Abril 30
Añoro la aburrida calma
de los sentires más puros
de la infancia.
Antaño,
el miedo era sólo miedo,
y la alegría sólo alegría;
Utérico porvenir
(dañado),
dió paso a las mezclas más amargas,
y hoy día el miedo
sabe además a tristeza,
y hasta la más alta alegría
trae consigo el sazón
de la vergüenza.
Perseguimos la noche
con la lengua adormecida.
Torrencial
De a cachos nos cae el cielo,
así es la tierna caricia de un Dios
que no sabe jugar ligero.
Límite
A esta distancia, tan corta y difusa, apenas se pintan estas casas y sus luces. No hay más allá, es mero bosquejo, mis pies en el borde de un mundo inconcluso que no da para más. Detrás sólo hay grietas: caóticas rupturas de luz que dibujan, sin querer, un colibrí; me dicen dispersas que algo hubo aquí, que algo se rompió por aquí. Memorias quebradas, son todo; y el estéril mañana es nada.
Dosis
Ayer asusté a la muerte, y sólo retrocedió un paso (casi dos), y me bebí medio trago del tornasol que nace del destierro del anochecer. No hay aquí nada puro, sólo trofeos corroídos por la humedad y extractos de melancolía medio dulce que en buena medida me calman. Embriaguez suficiente para seguir bailando otro mes (quizás dos).
Estéril
A medio paso, final prolongado ¿y qué fui? Sería tramposo declarar que fui bosquejo, pues aquello es tanto y nada, y así, nunca fui cosa alguna que tuviera buen anclaje: Todo infecté, maestro de obras negras, y si eso fui, fui nada, quizás pedazos o astillas. Más fiel que la mayoría, ser para la muerte, soy para la muerte, sin herencia alguna, mitad cumplida. Con potencia de nada, las migajas de mi diáfana voluntad se desvanecerán con las lluvias en unos meses. Y si algo queda, será enmarcado como ejemplo negativo, como curiosidad médica que no debe ser reactivada.
Huella
No conocimos la nieve,
mas hoy agonizamos
congelados.
Se tiñen las nubes
del festín de los días,
así arde una infancia estrellada
y sus partículas
que sucumbieron al moho del ansia.
Aprendimos a morder,
como los perros,
de cariño;
pero esta vida no muerde,
desgarra,
Y así Dios,
como los gatos,
se va jugando la comida.

Javier Salvador, 25 años, nacido y viviendo en la CDMX. Estudiante de Pedagogía por parte de la UNAM, librero, apasionado por la filosofía, y «escritor» accidental en ratos muertos.
