Los deseos de la memoria

por Fernanda Callejo

El ruido del cristal roto despertó a Irene del letargo en que se encontraba. Atendió el rostro fruncido de su marido, gesticulaba como si gritara y señalaba la copa que había lanzado contra la pared, prefirió concentrarse en el lunar grande de su nariz que se movía como si brincase violentamente cada vez que él arrugaba el rostro.

Irene recordó que sintió una sordera repentina cuando él entró a la habitación, no obstante, se había acostumbrado a sentirse de esa manera en su presencia. Tenía el vago recuerdo de que, en cuanto llegaba, el hombre parloteaba durante horas sobre sus deseos, sus inconformidades y señalaba con suficiente claridad los fallos de su esposa como tal. Irene no recordaba el momento exacto en que dejó de escucharle y había aprendido a repetir rutinas de servicio para que él no tuviera que exigirle una respuesta y notara que no podía escucharlo.

Miró con desdén a su marido después de descifrar el motivo de disgusto y sintió una felicidad extraña cuando notó que estaba tan enfadado que tampoco iba a preguntarle nada. Sintió que abandonaba su cuerpo, que se liberaba de sentir su tacto como antes se liberó de escucharle y se refugió en el rincón de siempre, junto a la lámpara de pie beige que su madre le había regalado antes de morir.

Desde su rincón observaba la escena sin ánimo de concentrarse en ella, así que pensó en los recuerdos ajenos que eventualmente aparecían en su memoria. Las imágenes aparecían con la naturalidad con que recordaría algo propio, como si le pertenecieran.

Admiraba la pared principal de la oficina de aquel hombre, los reconocimientos enmarcados tapizaban la pared con muy poco espacio entre ellos. “Iván Suárez Nájera” decía cada uno de los cuadros con diferente distinción. Irene sonrió al sentirse cercana al éxito ajeno, pensó que solo debía cambiar cuatro letras para que aquel nombre coincidiera con el suyo.

Irene Suárez Nájera era su nombre de soltera y después de recordar como Iván, sintió que cuatro letras significaban demasiado. Pensó que aun siendo soltera, no habría podido adornar una pared entera con diplomas, títulos y demás.

Volvió a mirar a su esposo sin escuchar sus gritos, la tenía agazapada en el piso y tiraba de su cabello para obligarla a mirarlo, para que entendiera que el licor no debía faltar y que estaba harto de sus equivocaciones. De acuerdo con el procedimiento que Irene memorizó, dedujo que para él no era suficiente escarmiento.

Lo abandonó de nuevo y pensó en el regalo de su madre, la lámpara de pie que tenía a lado era vieja y tal vez había pertenecido a otras mujeres de su familia. Se preguntó cuántas veces aquella lámpara había presenciado escenas similares, cuántas veces sus ancestras se habían sentido como ella.

Por otro lado, para Iván la lámpara de pie no era más que un adorno que iluminaba las muestras de su éxito, no significaba un bien atesorado, un objeto que le invitara a reflexionar o le pusiera melancólico.

Ella lo conocía por todos los recuerdos que repentinamente aparecían en su cabeza. No entendía por qué podía sentirlo como si estuvieran unidos, se preguntaba si a él también lo invadían recuerdos suyos y supo que no. Lo supo porque creía que nadie podía ver la desgracia de otro sin sentir pena, sin sentir el deseo inusitado de ayudar o comunicarse con aquel ente en problemas.

Un golpe en el estómago la obligó a mirarse fuera de sí. Se sintió derrotada y pensó cuán diferente habría sido su vida si hubiera nacido como Iván. Iván tenía una vida libre y exitosa, Irene no tenía nada.

Le gustaba pensar que en algún lugar de cualquier mundo existía un Iván que no sufría lo que su cuerpo sufría allá con su marido. No obstante, pensó que el hombre borracho que la golpeaba actuaba de tal forma porque algo le indicaba que eso era correcto y si ese algo también influenciaba a Iván entonces no era tan distinto a su marido.

La reflexión anterior permitió que Irene entendiera que había idealizado a Iván como una persona que ella podría ser. Los colores de la habitación adquirieron brillo y pudo mirarlo fuera de su mente con sus múltiples reconocimientos, contempló cómo pateaba con fuerza a su esposa mientras le gritaba, su voz se escuchaba como si alguien apretara su garganta y le obligara gradualmente a guardar silencio.

Se levantó del rincón junto a la lámpara y se acercó a ellos, la mujer permanecía boca arriba en el piso, la sangre le cubría el lado derecho del rostro y el lunar grande que tenía en la punta de la nariz le recordó su rincón.  Irene se sintió aturdida y desorientada, sus manos temblaban como si su cuerpo tuviera frío, volvió a su lugar, su marido golpeaba su cuerpo inerte. Ambas escenas parecían inseparables, se unían frente a sus ojos como si fueran una sola y sucedieran al mismo tiempo.

“Junio, 1960” decía la primera carta que le había escrito a su madre desde su rincón. La había memorizado, creía que tarde o temprano ella aparecería y celebraría la permanencia de la lámpara en su casa.  “Aún espero que regreses, que la otra tú me revele que aún vives en algún lugar…” decía la primera línea. Irene pensó en la probabilidad de que su madre tuviera un rincón propio y por ende una lámpara como la que le había regalado.

Volvió a preguntarse cuántas veces aquella lámpara había presenciado escenas similares, cuántas de sus ancestras tenían un rincón propio y cuántas de ellas observaban su cuerpo desde el mismo. La habitación cambió, permitió que Irene notara que el tiempo había pasado y que su cuerpo inerte en el salón ya ni siquiera se veía como ella, era un montículo negro y deforme.

Pensó en la carta y dudó si alguien le escribiría algunas líneas parecidas, si sabrían que en otro lugar, como en un juego de azar, no había nacido mujer sino que era Iván, un hombre como cualquier otro.

Dejó de percibir el olor y color de la habitación, parecía que su cuerpo la desterraba de sí misma para protegerla del dolor y la resignación que venía con él. Sabía que podía ser exitosa como Iván siendo Irene, en cualquier lugar existía un rincón y existiría una pared llena de títulos y reconocimientos con su nombre. 


Fernanda Callejo. Nació el 30 de junio de 1997. Desde muy pequeña ha tenido un gran interés en la literatura. Actualmente estudia la licenciatura en letras hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Iztapalapa donde ha podido participar como moderadora en una mesa de escritoras jóvenes en el CEEECIL XX y generar nuevos intereses alrededor de la literatura femenina, policial y la novela histórica.

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