Poesía costarricense actual: María Macaya Martén

La muerte de mi padre

La vida es un cuento, la muerte, el punto final de una oración.

Escribir estas líneas es el pecado más grande que he cometido en la vida.
Por favor perdóname si es que puedes,
si no, ya es muy tarde.

Mi papá murió en una cama de hospital, como muchos otros.
Su cabeza de pájaro yacía bañada de un sudor divino.
Su respiración le estremecía el cuerpo
como el viento levanta súbitamente las hojas secas del cielo.

¡Cuántos otoños enardecidos pasamos en Vermont!
Cortando el aire frío con un Ferrari rojo, a través de pueblitos de cuento a medio día.
“Mais quelle belle vie, en esperant qu’elle dure toujours !”.
Exclamaba él sacando el brazo por la ventana y extendiendo los dedos.
¿Fue acaso esto un sueño?

Era de noche.
Las ventanas cerradas de la habitación guardaban una luz melosa, el ruido del aire
acondicionado, los números rojos y verdes del equipo médico, y las sondas como lianas.
Su respiración era un niño que sollozaba solo a la distancia,
las últimas costras de vida que se aferraban empedernidas.
Un berrinche digno.
Pero con cada movimiento brusco de la cabeza hacia atrás
salían expulsadas y se unían como gotas a la bruma de la escena.
En comunión formaban parte de algo más grande y se relajaban.

Algo parecido a aquellos atardeceres sobre la colina en días frescos.
La última gota fosforescente se resbalaba y caía sin remedio entre las piernas de la montaña.
Sus ojos grises, fijos en el agonizante punto rojo, lo reflejaban.
“Pedí un deseo, mi amor, ¡qué atardecer más lindo!”.
Y me daba la mano.

Su mano yacía inerte sobre las sábanas,
muy de vez en cuando un dedo temeroso saltaba.
Las manos que sostuve desde que nací
no me sostendrían más.
Pero este instante me cargaría hasta la muerte.

No puedo describir el momento exacto de su victoria,
porque no me lo permito y no me lo perdono.
No soy digna de su santa euforia
pero estas palabras bastarán para sanarme.

Estaba amaneciendo.

La perla

Te tengo guardado como a una perla
el dolor más valioso que tengo en el cuerpo.
Porque si no lloro estas lágrimas pedazos de plomo
puede ser que nada de esto haya pasado.

El día que te vi por última vez entre enfermo gentío
en una camilla en el corredor de un hospital público,
fue un sueño, fue un sueño, fue un sueño.

Estás todavía en tu apartamento
en el sillón de la sala viendo la ciudad
por la ventana cerrada.

Te cuido como a impuro tesoro
custodiado por capas y capas de nácar,
risas exhaladas despreocupadamente
como si estuvieras todavía en el mundo conmigo,
no tuviera que molestarme
y procesar tu muerte.

Eres semilla pegada por allá en el fondo de una muela.
No madurarás nunca en palabra suelta o verdad absoluta.

Tu nombre es un avión que cae desde el cielo,
cómo podría permitírmelo, Dios mío.

Empedernida en rabieta privada me frustro
porque te tenía y de pronto no te tengo.
Me incomodas a diario y me encantas,
pero no logro alcanzarte cuando quiero.

Me siento idiota
cuando te pierdo en algún rincón
de mis múltiples acueductos.

Se me hincha la cara, estoy infectada
porque tú trabajas desde tu escondite
carcomiéndome tan lento, tan lento,
que no te percibo malvado gusanillo.

Llevo meses ingenua,
caminando por el mundo podrida,
comiendo de todo, glotona,
y permaneciendo vacía.

Propiedad privada

Tengo una casa donde no vive nadie;
y así me gusta, con las paredes blancas como praderas.
El piso es una pista de hielo donde me deslizo como un niño
cuando necesito llegar rápido a conclusiones.

En esta casa cabe todo y no cabe nada.
Es solo mía porque pago los impuestos.
Y así será siempre,
le daré mantenimiento,
digan lo que digan.
No se vende ni se alquila.

Todo es blanco, el piso, las paredes, el techo,
el aire que respiro, la luz por la ventana, el viento…
Que no se atrevan a cantar los pájaros.

En los muros desnudos como el hueso
veo todo lo que quiero y me pierdo.

Me deshago en el espacio,
sentada en una esquina me fundo en el concreto.
Aquí no hay teléfono.

Me esfumo y me hundo muy hondo.

El silencio me arrulla como una madre,
me acompaña por mis caminos internos
como un perro.

Me esfumo y me hundo muy hondo.

Dejo que el blanco me invada,
que me perfore el pecho,
y me consuma por dentro.
Me entrego sin vacilar
a la nada.

Me esfumo y me hundo muy hondo.

Ya no me exploro ni siquiera,
me dejo atrás y me olvido,
solo soy parte de este reino.

