Divide y reinarás

por Alex Reyes

Y mientras comían, dijo:
En verdad os digo que uno
De vosotros me entregará
Mateo 26:21-23

Como llevaba días sin verla, madre me llamó para preguntarme por ella. ¿Acaso soy yo el custodio de mi hermano?, respondí y colgué el teléfono. Madre sabía de dónde venía mi respuesta. ¿Qué dijo Dios a Caín cuando supo desaparecido a Abel? Ella tenía la respuesta. En realidad, no era que me importase demasiado lo que Grace hiciera o dejase de hacer. Tampoco es que sirviese de mucho en su estado culminante. Una mujer fundida en un montón de hojalata al fondo de un barranco no suele ser de gran utilidad.

—Con lo preciosa que era ahora de jovencita —dijo mi madre.

La verdad era que Grace no era tan jovencita como solía decir. Tenía sus años. Quizá no era vieja y arrugada como una pasa, pero tampoco era una mujer joven y lúcida como cualquier adolescente. Sobre todo lo último, ya lo había demostrado en ese aparatoso accidente. Si es que podía llamársele así.  Las especulaciones no tardaron en llegar. Algunos aseguraban que Grace le debía una cuantiosa cantidad al banco, y de modo que no podía pagar, y por miedo a que le quitasen la casa donde entonces se alojaba nuestra madre, había decidido lanzarse deliberadamente al vacío. (Los bancos suspendían la deuda en caso de muerte.) Una hipótesis aterradora, de ser verdad, pero con bases rígidas y convincentes. Sin embargo, los recibos estaban al corriente y durante la cancelación de sus cuentas madre advirtió que tenía saldo a favor. Bien, dije, al menos su muerte no fue en balde. Madre dejaría de vaciarme los bolsillos durante algunos meses y eso era algo alentador.

—Actúas como si no te importase lo que sucedió con tu hermana —reprochó mi madre.

Y en parte tenía razón: no encontraba motivo para dar luces de una pena que no sentía. Antes, durante las cenas de fin de año o en celebraciones, a saber Dios de qué, Grace era el centro de atención y disfrutaba serlo, aunque la fiesta poco tuviese que ver con ella.

—Bueno —dije—, ya estuvo, Grace  —le expliqué que la mujer a quien festejaba no era Grace Prior, pero mis palabras parecieron salir como burbujas que reventaban frente a su rostro.

—Que Dios se apiade de tu incomprensible envidia —respondió ella.

—Da igual —dije—, porque no creo en Dios.

Al poco rato, bajó las escaleras procurando no hacer ruido, se desabotonó la blusa y encendió el candelabro. La luz había develado los rostros que permanecían ocultos como gatos negros bajo la oscuridad. Había quienes se sentían convocados a la perversidad y la zafiedad. En el sofá contiguo a la ventana, un hombre abotonaba el pantalón de otro. ¡Cuánta cortesía en los varones! La señora Clumsy (¿Quién le había puesto ese nombre?) había cruzado su pierna sobre la de un hombre que no era su marido. Tenía el seno izquierdo descubierto y enrojecido. Alguien se había portado mal. Era un hombre bastante joven, a juzgar por su apariencia. Seguro echaba de menos a su madre, pensé.

Aquel viernes espantoso, nos echamos a andar entrada la madrugada. Grace vivía al norte y yo al sur. Estaba ebria y olía a vino barato. Hueles a fulana, le dije, pero no respondió. Era una de sus consabidas pestilencias. Su cabello era la mezcla de alcohol y sudor. Lo que no infundía, naturalmente, un olor agradable. En un movimiento impetuoso por colocarse en la parte trasera, su vestido se levantó precipitadamente. Tenía el culo desnudo. Era evidente que Grace no estaba bien, pero no acostumbraba a decirlo. En los momentos difíciles, era reservada y suspicaz.  Estúpida, estúpida, estúpida, le dije mientras estacionaba el coche. ¿Con quién había estado? Resultaba absurdo buscar culpables. Algo estaba saliendo mal: el combustible, la falta de agua, es imposible recordarlo ahora.

Grace despertó luego de unas horas. Seguíamos detenidas en la carretera. El cielo aparecía liso y vacío, como un lienzo virginal. Salvo por los ojos verdosos que se asomaban sobre las superficies rocosas, estaríamos solas, con la independencia de cualquier isla. Llamé a Arthur y le dije que necesitábamos su ayuda. ¿Para qué? ¿Has visto la hora?, pudo haber dicho, pero no lo hizo. Es difícil negarse al pozo que te da de beber. Aunque no se negó al principio, trastabilló en ocasiones. Quizá tenía sueño. Sí, probablemente era eso. O quizá no, tal vez estaba besándole el culo a su mujer. De todos modos, ¿qué importaba si besaba el de ella y no el mío? Grace estaba de pie fumando un cigarrillo. La punta brillaba como una luciérnaga en llamas. Le pedí que volviera adentro o que de lo contrario la molería a golpes, pero decidió ignorarme. De un tiempo para acá, parecía no importarle nada. Salvo ella misma. ¿Quién más podría ser? Empezó a reír en la distancia y movió el cigarrillo sobre su cabeza formando círculos sobre ella. Más abajo y arderás por ti misma, le dije, pero no respondió.

