amateur,
pero ahora se dobla
cuando ve al cielo
con la lentitud
de alguien
que alguna vez
rompió una banca de hierro
con un solo brazo.
Padre dice
que di mi estirón
gracias al ejercicio
yo creo
que él se encoge
cada día.
Volviendo
a ser el niño
que no aprendió a rezar
y tuvo miedo de ir a la guerra.
yo,
que no supe la tabla del siete
y recibí
los golpes secos de la percha,
lo cuido
sin castigos.
lo he perdonado.
y espero
él me haya perdonado también.
los sábados,
cuando le veo
le digo
que lo amo
y eso basta.
el amor
es
un músculo
que también
se entrena.
Resurrección menor
Hoy volvió
una mariposa
al cuarto donde mi madre aún no murió.
Se posó
en el marco de la ventana
y tembló,
como tiembla ella
al sostener el mundo
con un hilo de voz.
No hizo falta
que dijera nada.
Reconocí el silencio
como suyo.
Ese modo de estar
sin alardes,
sin cuerpo,
sin ausencia.
La vi alejarse,
y supe
que algunos regresan
solo a ver
si todavía los esperamos.
Escribo pájaros
Mi abuela duerme.
La fiebre le despeina el alma
y sus manos ya no buscan el hilo
ni el café.
Respira como un campo
que fue arado demasiadas veces.
Alguien me dijo que olvide.
Pero escribo pájaros
porque ella los nombra
sin verlos,
como quien reza.
Un cenzontle se detuvo,
habló en todos los idiomas conocidos.
No lo llamé.
No se fue.
A veces
las palabras son lo único
que se posa en lo que duele
sin romperlo.
Sin hacer ruido
dejé los mangos
madurar solos esta vez
no fui
ni pregunté
en la bulla del centro
donde los buses jadean
y parpadean los postes
como si algo estuviera a punto
de apagarse
hoy los aguacates del patio
se maduran sin testigo
y el gallo
canta como si el mundo
tuviera un orden
que yo ya no necesito entender
te vas adentrando en la ciudad
y yo me vuelvo
más casa,
más gallo,
más hoja que cae
sin espectáculo, sin explosión
y cerrar la puerta
con el mismo pulso
con el que uno guarda
un cuchillo recién afilado
Es domingo por la tarde-noche
Es un poema sobre cómo en las tardes de domingo se abre la herida
América Láinez
quiero contarte
que ya he dejado de fumar
y de beber,
volví a estudiar la carrera
que te conté cuando empezamos a conocernos
en aquel bar.
Que ya no te espero,
y que no pienso abrir la herida,
pero me gustaría que supieras
que a veces
aún me dan ganas de morir.
Es domingo,
y Dios no está trabajando.
No me escucha,
pero sé que mañana abrirá el chat
para decirme que está ocupado
con el conflicto internacional que sale en las noticias gringas
y que deje en pendientes mi melancolía.
Es domingo,
y sé que vos estarás leyendo
a alguna autora que desconozco,
tomando café con leche
porque es invierno en el trópico
y hace frío solo en tus pies.
El domingo aún no termina pero
prometo seguir aquí,
hablando solo,
hasta que el mundo
termine de romperse.
La cúrcuma
Al arroz he dejado de ponerle cúrcuma
porque me trae olores de una tarde,
la camisa planchada,
revisando las últimas noticias de Medio Oriente.
Mientras cocinaba,
vos buscabas tus calcetas entre la ropa,
como si el mundo no se estuviera cayendo allá lejos.
Ahora, cada vez que el aceite chispea,
pienso en las ruinas:
las que quedaron allá
y las que me quedaron acá.
Ya no cocino con las luces encendidas
ni veo las noticias.
El desayuno es pan con lo que haya,
porque es una tregua mal pactada.
Hoy volví a ver a una niña con los dedos
manchados de cúrcuma
en la portada de un periódico viejo
de este país sin diarios.
Y por un momento sentí el aroma,
tuve que cerrar la puerta de la cocina,
como quien cierra un duelo
interminable.

Andrés Moreira (Managua, 1991) es poeta, editor y diseñador editorial. Es autor de La suma de los daños (Casasola Editores, 2020) y La edad de la destrucción (Ediciones Malpaso, 2022). Su poesía ha sido incluida en diversas antologías y revistas latinoamericanas y europeas, y ha asistido a festivales en Honduras, Costa Rica y El Salvador.