Me esfumo y me hundo muy hondo.

Me voy de mi casa blanca.

Hasta que suena el teléfono,
y tengo que ir a recoger a los niños.

Pero ahí está mi casa,
y me espera inmaculada,
cuando quiera y donde sea.

No se admiten visitantes.

Existir duele

Soy una ciudad abandonada
con su relieve infinito de edificios,
calles como venas,
puentes, tiendas y tragedias.

Hay alcantarillas, charcos, caños sucios.
Hay acantilados grises,
callejones solitarios,
una cobija tirada en la esquina.

Hay muchas casas vacías en fila,
puertas negras cerradas con cerrojo,
ventanas que quedaron entreabiertas.
El viento silva a lo largo de las caderas.

Hay escaleras decadentes,
el vaho apestoso de la urbe
subterránea.
Hay un metro que no
funciona,
hay andenes desiertos,
una bolsa plástica.

Hay bulevares tan amplios que arden
incrustados en medio del pecho.
Hay árboles que no crecen.

En la intersección
la luz del semáforo
todavía cambia de
color,
verde
amarillo
rojo
verde
amarillo

Hay autopistas oscuras
tan anchas como mis piernas.
Hay caseríos y tugurios,
miles en el fondo de la lengua.
Hay mansiones anticuadas
con vitrales quebrados
en los ojos.

Hay techos y chimeneas,
muros manchados por el humo.
La noche no espera.

La neblina llega sigilosa
como de costumbre.
Entra a los templos,
cubre estos
huecos de concreto.

Desciende y se expande
como la marea.

En la torre más alta,
en la última alcoba
del piso cincuenta;
se nota apenas
un bombillo
incandescente.

Alguien trabaja
en vano,
tratando de habitar
la ciudad

inhabitada.

Quiero que me odies

Quiero que me odies,
que me veas y quieras que me muera.
Quiero ser el dolor más cálido que has sentido,
la aguja que te tragaste y no ha caído todavía.

Quiero tanto, tanto repugnarte
de todas las maneras posibles.
Que un espontáneo pensamiento de mis manos
se te meta en el centro de la cara y te la arrugue.

Que detestes con tu corazón suave
a todo aquel que pronuncie mi nombre,
para bien o para mal, no importa.
Ojalá ese sonido ambiguo
sea un grito espeluznante
en medio de callejón mojado;
el tap de las patas de las ratas del desagüe.
Que te duela en el cerebro, en la panza, en el pecho.

Quiero ser el alma en pena encerrada en tu cabeza
que solloza todas las noches y reniega.

Si logro algo de esto será suficiente,
podré morir tranquila algún día.

Y, tú, no te preocupes, no sufras,
que te acompañaré piadosa a mitad de tus noches en vela.
Te abrazaré cuando el odio se expanda como el moho en tu casa.

No me apartaré nunca de tu lado,
te lo prometo.
Puedes contar conmigo.

Le suplicarás al fantasma de lo que fui
que no se vaya, que no descanse.
Llorarás y te retorcerás para que te arrulle,
porque sabrás que de cualquier otra forma estarás solo.

Cuando te levantes y la casa esté sucia,
no te importará porque me sentirás hundida
en tu piel interna como sanguijuela,
el gusano del tórsalo,
el huevo de la mosca,
y estarás tranquilo.

Enfermo,
adicto,
tranquilo.

Cuando el cuerpo se te descomponga,
brotaré desde adentro como hiedra,
y estaré contenta.

Tranquilo, mi amor,
esto es lo que te espera.
Por no amarme más
me odiarás toda la vida.
Yo no aguanto emociones tibias
y lo sabías desde el primer día.

Todos los textos forman parte de Viento inmóvil (Editorial UCR, 2020)


María Macaya Martén (San José, Costa Rica, 1991).
Master en Literatura Comparada de la Universidad de Oxford, en Inglaterra. Se especializó en poesía, en el simbolismo francés y el modernismo hispanoamericano. Previo a su maestría, sacó la carrera de Literatura Comparada en Middlebury College, en Vermont, Estados Unidos. Durante su tercer año universitario fue estudiante visitante en la Universidad de Costa Rica y la Universidad de Nueva Sorbona, en París. Al completar sus estudios regresó a Costa Rica y dio clases de inglés en la Universidad Latina y en el programa Inglés por Áreas de la Universidad de Costa Rica. Su primer libro de poesía, Viento inmóvil, recibe una Mención Especial del Jurado en el Certamen de Poesía 2019 de la Editorial de la Universidad de Costa Rica, y se publica a finales del 2020. Su trabajo ha sido publicado de forma virtual Revista Chontales Litterae. También participó en el Segundo Encuentro de Poesía Joven de Costa Rica, el Festival Virtual del Libro SIBDI, la Feria Internacional del Instituto Iberoamericano y otros recitales virtuales.

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