Me di la vuelta y me senté sobre una roca.

—En el fondo, Arthur no te quiere —dijo con cierta desfachatez—, es solo que está cansado del culo de su mujer.

Deseaba que las fieras (si las hubiese) la tragaran como a una liebre, pero sería una muerte dolorosa, y yo siempre había estado en contra de las muertes de agobiante espera. Una mordedura, el seno, otra mordedura, el culo. Habría sido aterrador encontrar a Grace despedazada como un pollo de supermercado.

Algo brillaba sobre mi bolso. Grace había olvidado su móvil. Con dificultad escruté la pantalla.

ARTHUR:

Estoy en camino, bad girl. Ya, Cariño, yo me haré cargo de tu hermana… luego habrá tiempo para lo nuestro.

«Lo nuestro». Había un halo de incertidumbre entremezclado con rabia. La traición era una práctica común en las familias, especialmente entre hermanos. Ahora lo sabía. Conocía ese sabor amargo que ardía por dentro. En realidad, las relaciones entre hermanos nunca habían sido del todo exitosas. ¿Acaso no fue Caín el primer hombre que dio muerte a su hermano por celos? Que prefieran a un hermano antes que otro siempre refiere problemas letales. Nadie busca su propio bien, sino el del prójimo, escribieron en Corintios, pero era evidente que Grace no buscaba el mío.

—¿Por qué tienes ese deseo? —le dije.

—¿Cuál deseo? —contestó con voz cavernosa. El cigarro empezaba a calarle.

—Sí —dije—, el de arruinarme.

—¿Acaso puedes arruinar algo que ya está arruinado? —respondió.

Me miró con sorna. Era adusta y arrebatadamente cínica, por el resto anodina. «Más traiciones se cometen por debilidad que por un propósito firme de hacer traición». ¿Quién lo había dicho? ¿Rochefoucauld? A saber. Era imposible imaginar lo que pasaría esa noche mientras el tiempo se cerraba frente al porvenir. Solo estábamos ella y yo, el cielo vacío, un puñado de grillos y un deseo vehemente: el de largarme lejos de ella.

O desaparecerla.

*

Supongo que querrás saber más al respecto, querido lector. De modo que voy a contártelo. El deseo humano es sinuoso, como podrás saber, y siempre hay motivos que nos impulsan a torcer nuestros caminos. A veces tenemos que hacer algo que despreciamos con tal de no fallarnos a nosotros mismos, aunque al hacerlo no hagamos sino soslayar nuestros principios. Esto fue lo que sucedió:

Fieles son las heridas del amigo, pero engañosos los besos del enemigo, dije a Grace mientras subía al coche, con la aparatosa dificultad de quien camina sobre una cuerda.

  —Te ves mal —le dije—. Anda, querida, bebe esto.

 —No —me desafió. En su lugar, soltó dos bocanadas de humo y tomó algo de su bolso. ¿Una flor? Removió un pétalo y luego otro, mientras canturreaba «Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere». Una razón más para vilipendiar a los alcohólicos.

—Estúpida, como de costumbre —adelanté a decir—, pero nunca has llegado a gran cosa siéndolo. No entiendo por qué madre te prefiere —hice una pausa, luego agregué—: si eres una pena irremediable para la familia.

Sonrió aviesa, luego dijo:

—Lo sé. Y te preguntarás por qué yo y no tú, pero nunca has entendido sus razones.

Jadeó al principio, pero terminó cediendo. «Toma esto cuando necesites dormir», había dicho la doctora Valerie. «Hipnóticos», agregó y puso la receta sobre mi mano. Sonreí en ese momento sin saber por qué, ahora, en cambio, podía comprenderlo. Grace durmió al poco rato y lo hizo profundamente, a juzgar por sus ronquidos. ¿De dónde había sacado yo el talento para reparar coches? Cuando la vida te pone a prueba no puedes hacer más que rendirle batalla.

Encendió.

Tal vez fue una locura, pero después fue un alivio. Hombres ricos, pobres, niños y mujeres, inocentes y culpables, todos estamos destinados a caer y romper contra el suelo. Grace no era la excepción. «Cuando muera espero servir a Dios», dijo Grace en alguna ocasión. No podía impedirlo, pero acaso podría adelantar su tiempo. Abrí la puerta del coche y salí mientras avanzaba. Al frente el barranco estaba abierto, como las puertas de quien espera invitados. No había muros ni barreras que me detuvieran, ni miedos ni sentimentalismos que me frenaran.

