Muestra poética de Alfredo Trejos

GRAND PRIX

No me gusta conducir.

De hecho,
la autoridad de tránsito
no me considera apto
para conducir,
aduciendo que no respeto a los peatones,
que abuso del claxon,
que no comprendo la semiótica
de las señales, que soy corto de vista,
que no tengo reflejos,
que convierto las rotondas y los cruces
en coliseos romanos…

En fin, que si quiero un permiso
lo solicite en Bagdad o en Disneylandia.

Pero como no me gusta conducir,
da igual.

Cuando lo he tenido que hacer
—en la clandestinidad—
me he dicho siempre para animarme:

“Dejate de cosas.
Hoy sos Niki Lauda
y esta puerca vida 
es el Gran Premio de Daytona”.

Pero no resulta.

Una vez que leo,
sentado al volante, aquello de:
“Los objetos en el espejo
pueden parecer más cerca
de lo que están”,
ya nada tiene sentido.

Conduzco.

Regreso el auto.
Y otra vez bípedo,
fijándome bien en las mujeres,
en los demás, en todo,
comprendo.

Parecen estar cerca
pero no lo están.

ORALIDAD

Lavar un ojo con la lengua.

Grabar un manto 
en sus cuatro paredes de carne dulce.

Hacer minería nocturna
en el Atacama.

Rezar un Padrenuestro ante
el pollo congelado
es casi lo mismo que lamerte,
casi como al cruzar la calle
bajo la mano bendita del Señor
que todo lo ve.

Es que comer de todo en vos
es leer en griego
con la boca muy abierta
—es arar en el vidrio—
y volver al paladar con ron maduro
de la caña más injusta.

Esa miel que sabe a perlas
como si fuera El Juicio Final.

Y salir de vos.
con una sopa de ángeles en el cielo de la boca
es en sí caer ante un altar
sin Cristos hechos a la medida de su Calvario.

Uno te come 
así como el oso polar lame
la grasa muerta de las focas:

por supervivencia.

FOTOGRAFÍA

Buscaba una foto
de Katy Perry desnuda,
pero ha de estar en un álbum
de los de al fondo:
de los mejor guardados,
de los más sucios,
los del olvido.

Sé que tengo por ahí
una foto de Katy Perry
sin nada encima,
ladrándome como una pared
acumulada desierto tras desierto.

Se mueve, como una paloma.

Las posibles implicaciones eróticas
quedarán muy entre Katy Perry
y yo.

Las evidentes fortunas de la piel
cobran mudos intereses
y yo trago puré de hielo con la ansiedad
de un vagabundo.

Así devoro el ojo bueno
con el que veo a Katy Perry
desnuda hasta el borde de sus vapores,
hasta la bruma metálica que la trae
                                                 /y la lleva
de la punta de California
a la punta de mi corazón.

FRUTERO

I
El limón
es la manzana
de los solitarios.

II

La uva
es el ojo extirpado
de la noche.

Embotellada sirve
para lo mismo
que el querosén.

III

La fruta de la pasión
es el antepasado más
recóndito de cuantos
hay en el árbol genealógico
de las mentiras.

IV

La guayaba, firme y saludable.

No sabe a grandes cosas:
es una delicia imposible.

V

La naranja es pobre
en esencia. Miserable.

Pero imita muy bien
al sol de la mañana.

VI

La caña de azúcar
va al trapiche
como María Antonieta
fue a la guillotina.

VII

El banano, insultante
y grosero. Se involucra
con la tierra más verde
y lastimada de cuantas
hay en este mapa de soledades.

VIII

No diré mucho de la pera.

Cierta vez una de las mujeres
más hermosas que conocí
metió su seno izquierdo en una copa
de vino.

Y al hacerlo demostró
la existencia del alma.

IX

No hay barco más hundido
que un árbol de arrayán en flor.

X

El itabo no es, formalmente,
una fruta,
pero en las casas luce como
un degolladero de palomas.

Sabe perezosamente bien.

XI

Pocas cosas más sensibles
que el limbo del aguacate.

XII

El ají es la cápsula de cianuro
que en momentos de gran confusión
uno muerde para acabar con sus días.

XIII

La manzana es el limón de los insomnes.

SUPERMERCADO

El poema está en el coche del supermercado, como parte de las compras nocturnas. A él se suma la lechuga crujiente y la cerveza, el fervoroso tomate, la lata de anchoas sin una sola ventana. Algo de pan fresco que me dispongo a cubrir con la perfecta ortografía del queso fundido. El poema junto al hielo empacado, junto al garbanzo tierno y específico. En el coche, el poema y yo buscamos obsequios para confundir a la muerte. Tal vez un envase de mermelada convincentemente fría. El poema perdido entre las compras como una compra menor. Una pieza de jabón para desinfectar la lástima. El poema es un pedacito de literatura sin grandes ganas de ser. Vas y lo comprás en el supermercado como un ramo de tomillo con el que le darás sentido a tus alimentos. Contra los metódicos ladrones de historietas, el poema ladra de dientes para afuera.






Alfredo Trejos. Poeta. Nació en San José, Costa Rica, en 1977. Hizo estudios en Antropología y Filosofía en la Universidad de Costa Rica. A la fecha, ha publicado nueve poemarios y dos antologías personales, siendo SAD HILL (Ediciones Perro Azul, 2019) su obra más reciente. Además, ha ganado el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría en la rama de poesía en dos ocasiones, 2012 y 2018. 
Entre sus últimos trabajos se encuentran el Taller/Laboratorio Tráfico de Influencias, en el año 2013, para el Ministerio de Cultura, en el marco del Programa Enamórate de tu Ciudad (espacio que se mantiene activo en otras instancias); el Taller de Escritura Creativa para la Municipalidad de Heredia, en el Centro Cultural Omar Dengo, año 2018 y el Taller de Creación Literaria para el Centro Cultural de España en San José, en el año 2020. Así mismo, ha realizado la corrección y participado en la edición de varios poemarios de otros autores costarricenses. Los siguientes poemas pertenecen, precisamente, a SAD HILL.

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