El océano se ahoga en la pecera
María Gabriela Novoa nos regala en este cuerpo de agua salada, la angustia que le pertenece al vientre, las manos como tentáculos que buscan ahogar los susurros, los hijos que pertenecen al agua y el océano que se abre en la cadera.
Es un espacio donde nos encontramos con animales muertos que se riegan y empapan el suelo de la clínica, encontramos a Artemisa en su útero moviendo los hilos de la ternura y la desesperación.
Está relación de angustia y amor delata el cuerpo de agua salada que María Gabriela Novoa insiste en contar y habitar, solo nos queda esperar a que sus letras como tentáculos nos envuelvan en este océano que se ahoga en la pecera.
Alejandra Becerra
Una navaja cortó mi vientre en dos
los animales muertos se riegan y empapan el suelo de la clínica
un rosal florece en segundos rodeando la herida con espinas.
De mis senos verte sangre y leche
quiero beber de mí, el único líquido en el que puedo confiar
robar los litros y litros que corresponden a Artemisa.
La ponen en mi pecho y me mira.
La amo y comprendo de inmediato
el dolor de todas las madres que han parido sobre la faz
de la tierra.
*
Artemisa cazadora de los animales de mi vientre
un ciervo descabezado y un ave sin alas
entre tus manos está la sangre de mi entraña.
Mis animales, que crecieron como monstruos desde tu
llegada, se desangran
y yo me arrastro por el suelo con las manos sobre el vientre
pero nadie ve la herida.
*
A veces presiento que en cualquier momento el mar
puede desbordarse
por eso me miro al espejo con atención
para asegurarme de que sigue contenido.
A ratos me pregunto ¿qué haré si un día Mar no puede
contenerse?
e imagino diversas formas en las que podría salvarla, si
ese momento llegase.
*
Una mujer un poco rota se lame las heridas
y con el antebrazo se limpia las lágrimas
siente un ardor punzante en la cien.
Una niña ríe a carcajadas hasta que la risa se desvanece
y se convierte en una mueca de dolor.
Una gota las desborda.
*
El otro día jugaba con Artemisa a morir,
era un juego tonto en el que la una le tapaba la respiración
a la otra
hasta que fingíamos desmayarnos.
En uno de mis turnos, le tapé la nariz a Artemisa hasta que
fingió desmayarse
ese era el momento de soltar, pero mantuve por unos
segundos más mis dedos sujetando su pequeña nariz
queriendo entender qué se podía sentir el estar cerca a la muerte.
Arte pataleó y manoteó con brusquedad hasta que la solté
nos reímos a carcajadas durante minutos largos.
El espacio entre nuestras vértebras aumentaba
La escarcha se prendía a nuestra médula helando
la sustancia de la que nacimos
Un témpano nos cortó la vista mutua
Nuestros pómulos mientras reíamos nos dibujaban una mueca.
Es un juego la muerte
un juego infantil y cruel.
*
Tengo un ecosistema moribundo entre el pecho
Intenté todo por aliviar el dolor, pero desde niña cargo la
tristeza entre la piel.
No es culpa de Artemisa, ella vino a salvarme, pero no pudo
no es su culpa que mi tristeza fuera un mar inmenso y violento
y no quepa en sus pequeñas manos.
Un tiburón se pasea por la casa
pasa por la cama de Artemisa y mira de reojo a mi bebé
pasa por mis pies, y cerca a mi rostro, me respira en el
cuello varias veces al día
le he visto los colmillos, blancos y puntiagudos como cien
mil agujas.
*
Una serpiente nada en mi vientre, dispuesta a devorarme
a tragarse la carne seca con la cual me mantengo en pie
yo la concebí sin saberlo.
La procreé de entre las flores podridas que yacen en mi memoria
Una serpiente me devora los sesos, mi hija
de cabellos largos y oscuros como los dedos enormes de mis miedos
me agarra el estómago y aprieta con sus diminutas fuerzas.
*
El cielo se refleja en el agua empozada y verduzca de la alberca,
son los colores pasteles que miraba
El tiempo no seguirá fragmentándome en mosaicos.
Peces enormes emergen como plumas ligeras del fondo
peces que duermen profundo.
No hay llanto, desesperación, espera
no hay anhelo de una realidad inconclusa.
El agua se aquieta como la respiración que alcanza
su ritmo más tenue.
Tres cuerpos flotan como algas, sin peso ni forma,
el dolor se ha secado
como manchas en la superficie duermen sin miedo al fin

María Gabriela Novoa (Bogotá, Colombia, 1994)
Narradora, comunicadora y poeta. Autora de La virgen en luto (2022) y Cuerpo de agua salada (2024) Editorial Escarabajo. Consultora en Storytelling y Comunicación estratégica. Máster en Comunicación estratégica de la Universidad de la Sabana. Comunicadora social con énfasis en periodismo de la Pontificia Universidad Javeriana, e Historiadora de la misma Universidad, con énfasis en Economía y política. Ha publicado artículos periodísticos y poesía en diversas Revistas como Revista Código, Revista Pesquisa, Revista Hoy en la Javeriana y Revista web El Malpensante.