—Suerte —le dije, aunque era imposible que me escuchara—. Seguro la necesitarás.

¿Quién podía asegurar que mientras no se viese humo no existirían las llamas? Todo podía suceder al mismo tiempo. Algunas mujeres ardían silenciosamente por dentro, como un montón de cerdos muertos y aplastados por el silencio. Con ella sucedería lo mismo. Una vez que se traiciona a sí mismo, hacerlo al otro se vuelve sencillo. Divide y reinarás, ese había sido mi lema.

El coche avanzó hacia su aciago fin. Se había despeñado, como lo hacen los alcohólicos, eso era: una torpe alcohólica. El resto fue un fajo de luces rojas que aclaró el Cielo. Detonación tras detonación, pero sin ningún grito, ninguna voz que se lamentase al fondo. Dulces sueños, dije, luego caminé en sentido contrario a la ruta del coche. Arthur me encontró al cabo de un rato. Luego de bajar, me abrazó y dijo preocupado:

—¿Dónde está Grace?

Preferí no responder. En cambio, fingí estar conmocionada por el peligro de la noche. La mezcla de soledad y silencio me había hecho perder los estribos. Eso era lo que él debía entender.  

Le pedí que regresáramos a casa y que evitara las preguntas. Lo sabía todo, el engaño, el falso amor que Arthur me profesaba, su amor por Grace. Era un hombre estúpido y era algo que no podía cambiar, pero era el único que podía ayudarme en ese momento. Le diría que Grace estaba notablemente afligida o quizá molesta, en todo caso la mezcla de ambas, y que en ese estado era imposible repensar lo que sucedía. Comprendería que por mucho él y yo teníamos más historia que la que ellos empezaban a construir. Luego, simplemente aceleró y desapareció, dejándome a merced de los animales que me escrutaban en la distancia. No sería hasta días después, cuando, una vez que sobre mi madre pesara su ausencia, me llamarían para preguntarme por ella, sin advertir que esa tarde encontrarían su cuerpo —o lo que restaba de él— fundido con una tonelada de acero.

*

«Ha perdido su hermana», comentaba la gente. «Perder», como si Grace estuviese oculta en un lugar esperando a ser descubierta. O como si se hubiera escondido tan lejana y perfectamente que ahora le resultara imposible saber dónde se encontraba. Nunca había entendido por qué no llamaban las cosas por su nombre. Grace estaba muerta. Yo le había puesto fin a su vida, que hasta entonces había sido un paréntesis entre dos silencios. Esa era la verdad, aunque solo yo fuese testigo de ella.

Y tal como fue planeado, sucedió. Lector mío, probablemente veas en esta última página no solo una historia ni una de tantas confesiones que hacemos las mujeres viejas, cansadas y empujadas por la edad, sino como una ventana a la verdad. Un último atisbo antes de que abra esta puerta y salga para volver nunca. Pronto esta historia dejará de vivir en mí, como los parásitos que he alimentado gran parte de mi vida. Solo quedarán las palabras y el silencio, no más que una historia difuminada en esta hoja amarillenta escrita con mis dedos artríticos. Pasará a ti, y probablemente a cualquier curioso que desee saber qué sucedió aquella noche con Grace Prior.

Ahora solo queda sobre el taburete un retrato viejo de mi hermana. ¿La he llamado así? ¡Cuánta condescendencia alberga la vejez! Ella es joven y luce feliz, radiante como una azucena. Prefiero recordarla así: íntegra y alegre, en la primavera de su vida. Todo odio está consumido, absuelto; deseos abolidos, miradas desdeñosas desfiguradas en el pasado, todo desaparecerá de mí cuando cierre los ojos, y eso sucederá en los próximos instantes, lector mío.  

Una, diez, cientos, miles, millones de células para construir a un ser humano y se necesita uno más para acabar con él, pero este no será mi caso.

Mi alma, pues, escoge la asfixia, la muerte, en lugar de mis dolores.

Déjame sola, pues mi vida es un soplo.


Alex Reyes (San Luis Potosí, 1997) es un escritor y periodista mexicano. Estudia la licenciatura en Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana. Sus cuentos y artículos de crítica literaria se han publicado en diversos medios digitales e impresos. Publica semanalmente en su columna, “La rabia y el orgullo” a través del diario El Universal, donde además comparte entrevistas de enfoque cultural. Actualmente trabaja una novela de corte distópico y un libro de cuentos. Las temáticas de sus cuentos están orientadas a desentrañar la naturaleza de la violencia humana, sus inseguridades, los deseos y motivos que empujan al hombre a volcar su vida.

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